Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 29 - Invierno 2013
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La alondra Marí­a Ángeles González Díaz

(Collage: María Benavent)

Vuelo sin destino, pero construyo el nido

 

A ti, por ti, por tu recuerdo, en nuestra memoria, ahora y siempre.

 

El vuelo de la alondra

Los pasos de la esbelta mujer se dirigían hacia un lugar desconocido. Toda su figura asaltaba agresivamente los muros de los edificios que iba sorteando con las sombras que se alienaban a lo largo de su camino. El destino era desconocido. Multitud de personajes neutros e impersonales se cruzaban y tropezaban contra ella. No se inmutaba. Seguía fielmente dirigiéndose hacia la nada, esperando, esperando. Sus mejillas blanquecinas no demostraban la rabia y la fuerza interna que enloquecía todo su ser.

Prefería no pensar. Reconocía que la realidad era aquella y que nada ni nadie podía cambiarla. Había perdido a su hijo. Por mucho que su marido, familia, amigos la habían aconsejado y apoyado, toda ella no podía emerger de la tristeza y la incertidumbre. ¿Por qué ella, con todo lo que había luchado? Gruesas lágrimas querían inundar su rostro, pero casi no quedaban. Habían repoblado cada espacio de su habitación, habían surcado los pliegues de las sábanas de algodón, incluso habían intentado caer como gotas de lluvia perdidas sobre las páginas de los libros que la habían acompañado en el largo proceso.

Katia siempre se había considerado una mujer valiente y con una gran fuerza emprendedora, pero ahora sentía que todo aquello quedaba lejano. El vacío interno que sentía en sus entrañas, el dolor intenso que envolvía su corazón, formaban gruesas telarañas en su cerebro que le impedían llegar al convencimiento de que en la vida, lo que ocurre no es culpa de nadie. Simplemente, ocurre. Pero ella, en su infinito amor por aquel hijo que había añorado, querido y esperado, no podía calibrar ni sopesar el porqué del desenlace.

Desde pequeña, su anhelo era ver entre sus brazos a una pequeña criatura por la que dar su vida. Seguir sus pasos día a día, segundo a segundo. Katia sabía que los padres son como fornidos arcos que, con los años, deben lanzar las flechas hacia parajes desconocidos y alejados. Las flechas deben seguir su ruta. No debemos dejarlas agarradas y forjadas en el arco. Deben ser libres para tomar decisiones, para equivocarse si es necesario, para vivir todo aquello que la vida les pueda ofrecer. El arco sólo debe estar expectante, vigilando, cercano o alejado, pero sin inmiscuirse en el trazo elegido por ella. Aconsejando, sugiriendo, tal vez. Pero nunca dirigiendo el rumbo. El arco de Katia estaba vacío. Durante meses había tensado fuertemente las cuerdas para que su flecha querida llegara a buen puerto. Pero todo había sido en vano. Su dolor se unía al dolor que sentía su marido. Tantas ilusiones, esperanzas, proyectos, truncados. A los de su familia, todos atareados en la llegada de aquel niño que iba ser el fruto del amor, la esperanza.

Katia se sentó en el banco de cierto parque sin nombre. Oía, sin escuchar, el canto de algún pájaro. Imaginó que era una alondra. Cuando por prescripción médica reposaba día a día en el lecho de su habitación, veía volar por su ventana algunas aves que, incluso, se posaban en la repisa. Alondras, las llamaba, libres, voladoras, surcando cielos inmensos, parajes interminables. Las envidiaba. Imaginaba ser una de ellas y salir de aquella jaula de oro, alas pequeñas y sutiles capaces de transportarla hacia el infinito, hacia el cielo, hacia donde juguetean y corretean los ángeles.

 

A través de mi ventana

A través de mi ventana, veo cada día cómo nace el sol. A través de mi ventana, observo cada día cómo cae la noche. A través de mi ventana, contemplo cómo las nubes cruzan rápido el cielo y, a veces, imagino que eres tú el que, con tus juegos, las asustas a correr en su vuelo.

Aún no sé cómo es tu cara, aún no sé cómo son tus ojos; pero ya intuyo pecas en tus mejillas, rayos rojos en tus cabellos, porque, según dicen las hadas, según cuentan los más viejos, los ángeles son, más que nada, niños traviesos que, en sus travesuras, persiguen a las estrellas por el cielo.

Y tú, mi niño Ángel, debes ser el cabecilla, el primero.

A través de mi ventana, de la ventana de mi corazón, hoy triste y maltrecho, quiero soñar que algún día, todo esto soñado no será un sueño. Y podré verte correr, con tus mejillas pecosas, con tus rojos cabellos.

Y no perseguirás nubes ni estrellas, sino a tu querido perro, y todo este sabor amargo que ahora siento, se convertirá en risas y abrazos, en un eterno beso.

Porque, ¿sabes, Ángel mío? Ahora tengo mucho miedo, no sé lo que siento, ni si lo que siento es bueno. Sólo sé que te quiero tanto, y que no puedo comprenderlo. Si en algún momento no he sido valiente, y he flaqueado en el intento, perdóname, Ángel mío; miraré otra vez por mi ventana e intentaré ver sólo sol y sueños.

Y piensa que tu madre, ante todo, te quiere.

Sólo que olvidó, por un momento, que el camino de la vida es angosto y cruento.

Sólo pretendía mostrar al mundo la alegría y el gozo de llevarte dentro.


Y ahora, asustada y dolorida, sólo le resta, besándote en sueños, intentar imaginar cada día el sol que nace, la noche que cae, tu cara pecosa, tus rojos cabellos.

 

Te quiero

En unos folios que dejaba siempre al lado de su cama, Katia leía y releía en voz alta, pero queda, aquellas frases que surgían como cascadas de agua que fluían de su cerebro al corazón. Las repetía una y otra vez para que la vida que llevaba en su interior las escuchara, para que las pocas fuerzas que penetraban en ella llegaran incólumes a su hijo, reforzándolo y otorgándole una fuerza interior que le animara a seguir. Hablaba con él, le explicaba con detalle todos los pormenores del día que iban aconteciendo. Le describía con imaginación las alondras que se posaban raudas, a veces, delante de su ventana, su contacto directo con el exterior. Le hablaba de la libertad que poseían al poder volar muy alto y acercarse hacia lo más lejano, sin ataduras, sin obligaciones, sólo volar, volar. Como flechas dirigidas a rumbos desconocidos, en busca de aventuras insospechadas, en busca de nuevos horizontes. Y Katia sabía que su pequeño la escuchaba y anhelaba salir de sus entrañas para poder observar, junto a ella, todo aquello que acontecía a los pies de aquel lecho.

Katia nunca había sentido en su interior ningún movimiento, ninguna prueba de que su hijo se iba gestando poco a poco. Pero como madre, sentía su aliento, sentía cómo abría los ojos y se desperezaba cuando despertaba, cómo succionaba el alimento que recibía de ella. Intuía todo aquello, y la reconfortaba. Era la única relación que podía tener con él. Acariciaba su vientre, sabiendo que el calor de sus manos traspasaba su piel. Susurraba canciones de cuna, casi en silencio. Como si el simple movimiento de sus labios fuera suficiente para ser reconocido y escuchado. Aquella relación era intensa y diaria. Suponía que alguien la podía tildar de locura. Pero a ella le servía para sentirse cada vez más cercana, más unida a su criatura.

 

Hoy, hace un año, saliste de mi cuerpo pero no de mi vida.

Sigues estando presente en mí, sigues soñando dentro de mí.

Porque aunque tu cuerpo no quiso quedarse conmigo,

dejaste preparada otra ilusión, otra semilla para que germinara más tarde:

la semilla de la esperanza.


Ahora esa esperanza puede florecer en mi vida. Y si Dios quiere, se llamará como tú, Ángel, y conocerá tu lucha por sobrevivir, el gran cariño con el que inundaste mis entrañas, los momentos plagados de soledad en los que tú y yo compartíamos el silencio, las lágrimas que inundaron nuestros corazones.

Así, aprenderá a luchar por la vida, como lo hiciste tú, vida mía; así, sabrá que en este mundo tan extraño, sólo el amor y la esperanza pueden romper barreras, pueden crear otro anhelo.

Pero solamente tú y yo sabemos la verdad.

Preferiste subir a lo alto y perseguir a las blancas nubes, con tus ojos verdes, con tus rojos cabellos, con tus pecosas mejillas, y desde allí nos miras, travieso, pero nunca nos olvidas.                                   

 

La soledad soleada

Iván recordaba tenuemente a sus padres. Una sencilla fotografía que guardaba celosamente en el armario que le asignaron desde el principio más algunos objetos personales de ellos conformaban su tesoro más preciado. Con apenas tres años, un fatídico accidente de automóvil truncó su esperanza. Sin posibles parientes o, sinceramente, sin nadie que se hiciera cargo de su persona, Iván pasó directamente a un orfanato, no importa dónde ni cuándo. Desde entonces, la atención que había recibido había sido siempre correcta e incluso cariñosa. Con sus recientes cumplidos seis años, ya consideraba aquella casa como su único hogar, y a los que durante aquellos años le habían cuidado, su «familia».

Sólo en ciertos momentos su entereza se derrumbaba. Algunos compañeros más o menos grandes o pequeños salían con la sonrisa amplia acompañados de sus futuros padres. Aquello no era envidia. Sólo pesar y tristeza porque a medida que pasaban los años la adopción era más complicada. Y era plenamente consciente de ello.

Iván cumplía religiosamente todas las tareas de la casa y del colegio. Pero en los momentos de ocio y descanso, su única ilusión era corretear por el jardín de la casa y apreciar las maravillas de la naturaleza que le rodeaba. Uno de los regalos que había apreciado inmensamente el día de su cumple fue un libro dedicado a las especies de aves. Adoraba a los animales, pero las normas no le permitían tenerlos. Por ello, hojeaba una y otra vez las páginas ilustradas imaginando si realmente él pudiera tener alas como ellas y remontar el vuelo superando las verjas de aquella institución.

La alondra era su ave preferida. Pequeña, como él, pero libre. Bajo los rayos del sol que inundaban el jardín, oteaba una y otra vez buscándolas. A veces, grupos de ellas sorteaban las bajas nubes acercándose a los cercanos trigales en busca de semillas. Iván las envidiaba. Volarían hacia sus nidos para alimentar a sus crías. Las cuidarían hasta que fueran capaces de enfrentarse con la vida, defenderse contra todas las adversidades, contra el mundo.

Destierro soleado. Solitario bajo el sol estival. Bronceado con los etéreos rayos. Ráfagas de suave viento que se entremezclan entre sus cabellos rizados. Velados silencios repletos de gritos acallados por miedos. Desesperanzas rotas a pedazos como grandes bloques de hielo. Hielo en su mirada. Alma adormecida por el calor sin nombre. Nada es nada. Todo es todo. La figura del pequeño deambulaba trémula por el jardín del hospicio sintiéndose cada vez más alejado de la realidad. De «su realidad». Abriendo sus delgados brazos, planeaba como si intentara elevarse de ella y encontrar la respuesta a su eterna pregunta: «¿Cuándo vendréis por mí?».

—Alondra, alondra —susurraba quedamente—. Vuela muy alto y tráelos hasta mí. Atraviesa valles y montañas. Pueblos y ciudades, aldeas y páramos. Cielos abiertos y noches cerradas.  No cejes en el empeño. Sólo susúrrales al oído tu bello gorjeo: «¡Estoy aquí!».

 

Katia y Rubén

El silencio había penetrado en sus corazones. Después de la visita médica, los resultados no dejaban dudas. Nadie iba ocupar la estancia repleta de peluches y dibujos pintados sobre la pared. Todo aquello se borraría como por arte de magia. Ninguno de los dos poseía fuerza suficiente para atacar aquella situación. La puerta de la habitación parecía blindada, infranqueable.

Sentados en el sofá de su casa, casi no articulaban palabras. La pérdida de su hijo había sido muy dura, pero la imposibilidad de engendrar otro, una pesadilla.

Katia no pudo soportar aquel ambiente. Rauda, subió anhelante las escaleras e invadió sin permiso la estancia prohibida. Cerró muy despacio la puerta y, aunque notaba que sus mejillas cada vez estaban más húmedas, acarició palmo a palmo cada centímetro de las paredes, de los muebles. Colocó con gran delicadeza todas las finas prendas encima de la cuna.

Millones de emociones salieron de su interior. Parecía que su querido bebé estuviera diciéndole todo lo que tenía que hacer. El intenso dolor fue menguando. La frustración por su pérdida, apaciguando. Se sentó en el sillón donde debía acunar a su hijo. En sus brazos mecía al peluche que debería ser su preferido.

Rubén no se atrevió a seguirla. La comprendía pero era incapaz de hacer algo porque él mismo estaba sumido en la desesperación. Todas las noticias recientes habían truncado su ánimo. Se sentía dentro de una densa niebla sin saber cómo seguir, a quién acudir. Preguntas inconclusas martilleaban su alma, rompían su entereza. Amaba a Katia, deseaba tanto como ella la llegada de aquel niño. Sus ojos atravesaban de punta a punta cada rincón, cada objeto, pero no veían. Su corazón golpeaba sin piedad su pecho, pero no sentía. Vacío. Negación. Tal vez locura.

Katia oyó un ruido en la ventana abierta. Dejando el peluche en el sillón, se acercó a ella. En el alféizar, una pequeña alondra, a pesar de su presencia, observaba el interior de la habitación. Sin inmutarse, inició un maravilloso gorjeo que atravesó cada poro de aquel aposento y penetró en las entrañas de Katia. Semejaba el canto de una voz infantil, esperando una respuesta. Terminado, voló hacia el cielo.

Katia permaneció callada, el cuerpo entumecido, el corazón palpitando. Pero su raciocinio seguía activo. Volvió el rostro hacia la cuna. Sonrió. No pronunció palabra alguna. Alcanzando la puerta y dirigiéndose hacia el primer piso, encontró a Rubén sumido en su pesar.

—Vamos, Rubén. Alguien nos espera.

Rubén no le contestó. La cara radiante de su esposa era tan significativa que estaba dispuesto a afrontar todo aquello que le propusiera.

 

Los muros se pueden derrumbar.

Sólo hay que hacerlo

Durante siglos, todas las sociedades, anteriores y actuales, han ido construyendo muros de piedra o ladrillo para albergar a todos aquellos niños que por diversas razones no han tenido o no tienen el amparo de sus padres. Muros que envuelven estancias repletas de lechos donde los «sin nadie» anidan día tras día, envueltos en desesperanzas y soledades, olvidos y abandonos.

Actualmente, en España, la adopción es realmente difícil. Las listas pueden estar cerradas y la adopción puede demorarse entre los seis y nueve años. El proceso está plagado de documentación que en muchas ocasiones no ayuda a conseguir el objetivo. Y si a esta situación añadimos el factor económico, se reducen las posibilidades de muchas parejas. En estos casos, la burocracia gana la batalla al sentimiento, al deseo callado en grito de padres que podrían darlo todo y se desesperan en la nada.

Construimos muros bien altos para acoger a los «sin nadie». Los mantenemos hasta que cumplen su mayoría de edad, dejándolos abandonados a su suerte. Pero no evitamos esta catástrofe antes de que ocurra. Utilizamos piedras que envuelven sus vidas, que cierran sus posibilidades. Les forzamos a ser valientes cuando nunca han sabido lo que es la valentía. La han conocido a golpes intensos de momentos vacíos.

¿Cuándo esta legislación atenuará los escollos burocráticos y permitirá que la vida de estos niños pueda convertirse en algo más que una simple supervivencia? ¿No están ya bien marcados por sus situaciones personales de abandono o pérdida de sus seres más queridos? ¿No han sufrido ya demasiado con soportar una situación que ellos no han buscado ni han pedido?

Es un grito a la sensibilización, a la búsqueda de nuevos esquemas de adopción que permitan que la esperanza entre en el interior de estos chavales. Aquí y en todo el mundo. Siempre hablando de la necesidad de defender a nuestra infancia, de los derechos del niño, y obviamos y olvidamos a los que no tienen ni fuerzas ni voz para gritar con un callado silencio: «Estamos aquí».

Los muros de piedra se pueden derrumbar, pero no los sentimientos frustrados de millones de niños que simplemente desean unos padres y su cariño.

 

 

Alauda

Aun pensando que la decisión que había tomado era totalmente descabellada, Katia inició un estudio exhaustivo de las características de las alondras. Rubén la dejaba hacer, pensando que así podría cicatrizar su interior. Incluso la ayudaba buscando información en Internet y en enciclopedias.

Los resultados fueron positivos y amplios. La alondra ya se mencionaba desde el siglo xix, aunque era una especie desconocida. Pero la obsesión de Katia era saber dónde vivía esa especie. El espacio encontrado era muy amplio: un triángulo cuyos vértices serían las ciudades de Burgos, Lérida y Almería. Se trataba de un ave ligada a las estepas que aún conservan parte de su vegetación natural: matorral bajo de zonas llanas y pendientes poco acusadas. El núcleo más numeroso se podía encontrar en Soria y Teruel.

Katia interiorizó aquella información como si de ella dependiera su vida. Ahora debía iniciar el siguiente paso: buscar en aquellas zonas la ubicación de posibles orfanatos donde encontrar a aquel niño que sabía que la estaba esperando. ¿Intuición femenina? ¿Amor maternal?

La pareja conocía los inconvenientes de la adopción española. Rubén se encargó de estos  litigios. Katia, de la búsqueda. Aunque todos los documentos requeridos pronto estuvieron aprobados por la Comisión de Tutela del Menor, y a pesar de que la posible adopción podía tardar varios años, la pareja inició su largo peregrinaje en busca de aquel niño que la alauda había gorjeado en su bello trino.

Todos los fines de semana, casi de madrugada, iniciaban el largo o corto trayecto dirigiéndose a los puntos anotados en una lista que Katia adormecía sobre su corazón. La llegada al lugar era expectante y difícil. Una vez explicada su historia, muchos de los directores, además de reflejar un rostro mezclado de asombro y casi siempre de ironía, no dudaban en presentarles a los chavales del centro, pero siempre comentando que no podía llevarse a ninguno de ellos sin autorización oficial.

El desfallecimiento y la congoja cubrían los corazones de la pareja observando y conociendo las vidas desencajadas de aquellos chavales. Sus manos y su mirada se dirigían hacia ellos como esperando una respuesta. Pero Katia, a pesar de su dolor, no oía el canto de su alondra. Rubén callaba y seguía el juego de su esposa porque no quería hacerle más daño.

Pasaba el tiempo y los esfuerzos iban mermándose poco a poco. La impotencia era cada vez mayor. Cada visita era un sufrimiento para los dos. Nadie de su entorno entendía aquello, pero Katia no cejaba en su empeño. Por la noche, mientras Rubén dormía, se acercaba sigilosamente hacia la ventana y miraba hacia lo alto del cielo. La oscuridad no le permitía ver casi nada, pero en noches de luna oteaba las estrellas, la redondez de la luna. Tal vez, su niño también estaría en aquel momento observando. Y esperando. No podía abandonar. Necesitaba alcanzar algo más allá de la pura realidad, aunque pareciera imposible. Aunque todos pensaran que su raciocinio hubiera sido traicionado por cierta locura. No le importaba. Creía en ella y en su esperanza. Por encima de todo. A pesar de todo. Quería convertir sus ojos traspasados por las lágrimas en diamantes tallados a fuego, con las llamas del amor.

 

Expectatio

Dicen que la espera puede anular cualquier iniciativa, cualquier deseo. La vida humana está repleta de esperas. En la infancia, en la que cada día intuimos sucesos que pueden acaecer,  inmersos en sueños inocentes que nos trasladan a mundos fantásticos, la concebimos como una ingenua necesidad de poder alcanzar lo deseado. En la etapa juvenil, desaparece sepultada bajo la losa de la adolescencia. Su resurrección sobreviene cuando ya maduramos y soportamos con inmensa devoción todo aquello que nos llega. La expectación está siempre presente porque, cargados de la vieja experiencia, aprendemos a esperar, sin titubeos, sin preguntas, anhelantes de conocer lo que va a suceder.

Iván pertenecía al último periodo. A pesar de su corta edad, su realidad personal lo había convertido en un adulto. Los recuerdos de su infancia semejaban una dulce nebulosa que intentaba anclar en su mente para no olvidar. Sin quererlo, se había convertido en un adulto con cuerpo de niño. Y en el tiempo que vivía en el hospicio, la palabra ESPERA se había convertido en su principal aliada. Lo había aprendido sin ningún tipo de ayuda.

En los últimos meses, varias familias se comprometieron a iniciar el proceso de adopción. Pero se encontraron con la extraña negativa de Iván. Expuso variadas y sutiles excusas que nadie comprendía. Con educación y buenos modos, alejaba cualquier posibilidad de salir del orfanato. La directora, asombrada, le instó a reunirse con él para que le explicara sus razones. Iván bajó las escaleras lentamente, con pasos seguros, con semblante decidido, sin miedo a las posibles represalias. Era su vida y él debía decidir, no los demás. La reunión fue corta y la resolución de Iván, sorprendente. Después de escuchar sus palabras, respondió sin dilación:

—Estoy esperando a mis padres.

—Pero Iván... Tus padres murieron.

—Lo sé. Los padres que espero están de camino. No sé de dónde son ni cómo se llaman. Pero sí que me están buscando y que algún día traspasarán la puerta de esta casa y me llevarán con ellos.

—Pero Iván, cariño, eso son sólo especulaciones tuyas. ¿Quién te ha contado esta historia?

—La alondra que se posa en el porche del jardín. Su canto me ha asegurado que mi madre adoptiva existe. La espero.

El rostro de la directora no demostró lo que sentía en su interior. En su larga experiencia con huérfanos, nunca había escuchado semejantes palabras de la boca de un niño. No quería reprenderlo por no aprovechar las ocasiones de adopción que habían surgido. Acercándose hacia él, le cogió las manos mirándole a los ojos y le susurró con gran afecto:

—De acuerdo, cariño. Los dos esperaremos a tu madre, y, cuando llegue, te prometo que utilizaré todas mis influencias para que podáis marchar juntos.

 

Katia e Iván

Cuando nacemos, dicen, el destino lo tenemos escrito. Katia e Iván lo sentían. Sus sentimientos personales, sus situaciones particulares, la pérdida de sus seres más queridos, les habían acercado, a pesar de la distancia.

Aquella mañana, de un día cualquiera, de un mes cualquiera, Iván, sentado en un banco del jardín, seguía observando el cielo como si con ello perdiera la vida. Nadie presenció la escena. No tenían derecho a ello. Una bandada de pequeñas alondras cubrió con total derecho el manto de algodón de las nubes que esperaban anhelantes el final de la historia. Una alondra se posó cerca del banco e inició el canto tan conocido por el niño.

Iván se levantó rápido. Y sin preguntas, sin repuestas, corrió raudo hacia la puerta del orfanato. Dos brazos extendidos hacia él se abrían para albergar su cuerpo. Ni siquiera miró su rostro. Era ella. Olió el perfume de su ropa, sintió los golpetazos de su corazón, anheló sus manos revolviendo sus cabellos ya revueltos. No sabía su nombre. No era necesario. Abrió sus pequeños labios y con voz segura y potente susurró: «¡Mamá!».

El canto de la alondra terminó. Pero aquel día de mayo, dos almas unieron sus vidas. Demostraron al mundo que le fe existe, que la esperanza es espera, que el amor hacia lo desconocido puede romper los muros de la soledad, que la incompetencia más severa de las instituciones puede ser abolida.

Iván y Katia. ¡Cuántos nombres como éstos esparcirán por el mundo el rosario de sus anhelos!