Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 48 - OtoƱo 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Quietud Gema Bocardo Clavijo

Finalista foto 2

Amaba la quietud. Esos instantes previos al alba en los que el tiempo quedaba suspendido en las primeras luces de la aurora. El mundo entero en calma. Aislado en una burbuja. Estático. Inmutable. Ella dormía. Abandonada al sueño. Su respiración queda no perturbaba el silencio. El rostro enmarcado por los cabellos derramados sobre sus hombros desnudos. Era entonces cuando la penetraba. Despacio. Sin moverse apenas. Quería que siguiera dormida: los ojos cerrados, su cuerpo laxo… una cálida estatua de sal y carne. Pero el placer la sacaba de su letargo. Su cuerpo respondía al otro cuerpo. Los suspiros tornaban en gemidos que, al igual que un potente sonido agudo quiebra el cristal, rompían la burbuja despertando a la ciudad. Y entonces la odiaba.

Porque con la mañana llega el día y con él la ducha templada, el café amargo y el beso tenue de despedida en los labios. Y la calle por la que se desliza una riada de cuerpos presurosos. El tedioso trabajo en la oficina con su montaña de documentos apilados en el escritorio, las llamadas, los faxes, dedos martilleando los teclados sin descanso, bocas que se abren como agujeros deformes para no decir nada y la pausa para el café, el cigarrillo mal fumado y luego más faxes, más documentos, más timbres de teléfono... Y el regreso a casa arrastrado por la misma riada de cuerpos, ahora agotados, que se resguardan del sol implacable o corren bajo la lluvia que cae como un castigo del cielo, derramando toda la polución sobre el miserable mundo. Y cada día es igual pero distinto, las mismas hojas caídas en otoño y la misma lluvia cayendo del mismo cielo plomizo arrastrando la misma polución sobre la misma podredumbre, los mismos pétalos abriéndose en primavera y cayendo durante el estío, las mismas hojas de otoño… lo mismo para todos, pero no para él, para él son diferentes: nunca la misma hoja, la misma gota de lluvia, el mismo copo de nieve. Como si sus ojos se hubieran abierto y vieran bajo la máscara de la realidad la putrefacción del mundo: cada célula de la piel remplazada, el estertor de cada flor, la lenta agonía de cada pétalo. La vida acercándose inexorable a la muerte. La vida que, en realidad, no era vida.

Y se refugiaba en su casa, buscando la quietud, cerrando la puerta a su espalda. Pero de nada le servía huir del tiempo porque se colaba por sus resquicios, por el marco abierto de las ventanas. Y acechaba detrás de cada esquina de los muebles, su corazón latiendo en el reloj de la cocina, aguardando entre las sábanas de su cama. Riéndose de él hasta que llegaba la noche y callaba… hasta el alba. Y tras ella, una nueva mañana.

 

La tomó, como tantas veces, mientras dormía. Despacio para que no despertara pero el placer la llamó entre sueños y su cadera respondió a su cadera. La aprisionó con su cuerpo para que se mantuviera quieta, pero se retorcía de placer bajo su peso. Los labios trémulos abriéndose para exhalar el gemido que despertaría al tiempo. Una rabia sorda nubló su mente: las manos se cerraron sobre su cuello fino y alargado para detener el ruido. Ella abrió sorprendida los ojos y encontró en los suyos el odio sórdido y oscuro que enturbiaba su mirada. El gemido murió en el fondo de su garganta. Y por primera vez tuvo miedo.

A partir de entonces obedeció sus deseos, sin abrir los párpados, abandonando su cuerpo, los miembros desmadejados... mordiéndose los labios para ahogar la voz del placer hasta que no hubo placer que ahogar, sólo miedo. No quiero que cambies, quiero que seas siempre tú, siempre así, siempre… ahora comprendía que no era una declaración de amor, sino una amenaza velada. Ya no sonreía para que no se arrugara su rostro, ni fruncía el ceño cuando se enfadaba. La boca cerrada para que sus palabras no perturbaran el silencio que fue creciendo poco a poco, su voz sorda tomando posesión de cada rincón de la casa, ganándole espacio al tiempo. Pero éste no detenía su devenir ineluctable y dejaba marcadas las huellas de su paso sobre la carne. Y él acariciaba la comisura de sus labios y el contorno de sus ojos como si quisiera alisarlos; redondear los pechos que comenzaban a caer como fruta madura; borrar los surcos que labraba en sus glúteos; deshacer los hoyos de la cara externa de sus muslos...

 

Una tarde llegó antes del trabajo. Ella se bañaba. Frotando su vientre, su sexo, sus axilas… una estatua de sal deshaciendo su belleza etérea en el agua. "Quédate quieta". Y ella intentó mantenerse sumergida, contener sus pechos que pugnaban por emerger como islotes en el océano, el pie anclado en la pared de mosaico, una barca luchando contra el empuje de la marea. El la observaba en silencio. Si pudiera conservarla inmutable... Como una mariposa clavada dentro de una vitrina. Un animal flotando en un frasco de formol. Una figura dentro de una bola de cristal.

"Sumérgete", ordenó. Ella leyó la locura en sus ojos y no le obedeció. Decidido, apresuró los pasos y extendió los brazos. Los pies patinaron en las baldosas resbaladizas por el agua derramada. El precario equilibrio turbado. Un golpe seco contra el borde de mármol que quebró su frente y el silencio. Luego, de nuevo, la calma. Despertó. La sangre cálida se deslizaba por su rostro tiñendo las baldosas de púrpura. La miró. Suspendida entre dos mundos, el aéreo y el acuático. El óvalo perfecto de su cara reflejado hasta el infinito en la superficie de un espejo de agua. Una nereida emergiendo del mar. Una flor cuajada de rocío. Un nenúfar suspendido en una cascada helada.

Congelado el instante como en una fotografía.

Pronunció su nombre para que lo mirara, para que su propia imagen se prendiera en sus ojos y permanecer por siempre en ese momento eterno. Exhalar el último estertor riéndose del tiempo.

Ella no se movió.