Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Lejos… me acordé de ti Encarna Hernández Torregrosa

 

Se puede querer a Salto porque sí

    El día antes de mi llegada había cambiado el clima, por lo que un frio húmedo al que acompañaba una fina llovizna fue el saludo de una tierra que parecía ofrecer, con la más pura crudeza, un saludo al visitante que venía con el corazón en la mano, deseoso de descubrir cuanto poseía Uruguay en su interior. Fue como darse de bruces con la inestabilidad impropia del mes de diciembre en estas tierras. ¿Dónde estaba el verano?


    Nada de un diciembre típicamente veraniego. Nada de calor; muy al contrario, me sorprendió el frío a las diez de la noche, que fue la hora de llegada a Concordia, después de 36 horas de viaje. Aún tenía que cruzar el río y llegar a Salto, una ciudad ubicada en el litoral norte del país.


    La noche lo envolvía todo y a pesar de ello se dejaba intuir el paisaje. Casi se adivinaba lo que al día siguiente y como por sorpresa, con un sol radiante, pude ver con total claridad.

    Fue como si la lluvia y el viento de la noche anterior hubiesen limpiado el horizonte con un abrillantador.  Frente a mí, una gran extensión de terreno donde las tonalidades verdes salpicaban aquí y allá. Pensé que era uno de los parajes más hermosos que había visto.

    Me encontraba en las termas de Daymán y, junto a ellas, el río Uruguay. A medida que aclaraba el día, pude apreciar cómo esas tierras, tan alejadas de la mía, eran tan distintas, y al tiempo algo en ellas me recordaba los años de mi niñez. Fue como descubrir una juventud perdida.

    Tras salir del hotel y recorrer la ciudad lo comprendí: se puede querer a esta tierra porque sí, por nada y por todo aquello que se me mostraba con absoluta claridad. Como la niña a la que han lavado la cara, así vi a Salto. Y así, se me mostró la recién descubierta ciudad.


    Cogí el ómnibus (autobús) y allí me vi rodeada del presente de la ciudad salteña. A mi lado, entre lo abarrotado de aquel viejo autobús, una joven que con un capazo en un brazo llevaba de la mano a un “gurisito” (niño). Cogidos de su pantalón vaquero se sujetaban dos chicos más, que miraban sorprendidos a la desconocida. Ésta creyó ver en los ojos negros del más pequeño la vida de aquel país que se brindaba abiertamente.

    Fue fácil caminar por aquellas calles llenas de sol y de miradas que acarician al forastero. Yo, al mismo tiempo y con total interés, quería retener cuanto veía en la retina de mi memoria.

   

Los salteños me acogieron como si nos conociéramos de tiempo atrás. Como la hija o la hermana que se marchó hace años a otra ciudad. Las blancas nubes fueron testigos de aquellos saludos y encuentros furtivos, mientras las miradas de los que pasaban a mi lado intentaban descubrir cuál era mi lugar de origen.


    Una pesada nostalgia se apoderó de mi alma. Aquellas casas de colores, los patios con sus platas invadiendo todos los rincones, la sencilla vida de los salteños y el olor a “asado” al fondo. Ese aroma barbacoa, a carne hecha con total lentitud, se extendía insolente por las esquinas y calles perfumando cada rincón.
    Desde lejos se podía ver cómo una inmensa nube cubría la ciudad a manera de boina. En realidad, se ajusta a ella como el sombrero al gaucho. Sí, era como la esencia de la propia ciudad, que serpenteante se elevaba desde los tejados de las casas o las barbacoas instaladas en la calle. El humo se prolongaba como un brazo mágico hasta rozar a las aves que surcaban los cielos. Costumbre o tradición del “asado”.

    -¡Eh, viejo!, es algo más… Es conversación entre tú y yo.
    -No, es el pasado y el presente dándose la mano, ¡loco!.
    -Es la familia y los amigos, es Uruguay y es Salto.

    Pude entender que es todo. Es el “mate”. Es el color de la ciudad. Es la forma de amar a esta tierra que conjuga el verbo compartir mientras a fuego lento va dorando la carne. Carne de la res, que al mismo tiempo va dorando al salteño. Es el tiempo y es la vida.

    Aquí tengo que hacer una reflexión... La locura del estrés, los horarios, el tropezar con el vecino que apenas se conoce..., en esta tierra no existe. La sensación de familia hace desaparecer todo rubor en el visitante, cuando con la cámara de fotos en la mano intenta descubrir qué hay más allá de las viejas paredes o al otro lado de las puertas entreabiertas.

    Antes de comenzar el trabajo, se conversa, se toma mate y se preparan las labores del día que despierta. Así la vida cotidiana es más cotidiana en estas latitudes. Mientras, se piensa y se habla de aquellos que hay más allá del rio. Entonces, una vez más se toma mate y se piensa… en los que están lejos, y en el tiempo cuando uno estuvo lejos.

    En los largos paseos pude ver las casas coloniales que recuerdan otra época hermosa y llena ese glamur que tiene lo ya pasado. Junto a ellas, los gigantescos árboles con su intenso verde y el río, siempre el río, como testigos de encuentro con los antepasados. Un río que deja intuir un mar amargo. Ese mismo río fue mi confidente en los encuentros con los que ya comencé a llamar “familia”, mientras las hojas verdes de los árboles saludaban al verano recién estrenado, abanicando la mañana. Diciembre, verano, sol y ritmo; así se me mostró Salto.

El “gaucho” de antes y de ahora

    Junto a este Salto, existe otro de largos caminos por donde te puedes cruzar con los caballos, con las ovejas, que con total mansedumbre saludan a la mañana, y a su lado, pastando, las vacas con los terneros. Ése es parte del otro Uruguay.

    Resultó extraño. Allí descubrí una tierra preñada de vida con sus numerosas palmeras rodeadas de pinos, y entre ambos el amarillo y verde de los inmensos campos; es de esa tierra de donde brota la fuerza de su gente. Allí encontré de nuevo las olvidadas casas de puertas y ventanas abiertas de par en par, y al fondo, entre las cansadas manos del campesino, la guitarra con sonido a tierra gastada. Allí encontré el pasado y, junto a él, la esencia de mis abuelos, mientras las reses paseaban lentamente por el campo. La “res”, orgullo y nobleza. Para muchos, cuero y carne. Para otros, estampa de libertad.

    Y junto a ella, el caballo, el mejor y más fiel compañero del campesino. Y en ocasiones, herramienta. Con ese potro comienza los trabajos cuando el sol asoma en el horizonte y con él termina cuando se pone. Mientras, las gallinas, en el corral, cobijan a sus polluelos. Al fondo del patio, en la cocina, la mujer enciende el fuego y prepara la comida. Y el "gurisito" corre por el corral acercándose a los pavos para echarles el maíz.

    En la “quinta”, que está en mitad de una gran inmensidad de terreno, el hombre a caballo es el “jinete de la pradera”, es el “gaucho” de antes y de ahora. En otra época, estos hombres participaron en la independencia de su país; hubo quien los definió como “los mejores guerreros del mundo”.

    Hombre leal, decente, de buenos modales, que desde muy joven, casi un niño, tiene que trabajar para ayudar a su familia.

    Por los inmensos campos uruguayos, si te cruzas con uno de estos gauchos, seguramente te saludará, aunque no te conozca, es algo normal...

    Junto a las haciendas, de nuevo el verde exuberante de los extensos campos se me mostraba de forma insolente, llegando a estremecer el alma, con un sentimiento sagrado hacia la madre naturaleza. Aquí la voz no se levanta, se habla despacito. Y al final, el río. Su cauce se aprieta y se ensancha hasta desaparecer la orilla.

    Miro el transcurrir del agua y me doy cuenta de que una flor se va en dirección al mar. Algo tiembla en mi interior.

    No deseo marcharme como esa flor, siento que yo también tengo un sitio aquí. Mi caminar de ayer, mi mirada sorprendida, mi aire de nostalgia se entremezcla con los salteños.

    He podido sentir las sinceras palabras de la gente del pueblo, la extrañeza y la alegría de los que me recibieron. Mis palabras en el corazón de los que me acogieron. Amar, sí se puede amar de veras. Vagar por las anchas veredas, por las milongas, la soledad, ternura y amor, así se puede amar en Salto.


    Sentada a la puerta de la casa, una niña gime bajo la luna de verano; llora por esta Navidad que se aleja y que no le dejó el regalo que ella quería, mientras en el cielo brotan flores de mil colores a manera de fuegos artificiales. Otros chicos corren de un lado a otro.

   

    Una mariposa de color naranja se cruzó en mi camino. Una mariposa de una semana justa, que fue lo que duró mi estancia en esta ciudad. Mariposa naranja como la esencia que en Salto nace de la tierra y deja su zumo.


    Aunque el viaje sin duda es largo, mi corazón y mi memoria guardan muy bellos recuerdos de la gente querida... Espero el día en que pueda volver a disfrutar de aquellos que quedaron lejos... pero cerca en el pensamiento.

    Sí, puedo amar con certeza, sin trabas, a cuantos quedaron allá. Aunque me pregunto: ¿cómo haré para que quedes en mis adentros? Amarte con certeza será amar más y más a toda esa gente que me brindó su hogar. Será un amor de veras, como el que, envuelto en sus palabras, me brindaron Ana, Bolívar, Nina, Gregori, Pimpo, Nelida…, que criasteis a otros salteños, a veces mansos o fieles, que vagarán por las anchas veredas de este mundo.

    Tal vez un día..., un día de ternura... o de violento amor, llegarán estas palabras a ti en forma de cariño dirigido a Bebe, Aída, Águeda, Juan, a todos vosotros. Me despedí sin deciros adiós. Me marché, aunque algo mío quedó entre vosotros.

    Al mirar por última vez la planicie que se extendía hasta el infinito, supe que algún día volvería. En el taxi que me llevó de Salto, sonaba la canción de Alfredo Zitarrosa Pa`l que se va. ¡Qué extraño! Aún estaba en Salto y ya la echaba de menos. Hoy aún creo escucharla:


No te olvides del pago
si te vas pa’la ciudad,
cuanti más lejos te vayas
más te tenés que acordar.



Torrevieja (España), 2012