Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Alguna vez hemos sido emigrantes Conchita Moreno Alonso

 

Este relato lo escribí hace 15 años y lo guardé. No pensé al escribirlo que, con el paso del tiempo, cobraría tan tremenda actualidad, tras la experiencia que estamos viviendo con la inmigración, sobre todo para recordar que nosotros, alguna vez, también hemos sido emigrantes.
Suelo escribir cosas que me llaman la atención o me despiertan algún sentimiento, ya que tengo esa afición, la de escribir. Dicho todo esto, vamos con el relato en sí:

 

El hombre que se bajó en Calamocha

Una lluvia fina cubría gran parte de Francia. Nos encontrábamos en Burdeos. El autobús que nos conduciría a España se retrasaba, se retrasaba enormemente. Por fin, pasada la una de la madrugada, apareció; paró un momento, el justo para subir las cinco personas que lo esperábamos.

A trompicones por la escasa luz, logré encontrar un sitio… Estaba incómoda, lo pensé mejor y ocupé el asiento delantero del autobús, que se encontraba libre. A mi lado, un hombre de unos 60 años, acomodados ya sus ojos a la oscuridad del coche, me indicó dónde dejar mi pequeño equipaje; dijo algo en francés, al oírme hablar español contestó en español, con la familiaridad de quien se encuentra con un compatriota.

La noche era negra como boca de lobo, adivinábamos grandes árboles a lado y lado de la carretera. El autobús avanzaba; a trechos lluvia, a trechos niebla. Larga noche entre sueño y vigilia: cabezadas, sobresalto por un frenazo inesperado, despertar repentino por una parada... Y a ratos, conversación:

-Hemos tenido un gran retraso al salir de París, la lluvia, el tráfico, ya sabe. Veníamos solo cuatro personas, en este tiempo es así, se va recogiendo personal en los puntos más importantes de la ruta, pero en verano tres y cuatro autobuses salen de Paris hasta Murcia. Y ve usted, ahora en octubre, por el Pilar, lo menos cinco vienen hasta Zaragoza.

Adiviné un pequeño, casi imperceptible brillo en sus ojos, cuando nombró Zaragoza. A pesar de su correcto español, tenía acento maño.

-Pues si, yo estoy viniendo todos los años, siempre por estas fechas, septiembre u octubre, me vengo unos días. Tengo motivos muy importantes para venir, le explico. Soy de un pueblo de la provincia de Teruel, y para sacar a mi familia adelante, tuve que emigrar a Francia. Mis hijos viven aquí y vengo a estar con ellos, somos una familia unida, pero ellos ya se han acostumbrado a vivir aquí.

La noche seguía avanzando y el autobús también. Pasamos Bayona, pasamos montes, pasamos pueblos. Fue allanándose el terreno y dejó de  llover. Entre cabezada y cabezada fueron apareciendo poco a poco las estrellas, ellas iban ya de retirada. La aurora se inició tímidamente. Ya nadie dormía. El amplio paisaje aragonés, recién estrenado a la mañana, era un maravilloso espectáculo. Nuestro hombre se incorporó de su asiento apoyando los codos en la barandilla. Yo le  observaba; él lo miraba todo complacido, una ancha sonrisa y una satisfacción indefinible se dejaba ver en su expresión. Se volvió y me dijo:

-Vamos a llegar a Zaragoza dentro de un rato, pero yo me bajo en un pueblecito más adelante. Ya he hablado con el conductor, él hace el favor de pararme allí, es un momento.

Lo dijo complacido, y su alegría no tenía ya disimulo.

El hombre cogió su equipaje en cuanto pasamos Zaragoza y se preparó. Aún tardó un buen rato en parar el autobús, en un pueblo del cual yo no sabía el nombre, ni él lo había dicho.

Bajó, se irguió, cogió sus maletas, que el conductor había dejado en el suelo. Levantó la cabeza, recompuso la figura, ensanchó los hombros y con paso firme y decidido se adentró sin titubeos por las calles de su pueblo. El sol estaba ya en toda su plenitud en el cielo.

Seguí mirando al hombre hasta que se perdió por una calle.

A la salida del pueblo, un letrero decía "CALAMOCHA".