Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 57 - Invierno 2020
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ganador certamen relato corto Ciudad de Torrevieja Maylin Arencibia Gómez

Hay cascabeles que no hacen ruido


—¿Quién es? —volví a preguntar
—Un rencor vivo —me contestó él.
Juan Rulfo

 

Emilio Zamora contempla asustado el cadáver del cura. Sus manos están manchadas de sangre, también la camisa a cuadros grises que lleva usando desde la semana pasada, y siente por primera vez el espeso sabor a fierro de las gotas que cayeron cerca de los labios.

«Tienes que ser fuerte, hijo, ya no hay nada que hacer». Retumba como un eco la voz del padre Félix en la que otrora fuera una de las fincas más prósperas de todo Minas de Santa Isabel. Pero él, Emilio Zamora, sabe que sólo es el eco, sabe que se es fuerte cuando no se necesita del consuelo de nadie, mucho menos de un sacristán de mala muerte con aires de misionero, que llegó al pueblo para resignarse al exilio de unas tierras angostas y secas, donde la gente no recuerda dos salmos seguidos. En algo sí está de acuerdo el viejo Zamora, piensa efectivamente que ya no hay nada que hacer, pues si el hecho que el sacerdote relató con abrumadora seriedad nunca sucedió, entonces no hay secuelas, es la ley básica causa-efecto-consecuencia. Cree haber leído algo sobre eso en algunos de los libros que dejó el hijo. Por tanto, decide que acaba de hacer lo correcto y con extremo cuidado coloca al Padre, todavía tibio, en el suelo, lejos del butacón de cuero que le regaló su muchacho el día en que cumplió los sesenta años, y sobre el cual se derrumbó el cura retorciéndose en espasmos y convulsiones hace unos minutos.

Ahora debe limpiar las manchas y deshacerse de la porquería en que la sangre del sacerdote ha convertido sus ropas. Abandona la sala y se dirige de inmediato a la cocina, de donde extrae dos grandes cubas repletas de agua. Las traslada con singular destreza hacia el patio y, justo entre la pared trasera de la casa y el cantero de los reptiles, se desviste pensando una vez más en la visita del cura.

Hacía años que ya nadie se acercaba a su finca, desde que la Beatriz se largó con el primo de Puentes Chicos, dejándolo abandonado con un niño de dos años. Desde entonces, para Emilio Zamora sólo existirían los campos de cereales y el hijo, perdiendo casi todo contacto con el mundo exterior. En ocasiones visitaba el pueblo para vender los granos y cambiarlos por mercancías, pero nunca llevó al muchacho. En el fondo temía que apareciera la madre fugitiva queriendo arrebatárselo como una vez ya le había arrebatado la confianza. Lo había convertido en un viejo ácido y solitario. Por eso en el pueblo se murmuraba que tenía tendencias retorcidas, que por eso nunca más se había vuelto a casar y que por demás no mostraba al muchacho ante el miedo a que descubrieran en él las marcas de sus bajas pasiones. Sin embargo, Emilio nunca atendió a los chismes, ni siquiera a los que hacía correr el padre Félix sobre pactos con el diablo y criaturas satánicas que juraba se alimentaban en los terrenos de finca Los Hornos.

—A la verdad que ese padrecillo siempre fue un lengua larga muy imaginativo —dice Zamora lanzando una sonrisa a la cuba de agua jabonosa y retirando las últimas manchas que quedaban en su rostro—. Pero hiciste bien, Emilio. A ese sacerdote le hacía falta un escarmiento —resuelve impasible, tirando sobre la tierra seca del patio la sangre diluida en agua.

Comienza a caer la noche y el viejo sabe que debe apurarse, no tardarán en notar la ausencia del cura en el pueblo, y piensa que si comentó con alguien más la descabellada noticia que lo hizo ir hasta allá, entonces no dispondría de mucho tiempo para esconder el cadáver. Por un momento considera la idea de echarlo a las víboras, pero la desecha de inmediato. Si al menos lo hubiera pensado cuando aún estaba vivo..., muerto no tiene caso. Además, los canteros quedan justo al fondo de la casa, y sería el primer lugar donde buscarían. Aunque es una pena que sus niñas se hayan perdido semejante festín, sopesa con notable disgusto.

Por fin decide enterrarlo bajo la estancia, en la zona del baño, que es piso de tierra muy conveniente. El conducto sanitario lleva años roto, debido a lo cual se ha ido acumulando bajo los cimientos de la casa toda una zanja de desperdicios e inmundicia, en la que nadie se atrevería a buscar sacerdotes charlatanes. Contento con su elección, se dispone a entrar por la puerta del fondo para mover el cuerpo rumbo al baño, cuando recuerda que no ha alimentado a las víboras en todo el día. ¿Cómo ha podido olvidarlo? Ese asunto del cura y la fastidiosa noticia casi le hace descuidar sus criaturas.

El cantero de los reptiles es una estructura rectangular de quince metros de largo por cinco de ancho, constituido por doce nichos, seis a cada lado de un pasillo central por donde Zamora ahora penetra y enumera con detenimiento las serpientes.

—Treinta y seis en total —susurra para sí ayudándose con los dedos de las manos—. Treinta y seis sumando las nuevas crías y quitando la cascabel que tuve que sacrificar esta tarde —reitera casi con pena, pero inmediatamente recuerda que aún le quedan nueve ejemplares más y suspira con tranquilidad.

El muchacho estaría orgulloso si lo viera ahora. Todavía le parece que fue ayer cuando tuvo su primera pitón. Y fue él mismo, el niño Vicente, quien la encontró y la cazó. El viejo quedó asombrado ante la habilidad del muchacho para dominar animales tan peligrosos. Ya tenía dieciséis años y no quiso matarla. «Vamos a alimentarla, papá. Es hermosa». Y sí que lo era, Emilio Zamora nunca había visto criatura tan extraordinaria. Entre los dos construyeron un pequeño criadero donde llegaron a cuidar varias especies. Pero Vicente iba creciendo y quería conocer mundo. Ya no le alcanzaban los libros abandonados de su madre para figurarse qué era lo que el viejo quería esconderle más allá de las cercas de finca Los Hornos.

Por tanto, el día en que Vicente Zamora contó diecinueve años en sus costillas y cinco reptiles en el cantero, le comunicó a su padre la decisión de viajar. El viejo quedó sumido en una profunda tristeza cuando, agotados todos los recursos, el muchacho continuaba obstinado.

«Yo vuelvo, viejo, sé fuerte». Y el eco metálico de esas palabras, ahora salidas de los labios de Emilio, rebota en las paredes frías del zinc del criadero y lo devuelve a la realidad. El imbécil del padre Félix dijo lo mismo. Ser fuerte no es tan fácil como vivir mucho tiempo, o no enfermarse. Ni siquiera tiene que ver con la capacidad de cargar treinta o cuarenta quintales de granos cada jornada, esa fuerza es de otra naturaleza, que nadie te enseña a buscar, ni te da la que tiene si es que la encuentra.

—Bah —rezonga Emilio decepcionado—. Tonterías que se dice la gente, cuando sienten pena por otros y tampoco saben remediarlo.

Recoge la pala en un rincón del patio para dirigirse al baño. Antes recala en la cocina, prende el viejo farol y regula la mecha bien alta. La oscuridad ahoga la finca y a través de la ventana del baño Emilio percibe algunas luces que se acercan por la vereda que viene del pueblo. Debe darse prisa, dispondrá como máximo de veinte minutos. Es suficiente, estima y encaja la pala en el sitio donde enterrará el cuerpo.

Afanado en su tarea maldice la hora en que, picado por la curiosidad, dejó la seca de los granos en el patio esa tarde y salió a recibir la repentina visita. Era él, el cura de la parroquia de Minas de Santa Isabel. El único ser vivo que se atrevía a cruzar los límites de las tierras del huraño Emilio Zamora.

—¿Qué le trae por aquí, padre?

Y clava desesperadamente la pala en el hoyo recién abierto.

—Tenemos que hablar, hijo mío, es muy importante.

Comprueba que cavando a ese ritmo podrá deshacerse del cadáver en menos tiempo del estimado. «Esto es ser fuerte, padre», piensa, y lo invita a sentarse.

—Espero que no haya venido a convencerme de ir a su iglesia, porque hoy no estoy del mejor humor, y no quisiera ser grosero con su santidad —comenta burlón mientras el montoncito de tierra a sus pies comienza a deslizarse dentro del agujero.

—Esta vez no se trata de eso —informa en tono grave el sacerdote sentándose en un amplio sillón de cuero negro—. Vengo por cuenta de Vicente.

Emilio lo mira con ojos desorbitados y aprieta el ritmo. Calcula que en un aproximado de siete palazos más ya cabrá el menudo cuerpo del viejo sacristán y grita enardecido: «¡Regresó, Vicente regresó!».

—Me temo que eso es parte de lo que tengo que decirte, pero no es toda la verdad, debes estar preparado...

El sacerdote se detiene un instante para tomar aire mientras Emilio aprieta con tal fuerza el cabo de la pala que parece a punto de reventarse entre sus manos.

—¡Hable ya, hombre!

—Tu hijo ha muerto... Lo encontraron esta mañana flotando en el río de Pasoseco, cerca del puente a la entrada de las Minas. Fue identificado por algunos papeles con su nombre algo destruidos por el agua... Por eso he venido, tienes que ir al pueblo a reconocer el cuerpo.

Emilio continúa cavando mientras el sacerdote abre su biblia en Juan 8:32 y lee atropellando las palabras:

—¡Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres! Todos los que pecan son esclavos del pecado. Y un esclavo no pertenece para siempre a la familia; pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. Así que si el hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres...

—Vicente no está muerto, padre —interrumpe el viejo intentando disimular su rabia—. Ese que encontraron no es mi hijo.

Y suelta la azada tras extraer la última porción de fango del hoyo. Limpia sus manos como puede en el pantalón y se acerca al cura, que continúa encogido sobre la biblia en una interminable letanía:

—No he venido por mi propia cuenta, Dios me ha enviado.

Levanta la vista y mira al hombre frente a él directo a los ojos.

—Abre tu corazón a Dios, Emilio Zamora. Tienes que ser fuerte, hijo, ya no hay nada que hacer —concluye y cierra la biblia de golpe.

Trata de incorporarse, pero el viejo se interpone a su paso, lo agarra con fuerza por los hombros y el cuello. El cura queda paralizado y sólo atina a quejarse con los ojos apretados:

—¿Por qué no puedes entender mi mensaje? ¿Por qué no quieres escuchar mi palabra?

Emilio presiona aún más la chillona garganta del Padre y al tiempo que niega enloquecido: «¡Vicente no está muerto!», siente un escalofrío recorriéndole el pie en una forma alargada y grácil que asciende desde el agujero hasta su rodilla. El sacerdote, horrorizado, repite:

—¡Tu padre es el diablo, le perteneces y tratas de hacer lo que él quiere! ¡El diablo ha sido un asesino desde el principio! ¡Desde el primer pecado!

—¡Pues métase por el culo el primer pecado, padre! —y diciendo esto agarra a la cascabel por la parte posterior de la cabeza. Se trata de un ejemplar de algo más de un metro, bastante grande para ser una de las crías extraviadas de los canteros pero con una fuerza semejante a una anaconda. Emilio logra dominar con facilidad al animal ante el rostro despavorido del cura, que suplica soltando salmos y versículos incoherentes:

—¡No paguéis a nadie mal por mal! ¡El hijo de Dios ha de venir en mi auxilio y de mi interior correrán ríos de agua viva!

—¡No hable tanta mierda! —vocifera Emilio Zamora al oído del aterrorizado sacerdote—. ¡Al final el hijo de Dios también abandonó a su padre!

E inmediatamente abre con la mano derecha la boca del párroco y con la izquierda introduce la cabeza del animal en la cavidad abierta. La serpiente hace lo suyo al sentir el calor que emana desde las entrañas del desesperado sacerdote, y acelera su paso a la vez que Emilio, todavía sosteniendo la garganta del Padre, siente en la superficie cómo va penetrando el animal, ganando espacio a través de los huesos destrozados de la tráquea y la nuca.

En pocos segundos lo ve retorcerse en el mismo lugar con los ojos en blanco y con las venas del cuello hinchadas como las crías que alimenta en los canteros más pequeños. Observa con gusto cómo se recoge en un ovillo contra la pared del asiento mientras gime imitando el sonido de las cascabeles cuando luchan por la supervivencia. Pero el cura, que ya no entiende de supervivencia ni de reptiles, queda allí, contraído sobre el butacón de cuero negro —curtido por las manos del propio Vicente Zamora—, con los ojos abiertos y con un torrente de sangre emanando por la boca desgarrada.

Emilio comprueba una vez más las dimensiones del agujero, y luego de haber asentido con un leve movimiento de cabeza, concluye que sólo le queda trasladar el cuerpo desde la sala hasta el baño, antes de que las luces lleguen al zaguán de la finca. Pero justo cuando entra a la habitación, alumbrando con el viejo quinqué, no encuentra nada, allí no hay cuerpo, ni ríos de sangre, ni serpientes.

Se siente confundido por unos segundos, pero no se lamenta. Si no hay sacerdote, no hay mala noticia, razona acudiendo otra vez a causa-efecto. Y si no hay mala noticia, las luces que se acercan no deben ser parroquianos sino visitantes. Pero como nadie pisa estas tierras desde hace más de treinta años, entonces no puede ser otra cosa... ¡Es Vicente, que vuelve a casa!

Sin dudarlo abre la puerta principal y se lanza al camino, rumbo a las luces que ahora se distinguen en dos pequeños faroles que revelan la silueta de un hombre. Emilio pierde el equilibrio en su afán de llegar hasta la figura que se acerca lentamente, y cae al suelo. Trata de incorporarse, pero un dolor agudo justo en la boca del estomago se lo impide y se derrumba otra vez. Doblado en posición fetal, se retuerce sintiendo cómo los músculos de su abdomen se contraen y se expanden en rápidos espasmos, como si poseyeran vida propia.

Intenta agarrarse al suelo en medio de las convulsiones, pero sólo encuentra el polvo seco de la entrada de la finca y siente miedo. Por primera vez, Emilio Zamora acepta, en medio de su agonía, que siente miedo. Lo comprende cuando la figura a su lado levanta el candil sobre él y distingue, en lugar del rostro de su hijo, la cara del padre Félix, que austero le dice:

—Tienes que ser fuerte, hijo, ya no hay nada que hacer.

Y con severa parsimonia lanza bendiciones al aire aún con la luz entre las manos. El viejo desiste de intentar agarrar la tierra mirando hacia el cielo por última vez, y no advierte cómo de su boca abierta emerge una enorme cascabel que se aparta de su cuerpo, deslizándose sigilosa en dirección al cura, que contempla asustado el cadáver de Emilio Zamora.