Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 46 - Abril 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Una imagen en mil palabras 2011 Carmen Guerrero/Josť Luis Gotor

 

GANADORES VI "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS", 2011

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GANADOR DEL RELATO PARA LA FOTO Nº 1

El cerdito

Carmen Guerrero Moreno

Foto n.º 1. Autora: Ana Martínez

 

 

Nacida en Chiclana de la Frontera (Cádiz), resido en Santander desde 1989. Licenciada en Medicina y Odontología, profesión que desempeño.

Aficionada a leer lo que imaginan los demás y a imaginar por mi cuenta.

     

El cerdito

      Hoy me han hecho una entrevista. Una mujer vestida como de señora llegó a casa muy temprano y después de hablar con mi madre un rato largo quiso que yo hablara con ella a solas. Mientras le dijo a mi madre, yo desayunaba una taza grande de agua con miga de pan. Me preguntó cosas. Sobre mi padre le dije que sólo lo había visto dos veces, una en un bar para conocerlo y otra en otro bar para despedirme porque dijo que se iba muy lejos a procurar fortuna. Mi madre siempre habla de dinero, de que le falta. A mí no me importa el dinero, no sé lo que es. Una vez, me regaló la vecina de al lado una hucha de cerdito para que lo engordara con monedas, pero el cerdito sigue estando flaco porque nunca le di de comer de esa comida. Pero no se ha muerto. Eso le digo yo a mi madre, que tampoco nosotros nos moriremos si no comemos dinero. Y entonces, ella sonríe como siempre sonríe, como con tristeza. Un día vi reír a mi vecina con la boca abierta, como descotada, y a gritos; me pareció que estaba loca, más loca que la loca que dicen que es loca que siempre está en la solana y nos mira cuando jugamos; casi todos los niños le tienen miedo, yo no, porque sólo nos mira y sonríe como mi madre. Pero mi vecina sí me dio miedo, nunca había visto reírse a nadie así. La señora no sonríe de ninguna manera. Me preguntó si iba al colegio todos los días. Yo le dije que si podía salir a preguntárselo a mi madre, pero no me dejó. Fue cuando oí un portazo y empecé a sentir algo raro por la barriga y me columpié en la silla. Ella me decía: tranquila, sólo quiero ayudarte. Y me volvió a preguntar lo del colegio. Yo no sabía lo que era un colegio y me columpié más en la silla. No me gustó hablar con señoras. Me preguntó si pasaba hambre y si me quedaba sola en casa, y qué hacía en todo el día. Esa señora me preguntaba cosas que no me importaban, ella no vivía con nosotras y no sabía lo que le importaba a mi madre. No habló de dinero. De pronto, me atreví a saltar de la silla porque quería ir con mi madre y abrí la puerta y la busqué corriendo, pero no estaba. Entonces me asusté porque la señora me persiguió por la casa y no me dejó salir a la calle. Yo quería ir a la solana a jugar para que me viera la loca y me salvara de esa señora, pero ella me agarró de la mano y me obligó a acompañarla, yo llamé gritando a la vecina de al lado pero no me debió oír porque la oí reírse como ella se ríe, haciendo mucho ruido y con la boca abierta como para que le echen monedas. La señora me ha dicho que lleve el cerdito para que se lo enseñe a una madre nueva que dice que voy a tener, yo le he dicho que lo que me importa es volver con mi madre vieja porque me gusta cómo sonríe y no quiero que esté sola para que no le digan loca como a la loca de la solana. Yo casi nunca me río pero siempre estoy contenta, menos hoy.

      «Te voy a querer mucho», dijo cuando abrió la puerta y me miró de arriba abajo. Después, nos hizo pasar y me invitó a sentarme en un sitio que tenía muchos sitios, de una tela que tenía como una luz rara porque cuando te sentabas se le quitaba el brillo, y mientras ellas se decían cosas de pie, yo me senté en un lado y luego en otro y en otro porque me gustó eso de ir quitando brillos, pero cuando ellas se sentaron y aplastaron el brillo me quedé quieta y me acordé de mi madre. En esa casa hacía mucho calor. A mí me gusta tener un poco de frío en las casas. Mi madre me abraza cuando tengo frío y se me quita. La señora enseguida se fue y me dejó en aquel sitio con muchos sitios que ya no me hacían gracia, con esa mujer que se reía sin hacer ruido y estiraba los ojos hasta que se le cerraban, y yo me quedé allí, parada con el cerdo, sin saber qué hacer, esperando a que abriera los ojos y me viera para que me escuchase y decirle lo que a mí me importaba, pero no paraba de estirar los ojos sin abrirlos. Yo no quería que me quisiera mucho, eso es lo que quería decirle de lo que no me importaba, que ya tengo madre y que las madres no se descambian. Entonces, de pronto, salté de aquel sitio y corrí para abrir la puerta y volver con mi madre. Al cerdito lo dejé a su lado para que fuese su madre nueva y no me buscara más. Ella debió abrir los ojos entonces, y me gritó: «¡Vuelve aquí, no tengas miedo, te vas a perder!», pero yo corrí más, bajé las escaleras, salí a la calle y no me perdí, cuando llegué a mi casa nadie me abrió, llamé donde mi vecina para preguntarle, pero tampoco me abrió, no debía estar porque no la oí reírse, luego fui a la solana y al llegar oí que un niño gritó: «¡Hay una loca nueva!». Me acerqué al banco y la miré, ella también me miró sin decir nada, sólo sonreía como triste, luego me senté a su lado y anduvimos mirando un rato cómo jugaban los demás niños hasta que se puso oscuro y no quedó nadie. Entonces, le dije: «Volvamos a casa, mamá». Ella me miró, se levantó y me dio la mano. Por el camino oí las risas de mi vecina. Yo casi nunca me río, pero ahora estoy contenta.

 

     
     

GANADOR DEL RELATO PARA LA FOTO Nº 2

Sin vísperas

José Luis Gotor Trillo

Foto n.º 2. Autora: Ana Martínez

 

 

 

 

 

Licenciado en Filología Inglesa. Segundo premio del Certamen de Poesía Málaga-Crea 2004. Primer premio del Certamen Nacional de Poesía “Universidad Popular de Alcorcón” 2004. Premio del público en el III Certamen “Poemas sin Rostro”, de la Asociación Canal Literatura, 2007. Selección de poemas incluidos en el libro “Zona Sur. Antología de jóvenes poetas malagueños”, por Francisco Ruiz Nogueras, 2007. Segundo premio del 19.º Certamen Internacional de Poesía Féile Filiochta en categoría española (Dublín, República de Irlanda, febrero 2008). Segundo premio del III Certamen Nacional de Poesía “Blanca de los Ríos”, 2008. Mención especial en el IX Certamen de Poesía “La Mar de Versos”, 2009. Finalista del VI Certamen “Poemas sin Rostro”.

   
     
     

Sin vísperas

      No me salva siquiera el amanecer más limpio que creo haber visto jamás. Tampoco este silencio tan planetario que sólo mancillan mis leves pasos en el camino. Ni el pacto de no agresión que parece prometer el frágil viento que, con sumo respeto, me acaricia las mejillas.

      Nada me salva ni impide las lágrimas que inundan mi rostro mientras camino, agarrada a un suspiro que se antoja inacabable, bien segura de que todo el futuro que me aguarda será poco más que una amalgama de recuerdos.

      Te conozco. Estás en mí, conmigo, desde antes de mi primera felicidad. No en vano fuiste tú quien la diseñó, con esmero, con una sabiduría bien extraordinaria. Dotaste de un brillo a mis ojos que a ti te doraba la piel, y decidimos alimentarnos desde entonces el uno de la natural riqueza del otro. Sin rubor, sin excusas, sin prisas ni límites de tiempo.

      Te he vivido, y me has vivido. Acaso sabíamos de la existencia del mundo externo, aunque no añorábamos nada. Conocíamos la paz porque la fundábamos en cada abrazo. Tú leías los relatos de mi deseo, y yo componía la música de tus sueños nocturnos. Cada mañana podíamos reinventarnos el amor, crearlo de nuevo como si fuera la primera vez, y siempre con resultados satisfactorios. Luego, al caer la noche, rememorábamos el viaje que significaba tenernos, y que no parecía tener fin.

      Ya el sol comienza su peregrinar rutinario, y parece que hará calor. No puedo dejar de andar. No hay destino porque no hay una ruta. No existe la curiosidad porque tampoco existe la capacidad de sorpresa. Andar, tan sólo andar, sabiendo que ya partí desde la meta.

      No llevo más que algo de ropa en la maleta: tres faldas, dos blusas, ropa interior y una chaqueta para el frío. Es lo único que saqué de la casa. He tenido que abandonarla, ya que no puedo volver a sentirla como nuestra, de los dos. Buscaré un lugar donde alojarme en la ciudad. Porque eso es lo que me resta, alojarme, no vivir.

      ¿Recuerdas cuando compramos el terreno? Nos parecía imposible poder construir algo habitable para los dos allí, pero al mismo tiempo coincidíamos en que no podía haber un lugar mejor para nosotros. Alejados de todo, de todos, donde nadie pudiera molestarnos.

      Y bien que lo hicimos. No cambiaría ninguno de los minutos que allí hemos compartido por nada del mundo. Ni siquiera las escasas tristezas, ni las inauditas discusiones, nada.

      Te hablo todavía, a veces en voz baja, otras mentalmente, porque sé que somos uno. Porque el silencio que sigue a mis palabras o pensamientos lo siento como tu respuesta, y eso me proporciona una agradable paz. Te hablo porque todo, en el fondo, tiene que ser mentira, de una u otra forma has de estar, no puedes no estar. Sé que me entiendes. Cómo no ibas a entenderme.

      Dos hombres de nuestra edad, más o menos, aparecen en el camino. Tienen el rostro duro, como de otro tiempo, y la tez bien morena. Por saludo me sonríen y hacen un leve gesto de afirmación con la cabeza, aunque la sonrisa les desaparece cuando, una vez más cerca, ven mis lágrimas, ven la maleta, y ven mi vestido negro. Les acompaña un perro y cada uno lleva un rifle de caza, estoy cerca del coto. Yo no tengo ánimo para saludar a nadie. El perro me mira como entendiendo también mi situación, serio, respetuoso. Nos cruzamos y seguimos cada cual nuestro camino. Aunque yo desconozca el mío.

      Te veo, siempre te veo. Estás en cada rincón de mi memoria, estás en todos los sonidos y sabores que he conocido. En el agua que bebía y la que me bañaba. Tan claro, tan limpio. Te veo joven, tan seguro de nosotros que a veces me daba miedo. Te veo a mi lado, constante, estuvieras o no. Descubriéndome siempre, como si cada día yo acabara de aparecer en tu vida. Agradeciéndome estar, agradeciéndome ser. Te veo entero, lúcido, vivo. Tan vivo que podría besarte en este preciso instante.

      Sé que no volveré a desandar este camino, porque me llevaría a un lugar que ya no existe. A mis espaldas siento, pese al sol, el crudo frío de una niebla pesada que absorbe todo lo que dejo atrás. No a ti, por supuesto, sino a lo que nos rodeaba. Lo que nos veía ser felices.

      Te recuerdo, y el hecho me abrasa, mirándome tan serio cuando empezaste a sentir que algo iba mal. Recuerdo las nubes en tus ojos, recuerdo el silencio terrible con que me escudriñabas desde el sofá. Recuerdo, no puedo olvidarlo, el miedo y el vértigo que sentí al adivinar lo que estabas pensando. Que qué sería de mí. Recuerdo la tos, cada día más grave, recuerdo los médicos, tus intentos de restarle importancia, tu forma de apaciguar mis nervios, mis llantos, mi desolación. Las noches abrazados sin hablar, los dos llorando mientras paladeábamos nuestros últimos momentos. Tus manos, siempre tan cálidas.

      Y tu adiós. Tus últimas palabras. Nuestra muerte. Y luego, nada. Qué recordar del después. Me quedo con tu vida, la mía, la nuestra. Tu inmensa bondad por regalarte a mí, a nosotros. No me quedo con nada del después, ni nada aguardo. Ya no existen las vísperas, contigo se fueron todas.

      A lo lejos se oyen disparos. El eco de su estruendo resuena por todas las montañas. El cielo se llena de pájaros que vuelan asustados. Ya debe ser mediodía.

      Sigo agarrada al mismo suspiro inacabable. Tomo un sendero absolutamente desconocido, pero eso no importa mucho. La maleta no es lo que pesa, puedo andar. Y si me pierdo, tampoco me preocupa. No puedes perderte cuando no hay rumbo, referencia ni destino. Andaré con la seguridad que me proporciona saber que al final no hay nada, que no espero nada ni nadie me reclama. Saberte conmigo, saberte en mí, consuela mi paso. Por mucho camino que haya de recorrer, sé que nunca estaré próxima a olvidarte.