Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El mendigo Pilar Álvarez del Manzano




No recuerdo la primera vez que le vi, pero jamás olvidaré su mirada, profunda, limpia, llena de vida.

Por aquel entonces, yo vivía en Montmartre, barrio bohemio de París, donde todos nos conocíamos: Pierre, el pintor de las flores; Adré, el de los paisajes; Michel, el de los gatos; Dalida, la cantante; Clotilde, la querida del Presidente; Claude Lelouche, el cineasta… Marie, una anciana, con aspecto de portera cotilla, que arrastraba los pies en zapatillas y que resultó ser espía de la Embajada americana, era quien ponía al corriente a su grupo de amigos, entre los que me incluía, de todo lo que acontecía en el barrio y que, de alguna manera, afectaba social y políticamente a París, a Francia. Sin embargo, esta especialista en conocer las vidas ajenas no supo decirme quién era aquel hombre, cuya mirada me había impresionado tan profundamente.

Sólo cuando las sábanas se me quedaban pegadas me desplazaba en taxi. Mi medio de transporte habitual era, como el de la mayoría de los parisinos, el Metro. Así, cuando fui a trabajar, aquel día, lo vi por primera vez. Sus ojos me clavaron. Permanecí inmóvil unos segundos, sintiendo cómo su mirada me penetraba en el alma. Su elegancia en el porte y su belleza contrarrestaban con sus harapos y la litrona que sostenía en la mano derecha. Me impresionó de tal manera que, durante el trayecto al trabajo, no paré de especular sobre su vida: “Su mujer le ha jugado una mala pasada; se ha arruinado; no ha soportado la presión ambiental…” Dejé de lucubrar en el trabajo, que me absorbió completamente. Le olvidé hasta mi vuelta a casa. De nuevo, le vi, erguido, señorial. Volví a sentir su mirada. Me intimidó. Lo notó.

Al día siguiente, según me iba acercando al Metro, me iba encontrando cada vez más incómoda: temía afrontar su mirada. Sin embargo, cuando llegué junto a él, como adivinando mi malestar, me sonrió con sus ojos, dulcemente. Yo me hice la indiferente y, dominando el descontrol que me producía su mirada, seguí el ritmo de mis pasos. A mi vuelta del trabajo, esta vez, me sonrió abiertamente, dejando entrever una dentadura cuidada, perfecta. Su sonrisa me desarmó, bajé ligeramente los párpados, en señal de respuesta, pero sin más, ¡no fuera que alguien me viera saludar a un mendigo!

Poco a poco, su dignidad, a pesar de los harapos y mendicidad, fue mitigando mi altivez. Se estableció un diálogo entre nosotros, primero gestual, después oral: “Buenos días, señora. ¿Qué tal ha pasado el día?”. “Muy bien. Muchas gracias. ¿Qué tal usted?”. Este diálogo se repitió durante muchos meses, hasta aquel terrible día.

En el Hotel Hilton, tenía que recoger a un VIP, cliente de mi empresa, y enseñarle el París turístico: La Opera, La Concorde, El Louvre… Debía vestirme de acuerdo con la ocasión. Después de deliberar un rato, me pongo el vestido azul, el Príncipe de Gales, el…, me decidí por un traje de chaqueta, de falda estrecha y zapatos, con diez centímetros de tacón. Me recogí el pelo, en un moño informal, y eché la última ojeada al espejo: me encontré, raro en mí, guapa. Cerré la puerta de casa y me dirigí al Metro, jadeando las caderas, para guardar el equilibrio en mis diez centímetros de tacón. Al llegar al andén, no sé cómo, me vi rodeada por cuatro cabezas rapadas de dos metros de altura y ataviados con pulseras americanas, para ayudarse en las peleas. Mi primer impulso fue salir corriendo, pero, aunque hubiera lanzado los zapatos al aire, la estrechez de mi falda me impedía todo movimiento. El círculo se fue estrechando y sus risotadas se iban haciendo cada vez más fuertes, más amenazantes. Sentí miedo. Un sudor frío me invadió, las piernas me temblaron, no me sostenían, caí sentada en el banco. Las cabezas rapadas me rozaban, me tocaban. Me rendí. Ya sólo deseaba que fuera lo más rápido y menos doloroso posible. De repente, oí un ruido de cristales rotos y giré instintivamente la cabeza a la derecha. Allí estaba él. Empuñaba el cuello de la litrona, hecha pedazos y desprendiendo gotas de cerveza. Su mirada les atravesó. Con un gesto desafiante, les dijo lentamente: “Con la señora no os metáis”. Fue suficiente para que los cuatro valientes salieran huyendo. Me volví, para buscarle, quería darle las gracias, pero ya no estaba. Lo vi al otro extremo del andén, sereno, metido en su mundo. No fui hacia él, llegó el Metro, se me hacía tarde. “Luego -me decía-, luego le daré las gracias, charlaré con él, le preguntaré”. Ya no me importaba que me vieran con un mendigo. Me parecía un Adonis, un Príncipe. Por la tarde, a la salida del trabajo, no le vi. Ni al día siguiente, ni al otro.

Jamás le volví a ver.