Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 26 - Primavera 2012
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Sancho Panza en Nueva York Marí­a Ángeles González Díaz

Yo, Sancho Panza, fiel escudero de Don Quijote, gobernador de Barataria, impulsado por la necesidad de conocer las posesiones de mi ínsula, decidí adentrarme en parajes desconocidos con la única compañía de mi jumento. Y, como cuando a Roma fueres, haz lo que vieres, siguiendo los consejos de mi amo y señor, me convertí en un explorador de tierras ignotas. Además, como no hay cosa segura en esta vida, antes de iniciar este asunto, repasé detenidamente mi talle porque quería que todos los habitadores de mi ínsula se quedaran prendados de mi persona.

Oteándose ya las primeras luces, apareció por encima de mis atónitos ojos una vasta extensión de tierra de formas y tonos muy básicos y sencillos en los que se perdía el horizonte, uniéndose tierra y cielo y haciéndome sentir en el centro del mundo. Campos de trigo y viñedo alternaban con aisladas encinas que se erguían acompañando a los molinos de viento.

Ésta es mi tierra —pensé con gran orgullo.

Pero, en justo y en creyente, la visión campestre desapareció y a un mismo punto surgió de la nada una grandiosa aldea en la que emergían casas de inmensa altura y calles cubiertas con un material desconocido para mí. Miré por todas partes, pero sólo yo era el espectador de tal fenómeno. Sacando valor de la nada, inicié la marcha hacia lo desconocido. Hasta mi burro acercábase con gran cuidado, dirigido por mis temblorosas manos.

No habiendo hallado nidos, donde se pensó hallar pájaros, me dirigí hacia las sendas repletas de gentecilla de piel blanca, negra y amarilla, contrahechas con vestiduras gayadas muy curiosas, por momentos entrando y saliendo a deshora de amplios postigos perforados en los hogares en cuyos bajos malvivían epitafios con letras desconocidas que se encendían y apagaban con una luz incomportable que cegaba mis ojos. Estatuas paralizadas, como de cera, se situaban en el interior, mirando con ojos sin vida a cuantos observaban desde el exterior.

Sediento y pensando que en hora menguada había yo entrado en tamaña situación, busqué, desesperado, alguna fonda para saciar mi sed con un buen viduño, pues más vale pájaro en mano que buitre volando. A pesar de mis atuendos y de la compañía de mi borrico, nadie se percataba de mi presencia. Cuando entendí que posiblemente había hallado el lugar, me topé de bruces con unos pequeños botijos de hojalata de vivos colores que se presentaban ante mí en el interior de bargueños cubiertos de hielo. Abriéndolo con el miedo devorando mi estómago, una gran ola de frío me echó hacia un lado. El hielo aforaba sus paredes, y pequeñas vasijas de vidrio se ordenaban una al lado de la otra. Otras estaban hechas de un material muy duro y blanquecino. Al final, me decidí por una de ellas. Pero, a dineros pagados, brazos quebrados, cuando la moza que regentaba la taberna vio mis monedas, con palabras que no entendía, me mostró la salida.

Hambriento y sin posibilidades de beber, me dirigí a ninguna parte. Todos los caminos se parecían como gotas de agua. El paisaje era tan monótono como los campos de mi Mancha querida. En tal demanda me vi que seguí las indicaciones de unos dibujos clavados en el suelo que asemejaban troncos de árboles. A dicha, no estaba muy lejos y pude adentrarme en un frondoso bosque cuya longitud se perdía de vista. Después de recorrer algunos pasos descubrí unas fuentes con hermosos caños de donde manaba un agua cristalina y, como a falta de pan, buenas son tortas, dirigí mis labios secos hacia ellos. El sabor del agua era muy distinto y extraño a las aguas claras de mi tierra, pero sació las necesidades mías y de mi rucio, compañero de tantas fatigas.

Sentado en un banco, añoré la compañía y consejos de Don Quijote y pensé cómo hubiera actuado él en tal situación. Pasitamente me recliné sobre mí mismo y quedé profundamente dormido. Mi despertar fue ruinoso, porque me vi zarandeado por dos gañones vestidos de negro con una placa en el pecho y un sombrero plano que me instaban a abandonar mi duermevela. Me sentí ladrón y maleante, ya que pagan a las veces justos por pecadores. Con grandes gestos y aspavientos, interrotos a un mismo punto por los rebuznos de mi borrico, me seguían dedicando jaculatorias. Bajando la cabeza y bien acompañado me adentré en aquel vergel, obligado a que me decantase por otras rondas más desconocidas.

A fe que no se me olvide volver a la entrada de este paraíso —imaginé.

Encontrando la salida, me di otra vez de bruces con la fortaleza de piedra.

Badulaques a la vista —cavilé.

Delante de mí se abría otra vez una profunda garganta que se adentraba en la tierra. Decidido, continué los pasos del gran gentío. En fin y en fin, no sabía a dónde ir. Oscurecía y preferí el calor del interior. Ande yo caliente, ríase le gente. Arrimándome a la boca del monstruo observé unas escaleras no de piedra sino de hierro que, llevadas por demonios malignos, subían y bajaban sin parar cargando sobre ellas a todo ser viviente. ¿Y por qué no mi jumento? Mi tozudez pudo con la suya y descendimos a los infiernos. En el interior, carruajes de hierro se trasladaban a través de otras barras, produciendo un ruido ensordecedor. Osé subirme a uno de ellos, pero no había pase para mi asno. Desolado, pareciome estar dentro de un hormiguero. Buscando la salida, en el centro del lugar, un cuerpo sin nombre yacía en el suelo sin apenas alertar a los que pasaban por su lado. Nadie se acercaba. En dos paletas, me acerqué a él y, apartándolo del gentío, intenté ofrecerle mi ayuda. Era un mozo joven, con vestimentas raídas, tez cetrina y respiración entrecortada. Los brazos desnudos mostraban pequeñas cicatrices rojizas. Revisé su faltriquera y en una bolsa, no de tela sino de ese material blanquecino que vi en las jarras de bebida, hallé un polvo blanco desconocido. Sin dudar, lo monté sobre mi borrico con el asombro de todos los presentes y me dirigí a mi vergel particular. Recostado sobre la hierba, poco a poco recobró el sentido, y su pasmo fue mayúsculo cuando vislumbró mi porte. Como la comunicación era nula, decidí buscar un lugar donde pudieran devolverle las ganas de vivir.

Desconocía adónde pero, a Dios rogando y con el mazo dando, el zagal, con pocas fuerzas, me fue indicando el camino. Anduvimos y anduvimos, atravesamos postes de luces cambiantes hasta que llegamos a una casa cubierta con mármoles y hierros forjados. Me indicó que pulsara un botoncito en el lateral del portal. El sonido consecuente de poco me tira al suelo, esbozándose una triste sonrisa en el rostro de mi desconocido. La puerta de hierro forjado se abrió como por arte de magia y una elegante y esbelta mujer apareció en el centro del portal. El grito de alegría que salió de su interior inundó al zaguán de la casa. Corrió y se fundió en un largo abrazo con grandes sollozos. Madre e hijo. Cielo y tierra. A pesar de no entender lo que me decían, adiviné una sola palabra: gracias. Iniciando ya la despedida, continué mi camino, oprimido por la soledad.

Con todas estas cavilaciones seguí caminando horas y horas hasta llegar a buen puerto. Nunca había visto el mar, era inmenso. Y enfrente de donde yo estaba, en el centro de una isla, una escultura de mujer que portaba una antorcha parecía dar la bienvenida a todos cuantos llegaban. Pequeños barcos trasladaban a la masa que los llenaba. Sobre la placa que indicaba el nombre de la isla, sólo pude entender la palabra LIBERTAD.

A Dios veámonos, como dijo un ciego a otro, sentado delante del símbolo de la libertad del futuro, me sentí el único ciego que contemplaba tan maravillosa visión.

Pasadas unas horas continuaba absorto con la imagen que tenía ante mí. Todos los recuerdos de las aventuras que viví con Don Quijote desfilaron por mi mente. Y, por primera vez, comprendí todos los valores que mi amo me había ido transmitiendo, sin yo saberlo. A pesar de su mente imaginaria y fantástica, de su afán por meterse en situaciones sin sentido (pagan las veces justos por pecadores), mi amo representó en nuestra época la fidelidad hacia los suyos, la cortesía y la honestidad, incluso hacia los que se mofaban de él, la búsqueda de la justicia, la elocuencia en sus diálogos, la generosidad hacia los más necesitados, el gozo por el deber cumplido, el agradecimiento, el coraje y la valentía ante el peligro.

Cuando inicié mis andanzas con Don Quijote, yo era un simple campesino de mente corta y lenguaje breve, ansiando riquezas y nobleza. Pero, como no con quien naces sino con quien paces formas tu condición, ahora soy un Sancho nuevo. Nuestra amistad y el deseo de cumplir con el deber han provocado este cambio.

¡Ay, Don Quijote! ¿Cómo actuaríais ante esta ciudad de piedra, ante esta muchedumbre que vive ciega frente a las situaciones más grotescas? ¿Cuántos gigantes querrías derrotar? ¿Podrías comprender los valores de este mundo futuro o preferirías seguir cabalgando con Rocinante en tu universo de damiselas y caballeros andantes?

Gruesos lagrimones derramaban mis ojos añorando mi amada tierra manchega, la sencillez y honra de su gente. A pesar de que había seguido a Don Quijote por huir de mi monótona existencia, ahora, frente a la realidad vivida en los posibles tiempos venideros, mi visión de la vida y de las virtudes humanas había cambiado.

Si, pasados los siglos, el hombre continúa cayendo en los mismos males, escojo dejar de ser un falso gobernador sin pericias para serlo y volver a ser yo, un simple campesino.

Volví a mirar el rostro de la estatua y, por fin, lo comprendí todo. Libertad, libertad del hombre de elegir su destino, ahora, antes y en el futuro. Nadie más que el hombre decide el cómo y el porqué.

Mirándola por última vez di la vuelta y volví sobre mis pasos. A los pocos minutos la fortaleza de piedra desapareció y otra vez el paisaje manchego afloró ante mis ojos.

Subido a mi jumento, me volví a mi isla Barataria, donde, como ya sabéis, no quedé muy bien parado. Tal vez porque la bondad y la ignorancia no son buenas compañeras de viaje.



SCRIBO

A lo largo de mi vida he disfrutado de dos vocaciones: la docencia y la escritura. De niña, ya inicié la andadura hacia la búsqueda de la creación y de la fantasía. Pero será ya en la madurez cuando el gusanillo de escribir me dirigió hacia un taller literario, donde me animaron a ello.

Mis escritos muestran una parte muy amplia de mi alma, de mis sentimientos. Con nombres escondidos saco a la luz aquello que duerme en mi corazón y en mi entendimiento, y la importancia de mis letras se sumerge en el mundo de los valores, el amor y la esperanza.

El relato de Sancho Panza en Nueva York no es más que una visión de la realidad del hombre que, aunque hayan transcurrido siglos, todavía cree en la posibilidad de que en la dualidad del bien y del mal, alcance la victoria el primero.

Dedico este relato a mi madre, María Luisa, primera lectora y crítica de mis escritos.