Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 28 - Otoño 2012
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Soldados de plomo Marí­a Ángeles González Díaz


Escucha el silencio de África


FICCIÓN -REALIDAD

Silencios en el interior de la estancia en penumbra. Cuerpos tirados sobre colchones ajados, viejos, colocados de forma caprichosa. Silencios en el exterior, donde la ciudad duerme, a veces rotos por balas estrelladas o explosiones olvidadas. Ciudad desierta, donde la vida poco a poco ha ido apagándose hasta desaparecer. Calles destartaladas, antes repletas de gente y sueños truncados. Casas destruidas que levantan sus pobres restos mirando retadoras hasta el cielo. Sombras espesas que cubren con miedo cada espacio, cada hueco.

No hay nada que decir en aquella habitación. Una antigua nave desvencijada sirve de cuartel general para la pequeña tropa que, agotada, dormita. Hay miedo. Miedo a que cualquier comentario enfurezca al comandante de turno. Miedo a la tortura. Mejor el silencio. Pasar inadvertido, un día más. También vergüenza. Por todo lo pasado y acaecido. No hay fuerzas ni valentía para gritar contra todos y contra todo. Sólo supervivencia. Que llegue el próximo día. No se piensa en salir de esto, sólo en sobrevivir, sobrevivir.

Si guardo silencio, puedo oír la respiración de mis compañeros. Incluso he aprendido a ver en la oscuridad sus ojos muy abiertos muchos minutos hasta que, agotados, se cierran. Si guardo silencio, oigo los latidos de mi corazón y recuerdo...

Recuerdo mi aldea, chozas dispuestas radialmente cerca de un pequeño arroyo, rodeadas de alguna tierra que servía de sustento. Recuerdo a mi madre, siempre atareada, sus manos jóvenes pero encallecidas, acariciando mi cara. Recuerdo a mi padre, bravo hombretón que me levantaba a lo alto y me narraba historias de mis antepasados.

Recuerdo a mis hermanos, a mi familia, a mi anterior vida que quedó truncada cuando una irrupción de las guerrillas asesinó a casi todo el poblado, incluida toda mi familia, y me secuestró convirtiéndome en un kadogo, niño soldado.

Pasé de ser un niño a un asesino. Me enseñaron a matar, a disparar sin sentir nada, a olvidar lo que era y a negar lo que podría llegar a ser. Pero por la noche, cuando todos duermen, mi yo más profundo huye de la ignominia y vuela hacia algún lugar desconocido para mí, en donde la vida nace, anida y entrega su espíritu.

En uno de los saqueos que solemos realizar en las ciudades donde todavía queda algo de valor, encontré una pequeña revista medio escondida entre cascotes de piedra. Imágenes coloreadas iluminaron mis ojos. Sus páginas mostraban fotografías de juguetes nunca imaginados. De todos ellos, me llamó la atención un soldadito de plomo que completaba un gran batallón alineado. Su mirada fría y triste, igual que la mía, lo convirtió en mi amigo. Con gran nerviosismo arranqué la hoja y la escondí en un bolsillo de mi guerrera de camuflaje verde.

A partir de aquel día, nuestras almas se unieron. Con voz queda, relato a mi amigo todas mis emociones, dudas y fantasmas. Invento diálogos sin respuesta. Acaricio con mis ojos su rostro intentando extraer una sonrisa. Pero la frialdad del plomo se sumerge en mi corazón. Los dos llevamos el mismo camino. Piezas de plomo olvidadas en un juego sin retorno en el que los dos somos marionetas de la violencia sin sentido.

Antes de adentrarme en las pocas horas permitidas de sueño, escondo la estimada imagen, por temor a ser reprendido, por el mero hecho de convertirme unos minutos en niño.

Intento olvidar mi pasado. Lacera mi ánimo y mi corazón. Pero he aprendido a no pensar en el futuro. ¿Para qué? Mi existencia pende de un sutil hilo que en cualquier momento puede romperse. Somos carne de cañón que poco importa a los mandos y al mundo entero.

Entre mis compañeros y yo no hay ningún vínculo. No puede haberlo entre niños que se sienten asesinos. No conocemos nuestras historias personales, ni nuestras intimidades, simplemente porque son desoladoras. No preguntamos ni contestamos. Obedecemos órdenes. Sólo tenemos una cosa en común: huir. El deseo de liberarnos de este yugo que atenaza nuestras gargantas y poder volver a nuestra casa en paz.

Cada vez me siento más soldado de plomo, fundiéndome en el fuego...

De madrugada, el comandante nos ha hecho levantar rápidamente porque nuestros enemigos conocen nuestro paradero y podrían planear alguna escaramuza. Se inicia el día. A marchas forzadas, el sol irrita mis ojos. El arma que llevo, una Kaláshnikov, más la abundante munición, carga en exceso mi cuerpo. Sólo tengo diez años y estoy plagado de heridas, desnutrido, agotado e infeliz. Dos años soportando esta vil situación. Y puedo dar gracias. Vivo.

Sumaidi es mi nombre. Y soy congoleño, de la región del Kivu, tierra de riquezas escondidas, convertida en un teatro de enfrentamientos armados mortíferos y devastadores.

A lo lejos, se puede oír el ruido de las explosiones. Nos dirigimos hacia el lugar de la confrontación dividiéndonos en varios grupos. Nadie mira a nadie. Cada uno de nosotros soporta sus propias turbaciones, no hay tiempo para pensar.

Los disparos se oyen más cerca. Ya ni siquiera se sabe contra quién luchamos. Disparar es la orden. Las balas envuelven mi existencia. Volátiles se dirigen hacia mí. Sorteándolas, agazapado bajo muros destrozados, juego al juego de sobrevivir.

Algunos de mis compañeros caen en la contienda. Muertos, heridos, forman el puzle maquiavélico de la guerra. Pasan varias horas y sigo asustado sin moverme hasta que nos ordenan avanzar hacia el enemigo. A pesar de los años, enclaustrado en la crueldad, todavía no me he habituado. Traspaso nervioso y cansino las calles siguiendo los gritos que incitan a la muerte. Otra reyerta más. Demasiadas bajas, pero todos sabemos que pronto serán sustituidos por otros niños provenientes de cualquier lugar.

Otra vez hacinados sobre mantas ajadas. Ya ni siquiera calculamos dónde estamos. Pero, al fin, las voces han callado y puedo envolverme en mi propio mundo, con mi único amigo. Mi soldado de plomo mira fijamente mi rostro intentando borrar mi triste sonrisa. Acaricio levemente la imagen impresa e imagino cómo sería mi vida si mi piel negra fuera blanca y viviera en el “otro mundo”. Mi realidad se trastoca y vuelo hacia otro paraje en el que la vida es sencilla, sin complicaciones. Fuera balas, fuera armas, fuera horrores. Me convierto en un niño del primer mundo. Imagino unos padres cariñosos, como eran los míos, pero viviendo no en una choza sino en una casa sencilla pero llena de comodidades desconocidas. Voy a la escuela, tengo amigos, incluso una mascota. Paso horas y horas leyendo libros de aventuras. Juego con el ordenador. Vivo pendiente de todo y de todos los que me rodean. Mi infancia es radiante y anhelo seguir muchos años en ella y no crecer.

Al amanecer, todavía no he conciliado el sueño. Nunca nos dicen el plan marcado. Cualquier soplo nos lleva a puntos muy distanciados, o, simplemente, nos quedamos días y días esperando nuevas misiones.

Llevo ya dos semanas sin salir a luchar. Las continuas bajas han mermado nuestro grupo y pronto lo reforzarán con nuevas adquisiciones. Han llegado los “nuevos”. Muchos de ellos por propia voluntad. El hambre hace milagros y prefieren morir en la guerra.

Mutebo se llama. Tiene ocho años. Cuando lo vi por primera vez, llevaba una boina roja y me vi a mí mismo hace años. Sus ojos grandes lo rodean todo de forma imprecisa. Retirado en un rincón, apenas habla. Sólo mira. Intento acercarme para acompañarlo, pero me rehúye. Desisto. Por la noche, sigue solitario enredado en sus propias cavilaciones. Aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche, me acerco a él y le enseño la fotografía de mis sueños perdidos. Se convierte en un pequeño talismán porque ahora sus labios sonríen.

Sale el sol y nos ordenan avanzar. Vamos juntos los dos, cargados con todos los pertrechos. No se separa ni un segundo de mi lado. Sigue mis pasos, uno dos, uno dos, marchamos como soldaditos de plomo.

Su sombra menuda y callada cabalga flotando hacia la nada. Desconocedora de su destino, itinerante por sendas y veredas, busca ansiosa un momento de reposo para poder comprender todo el cúmulo de acontecimientos que ha vivido, abocado hacia el dónde, el cuándo, el cómo. Preguntas sin respuesta que he visto filtrarse en los ojos de cada uno de nosotros, de los de antes, de los que vendrán.

La llegada de Mutebo y su incipiente cercanía convierte nuestras noches calladas y oscuras en pequeños murmullos localizados siempre en lugares alejados del resto. No queremos hacerles partícipes de nuestro único secreto: la amistad. La imagen preciada pasa de sus manos a las mías.

Veo engrandecerse sus ojos y marcarse una ligera sonrisa en su rostro. Es el único momento en que nuestra vida real cambia por otra llena de ficción.

Por momentos, dejamos de ser simples soldados de plomo y nos convertimos en simples niños, añorando un juguete.


VOLUNTAS-VOLUNTATIS

A pesar del largo viaje, de los encontronazos en el aeropuerto de la capital, mi voluntas-voluntatis sigue intacta y serena. La decisión de hace ya unos años ha tomado cuerpo. He llegado al Congo. Con sólo entrar en las dependencias del aeropuerto, veo que la realidad es otra. Toda la información, recogida y estudiada detalladamente día a día, ha desaparecido de mi mente. El ambiente que se respira huele a pólvora mojada. El guía que me acompaña hasta mi destino sonríe continuamente, pero su mirada se pierde más de una vez de forma incierta. Subo al vehículo que me lleva hasta el barco. Vamos a navegar por el río Congo hasta llegar a la zona del Kivu norte. Allí me esperan mis futuros compañeros, que colaborarán conmigo. Al ser una zona convulsionada por las frecuentes reyertas, me han aconsejado navegar hasta Kisangani y buscar algún transporte terrestre que me acerque lo más cerca posible a mi destino: Goma.

Mi guía no habla mucho, se comunica conmigo casi siempre con gestos. Me comenta que el trayecto será largo y penoso y, muchas veces, peligroso. Veo en sus ojos cierto desánimo. Me verá como otro blanco más que viene a solucionar lo imposible.

Soy voluntario de Médicos sin Fronteras. Ciro es mi nombre y por primera vez siento que puedo ser útil a los demás. A través de la televisión, mi visión de la vida cambió cuando observé la imagen de un niño soldado congoleño. Sus ojos, su mirada, llamaron mi atención. Con sólo veinte años, decidí alistarme en el batallón del voluntariado sin saber el largo proceso de aprendizaje que me esperaba. Mis estudios de medicina me ayudaron a fijar claramente mi destino. Primero, terminar mis estudios y especializarme. Después, convertirme en un pequeño grano de arena de la gran montaña de la solidaridad.

La respuesta de mis padres fue sincera. Es difícil sobrellevar que tu único hijo marche a África, pero mis ruegos y, sobre todo, su alto sentido del deber, fueron suficientes para que soportaran silenciosamente mi decisión.

Fueron años de preparación y de búsqueda de información. Años de ilusión, de conocer a gente como yo que deseaba algo más que vivir desenfrenadamente. Vídeos, papeles y más papeles llenaban la mesa de mi habitación. Todo era importante. No podía dejar ningún cabo suelto.

Conviví con muchos compañeros que seguían el mismo camino, encontré a otros muchos que dudaban de mi decisión. Equilibraban su vida a través del tener más que del ser, y esa incongruencia les impedía descubrir la verdad. Amigos muy íntimos me confesaron claramente su opinión de que estaba loco. Otros decidieron, simplemente, obviarme. No creo que ser voluntario sea una cuestión heroica. Es una opción vital.

Sentado en el barco que me lleva a Goma, observo el río y el paisaje bañado por sus aguas. Observo la gente del barco que se traslada de un lugar a otro. Y por fin concluyo que todo lo aprendido sirve, aunque lo único que necesita el Congo no aparece ni en los libros ni en los vídeos. Reposa en el corazón.


GOMA

El viaje ha resultado tal como lo predijo el guía. Desde que salimos de Kinshasa hasta llegar a Kisangani, el trayecto ha sido tranquilo. Pero en la última parte, realizada por tierra con un todoterreno, el número masivo de gente que huía de la zona este auguraba la situación del Kivu.

Sentado en el interior del automóvil, mis sensaciones visuales se rompen y dividen en dos: belleza-terror. Todas las fotografías que he contemplado de este país no reflejan fielmente su hermosura. Cada paso muestra el atractivo de esta tierra, que contrasta con los peligros que encierra.

Ansío llegar a Goma para contactar con mis compañeros. Sé que alrededor de esta ciudad los conflictos bélicos se mantienen día a día. Sé que no es una lucha tribal, sólo económica, como en tantas guerras, y que las únicas víctimas, como en tantos y tantos lugares, son sus pobladores.

La preocupación del guía aumenta a medida que nos acercamos al Kivu. El camino está plagado de personas de todas las edades, soldados, mujeres, niños. Cuando paramos, porque es imposible transitar, se oye a lo lejos el estallido de las explosiones.

Muchos pequeños alzan su mano pidiendo algo indefinido, algo que un médico no puede dar: esperanza. Como mínimo, pienso que todo lo estudiado puedo ahora ponerlo en práctica e intentar aliviar su existencia.

El todoterreno circula cada vez más lentamente. El peso del material médico que llevo dificulta el trayecto por los caminos embarrados. Manos grandes y pequeñas se agarran a la mía por la ventanilla del vehículo. Decido parar y enfrentarme con la realidad. Abro mi maletín y alivio muchas de sus heridas.

Cae la noche y sigo curando lo incurable. No creo que llegue a Goma, donde se encuentran el hospital y mi punto de destino. En ocasiones, parece que sea de día por el resplandor de las bombas, no muy lejanas. Me traducen que hay una lucha entre dos facciones muy cerca. Insisten en que me aleje de allí. «Soy médico», pienso, «soy médico».

Sigue la noche, y cada vez debo atender a más heridos, procurando auxiliar a los más graves en primer lugar. Todos provienen de la zona de lucha.

Son las cuatro de la madrugada. Me avisan de que muchos soldados yacen en el campo de batalla y necesitan ayuda.

Miro al cielo.

Aclara el día.


MUTEBO

Nunca imaginé que mi vida se podía convertir en un infierno. Salí de mi casa en dirección a la escuela y, en un recodo del camino, una mano fuerte y poderosa me agarró muy fuerte y me obligó a subir a un camión. En él viajaban niños como yo. Muchas veces había oído a mi abuela contar que se llevaban a los niños a la guerra. Ahora yo era uno de ellos. En el interior del vehículo, la oscuridad se ceba en cada milímetro. Tengo miedo a lo desconocido.

Recorremos varias rutas durante la noche. En cada estación bajan distintos niños. No hay selección previa. Simplemente, bajan. Al amanecer, sólo quedamos tres niños. Todos sabemos nuestro destino pero nuestras gargantas están selladas, no producen sonido alguno. Para el camión. Paran los latidos de mi corazón. Se abre el toldo que cubre el destartalado vehículo. La luz del día ofusca mis ojos. Casi a ciegas nos dirigen hacia una nave.

Siempre recordaré mi primera impresión al entrar en ella. Me refugio en un rincón. Nadie se percata de mi llegada. No soy nadie. Soy uno más. Consigo dormitar un poco, pero las risas y chillidos de algunos de ellos me atormentan. Mi entereza va menguando poco a poco. Noto que las lágrimas avanzan poco a poco. Pero uno de ellos, con una gran sonrisa triste, se acerca y me mira directamente a los ojos. Parecen espejos, espejos de cristal tintados de negro, negras pupilas, velados párpados. Escrutan mi rostro, esperando respuesta.

Hasta la noche no permito que se siente a mi lado. Nadie se percata de la situación. Los temblores que invaden todo mi yo se relajan. Misteriosamente, saca de su guerrera un trozo de papel bastante raído. Me lo ofrece con gran timidez. Un soldadito de plomo me mira descaradamente. Sonrío. Nunca había tenido un juguete como aquel.

A pesar de todo y de todos, lazos de sangre unieron aquella noche nuestras vidas para siempre.


CIRO

Cuando los periódicos e informativos internacionales se ocupan de las últimas noticias, prevalece siempre la historia de los altercados tribales. Pocas voces son capaces de gritar hasta lo más alto que hablamos de intereses económicos gracias a la gran riqueza que posee este país.

La primera sensación que tuve al bajar del coche que me llevaba a Goma es que estaba en mi casa, en algún lugar conocido por mí. Siempre he sentido admiración por todas aquellas personas que se acercan a los demás. Cuando me sumergí en las historias reales de la gente, noté cómo poco a poco era absorbido por ellas. Mi pasado iba desapareciendo. Me sentía envuelto por una nueva aureola que enmarcaba mi mente y mi cuerpo, que permitía que mis fuerzas no fallasen. Me acercaba a ellos. Por primera vez en mi vida, dejé la bata blanca del hospital y me sumergí en la vida misma.

En el Congo, los días y las tardes, y las noches, no existen. La vida transcurre como una película de sesión continua. Recuerdo cuando iba con mi padre de niño y pasábamos horas y horas, incluso repitiendo la misma. Ahora quedan pocos cines de estos. Creo. En el Congo, la sesión de cine es incesante, porque todos los actores se ven sumergidos en la acción, de forma voluntaria o involuntaria. En el Congo no amanece, ni se contempla el atardecer desde una colina, no se espera el anochecer.

Me faltan manos para poder acudir a todo. Mis compañeros, como yo, traspasan la barrera del sonido, caminan sobre las aguas...

En el Congo te sientes como en casa. Mientras tus manos y tu cerebro voltean campanas y campanas restaurando torres caídas, las miradas oscuras de pupilas negras agradecidas te hacen pensar, por un segundo, que el ser humano es bueno.

En el Congo, la palabra humanidad existe, tejida día a día, año a año, por los pobladores de esta nación ignorada. Pueblo servicial y hospitalario que sólo pretende olvidarlo todo y resurgir de sus cenizas.


EN EL CAMPO DE BATALLA

Esta noche he podido descansar varias horas porque un compañero se ha encargado de mis pacientes. Pero no puedo conciliar el sueño. Vueltas y vueltas sobre el jergón.

Todavía no ha amanecido. Una mano temblorosa y cauta intenta despertarme. Cerca de allí ha habido una lucha sangrienta y me necesitan. Los trayectos hacia estas zonas son muy peligrosos, pero me aseguran que allí sólo quedan muertos y heridos. La visibilidad todavía es limitada. Nos indican el lugar y vamos todos a auxiliar a los más necesitados. Cada uno se dirige a donde puede, batas blancas voladoras, surcando mares sangrientos.

La niebla dificulta nuestra tarea pero no cedemos en nuestro empeño. Salvar todas las vidas posibles. Con mi mochila al hombro, voy evaluando los daños y dirigiendo a los heridos a un camión próximo que los lleva al hospital más cercano. Muchos de ellos son niños soldados, como el que vi hace ya años en la televisión.

A punto ya de marcharnos, oigo un débil gemido que sale de una casa derruida. Me acerco con sigilo y el gemido persiste. Tengo miedo. Sé que juego con mi vida, pero mi fuerza interior me dirige hacia allí.

El portal de la casa ya no existe. Un patio interior rodea la primera planta. Sigo oyendo, cada vez más debilitado, el gemido. En un extremo yacen dos cuerpos. La disposición de estos me llama la atención. El que parece mayor cubre con su persona al más pequeño.

Corro hacia ellos desalentado, temiendo lo peor. Con sumo cuidado, cojo en mis brazos al niño soldado de guerrera de camuflaje verde. Abre los ojos y los dirige hacia el cuerpo que reposa aún en las losas del patio. Su mirada lo dice todo.

Lo dejo con cuidado otra vez sobre el suelo y vuelo hacia el pequeño niño soldado con boina roja. Evalúo sus heridas. No está muerto. Intuyo que el puño cerrado guarda algo posiblemente peligroso. Con cuidado, le obligo a abrirlo. Una imagen doblada una y otra vez aparece en la palma de su mano. La desdoblo. Un soldado de plomo. Irónico, me mira con descaro.


SUMAIDI, MUTEBO

La lucha ha sido cruenta y dura, pero Mutebo y yo hemos resistido. Hemos sido inteligentes y nos hemos refugiado en una casa abandonada esperando a que acabara todo para después poder huir.

No sé si la familia de Mutebo ha sobrevivido. Pero si no fuera así, yo seré su familia. Algunas veces he oído comentarios de asociaciones que ayudan a los niños soldados a reintegrarse en la sociedad, a buscar a sus familias e, incluso, los ayudan a salir del país.

Me siento responsable de Mutebo. Sólo tiene ocho años y, aunque yo tenga diez, me siento viejo. Oigo las explosiones cercanas. Espero que nadie nos busque y nos dejen por una vez en paz. Mutebo me mira con ojos desencajados. Todavía no se acostumbra. Se apega a mí, en busca de protección. Le he dejado mi bien más preciado para aliviar su miedo.

Ha caído una bomba dentro de este patio. He logrado correr hacia un rincón, arrastrando a Mutebo, y colocarme encima de él, para evitarle males mayores.

Estoy herido y siento debajo el cuerpo frío de mi amigo. No me atrevo a moverme. Han pasado ya varias horas y los soldados deben haberse alejado. Pero escucho voces. Voces serenas, pausadas. Me atrevo a gritar. Sólo sale de mi garganta un sonido débil.

Tal vez muramos los dos. Tal vez los pasos que creo escuchar sean los de alguien que nos salve de esta situación infrahumana.

He visto a Dios, a un ángel, no lo sé. Iba vestido de blanco, me ha cogido en brazos y me ha posado suavemente en el suelo. Después ha hecho lo mismo con Mutebo.

Su cara sonreía. Era blanca y sonreía. Después, muchos ángeles más han entrado en el patio y han batido sus alas sobre nosotros.

Mutebo, hermano mío, ten esperanza. Todavía hay ángeles de todas las razas y naciones que vuelan por el mundo enderezando los renglones torcidos del ser humano.