Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Qart-Hadast, capital de los cartagineses en Iberia, año 221 antes de Cristo Eliseo Pérez Gracia

 

 -¡Atrás! ¡Atrás! ¡Dejad de patearle la cabeza de una vez! ¡Este perro merece una muerte más lenta!

La voz potente y dominadora, junto con la autoridad y ademanes imperiosos de Cartalo, capitán del Batallón Sagrado, consiguió evitar que los tres coléricos soldados cartagineses consumaran la ejecución del criado íbero en los instantes siguientes al descubrimiento de su crimen. Acababa de partirle el corazón, con un afilado puñal, a Asdrúbal el Bello, el potro de Cartago, mientras descansaba confiado en el mullido lecho de su cámara, situada en la parte más alta del Ars Asdrubalis desde la que se divisaba, a sus pies y en todo su esplendor, la ciudad de más de veinte mil almas, con su magnífico puerto natural repleto de embarcaciones comerciales y de guerra, que hacía de Qart-Hadast la más preciada joya de las posesiones púnicas en Iberia.

Horas más tarde, cuando la aurora, hija de la mañana, empezaba  a dejarse contemplar, aquel desdichado, asesino del general cartaginés, yacía sobre el infecto suelo de tierra apisonada del calabozo más lóbrego del palacio-fortaleza. El fuerte y constante dolor que le producían los dientes partidos y los sanguinolentos hematomas que desfiguraban su rostro no impedían a Lagutas, servidor de las instancias privadas de Asdrúbal, experimentar un estado de cierta placidez mental, ya que no física, por haber cumplido al fin, tras meses de difícil impostura y fingimiento, el objetivo que marcó su existencia desde que los cartagineses mataran a su amo y señor: vengarse del estratega que ordenó ajusticiar a Orisón, rey de los oretanos, vengarse arrebatándole la vida al conocido como protegido de Baal. De todas formas, el sentimiento de total liberación interior que esperaba obtener con su crimen no terminaba de abarcar la totalidad de su mente. En algún recoveco de la misma, intentaba hacerse hueco algo que no podía, en modo alguno, admitir. Y ese algo no era otra cosa que la idea de que había hecho justicia matando al púnico pero, a la vez, había traicionado la confianza, e incluso algunos atisbos de afecto, que aquél le había dispensado. Confianza y afecto a la que el criado íbero, a lo largo de su vida, no había estado muy acostumbrado. Lagutas, aferrando contra su dolorido pecho su amuleto de Epona, diosa a la que su pueblo consagraba los caballos, no pudo dejar escapar una solitaria lágrima que recorrió lentamente una de sus mejillas. En esos momentos deseó, más que nunca, estar muerto.


***


“No debí quedarme en Qart-Hadast; debí partir con el ejército a la tierra de los rebeldes Olcaldes, con Aníbal al frente de la expedición de castigo”. Quien así meditaba, a la vez que se retorcía las manos y recorría, nerviosamente y a grandes  zancadas de un lado a otro de su aposento en palacio, era Sosylos, el maestro del joven Aníbal Barca.

La culpa de no haber podido acompañar a su pupilo la había tenido un fuerte pinchazo en la espalada que le atacó, al despertar, una mañana. A pesar de las friegas y ungüentos, aplicados por un galeno cretense muy acreditado, la persistencia de los dolores le obligó a guardar reposo y ver marchar a Aníbal sin su compañía.

Y fue en el transcurso de aquellas semanas, en las que se fue poco a poco restableciendo, cuando empezó a intimar con Lagutas. Sin las obligaciones de la enseñanza diaria y preparación concienzuda de las lecciones destinadas al joven Barca, se dedicó a instruir, por así decirlo, al servidor íbero. Así, Sosylos había pasado ratos muy agradables al atardecer, sentado en un banco de piedra, al pie de un ciprés, en un rincón del jardín de palacio, recitando, bajo la atenta mirada de un absorto Lagutas, los textos poéticos de La Ilíada, la gran obra épica del poeta errante de Esmirna, Homero. Las gestas heroicas que en ella se relatan entusiasmaban a ambos, al que recitaba y al que escuchaba. Pero la tarde en que más percibió Sosylos la atención del íbero fue aquella en que le habló de Xanto y Balio, los corceles inmortales que tiraban del carro del divino Aquiles y de su fiel amigo Patroclo. Como gran amante de los caballos, a Lagutas le fascinó la historia del par de briosos equinos, engendrados por el dios Céfiro y la arpía Podarga, cuando ésta fue sorprendida por el primero, mientras paseaba por una hermosa pradera a orillas de un río.

En ese preciso instante, Sosylos maldijo la atención que le había prestado al ser despreciable que acababa de ajusticiar vilmente, a traición y mientras dormía, al general Asdrúbal Janto, el cartaginés más hábil y diplomático que él había conocido. Pues si en Aníbal sobresalían la entrega y la fuerza, en Asdrúbal destacaban la sagacidad y la astucia.

Más allá de los muros de la ciudadela se preparaba la ceremonia de los funerales en honor del Señor de Qart-Hadast y el Batallón Sagrado patrullaba por todos los rincones de la ciudad en previsión de incidentes. Sólo entonces, Sosylos cayó en la cuenta de que el maldito sicario le había partido el corazón en dos a Asdrúbal, exactamente igual como se recoge en La Ilíada que el griego Patroclo hizo con Sarpedón, rey de los licenses, abatido entre las murallas de Troya, la Santa Ilión, y la playa donde se asentaban las naves aqueas.


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 -¡Maldita sea mi suerte! ¡No puedes estar hablando en serio!

De pie, en su espacioso despacho, situado en la planta baja de palacio, la voz de Himilcón, prefecto de Tributos, se elevaba en su tono más alto, al mismo tiempo que sus ojos brillaban afiebrados. Frente a él, al otro lado de la mesa de cedro, sentado en un escabel y aparentando una calma imposible de mantener en esos aciagos momentos, Cartalo, el fornido capitán del Batallón Sagrado, empezó a desgranar la razones de su, aparentemente, insólita decisión.

-Sabes que necesito a alguien de absoluta confianza y, al mismo tiempo, de cierto rango. No puedo enviar a los mensajeros habituales para comunicarle a Aníbal la muerte de Asdrúbal y sus, más que posibles, funestas consecuencias. Por ello -prosiguió el guerrero- me he decidido por ti. Como jefe de recaudadores eres excelente y, al parecer, tacto tampoco te falta.

Tras el discurso de Cartalo, Himilcón se mesó la barba y tomó asiento, a fin de situar su visión al mismo nivel de su interlocutor, al que consideraba, hasta ese momento, su amigo.

-Si esta misión es tan importante y crucial -le replicó al capitán-, ¿por qué no vas tú mismo?

-Acabas de decir una solemne tontería -le respondió el jefe del Batallón Sagrado-. Como máxima autoridad militar de la ciudad, no puedo abandonarla. En cualquier instante, con la gente angustiada y temerosa por la muerte de Asdrúbal, puede estallar la violencia. El poder cartaginés, que con tanto trabajo y esfuerzo hemos levantado en Iberia, guiados por la mano experta del asesinado estratega, podría comenzar a debilitarse.

-Pero ¿y si Aníbal, ante el impacto de la terrible noticia, se enfurece y descarga su ira conmigo? –Himilcón no parecía darse por vencido.

-No te preocupes -le atajó Cartalo-, conozco bien al muchacho y te garantizo que saldrá sano y salvo de su campamento. Además -la voz del capitán se transformó casi en un susurro-, aunque el hijo de Amílcar el Rayo sienta sincero dolor y preocupación por lo sucedido, pronto se dará cuenta de que este luctuoso suceso podría acarrearle, no obstante, un gran beneficio.

-¿Qué estás insinuando? –preguntó alarmado el recaudador.

-Lo que se comenta en voz baja en ciertos círculos palaciegos. Que nuestro cachorro Bárcida podría ser aclamado por su fiel ejército como nuevo estratega de Iberia.

-¿Qué dices, loco? -graznó más que preguntó Himilcón-. La Balanza de Cartago es la única competente para designar a quien ha de suceder a Asdrúbal. Y ten por seguro que los seguidores del partido de la paz, con Hanón el Grande a la cabeza, no querrán tener al impetuoso hijo de Amílcar al frente de sus intereses en la Península.

-Veo, señor recaudador -dijo con cierta sorna Cartalo-, que su probadísima competencia en esquilmar el patrimonio de íberos acaudalados no se corresponde en absoluto con sus apreciaciones políticas.

Antes de que el prefecto pudiera replicarle como se merecía, el capitán del Batallón Sagrado se levantó y abandonó la estancia, dejándolo con la palabra en la boca. Más tarde, algo más tranquilo, Himilcón se puso a cavilar sobre sus expectativas, en un hipotético gobierno de Iberia, encabezado por Aníbal Barca.


***


“No estoy preparada para lo que sucederá mañana. Creo que me desmayaré a la primera salmodia del Gran Sacerdote de Baal”.

Así discurría, recostada sobre su tallado lecho de marfil, la insomne Daleninar, princesa mastiena, hija del noble Kalbo, entregada como doncella a Asdrúbal en señal de amistad cuándo éste entró, pacífica y triunfalmene, en el enclave íbero de Mastia, sobre el cual el cartaginés fundó Qart-Hadast, la Ciudad Nueva.

Desde el primer momento, el esposo que le asignó el Consejo de Ancianos le había impresionado gratamente. Su regio porte, sus profundos ojos negros y su sonrisa franca habían cautivado a la joven íbera. Y ya fue el delirio cuando aquel hombre, llegado del otro lado del mar, la poseyó y la hizo suya con fuerza y ternura a la vez.

Claro, que los astutos mastienos habían sabido elegir a la mujer ofrecida al estratega de Iberia; Daleninar era considerada una de las jóvenes más bellas que habitaba Mastia. Su proporcionada figura, su cara ovalada, adornada con inusuales ojos verdes, carnosos labios y ondulante cabellera color miel, unido a un carácter dulce y apacible, hizo fácil que Asdrúbal, viudo hacía meses de la hija de Amílcar, Sofonisba, la aceptara como esposa.

Pero la felicidad de la real pareja se acababa de desbaratar por la terrible acción del criado oretano en quien tanto había confiado su víctima. En breves horas, cuando la aurora, la de la túnica color azafrán, se asomara por el oriente de Qart-Hadast, Daleninar debía asistir a la cremación de su amado y, con su entierro, sepultar también su dicha.

“Ojalá fuera”, seguía pensando la dama íbera, “como en las remotas tierras orientales, de las que habló el mercader fenicio que me regaló la pareja de exóticas aves, llamados pavos reales”. En esos lugares, hasta donde había llegado el gran Alejandro, cuando fallecía un príncipe o un notable, sus mujeres eran quemadas vivas junto al cadáver. Y de dar crédito a lo que se contaba, se inmolaban de buen grado y sin que de su boca se escaparan ayes de dolor.


***


Las cenizas de Asdrúbal Janto, estratega de Libia y de Iberia, fundador de Qart-Hadast, fueron inhumadas, en medio de un sobrecogedor silencio guardado por los miles de íberos y cartagineses asistentes a sus exequias, en el nivel superior de la necrópolis de la ciudad, en una suntuosa tumba junto a la cual, siguiendo la sugerencia del preceptor de Aníbal Barca, el griego Sosylos, se erigió una soberbia columna de mármol blanco, al modo con que los habitantes de la Helade honraban a los muertos de vida gloriosa, como recuerdo imperecedero de sus hechos y hazañas para sus contemporáneos y para las generaciones futuras.

En el interior de la tumba, junto al resto del ajuar funerario, se depositaron unos pendientes de filigrana dorados de Daleninar, la esposa íbera de Asdrúbal, y una maravillosa máscara de oro, encargada para la ocasión por Himilcón, el prefecto de Tributos.

Cuando todos se habían alejado, en solemne procesión, del lugar donde descansaban los restos del general cartaginés, tan sólo quedó Cartalo, el capitán del Batallón Sagrado, haciendo la primera guardia de honor al caído. Y por caprichos del destino, mientras el militar daba la vuelta al túmulo funerario, un escuálido perro vagabundo, que correteaba sin rumbo fijo por la necrópolis, abandonó en la tumba del insigne Asdrúbal los restos de un más que roído hueso que había formado parte del cuerpo de un desgraciado oretano, de nombre Lagutas, descuartizado al alba en la explanada de la fortaleza.


 Este texto obtuvo el primer premio 2002 de Relato Corto de la Asociación de la Novela Histórica de Cartagena.