Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El viejo bastón Encarna Hernández Torregrosa

 

Al fin, todo había concluido.

El silencio en la casa le era incómodo, tanto que Elena se puso a recoger los vasos y platos que estaban encima de la mesa del comedor y que habían quedado tras la marcha de los vecinos y familiares. En realidad, estaba haciendo aquel trabajo de forma mecánica, sin apenas saber realmente qué hacia y por qué.

Elena Valdés, hija del fallecido Antonio Valdés, necesitaba estar sola. Con la amabilidad que la caracterizaba, pidió a los familiares y amigos que habían acudido al sepelio de su padre que se marcharan. Todos se extrañaron, aunque obedecieron. Sabían que la soledad la aterrorizaba, aunque ella intuía que eran sus pensamientos lo que temía, más que ese silencio que como un pesado manto la cubría hasta casi asfixiarla. Tal vez por eso, puso en marcha el aparato de radio sin buscar una emisora en concreto, tan sólo deseaba escuchar el zumbido procedente de aquella caja oscura, la estúpida musiquilla la ayudaría a seguir con el trabajo, sin pensar en cuanto sucedió durante el tiempo que duró la enfermedad de su padre, y sobre todo, la noche anterior.

No podía pensar en todo ello, no en ese momento. Se encontraba algo mareada, e instintivamente se apoyó durante un segundo en la mesa, entonces se dio cuenta de que se sentía mal, una gran pesadez en el estómago le provocaba una fuerte sensación de náuseas. Estaba aturdida. Desde lo profundo de su alma comenzó a emerger el deseo de escapar de su casa, de aquellas paredes, del olor a tristeza que la hundía, de la soledad que ella transformaba en lágrimas y que impedía que salieran al exterior aspirando con fuerza. Cerró un instante los ojos y antes de dejarse vencer, comprendió que necesitaba ordenar sus pensamientos. Llevaba tres días sin dormir y el cansancio no la dejaba moverse con coherencia. Quizás por eso, o tal vez por la sensación de asfixia, comenzó a abrir las ventanas de toda la casa. Le faltaba el aire. De pronto el aire de la mañana penetró en cada una de las habitaciones. Al tiempo que se impuso la tarea de dejar todo recogido, era necesario que todo estuviera en orden. Ignoraba la razón, pero lo necesitaba.

En su locura por abrir todas las ventanas, Elena se dirigió al dormitorio de su padre (dos días atrás ese mismo dormitorio estaba ocupado por el hombre que fue durante tres largos meses su centro). Ella lo cuidó como se cuida a un hijo, estrechándolo contra su pecho cuando él la llamaba. En esos instantes sentía la aspereza de un rostro envejecido contra el de ella y era una sensación triste. Se marchitaron las rosas dejando caer sus pétalos, enmudecieron los pájaros con sus trinos, la mar dejó de batir las olas contra las rocas, el aire se detuvo ante aquella sensación. El mundo dejó de girar mientras ella cobijaba en sus brazos al hombre que la había cuidado de niña.

Dos días hacía que Elena no cruzaba aquella puerta, no pudo hacerlo antes, pero ahora era necesario. Al abrir frente a ella aparecieron como fantasmas las imágenes de aquella última noche. Allí estaban su padre y ella, y eran tan reales como si formaran parte de la misma habitación. Aquella última noche se mostraba como si no hubiera sucedido. Elena estuvo junto a su padre. Él se encontraba intranquilo y a pesar de la fatiga hablaba con su hija. Elena escuchaba a la vez que recordaba los momentos de su niñez, cuando era él quien la protegía entre sus brazos. Le habló de los largos paseos con ella, y de cuando siendo una muchacha, charlaba con él de la vida… y de aquellas aventuras que Antonio vivió de joven, cuando navegaba. Ella esa noche habló, habló sin cesar, hasta que al fin su padre se dejó atrapar por el sueño. Elena lo reclinó sobre la almohada, y comprobó cómo aquel rostro avejentado por la enfermedad parecía tener el color pálido de la cera. Aunque dormía con la placidez de un niño, ella sintió como un escalofrió al mirarlo, comprendió que nada volvería a ser como antes: los sonidos de la casa, sus charlas con él, ni tan siquiera aquella habitación tendría el calor que él desprendía. No dejó de observarlo acompañada por la tenue luz de una pequeña lamparita. Poco a poco fueron pasando las horas en el reloj hasta que a ella también la rindió el cansancio. De pronto se sobresaltó, algo ocurría. Algo había sucedido… Abrió los ojos y vio la luz del sol que comenzaba a abrirse paso en la oscuridad del dormitorio. Elena se incorporó, tocó el rostro de su padre y sus dedos pudieron sentir la frialdad de la muerte. Sintió cómo su pulso se aceleraba. Sin apartar la vista de aquel rostro sin vida, arropó el cuerpo de Antonio, dejó un beso en su mejilla y le susurró: “Sigue durmiendo”.

Elena seguía en la entrada del dormitorio, frente a ella el sillón vacio donde cada tarde se sentaba su padre, y apoyado en el respaldo, su gastado bastón. El viejo bastón que en cientos de ocasiones servía para gastar bromas a su padre. Ella misma se reía diciéndole que parecía una prolongación de su brazo. Ambos bromeaban en ocasiones, ella le decía: "Cualquier día te lo esconderé, y así dejarás de incordiar y de escaparte sin avisar".

Pero él no le hacia caso y se marchaba cuando quería a pasar un rato con los amigos.

Elena lentamente se acercó y lo cogió entre sus manos. El tacto áspero de la madera en su piel le recordó sus propias palabras: "¿Dónde va, padre?".

-Es la hora de dar mi paseo.

Miraba detenidamente cada rincón de la habitación en penumbras, cuando notó una ráfaga de aire rozando su piel. Esto hizo que se estremeciera. Imaginó que sería la brisa que entraba por la ventana…, pero estaba cerrada. Miró la cama vacía, mientras exclamó: "¡Tal vez…!", pero no. Desechó aquel pensamiento mientras sujetaba el bastón entre sus manos. Se reclinó en el sillón al tiempo que aspiraba con profundidad, dirigiendo su mirada hacía arriba en busca de respuestas. En ese instante, una pequeña e inoportuna lágrima recorrió su rostro. Acercó su mano para retirarla, pero a ésta siguió otra, otra y otra. No podía detenerlas. No era dueña de sus emociones. Mientras el llanto lo inundaba todo, el aire apenas podía entrar en su garganta. Como el náufrago en mitad del océano, la sensación de ahogo la aprisionaba sin dejarla respirar. Aquéllas eran las primeras lágrimas que derramaba por Antonio, por su padre. Surgían de lo profundo de su alma, donde algo se había roto para siempre.

Así estuvo largo tiempo, sólo cuando se calmó tuvo la sensación de haber pasado un oscuro túnel. Al fin estaba tranquila, aunque cansada, terriblemente cansada. Elena había dejado escapar el grito de dolor que la estuvo asfixiando durante todo el día. Entonces se despidió de su padre, finalmente podía descansar.

Sentada en el sillón, acurrucada como una niña pequeña, Elena concilió el sueño abrazada al viejo bastón de su padre.