Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 3 - Verano 2006
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El insólito y angustioso caso del señor que no sabía si se había muerto Antonio Sala Buades

 

Un nombre corriente y unos apellidos corrientes no siempre convierten en corriente a una persona. Pero sí a su identidad. Precisamente su identidad se repetía en cientos de paisanos. Cuando se presentaba un equívoco, bastaba con aclararlo con los posibles implicados. Si se encontraban cerca, todo quedaba en una anécdota simpática. El verdadero problema llegó al aparecer ese nombre tan corriente y esos apellidos tan corrientes, por el mismo orden, en la crónica de sucesos.

Nuestro hombre creía a pies juntillas cuanto aparecía en los periódicos. Especialmente, en «su» periódico. Hasta ahora no le había fallado. Si la sección meteorológica anunciaba que iba a llover, chaparrón al día siguiente. Si publicaba la noticia de un asunto de presuntas corruptelas, al poco declaraban los imputados. Si anunciaba la celebración de un acto de enorme trascendencia, después venían los pormenores. Su fe se habría quebrantado irremisiblemente de haber leído los horóscopos... Pero sobre esa página nunca hizo el menor amago de posar la vista, desde que le suspendieron Historia en el instituto por no dominar la mitología griega. Como algo tendría que ver el Zodiaco, por despecho, lo pasaba de largo. Crédulo, pero rencoroso como ninguno.

La reseña era escueta: un sujeto, que respondía a su mismo nombre y sus mismos apellidos, falleció atropellado en una carretera por la que él también solía deambular. Y en seguida surgió la duda. De la duda, la inquietud. De la inquietud, la zozobra. Y de la zozobra, aunque no pensara reconocerlo —menos mal que en ese momento estaba solo—, el miedo. La única forma de que desapareciera el miedo radicaba en que desapareciera la duda. Y a ello se aplicaría.

Para matizar una información, lo mejor era acudir a su difusor principal. Llamada inmediata al periódico. Respondió una empleada que le anunció que el director estaba reunido. Ante la insistencia de su interlocutor, e impelida por la urgencia de su preocupación, no tuvo más remedio que ponerlo en contacto con la redactora de sucesos, que en ese momento no pasaba por allí, pero iba provista de teléfono portátil. Notable invento, pero inoportuno a veces. La aprendiza de periodista, que no recordaba ni de lejos la nota entre las decenas que redactaba cada día, se fingió escandalizada por la posibilidad de que un desconocido la incitara a revelar sus fuentes. Ése era un periódico muy serio, muy comprometido con la libertad de expresión; hasta el punto de que sus dirigentes, que habían luchado por ella durante la transición democrática, ya habían luchado también mucho antes, cuando trabajaban para el poder. Nadie entendía en qué consistió esa lucha, pero la cuestión es que habían luchado. Así que, por la deontología de la prensa libre, nuestro hombre no disipó en este primer intento ni su duda, ni su inquietud, ni su zozobra, ni su miedo.

Tampoco los disiparía en el segundo. Porque, según precisaba la reseña de marras, se había oficiado el funeral en la iglesia de la localidad. Ni corto ni perezoso, el atribulado personaje encaminó sus pasos hasta la entrada del templo. El párroco estaba ocupado con la misa. Después dedicó unos minutos a confesiones. Nada extraordinario; dos pecados de pensamientos impuros, uno de adulterio y cinco de codicia de bienes ajenos. Las ovejas descarriadas volverían al redil. Así que al fin pudo recibir al feligrés de rostro asustado. Lamentablemente, no le sería posible atender la petición, pues se había autoimpuesto una pauta de conducta que seguía a rajatabla: jamás dejaría para su consulta los libros parroquiales. El obispo le contó que, en la iglesia cuyos destinos regía ahora, en tiempos hubo que enterrarlos, junto con las imágenes, para que escaparan del devastador fuego del odio. Desde entonces, el cuidado de los sacerdotes evitaba cualquier riesgo, por nimio que pareciera. Por ende, así también eran protegidas las valiosas e irremplazables hojas de la acción de los bolígrafos subrayadores o anotadores, que tanto daño infligen a los documentos antiguos. Lo que el párroco se calló fue que esos bolígrafos habían sido esgrimidos por predecesores suyos en el cargo; pero esa fruslería no venía al caso.

Quedaba una última carta por jugar: las funerarias. En la ciudad había pocas. Sólo tres. Bastaría una simple pregunta, un nombre y algunos datos. Cada vez más nervioso, llamó a la puerta de la primera. Al interrogar al dependiente, vestido con respetuoso alivio de luto, apenas le salía la voz de la laringe. Podía haberse ahorrado el esfuerzo, ya que el aliviado en negro le respondió que tenía taxativamente prohibido facilitar datos de los clientes sin la pertinente orden judicial. Como argumento irrefutable, añadió que los afectados podrían presentar una demanda. En la siguiente, inquirió sobre el asunto a la propia dueña, no tan aliviada en la indumentaria pero igualmente estricta en el cumplimiento de su deber. Sin el mínimo resquicio a la relajación, aseguró que, salvo que lo mandara el juez, ella era una tumba. Y en cuanto a la tercera funeraria, ni siquiera pudo traspasar el umbral. En la puerta rezaba un letrero: «Cerrado por defunción».

Desesperado por el celo profesional de los tres gremios a los que se le ocurrió dirigirse, y aumentando su angustia por momentos, decidió mantener al margen a la familia —mientras no estuviera completamente seguro, había que evitarles disgustos a la mujer y a los niños— y sincerarse con un amigo al que tenía en gran estima. Él podría ayudarle, pues entendía de todo. Además, le constaba que no era celoso en absoluto. Ya de pequeño había destacado en el colegio. Actualmente, con un grupo de eruditos nacionales de su talla, estaba enfrascado en un ambicioso proyecto: la elaboración del censo mundial de expertos, sector España. Si era capaz de resolver ese descomunal problema, cómo no iba a resolver el suyo. Pero se lo pediría con delicadeza, porque no ignoraba que la ocupación de su conmilitón le exigía casi las veinticuatro horas del día.

Comenzó la charla con los saludos de rigor e interesándose sin demasiado interés por sus cosas. Luego le planteó el caso sin titubeos. El interpelado, invocando la infancia y la juventud compartidas y las correrías comunes, prometió que sacaría tiempo de donde no lo tenía para pensar en la forma de calmarlo. En efecto, en breve le devolvería la llamada para infundirle una esperanza. En su equipo de trabajo figuraba un eminente forense, que lo remitió a la clínica de la capital en que prestaba habitualmente sus servicios. Tras una serie de pruebas, molestas pero imprescindibles, tendría la respuesta que tanto anhelaba. Por su influencia, lo había arreglado todo para que se las hicieran pasado mañana. Emocionado, nuestro hombre transmitió su más sincero agradecimiento al amigo. Éste, disimulando como pudo la quiebra de su voz, le deseó valor y suerte.

Hubo de inventar los pretextos más inverosímiles para explicar su ausencia, tanto en la oficina —el jefe no quedó muy convencido e investigaría— como en su casa. La jornada pareció eterna. Llegó a la clínica, en ayunas, a primera hora. De una sala a otra. De una camilla a otra. De una pantalla a otra. Jeringuillas, tubos, apósitos varios... Máquinas de todo tipo escudriñaron su organismo. Médicos de distintas especialidades lo examinaron con semblante circunspecto; sus miradas no debían aventurar ningún diagnóstico que pudiera devenir erróneo. La enfermera que lo despidió, pasadas las once de la noche, le recomendó tranquilidad —¡qué fácil era recomendar tranquilidad!— hasta que le fueran enviados los resultados de las pruebas.

Su esposa lo había notado un tanto raro últimamente. Se sobresaltaba por cualquier minucia. Ya no leía el periódico con la misma frecuencia ni con la misma delectación. Y algo mucho más extraño: rompía y arrojaba a la basura las páginas de sucesos. Pero lo peor venía cuando le preguntaba por el motivo de su anormal estado de ánimo. Si no eludía la respuesta o no la convertía en un desplante, amenazaba con enfadarse.

Al cuarto día de la visita a la clínica, encontró en el buzón un sobre con el membrete de ésta. Ahogó el grito de ansiedad para que el vecino del quinto, tan impertinente como todos los vecinos del quinto y que en ese instante entraba en el vestíbulo, no empezara a husmear. A la pregunta de si se encontraba bien, lo primero que se le ocurrió contarle fue que estaba aprendiendo a toser en distintos idiomas. El vecino del quinto acabó subiendo al quinto, no sin antes obligarlo a toser en francés, alemán y ruso —porque en español e inglés ya sabía—, y solicitarle la dirección de una academia tan competente.

Ya no cabía aplazar el trance. Buscó un sitio seguro, apartado de cualquier vestigio humano. Miró a ambos lados, respiró hondo, cerró los ojos para tomar fuerza y al abrirlos enfocó el sobre que cobijaban sus trémulas manos. Con una entereza que incluso llegó a sorprenderlo, rasgó el papel de una sola vez. Asomó un folio doblado transversalmente en tres. No podía leer su contenido. Aún. Hizo nuevo acopio de energía para sacarlo y desplegarlo, con la vista perdida en un horizonte difuso. Era consciente de que dentro de un segundo, quizá dos, tres a lo sumo, abandonaría la incertidumbre, para bien o para mal. Un lento, cansino y patético giro de cuello lo enfrentó con la realidad.