Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 56 - OtoƱo 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El amor y el mar Maribel Roca Hermosilla

 

Hoy el día está tristón. El cielo permanece gris y caen gotas de agua muy finas. Me imagino el mar embravecido, en los acantilados romperán las olas provocando montañas de espuma blanca y miles de gotitas de agua salada aderezándolo todo. En el muelle habrá algún viejo pescador esperando que pique algún pez mareado por el oleaje, mirando fijamente los faros y recordando cuando a esas horas él salía mar adentro para, en forma de pescado, traer con mucho amor el pan y la sal a su casa.

Yo también intentaré recordar algunas de mis vivencias cerca del mar y del amor. Siempre he vivido cerca de él y he querido y me han amado en sus orillas. Primero mis padres, que nos llevaban a mi hermano y a mí a la playa o a los bloques cuando éramos pequeños. Mi padre sólo entraba hasta la cintura, pero mi madre nos enseñó a nadar, ella lo hacía muy bien. A su vez, a ella la enseñaron sus padres en la playita de la Algameca. Iban mucho a pasar el día con todos sus hijos y algún vecino que los acompañaba con los suyos. Las mujeres usaban un traje de baño de saco para así evitar que se les señalaran las formas. En los bloques había mucha profundidad, y mi hermano y yo hacíamos carreras a ver quién llegaba primero al viejo barco que estaba atracado en un antiguo muelle. Siempre ganaba él. También había un merendero y barracas que se alquilaban por horas para desnudarse y vestirse. Cogíamos una mesa y nos comíamos la tortilla o el conejo frito con tomate que llevaban mis padres, con refrescos que se pedían allí.

El tranvía de Santa Lucía nos llevaba al centro de Cartagena, hasta la glorieta de San Francisco, donde tomábamos en el quiosco horchata o limón helado, y en la plaza de Castellini cogíamos otro tranvía para Los Molinos, que así se llamaba mi barrio, y a casita a dormir. Este novenario de baños lo hacíamos llenos de felicidad y amor, junto al mar. Mi barrio ahora se llama de Peral, en honor del inventor del submarino, nacido en nuestra ciudad.

En 1998 tuve la gran satisfacción, junto con tres amigas, de editar un libro titulado Barrio de Peral. Sus orígenes e historia (1789/1935)”. Nos hicimos un poco ratas de archivo e investigamos sobre los orígenes del barrio, fue una experiencia muy gratificante y enriquecedora. La recomiendo a quien tenga inquietudes.

El barrio está enclavado en una gran loma, a unos tres kilómetros de Cartagena, abierto a todos los vientos, emplazamiento idóneo para los molinos harineros. Los alrededores estaban sembrados de cereal, cebada, avena, etc., de ahí el nombre de los Cuatro Molinos.

En 1889, los vecinos se enteraron de que Isaac Peral estaba preso en San Fernando (Cádiz), apartado y enfermo a consecuencia de envidias y marginaciones políticas. Por este motivo solicitaron al Ayuntamiento el cambio de nombre del barrio, pasando a llamarse barrio de Peral.

La plaza de la Iglesia se llama Carmen de Peral (esposa del inventor), calle de la Marina, Iribarren, Casado del Alisal, Contramaestre, Maquinista, Marineros de Peral, todos amigos y compañeros en la gran empresa. Todas las calles desembocan a la principal, que es la del Submarino.

Pero al barrio aún se lo conoce familiarmente como Los Molinos, y a sus habitantes nos gusta que nos llamen molineros.

Continúo con el relato del amor y el mar, y las andanzas de mi familia por La Manga, cuando ésta sólo era un desierto de ardiente arena y juncos. Alquilábamos un gran barco de vela latina que se llamaba Santa María. Henchida la vela, cruzábamos el mar Menor a gran velocidad, y por la fina arena llegábamos al mar Mayor, nos bañábamos en las dos orillas y a mediodía nos tenían que devolver al barco a coscaletas. Estas excursiones fueron maravillosas, y su recuerdo también.

La primera vez que dije «te quiero» fue a la orilla del mar. La luna llena brillaba formando un espectacular río de plata y brillantes. Yo pensaba que eso sólo se decía en las películas, pero nosotros, mi novio y yo, nos lo dijimos aquella noche en la explanada de Alicante, con un amor puro, como se estilaba en aquellos tiempos. No era fácil decirlo, daba gran sofoco, pero nos lo dijimos y fue muy bonito.


Nos casamos cuando el mar está más bonito, más azul, más sereno y templado. En los días septembrinos huele mejor, como a pescado fresco, enamora sólo con mirarlo. De luna de miel nos fuimos a Marbella, cerca del peñón de Gibraltar, donde se juntan el templado Mediterráneo y el frío Atlántico. Este amor fue completo y fantástico, nos marcó para toda la vida y así seguimos, con esta otra cara del amor.

En esta orilla del mar conocimos a una pareja estupenda, nos hicimos tan grandes amigos que somos más que eso, somos hermanos. Habitan en el Cantábrico. Novecientos kilómetros nos separan físicamente, pero no del sentimiento ni del cariño que nos profesamos. Ellos bajan al Mediterráneo y nosotros subimos al Cantábrico muy a menudo.

Quedé embarazada de mi primer hijo. Sentía un amor inmenso por aquel ser que latía en mis entrañas. Fue tan grande ese amor como el dolor de perderlo, pues se nos murió al nacer. Para reemprender camino, nos fuimos unos días junto al mar de la Azohia, cerca de Mazarrón. En este desconsuelo doloroso, nuestro amor se hizo diferente al anterior y más dependiente uno del otro; queríamos olvidar lo ocurrido, pero no ha sido posible en cuarenta y seis años.

Tenemos otros dos hijos, a los cuales queremos mucho, como es natural. Mitigaron nuestro dolor y ellos nos han alegrado siempre la vida. Ahora estamos muy contentos con nuestras nueras y una nieta que es un puro torbellino de risas, gracia y salero. Nos demuestra con sus actos lo que nos quiere y es una gozada convivir con ella. No la podemos disfrutar lo que seria nuestro deseo, pues para seguir con el amor y el mar viven en Torrevieja. Y nuestros recién casados, en Cabo de Palos.

A finales de un mes de agosto de hace dieciocho años, fuimos a pasar un día a Isla Plana, a casa de unos buenos amigos. Por suerte, no nos faltan amigos ni actividades. Para terminar el día, decidimos ir al anochecer a pescar. Unos tiraban la caña, otros repartíamos bocadillos y refrescos, cuando vino a buscarnos mi hijo mayor para decirnos que mi hermano había fallecido a media tarde. No tenía otro, y era joven para marcharse así. Él era uno de mis amores, me causó un gran dolor y también estaba junto al mar cuando sucedió.

Somos una gran familia y algunos no han sabido o no han podido corresponder al cariño que yo les tengo, y eso me ha causado dolor; pero como el tiempo es sabio, en la balanza se suele quedar lo bueno, y sigues caminando y nadando y mirando al mar sereno o rabioso, al sol, la luna y las estrellas rielando suavemente sobre las aguas. Y aunque el día esté tristón, también es bonita la lluvia, y pienso que hace mucha falta el agua para los sembrados, para limpiar el aire que respiramos. Y como el amor tiene mil caras y el corazón siente pagar con amor, igual también ellos me pagan con un poco de amor. Aunque no sea a la orilla del mar, como mi marido me dio hace muchos años.

También hemos viajado hasta el mar Báltico y el Muerto, pero donde más feliz me encuentro es en nuestro mar de Mandarache.