Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Una casa con parra (1) Maribel Roca Hermosilla

 

Descansaba tranquila y fresquita en su patio, regado por ella con mimo hacia sus macetas y su parra, que lo cubría todo.

De naturaleza apacible, era feliz. De eso se encargaba mucho su marido, con sus atenciones y respeto, que era mucho.

Estaba sentada en una antigua silla de campo con asiento de pita que le regaló su suegra al casarse junto con tres sillas más, una mesa rústica de gran cajón, una mesa de palillos y arca para la ropa. Único mobiliario para empezar una nueva vida juntos en plena guerra, en 1937. Su madre le dio unas mantas y sábanas, y un traje de boda azul con drapeado en la cintura, que realzaba su figura de cuarenta y siete kilos. No pudo darle un ajuar mejor, tenía siete hijos más. Pero les bastó para ser la pareja más feliz del mundo.

Su marido tenía una tienda en la calle de la Macarena, la cual tenía que dejar cerrada para irse al refugio cada vez que sonaba la sirena de los bombardeos. Alguna vez ya se le había quemado la comida por salir corriendo y no apartarla del fuego.

Al año tuvieron un niño, pero ya no tenían la tienda. Llamaron a filas a su marido y él la dejó en la casa familiar de sus abuelos en Calasparra para alejarla de los bombardeos, allí se encontraban su madre y sus hermanos pequeños, con el mismo fin.

Se puso de parto el día en que él tenía que coger el tren para el frente.

Conoció a su hijo cuando regresó, el niño ya tenía un año. Ella, cuando lo vio entrar a la gran casa de sus abuelos, lo primero que le dijo fue: "¿Has visto al nene?", que como ya andaba, estaba en el zaguán.

Había pasado junto a su hijo sin reconocerlo. Fue un momento muy emotivo, triste y alegre a la vez, muy difícil de olvidar.

Se habían comunicado durante este tiempo de guerra por medio del hermano mayor de su marido, que vivía en Francia, en la parte industrial de Lyon. Ella, desde Calasparra, escribía a Lyon. Su cuñado remitía la carta a su hermano a Miranda de Ebro, al campo de concentración, y él al contrario. El hermano siempre le ponía unas letras a cada uno, cariñosas y reconfortantes.

Conoció a sus cuñados el verano de 1950, casi cuarenta años después de haberse marchado a consecuencia de la depresión que hubo en las minas de La Unión. Fueron tiempos difíciles para todos. La abuela aún vivía.

De regreso a Cartagena, fue imposible reabrir la tienda de ultramarinos, no había nada, y lo poco que adquiría nadie se lo pagaba. Su marido se colocó en una gran empresa de astilleros, y le adjudicaron la tarea de abrir un economato para beneficiar a los miles de empleados que trabajaban en ella. Fue eficiente con sus conocimientos sobre compra y venta, que había adquirido trabajando desde los catorce años en una tienda de comestibles, y más tarde en la suya propia. Se ganó la confianza del director, que dejó en sus manos dicha tarea.

Todo esto lo pensó aquella tarde de verano en su fresquito patio.

Habían vivido con su madre, con su suegra y con un hermano. El hermano de ella les ofreció su casa porque el nene estaba enfermo de tos ferina y le vendría bien un cambio de aires desde el centro de la ciudad a su barrio, unas bonitas casas con jardín construidas a las afueras llamadas “Ciudad Jardín”. Aunque después de la guerra las conocieron como “las casas rotas”, por la cantidad de bombas que habían caído sobre ellas.

Así lo hicieron, pensando que sería bueno para su hijo, y así fue. El niño mejoró en seguida. En aquella casa, quedó embarazada de nuevo y tuvieron una niña, la cual él disfrutó todo lo que no pudo hacer con su hijo, un niño muy bueno que ya tenía casi seis años. Se dejó el permiso para el evento.

A la vez, su cuñada también quedó embarazada y tuvo una niña, y fue el momento de alquilar otra casa no muy lejos de ellos, por lo que se trasladaron con sus dos hijos.

Un día llegó sumamente contento y antes de su hora habitual, ella se extrañó un poco. Abrazó a su mujer con un décimo de lotería en la mano gritando: "¡¡Una casa, Isabel, una casa!!". Les había tocado el gordo, cuarenta mil pesetas, ocho mil duros. El 43.788, si la memoria no me falla, en la administración de las Puertas de Murcia.

Compraron su casa, fue amueblada, vestida sin lujos, pero cómoda y a su gusto.

Y en esa casa, que tenía un patio con parra que lo cubría todo y muchas macetas que ella cuidaba con mimo, puso la mesa del campo de gran cajón, y al poco rato llegaron su marido y sus hijos del trabajo y del colegio respectivamente, y cenaron tranquilos y fresquitos...

¡¡En su casa!!

 

Una casa con parra (2)