Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Hojas de albahaca Maria Sentandreu


Me llamo Clara, tengo veintisiete años y soy licenciada. Han pasado dos años y sigo sin encontrar trabajo; ya vendrán tiempos mejores, pues esta crisis nos ha regalado a los jóvenes un presente difícil y un futuro inmediato lleno de sombras. Por eso cocino, para no pensar en la monotonía de las horas sucesivas ni en el salto de los días en el calendario de esta vida sin obligaciones. La cocina es mi lugar favorito de la casa, entro allí y me relajo. Me gusta mucho la gastronomía italiana, el queso y algunas recetas vegetarianas. Uso siempre aceite de oliva virgen extra —oro líquido lo llaman algunos— y la sal justa para que la comida no esté sosa, porque me gustan los platos sabrosos. Utilizo muchas hierbas aromáticas, me encanta jugar con las posibilidades de las especias, eso me permite dar un toque personal a cada plato. ¿Mis postres preferidos? Mmm... ¡Qué difícil elegir! Tal vez las natillas caseras con cáscara de limón y canela, el tiramisú, los helados y los sorbetes. Cocinar es para mí una diversión, casi una fiesta privada en la que participan los cinco sentidos: el olfato, la vista, el tacto, incluso el oído y, sobre todo, el gusto.

Son las ocho y media de la tarde, entro en la cocina, abro la nevera y miro en su interior a ver qué alimentos me quedan. Elijo algunos ingredientes casi al azar, cojo todo aquello que está a punto de echarse a perder pero que aún está en perfectas condiciones. Lo amontono en el banco y analizo la mezcla de productos. Siempre lo hago igual; cuando no sé qué plato quiero preparar, improviso una nueva receta rápida, sana y espontánea. Y al instante aparece una sonrisa en mis labios. Cocinar siempre me da risa, porque me hace feliz. Tengo una maceta de albahaca y me gusta arrancar las hojas de una en una, lentamente, sin prisa. Tocarlas, olerlas. A veces la riego con pequeñas gotas de agua que parece una delicada lluvia fertilizante y, sin saber por qué, se refleja en mi ser una nube blanca llena de luz y de esperanza.

Voy a preparar una salsa pesto. Busco el mortero, machaco el ajo, añado las hojitas de albahaca cortadas en juliana y doy golpes suaves pero enérgicos, con amor, con cariño. Añado después bastante aceite de oliva y el queso parmesano rallado, a veces también le agrego piñones. Lo remuevo todo hasta lograr una salsa homogénea y lo dejo reposar unos minutos. Mientras, los tallarines ya se han hervido, apago el fuego, escurro el líquido y reservo la pasta. No suelo hacer esto para cenar, pero hoy es un día especial. Mi compañero está a punto de llegar a casa y éste es uno de sus platos preferidos. Hoy es nuestro aniversario, hace siete años que estamos juntos, creo que la sorpresa le gustará. Ojalá me regale una sonrisa y por una vez deje de quejarse por cualquier estupidez y me diga: qué rico está. Sólo pido eso, tampoco necesito más. Tal vez un beso, un abrazo sincero, un silencio cómplice de nuestra alegría de compartir la vida. ¡Ya me estoy poniendo sentimental! Eso no me gusta, porque sentir las emociones a flor de piel a veces provoca heridas en el corazón. Acerco la nariz a la salsa y la huelo con auténtico frenesí. Porque la albahaca tiene un aroma fuerte, cálido, envolvente, intenso, penetrante.

Oigo el ruido de una llave girando en la cerradura, es él. Ha llegado pronto y la cena aún está tibia, no habrá que calentarla en el microondas, recién hecha está más buena. Me saluda, me abraza y aprovecho el tiempo que tarda en darse una ducha para poner la mesa. Cojo dos platos hondos, especiales para pasta, pongo los tallarines en el fondo y los cubro con varias cucharadas de salsa pesto. No lo muevo porque así queda más bonito. Ya lo moverá él, si quiere, para mezclar los sabores. Saco tenedores de la cubertería para ocasiones especiales, dos copas y servilletas rojas. La cena está servida, él se acerca a mí, no le oigo venir y cuando me toca la espalda me asusto. Él se ríe, yo le grito que no estoy para sustos y me abraza sin decir nada. Se sienta a la mesa, sonríe, hoy no se queja y me siento flotar en un mar de aceite con hojas de albahaca. ¿Qué celebramos hoy?, me pregunta; entonces, toda la magia se desvanece.

No se acuerda, no se ha dado cuenta de que la ensalada está aliñada con unas gotas extra de amor. No comprende que bajo la lechuga y el tomate y la patata cocida y el atún se esconden las virutas de una emoción diluida con la certeza de saber que no estoy sola. Su olvido quema bajo la lengua y me atraganto. Bebo un sorbo de vino gaseado; sin embargo, la frialdad no elimina la desilusión de mi rostro. ¿Qué pasa?, insiste él. Ya no te acuerdas, protesto, tanto esfuerzo para nada. Entonces él dice que lo siente, que se le había olvidado, pero que se alegra mucho de que siete años después sigamos juntos. Está muy rico, me dice, muy rico, muy rico. Y yo le quiero otra vez, porque la albahaca ha hecho su efecto. Creo que esta hierba comestible tan explosiva nos une, nos acerca, nos ofrece una vía para el encuentro o el entendimiento. Es la magia de los alimentos, cada uno posee unas propiedades y provoca sensaciones distintas en el estómago. Incluso hay alimentos muy potentes que acarician el alma o generan auténticos terremotos en el interior de nuestro cuerpo.

A veces arranco una ramita y me acerco sigilosamente a él, sin que se dé cuenta, le hago cosquillas en la nuca o en la espalda o en el brazo. Entonces se enfada, le pica y se rasca, gruñe. Pero a mí me resulta divertido hacerle cosquillas con la albahaca. Ahora ya no lo hago. Porque un día él cogió una ramita y se acercó sigilosamente hacia mí y empezó a hacerme cosquillas por todo el cuerpo. Me enfadé, grité, las cosquillas me picaban y me rasqué. Desde aquel día no hemos  vuelto a jugar a ese juego tan inocente y tan molesto para la persona que recibe las caricias aromáticas.

¿Sabías que la albahaca tiene múltiples usos terapéuticos? Esta planta, originaria de Persia y Asia Menor, es útil para combatir la depresión, el insomnio, el agotamiento y la jaqueca. También es diurética, digestiva, antiespasmódica, sedante, desinflamatoria, cicatrizante, antiséptica. Además, sirve para calmar irritaciones cutáneas, combatir el acné y disminuir los estados febriles. Activa el sistema inmunológico, aumenta los anticuerpos y es eficaz para tratar la faringitis o laringitis. Algunos expertos aseguran que posee propiedades afrodisíacas. ¡Qué poderosa es la albahaca! Cuando supe que mi hierba aromática preferida era capaz de hacer todo esto, me convencí de que mi salud estaría garantizada. Tal vez la medicina natural no sea infalible, pero cualquier ayuda es buena para el cuerpo, ¿no? Ahora ya sabes los beneficios que estas hojitas verdes, olorosas y tan jugosas aportan a la dieta.

Sin embargo, la albahaca tiene algo misterioso y maravilloso que me estimula a buscar el lado positivo de la vida. Me gusta experimentar nuevas formas de utilizarla. Hace poco descubrí el aceite de albahaca, se prepara triturando en la batidora un manojo de hojas de albahaca fresca con aceite y después sólo hay que colarlo. Es un aliño magnífico para las ensaladas, las patatas u otras verduras cocidas al vapor, también para los pescados a la plancha como el lenguado o el panga. Además, los hojaldres con tomates secos, albahaca y queso fundido son una delicia. A mis pizzas nunca les falta una pizca de albahaca y también le pongo un poquito a la salsa de tomate...

Porque la albahaca es como el perejil, sirve para todo, combina con todo, es barata, una planta fácil de cultivar, además da sabor, color, aroma. Muchas veces mi cocina huele a verduras y hierbas aromáticas: curry, jengibre, orégano, hierbabuena, nuez moscada, pimienta negra. Pero entre todos los aromas que flotan en el aire de mi cocina, siempre se percibe el absorbente perfume de la albahaca. No hace falta que te diga cuál es mi ingrediente secreto, ¿verdad? Pues sí, lo has adivinado, las hojas de albahaca fresca.