Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 48 - OtoƱo 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Enemigos del amor Fernando Ugeda Calabuig

Ganador VII Concurso
"Una imagen en mil palabras"
Fotografía nº 1

 El Mercedes abandonó el cortijo y enfiló el camino flanqueado de olivares. Marisela se sentía aplastada en el asiento trasero del auto. Visto a través del candor de sus diecisiete años, el encorsetado mundo de los adultos adquiría una tonalidad decepcionante. Marisela, ensimismada, no acertó a vislumbrar en el arcén la espigada figura de un muchacho apoyado en el sillín de su bicicleta. Wilson, gallardo, al paso del auto contempló fugazmente a la joven que languidecía hundida en el cuero. El mocetón se subió a la bicicleta e inició una desesperada carrera tras la estela del vehículo en que viajaba su amada. “¡Mariselaaaaa!” El grito desgarrado estuvo a punto de agrietarle la garganta. La muchacha dio un respingo en su asiento, se giró y pegó las palmas de las manos a la luna trasera del auto. En sus ojos lagrimosos titiló el ascua de una esperanza. Wilson confiaba en sus vigorosas piernas, sin embargo al cabo de un minuto se detuvo sin resuello con el rostro desencajado y el pecho convulsionado por espasmódicas respiraciones. Mantuvo su mirada ligada a la de Marisela hasta que las figuras de ambos fueron puntos diminutos tragados por la voraz línea del horizonte. Marisela no apartó la vista de la luna trasera. Ante sus vidriosos ojos feneció un mundo plagado de sueños exangües. Lágrimas insurgentes corrieron mejilla abajo dibujando en su rostro los barrotes de una cárcel.

La juventud da cobijo a un raudal de utopías, fantasmas macilentos que deambulan por los arrabales de la conciencia. Que cualquier chavalote bebiera los vientos por la hija de don Efraín era comprensible hasta cierto punto. Por la mirada de Marisela discurría el agua clara, y de la carnosidad de sus labios brotaba el almíbar de los besos bisoños. Mas en la España de principios de siglo XXI, a don Efraín aún le era imposible concebir que una niña nacida para princesa se enamorara hasta la médula de un mozalbete risueño que, a su modo de entender, malbarataba sus días trabajando en el locutorio de su padre, inmigrante ecuatoriano al que los tercos sueños de prosperidad habían conducido hasta Granada. Está comprobado que bajo el liviano peso de la belleza se fracturan los adoquines que pavimentan las mentes juiciosas. Y como la juventud sólo sabe de apetitos, arrinconado quedó el recato que únicamente entiende de cadenas.

-Eres lo más bonito que he visto en mi vida -le soltó Wilson la primera vez que la vio montando en bicicleta.

-Tú tampoco eres mal mozo -le respondió ella, y se alejó sin deshacer su sonrisa mientras los rayos de sol aguijoneaban su cabello negro y ensortijado.

Wilson suplicó machaconamente a su padre hasta que éste le compró una bicicleta casi idéntica a la de Marisela. De este modo, pedaleando sus cabalgaduras, la pasión extendió sus alas por el Albaicín y Sacromonte. Rasgueos de guitarra, cantes y quejíos arrullaban besos furtivos y caricias nacidas de manos ávidas y cumplidoras.

Don Efraín había hecho fortuna con el ladrillo. Tenía un punto dicharachero y era asiduo a las casetas de tapeo de Almanjáyar. Era adepto a los pucheros, al gazpacho, al choto al ajillo; y aunque disfrutaba de las corridas de toros y los concursos de enganche, también hacía gala de su fe participando en la procesión del Corpus Christi y levantando cruces en el Realejo. Asimismo, don Efraín y su esposa eran devotos de San Cecilio, así que mientras el fervoroso matrimonio participaba en la romería al Sacromonte, el río Genil era testigo de suspiros ahogados por el prudente rumor del agua. Wilson y Marisela, a lomos de sus bicicletas, vivían en un mundo aparte, una realidad paralela alejada de conflictos morales. Lástima que el amor no esté libre de centinelas, de visillos curiosos y oídos abiertos en horas de siesta.

Don Efraín montó en cólera al conocer la noticia. Le repugnó la idea de imaginar a su hija en brazos de un adolescente cuyo padre regentaba un locutorio justo al lado de su empresa de construcción y reformas. El verano no había hecho más que comenzar, así que recluyó a su hija en la finca durante dos semanas con la esperanza de que ésta recobrase la cordura. Mas al deseo le luce ir a contracorriente, de modo que las represalias del cabeza de familia fortalecieron aún más si cabe el vínculo entre los enamorados.

Los espías de don Efraín pusieron celo en su trabajo. A nadie le agradaba interpretar el papel de delator, más quién osa tachar a alguien de traidor cuando el pan de sus hijos está en juego. Lorenzo, peón de albañil, cuatro bocas que alimentar, fue el portador de las malas nuevas. La confirmación de sus peores presagios nubló la mente del sátrapa, quien se sintió turbado ante la manifiesta desobediencia de su hija. La niña que creció galopando en sus rodillas se había convertido en una rebelde que desafiaba su autoridad. Ante tamaña insubordinación don Efraín tomó una determinación tajante. Ni el llanto de su esposa ni las invocaciones a la Virgen de las Angustias lograron hacer mella en su corazón de piedra.

-He dicho que a Madrid, interna en un colegio carmelitano. Y mi decisión es irrevocable.

Por esa razón aquella mañana de primeros de septiembre de 2004 Granada quedaba definitivamente atrás. Marisela no era más que un verbo en el tintero, una promesa incumplida, un pretérito imperfecto camino de un destierro que se prolongaría durante años.

Wilson alzó la vista al cielo y contempló la luna de los sueños, roto el azogue en mil pedazos. Pedaleó de regreso a casa mientras en la oquedad de su pecho crecían abrojos. Al llegar al locutorio encadenó su bicicleta a la de Marisela, apoyadas ambas al poste metálico de la señal de ceda el paso. Luego lanzó lejos la llave del candado, subió a su casa y se asomó a la ventana de su dormitorio. Permaneció horas con la vista fija en las dos bicicletas, velocípedos amartelados que testimoniaban la pureza de un amor tan imposible como imperecedero.