Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 59 - Verano 2020
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Accésit Local certamen relato corto Ciudad de Torrevieja Kevin Coves Córdoba

Nacido libre

El área de maternidad del hospital estaba colapsada aquel día. Las habitaciones acogían a más mujeres de las que podían y el sufrimiento era tremendo. Si ya es duro aguantar el dolor de las contracciones previas al parto en condiciones normales, todavía lo era más cuando no había suficientes enfermeras para atenderlas a todas. Los llantos de las embarazadas inundaban los abarrotados pasillos pintados de un color blanco estéril. Para muchas era la primera vez, y las más experimentadas compartían su sabiduría de buen grado. Poco a poco, el número de parturientas fue disminuyendo según caía la tarde, al tiempo que aumentaba el trabajo de ginecólogos y comadronas. Eran las siete y sólo quedaban dos mujeres, ambas primerizas y asustadas, que especulaban entretenidas sobre quién sería la primera en dar a luz, o sobre el peso del bebé. El turno le llegó a Lucía, muy feliz porque hubiera llegado el momento y nerviosa por el dolor que sabía que le iba a producir el parto. Su marido, Andrés, que era pediatra en ese mismo hospital, trataba de animarla aprovechando esos últimos instantes en que podía estar con ella. Dos enfermeras muy jóvenes la trasladaron al paritorio, como es habitual, en una silla de ruedas. Cruzaron el pasillo lentamente, dedicándole palabras tranquilizadoras para hacer aquello un poco más llevadero. Llegaron al paritorio y allí le esperaba el ginecólogo, que todavía se estaba quitando los ensangrentados guantes de látex con los que acababa de ayudar a otra embarazada a dar a luz. Las enfermeras colocaron a Lucía en la camilla y observaron con atención el milagro de la vida.

Andrés estaba en la sala de espera, impaciente y temeroso, al igual que otros muchos en la misma situación. A pesar de ser médico y estar acostumbrado a ver esa escena a menudo, no podía evitar sentir el nerviosismo y la expectación propios de la paternidad. Después de todo, era la primera vez que vivía esa situación siendo él protagonista.

Al cabo de unas dos horas, una de las enfermeras que habían presenciado el parto entró en la sala de espera y avisó a Andrés, que la siguió expectante. Primero fue al baño, a echarse agua en la cara para estar lo más despierto posible al ver a su hijo. Cuando terminó, abrió la puerta de la habitación donde descansaba su mujer y se acercó a la camilla:

—¿Qué tal estás, cariño?

—Agotada —dijo Lucía con la voz muy suave—. ¿Has visto al bebé?

—No, todavía lo están limpiando las enfermeras, enseguida lo traen. Te has portado como una campeona, ahora descansa. ¿Quieres que te traiga algo?

—No, gracias. Primero quiero ver al niño.

—Vale, esperaré aquí contigo.

Poco tiempo después apareció la enfermera con un bebé enrollado en una pequeña mantita de algodón, de color azul, pues había sido niño. Lucía lo tomó entre sus brazos y le apartó la manta de la cara con todo el cariño que una madre puede dar. El gesto de Lucía cuando vio a su hijo reflejaba la decepción más profunda, como si la larga espera y el terrible dolor no hubieran valido la pena. Andrés también compartía la desilusión, pero trató de ocultarlo consolando a su esposa:

—No te preocupes, Lucía, saldremos adelante. Lo criaremos como un niño normal, y lo querremos por encima de todo. No debemos dejar que esto nos afecte como padres. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, pero... —dijo Lucía entre lágrimas.

—Lo sé, y siento lo mismo que tú. Pero también sé que es nuestro hijo, el fruto de nuestro amor, y nadie lo va a querer más que nosotros, sea como sea. ¿Vale, cielo?

—Sí —se sobrepuso Lucía—, saldremos adelante.

El doctor entró pasados unos minutos con el informe médico del parto en la mano. Primero se interesó por el estado de Lucía, que agradeció el gesto a pesar de lo protocolario de la pregunta. Después dijo al padre que le acompañara a la consulta y Andrés obedeció. Cuando entraron, el doctor se sentó en la silla, tecleó rápidamente en su ordenador y se dirigió a él:

—Andrés, como médico que eres, supongo que ya sabes de qué se trata.

—Sí, aunque no conozco todos los síntomas, así que te agradecería que me lo explicaras mejor.

—De acuerdo. El caso es que vuestro hijo ha nacido con lo que se denomina síndrome de Down. Se trata de un trastorno genético, como sabes, que afecta principalmente al desarrollo intelectual del niño y que le produce un cierto retraso mental. Además, quienes padecen este síndrome suelen ser más propensos a enfermedades de tipo cardíaco o digestivo, aunque no siempre, y a manifestar un crecimiento más lento. A nivel físico también tiene síntomas marcados, como los rasgos faciales característicos o la hiperlaxitud de los ligamentos de la piel. Pero vamos, que... en algunos casos, la patología está menos desarrollada, por lo que el niño lo nota menos en su salud y es más llevadero para los padres.

—Y... no tiene tratamiento, ¿verdad?

—No —dijo el médico, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Lo único que ha demostrado dar resultado es la estimulación temprana.

—¿La qué?

—Sí, ya sabes, llévalo a un psicólogo infantil especializado en estos casos cuando crezca un poco. Normalmente suelen mejorar en ciertos aspectos, y siempre es mejor que no hacer nada. Además, conozco a una psicóloga muy buena que se encarga de casos como el de... ¿Cómo le habéis puesto al niño?

—David —dijo Andrés con una leve sonrisa—, a Lucía siempre le ha gustado ese nombre.

—La verdad es que es muy bonito. En fin, cuando David cumpla los seis meses puedes empezar a llevarlo a estas terapias. Toma el número de la psicóloga, se llama Ana. Dile que vas de mi parte.

—Lo haré —dijo Andrés mientras cogía el papel de la mano del doctor—. Bueno, pues muchas gracias por todo, Pablo.

—De nada, hombre. Vas a coger la baja por paternidad, ¿no?

—No, por ahora seguiré viniendo a trabajar.

Andrés se despidió de Pablo y salió del despacho lentamente. Paseó unos minutos por el hospital, reflexionando sobre todo aquello, sobre el niño, su mujer, la conversación con el doctor... Se sentía impotente. Después de comprarse un café con leche en una máquina, fue a la habitación de Lucía. Entró sin hacer ruido por si estaba dormida, y allí estaba ella, cerrados los ojos y con el bebé somnoliento acomodado sobre su pecho.

Andrés se quedó contemplando la escena desde el umbral de la puerta, pensando que toda la dulzura del mundo estaba concentrada en aquel pequeño trocito de cielo.

Miró a los ojos al bebé y este le devolvió la mirada, bostezando inocente antes de caer de lleno en los dominios de Morfeo.

Al día siguiente, al salir el sol, se filtró por los espacios que dejaban las cortinas. Lucía se despertó muy poco a poco, disfrutando del momento. Cuando abrió del todo los ojos, esbozó una sonrisa cómplice al ver a su marido en el incómodo sillón del hospital, inmerso todavía en un tormentoso sueño. Al incorporarse, echó en falta algo en su regazo. Inmediatamente despertó a su marido y se lo dijo:

—¡Andrés!, ¡Andrés!

—¿Qué, cielo? —dijo mientras se desperezaba.

—¿Dónde está el niño? Anoche me dormí con él y ahora no está.

—Tranquila. Después de que te durmieras, vino una enfermera y se lo llevó para acostarlo en una cuna. No hay de qué preocuparse.

—Uff, menos mal —dijo Lucía, con el corazón todavía acelerado—. Vaya susto me he llevado.

—Je, je, je, es normal. Es tu primera noche como madre, y está bien que quieras protegerlo. Por cierto, ¿cómo te encuentras?

—Bien, algo mareada pero bien, nada grave. Estoy deseando que me den ya el alta para poder cuidar del bebé en casa.

A mediodía, el doctor entró en la habitación con el bebé en los brazos. Lucía lo cogió muy despacio y lo meció con suavidad mientras le susurraba dulces palabras. Pablo y Andrés charlaron unos minutos y ultimaron los detalles del parto. Acto seguido, el doctor le dio el alta a Lucía y se marchó de la habitación. Lucía comenzó a vestirse y a recoger sus cosas mientras Andrés sujetaba al niño por primera vez. La sensación era nueva para él: una mezcla de amor, cariño, responsabilidad y ternura, algo que no había sentido hasta entonces. Ahora era padre, y tenía a su cargo la vida de un niño. Cuando Lucía estuvo lista, salió de la habitación acompañada por su marido y su recién nacido bebé. Bajaron al hall en el ascensor y salieron del hospital despidiéndose de quienes los conocían.

Ya en casa, Andrés mantuvo una larga conversación con su mujer sobre el futuro del niño y le explicó lo que Pablo le había aconsejado. A Lucía le pareció bien la idea, pero debía ser más adelante. Mientras tanto, ella cuidaría del pequeño David y Andrés seguiría yendo a trabajar para hacer frente a los gastos, que se iban a ver incrementados considerablemente con la llegada del bebé.

Los días y las semanas se sucedieron rápidamente para Lucía y Andrés, que veían cómo su pequeño iba creciendo poco a poco. Andrés pasaba todo el tiempo que podía con su hijo, aunque no era fácil, ya que el trabajo le retenía bastante. Lucía, sin embargo, podía estar a todas horas con él y ya se había acostumbrado a darle el pecho. David apenas lloraba, sólo algunas veces cuando tenía hambre; era un niño muy peculiar y sus padres ya se habían dado cuenta. Andrés pensaba que la apatía del bebé se podía deber a algún trastorno mental desarrollado prematuramente, pero Lucía lo negaba. Para ella era sencillamente un bebé muy tranquilo. Además, a David comenzaba a asomarle ya un pequeño dientecito de un blanco nacarado que iluminaba su boca. El bebé tenía ya seis meses y medio y evolucionaba con normalidad, así que sus padres se pusieron en contacto con la psicóloga infantil para llevar a David con el fin de que siguiera desarrollándose correctamente.

—¿Diga? —preguntó la psicóloga al otro lado del teléfono.

—Hola, ¿es Ana... Rojas?

—Sí, ¿quién es?

—Sí, mire, soy Andrés Pizarro, un compañero de trabajo de Pablo. Verá, soy padre de un niño con síndrome de Down y me gustaría llevarlo a sus terapias de estimulación temprana.

—Ah, bien. ¿Qué edad tiene el niño?

—Seis meses.

Perfecto, pues tráigalo cuando quiera. Mi consulta está en la calle Ruíz Toledo, número 15. Pase por la mañana, entre las 9 y las 14.

—De acuerdo, pues mañana por la mañana paso con el niño.

—Vale, hasta luego.

—Adiós, y gracias.

A la mañana siguiente, cuando Andrés salía de casa hacia la consulta de Ana, Lucía insistió en acompañarle. Andrés no pudo negarse. El tráfico era denso, ya que eran las 9 y son muchos los que entran a trabajar a esa hora. Lucía estaba sentada atrás, junto a David, que estaba anclado a su sillita especial para bebés. No paraba de acariciarlo, y no le gustaba la idea de separarse de él y dejarlo solo con la psicóloga, aunque era necesario por su bien. Cuando llegaron eran las nueve y veinte de la mañana, con lo que Ana no hacía mucho que había abierto. Llamaron al timbre y la psicóloga les abrió, explicándoles que el ascensor estaba estropeado y que tendrían que subir los tres pisos a pie. Una vez arriba, Ana los recibió en la puerta y los invitó a pasar. Andrés y Lucía la siguieron al interior del piso. El recibidor era bastante amplio, y había un mueble antiguo con un espejo y unos cajones sobre el que descansaban el correo y algunas llaves. Estaba comunicado con un gran salón, enmoquetado de pared a pared y presidido por una preciosa mesa de caoba, a juego con el mueble donde estaba la televisión. Lo que más llamaba la atención era un enorme sofá blanco, situado estratégicamente frente a la televisión, que daba al salón un hermoso contraste de colores y brillos. Ana preparó café y charló con los padres de David sobre el horario, la tarifa, etc.

—Entonces —dijo Andrés—, lo traemos tres veces por semana de nueve a una de la mañana, ¿no?

—Sí. Sería los lunes, miércoles y viernes.

—Bien. Y... ¿el precio?

—Bueno, normalmente son cien euros semanales..., pero os lo puedo dejar en ochenta.

—Ah, pues muchas gracias —dijo Lucía.

—De nada, mujer, no te preocupes.

—Bueno —concluyó Andrés—, nosotros nos vamos ya. Gracias por todo.

—Venga, hasta luego.

Ana los acompañó a la puerta y se despidió con la mano. El viaje de vuelta fue más agradable para Lucía, sobre todo después de haber conocido a Ana. Era una mujer muy simpática y cariñosa, y se notaba que los niños eran su pasión.

El lunes de la semana siguiente, Andrés llevó a su hijo por primera vez a la consulta de Ana. A esta la siguieron muchas más, hasta que el niño tenía ya dos años y había aprendido a caminar y a hablar. Los padres estaban muy contentos con el desarrollo de David, y Ana no comprendía cómo un niño con síndrome de Down podía evolucionar a ese nivel. David se desarrollaba intelectual y socialmente como cualquier otro niño normal, sin mostrar ningún síntoma de la enfermedad que padecía salvo los rasgos faciales. En vista de esta situación, un día Ana consultó con otra psicóloga acerca de si la estimulación temprana podía provocar un desarrollo como ese en un niño enfermo de Down. La respuesta de la psicóloga fue que no, que la estimulación temprana puede favorecer el desarrollo hasta cierto punto, pero no tanto. Ana no se conformó y preguntó a más psicólogos y profesores, pero todos coincidían en la respuesta: no.

Descartado el origen psicológico, Ana avisó a Pablo y le pidió que le realizara algún tipo de análisis para averiguar a qué podía deberse. Pablo les comentó la situación a Andrés y Lucía, que accedieron a que se le realizaran las pruebas con el fin de que pudiera servir para ayudar a otros enfermos de síndrome de Down. El doctor realizó diversos análisis y no halló nada que pudiera explicar aquello, ante el asombro de quienes conocían el caso. Como último recurso, Pablo le realizó al niño una prueba no demasiado común en enfermos de Down, puesto que se presupone el resultado conociendo los síntomas de la enfermedad. Al cabo de una semana, el doctor llamó a Andrés entusiasmado para comunicarle los resultados:

—Andrés, no te lo vas a creer.

—Dime, Pablo.

—La causa de que tu hijo se desarrolle tan bien es genética.

—¿Cómo es eso?

—Pues resulta que David posee una degeneración celular que compensa el exceso de cromosomas que provocan el síndrome de Down. Esto es, que su cuerpo presenta dos anomalías, pero están equilibradas, anulando una el efecto de la otra. Genéticamente es como cualquier otro niño.

—¡Vaya noticia!

—Sí, yo no salgo de mi asombro. Oye, es posible que venga la prensa para publicar el caso. ¿Estás de acuerdo en aparecer en las noticias?

—Sí, claro, ningún problema. Esto tiene que saberse.

—Por supuesto. Bueno, nos vemos mañana en el hospital.

—Venga, hasta luego.

—Adiós.

Dos días después, el periódico publicaba la noticia y los informativos de televisión mostraban reportajes sobre el caso de David. La noticia se propagó con rapidez entre la gente y entre la comunidad científica, despertando el interés de médicos y psicólogos.

Hoy, muchos especialistas están investigando acerca del caso de David, por ahora único en el mundo, con objeto de encontrar la forma de reproducir sus condiciones genéticas artificialmente y elaborar una cura o tratamiento para el síndrome de Down.