Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ilitia Encarna Hernández Torregrosa

 

Tras el Día de la Madre, éste es mi particular homenaje a ellas, y a las matronas -¡comadronas!- en el 5 de mayo, Día Internacional de las Matronas.

Va dirigido a quienes se dejan la piel trabajando sin mirar el reloj, en mitad de un sistema que a veces las relega a un segundo plano, siendo ellas expertas en el parto normal.

A las matronas, que no dudan ante el parto.

Y en especial, estas líneas van dirigidas a una mujer que comprendió que en los partos se actúa y sobre todo se acompaña.

 

Éste es un relato carente de tiempo y época. Sucedió... de noche o de madrugada. Lo cierto es que el sol aún no había salido y la oscuridad se despedía lentamente cuando en el pueblo se escuchó caminar con rapidez a dos personas por las calles en silencio. En uno de los callejones, fugazmente, se vio pasar la sombra menuda de una mujer en compañía de un hombre. No podría decir en qué dirección iban, tan sólo que su caminar era semejante al que busca serenar su inquietud. Las casas parecían dormitar plácidamente dando una imagen de soledad en el pueblo. Las luces de las farolas proporcionaban sombras que se alargaban hasta confundirse en la oscuridad. Los pasos rápidos del hombre se anteponían a los de la mujer. La mirada desesperada de él era calmada con las suaves palabras de ella. El avanzar de ambos, como el palpitar de la angustia, interrumpían el descanso de un sonámbulo que curioso se asomó a la ventana para de nuevo quedar sumido en un profundo sueño. Era necesario que se dieran prisa, el momento había llegado. En el hogar del desconocido se necesitaba la sabiduría y los conocimientos de “Ilitia”. Sus reconfortantes palabras ofrecerían sosiego a quien se encontraba en el gran momento de dar la vida a un nuevo ser. Sólo ella, una mujer menuda, sería capaz de sujetar el grito de la parturienta. Únicamente ella podría ofrecer las palabras de sosiego a la mujer que sentía cómo se desgarraba para dar la vida a una nueva criatura. Y una vez más “Ilitia” vería cómo los padres le pagarían con una sonrisa mientras sus miradas se colmaban de satisfacción frente a la vida que surgía sin necesidad de conjuros o salmos, llegando a las manos fuertes y poderosas de esta diosa que alumbraría la entrada a este mundo a un nuevo ser.

La pequeña figura de “Ilitia”, diosa de la maternidad, fue el bálsamo para calmar los dolores y el frío sudor que descendía por la frente cansada de Carmen, que en el lecho llamaba con desgarrador grito al hijo que lleva dentro. A su lado, la diosa maternal y a la vez mortal extrajo de su oscuro maletín lo que tenía de humana, y sin contagiarse de la desesperación de la que era ya madre, acogió entre sus manos al primogénito que entraba en este mundo. “Ilitia” ofreció sus más preciados dones, las palabras y su ánimo, a la vez que una sonrisa se abría paso, en ese momento, en su rostro, mientras las lágrimas de felicidad acudían a sus ojos. De nuevo, entre sus manos, tenía a un nuevo ser que llegaba a este mundo.

Sinceramente, he creído que para hablaros de Rosa, mujer en la que se conjugaban la sensibilidad y el aplomo, necesitaba contaros este pequeño cuento de “Ilitia, diosa de la maternidad”.

Es en él donde yo puedo encontrar a esa mujer poseedora de una sutil sabiduría, a la que habría que añadir su innata simpatía. Ella condujo a un sinfín de mujeres a pasar ese difícil trance del nacimiento de un hijo. Rosa estuvo más allá de las personas que caminan por las calles, su diferencia con todos ellos (con nosotros) se encontraba en un rostro risueño y esa palabra fácil que la llevó a alcanzar el entendimiento con el resto de personas de su alrededor. Poseía el toque ocurrente que proporcionaba seguridad en los instantes difíciles, y a la vez, lo sorprendente de esta pequeña mujer, poseía esa constancia demostrada a la hora de alcanzar la sabiduría en el campo de la obstetricia, conseguida a fuerza de estudios y entrega. Comenzando desde la nada, alcanzó su preciado y precioso titulo de comadrona, cuando apenas contaba con posibilidades para obtenerlo. Todo ello hizo de esta nueva “Ilitia” la comadre de cientos de mujeres en la figura de una persona decidida. 

Con su aspecto siempre sencillo y alegre, se la vio por el pueblo en miles de ocasiones con su maletín oscuro unido a ella como si fuese la prolongación de su brazo. Si alguien le preguntaba, la respuesta casi se podía adivinar: "Voy a asistir a una mujer de parto".

Sin embargo, Rosa no se diferenció de las demás mujeres que cuidaban de sus casas, que lavaban la ropa, que cocinaban los pescados con sabor a ajo; y, como todas las demás, se preocupaba de que sus hijos, cuando apenas eran unos niños, no se acatarrasen al llegar los fríos. Como premio a esta vida familiar, se dejó querer por quienes estaban cerca de ella y eran parte de su familia. Aunque en esto Rosa fue diferente al resto de las mujeres: es a ella a quien le pueden decir innumerables personas que la consideran una madre.

A ella la trataron como a una hermana mayor. Ella fue como esa tía con la que siempre se puede contar. Y ella fue… la mujer por la que muchas mujeres sintieron una especial gratitud. Para definir el rango familiar que todas han sentido y tienen hacía esta pequeña mujer, habría que inventar una palabra.

Rosa, con su cabello corto, donde el color dorado del sol del atardecer dejó paso al blanco del invierno, con su mirada chispeante y manos fuertes, podría ser una mujer de Castilla, de Asturias o de Andalucía; pero lo que la identificó como mujer de Torrevieja fue ese sentimiento de entrega, unido a un espíritu delicado, con la sutileza y la alegría justas de su carácter. Esto hizo de Rosa una mujer completamente mediterránea. Como si fuese una diosa cuyo don se encontraba por encima del conocimiento del normal de los mortales. Ella pudo enorgullecerse de los cientos y cientos de nacimientos que tuvieron lugar en el pueblo y en su presencia. Soportó sin queja las largas horas de espera que se necesitan para dar la vida a una nueva criatura, la angustia de los familiares, los alaridos de la madre primeriza, lo escaso del equipo para llevar a cabo su trabajo en condiciones extremas. Todo ello era consecuencia de un oficio que para Rosa significó la necesidad de ayudar a las parturientas. Ella tuvo el raro privilegio de ver a las madres pariendo a criaturas que también hoy son madres de otras niñas y niños.

A lo largo de los años, la naturaleza, con ayuda de esta menuda mujer, ha hecho posible el mayor de los milagros, y en esos momentos la astucia y su decisión fueron la salvación para la madre y el hijo. Todo sucedía en cuestión de segundos, agarraba la vida con fuerza y ante ese grito desgarrador surgía el brillo de la nueva vida. Entonces, y sin llegar a acostumbrarse a esa sucesión de acontecimientos, surgía el toque dulce y sereno que ella sabía dejar junto a ambos.

Así era Rosa. Si en alguna ocasión te encontrabas en una reunión con gente de mi pueblo, y pasando desapercibido contemplabas a un grupo de mujeres hablando -ya sabes- de sus preocupaciones, alegrías o problemas, si al tiempo que saboreabas el café notabas sin previo aviso cómo se hacia el silencio en mitad de los diferentes discursos, y al levantar la cabeza descubrías en el centro de semejante grupo de mujeres una entre todas ellas que sin desear grandes honores era acogida por todas las demás como alguien especial, sabrías que estabas ante la figura inconfundible de Rosa. En un instante su voz, tan peculiar como su persona, irrumpió entre las mil voces de las mujeres:

-Buenas tardes. ¿De qué se habla...?

Y como si todas las presentes se pusieran de acuerdo, acogían a esta mujer como si fuese la madre de todas ellas. En ese momento, tal vez te preguntarías:

-¿Por qué ese breve saludo ha despertado en estas damas tal euforia hacia quien es una mujer más? ¿Quién es ésta a la que rodean como si fuese una aristócrata? ¿Cómo es posible que todas las mujeres se pongan de acuerdo en seguir a quien tiene aspecto de ser una delicada persona?

La respuesta sería tan sencilla como la persona misma:

Se trataba de una dama que ha sabido comprender, atender, cuidar y, con su fácil palabra, convencer a cuantas mujeres necesitaban de su ayuda. Quizás si la hubieras visto, no habrías encontrado en ella más que la serenidad de un cielo apacible, un lento caminar y cientos de momentos dibujados en aquellas historias que en un segundo contaba si le preguntabas por su pasado. En cambio, si te fijabas bien en su mirada especialmente clara, seguro que sentías un escalofrío. En ese instante habrías descubierto a esa “Ilitia” que con su antorcha alumbró el camino de quienes llegaban a este mundo. En tu interior quedaría -como queda en todos los chiguitos que han pasado por sus manos- el dulce sabor que desprende quien, siendo simplemente una mujer, poseía el aspecto de chiquilla inquieta. Y después de estar unos segundos con ella, al alejarte podrás decir como tantos otros:

-Yo también he conocido a Rosa la comadrona.

En definitiva, esta mujer fue sencillamente así.