Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 47 - Verano 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Diosa Jorge Saiz Mingo

Ganador VII Concurso
"Una imagen en mil palabras"
Fotografía nº 2

Sólo trabajaba los sábados y los domingos. Llegaba al palacete sobre las nueve de la mañana y tocaba el botón del timbre con delicadeza de cirujana. Tras saludar a la señora con brevedad, subía al baño y comenzaba a prepararse con el instinto a flor de piel. Ducharse antes de empezar la labor, era una de las reglas más importantes de la casa. Bajo el placer inconmensurable de la alcachofa, embargada por los vahos cómplices del agua, se abandonaba espiritualmente y retrocedía en el tiempo. Hacía seis años que había terminado la carrera de periodismo, los exámenes contundentes, los nervios de junio empecinados en avivar el fuego de las incertidumbres. Con el título de licenciada debajo del brazo, se había presentado en la sede del periódico más leído del país. Requerían gente con ganas de redactar artículos instantáneos, las verdades enterradas bajo párrafos estereotipados, los puntos sobre las íes endogámicos. Se entrevistó con un rubio que alojaba la retahíla de las garatusas en la juntura de sus pechos de veinteañera, y aunque ella se comportó con espontaneidad de aurora, el empalago de la dicción adensó los grumos del porvenir. Al cabo, recibió promesas optimistas que nunca fructificaron en una buena nueva telefónica.

No te demores, Ángela, y la voz de la señora se enroscaba a una pereza de siglos, la penumbra encandilada, los peros y los contras embutidos en un decálogo de normas.

El agua se deslizaba por su piel con cadencia de resina mientras un sinfín de emociones bullían en el maremoto de su mente. Anhelaba cambiar de vida y comenzar a teclear en un ordenador la historia de una niña que antaño había devanado una madeja inacabable de ilusiones. Entonces, al visualizar a su madre acariciando los rizos de su pelo infantil, percibió los empellones perennes del afecto. El olor de las rosquillas fritas se extendía por el pasillo y aterrizaba en su habitación de hija única. La felicidad primaba por encima de todas las cosas. El padre llegaba tarde de la fábrica, cansado de bregar con la ensambladura de piezas metálicas, ahíto de escuchar durante lustros el runrún de las mismas máquinas. Conformaban un trío macerado en un amor de acero. Sin embargo, un miércoles decembrino de cielo engurruñado sus progenitores fueron mortalmente atropellados por el despiste de un camionero. Hubo escasa afluencia en el entierro porque los conocidos se contaban con los dedos de una mano y los allegados no existían. La huérfana, con dieciocho años recién cumplidos, recibió una compensación del seguro del conductor que no palió en absoluto el horror de la tragedia, pero que le sirvió como colchón económico sobre el que lanzarse en medio del proceloso maremagno del porvenir.

Te están esperando, Ángela, y el tono de los imperativos aumentaba a todo gas, el caleidoscopio de las obligaciones tajante, el prisma de los recuerdos opaco.

El baño era antiguo, decimonónico, decorado con una suerte de azulejos minúsculos reflejados en la cortina transparente que impedía las salpicaduras del agua. El resto de la casa había sido reformado, pero aquel cuarto había permanecido intacto, exactamente igual a como estaba cinco décadas antes. El espejo era lo mejor, ovalado, grande, para que las muchachas, una vez desempañado, pudieran admirar la majestuosidad de sus propias figuras. Ella aprovechó entonces para rasurarse el triángulo del pubis. Siempre llevaba un neceser con los utensilios imprescindibles para su aseo personal. Pasó la cuchilla por sus partes pudendas con precisión de maestra relojera, el tiento formidable, la exquisitez del lapso soberana. Luego se lavó la cabeza. Se había cortado la melena tras un arrebato de descontento, y los tirabuzones de su cabellera, espléndidos, azabachados, habían caído rendidos a los pies del peluquero. Ahora estaba cómoda, hermosa, simplemente emparentada con los vínculos de la naturalidad. Debía descender ya a la planta baja, pero la mudez de las paredes incitaba a sumergirse en los abismos de la melancolía. El champú olía a esencia de hierbabuena y de nuevo las remembranzas, porfiadas, traviesas como cervatillos, surgieron de los pliegues de la memoria. El mundo se desplomó de rebato cuando se quedó más sola que la una, los familiares invisibles, la piedad de los vecinos entrecomillada. Se fue a la capital, a una residencia estudiantil de precios moderados, y se matriculó en la facultad de periodismo. La desolación zapaba los cimientos de su integridad, pero logró encomendarse a la voluntad y salió adelante. Tuvo un par de relaciones con chicos demasiado inmaduros que no fructificaron, la dulzura de los espejismos agriada, el regalo de los coqueteos trizado. El dinero del seguro se había acabado y en la actualidad, renuente a los compromisos sentimentales, consagraba su tiempo a buscarse la vida.

Se están impacientando, Ángela, y la crema hidratante se extendía sobre la dilatación de los segundos, el aroma embriagador, la tranquilidad del silencio magnánima.

A la postre, aún abstraída con la delectación incomparable de la ducha, cogió el albornoz del perchero y, al ponérselo, la albura del algodón contrastó con el matiz trigueño de su epidermis. Volvió al espejo, en una suerte de regreso a la puericia, a las épocas en las que solo se preocupaba de perseguir el revuelo de las mariposas. Tornaba en exceso al socaire del pasado y le costaba afrontar el frufrú inmisericorde del presente. Ya atesoraba casi treinta años y las perspectivas de un futuro halagüeño se difuminaban raudas como fuegos artificiales. Se calzó unas chanclas de las ordenadas por números en una alacena de madera, pero no se maquilló, ni se enfundó en unas bragas de encajes pícaros. La necesitaban tal y como su madre la había parido, sin artificios, corita, emblemáticamente bella. Ya estaba lista para encarar la realidad. Bajó las escaleras despacio, con el ánimo sosegado por el narcótico de todo lo rememorado. Entonces la señora, esbozando un mohín de regaño por la tardanza, le hizo pasar a la sala donde un trío de sexagenarios, vestidos con batas cuajadas de lamparones, aficionados a las paletas, aguardaban para pintar los cánones de su cuerpo de diosa humana.