Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 19 - Verano 2010
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Hablemos, tambi�n aqu�, de f�tbol Antonio Sala Buades

 

Si usted, amable leyente, se encuentra ahora empezando la ojeada a este artículo, no podrá llamarse a engaño con respecto a su contenido: en el título queda bien explícito. Y es que no pretendíamos que nadie, dejándose llevar por palabras ambiguas, entrara y se diera de bruces con otra ración indeseada después del inevitable y reciente empacho, y con la digestión a punto de terminar.

Aclarada la primera cuestión, pasemos a la segunda. ¿De modo que esta revista cultural también sucumbe a la corriente del momento y consagra un espacio al fútbol? ¿Ni siquiera en estas páginas virtuales vamos a tener refugio con el chaparrón que está cayendo? Se nos ocurren varias argumentaciones —que no justificaciones— a bote pronto. Una, qué diantre, es que conociendo al actual director de Ars Creatio, éste no iba a desaprovechar la ocasión de congratularse en público, negro sobre blanco, por el flamante alirón mundial de España. Sólo ha transcurrido una semana, se ha visto, oído y leído —y se verá, oirá y leerá— hasta la saciedad; pero hay que animarse a plasmar una impresión particular que conste en nuestra pequeña historia. No todos los días se hace realidad un sueño de infancia.

Otra razón consiste en la osadía de plantearse la pregunta de por qué el fútbol, como cualquier otro deporte, y lo que lleva consigo —nos referimos siempre a los aspectos limpios—, no ha de ser considerado una actividad cultural. En su tercera acepción, el DRAE define «cultura» como el «conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.». Aparte de ese cajón de sastre que sugiere un etcétera, estaremos de acuerdo en que el fútbol significa hoy un modo de vida y costumbres para muchísimos habitantes del planeta Tierra. Quiérase o no, ningún otro acontecimiento suscita la atención simultánea de miles de millones de personas, sin distinción de edad, sexo, raza, religión, estrato social o simpatías políticas. En cuanto a otros puntos de vista, y evitando comparaciones improcedentes, no debemos despreciar la belleza estética que nos ofrecen un pase largo y preciso, un poderoso remate de cabeza, una ágil estirada que evita un gol, un control orientado, una internada desbordante, una combinación de tiralíneas, ni la inteligencia que crea una táctica que permita vencer a un rival teóricamente superior, ni la audacia que luego la desarrolla sobre el campo. Si añadimos factores como el espíritu de superación, la solidaridad entre los miembros del equipo y la corrección debida con los del adversario tanto en la victoria como en la derrota, tendremos motivos más que suficientes como para que el fútbol en concreto, como cualquier otro deporte en general, quede incluido en lo que llamamos cultura.

Por supuesto que en la vida hay cosas más trascendentes que el fútbol. Y por supuesto que se les dedica la atención que requieren. Lo que resulta incomprensible para algunos es la repercusión de un campeonato, en especial del campeonato mundial. Entendámoslo: la gente celebra con la euforia que cabe suponer su enamoramiento, la obtención de un buen trabajo, el nacimiento de un hijo o la recuperación de una enfermedad delicada. Pero es que la gente no se enamora, obtiene trabajo, estrena paternidad o sale del hospital al mismo tiempo en cada caso individual. Tan relevantes sucesos tienen la acogida que merecen en ámbitos íntimos (familia, amigos…), en absoluto comparables en número —no calibramos, obviamente, las intensidades— con, por ejemplo, el seguimiento de un partido importante. Y tampoco se exteriorizan de igual forma, con gritos, saltos, carreras o despliegue de banderas, como pide una competición deportiva.

Sean indulgentes con nosotros, por tanto, los pocos españoles que se han mantenido —o lo han intentado, suponemos que sin éxito— al margen del bullicio. Paciencia, que esto ha ocurrido una vez en la vida (¿de momento?). Si un concierto o una obra de teatro se ha retrasado porque su comienzo —cuando fue fijado no se podía prever— coincidía con uno de estos encuentros decisivos que sólo tienen un día y una hora determinados, antes de la queja repárese en la alegría de los músicos y de los actores, unidos a la mayoría del público, y el agrado con que han afrontado después su labor. Piénsese que unas notas sublimes o una representación magistral pueden esperar; pero un gol que clasifica para la final o que concede el campeonato más anhelado sólo acaece, se disfruta y se comparte —como los lances previos y posteriores— con el resto de la nación en un instante único, inaplazable e irrepetible. Y compréndase asimismo que ese instante se desee custodiar para el recuerdo.

Los problemas continuarán con nuestro equipo patrio campeón del mundo, como habrían continuado de haber sido eliminado, como hasta la fecha, en cuartos de final. No olvidemos que hablamos de deporte, nada más (y nada menos). Pero esos problemas, no teman, no se verán agravados por las recompensas entregadas; todo lo contrario, las superarán con creces los inminentes ingresos por esta causa; además, como la tierra, los triunfos deportivos deben ser para quienes los trabajan, y no cabe duda de que los jugadores lo han trabajado tras casi dos meses lejos de casa y aguantando una enorme presión psicológica. Como contraprestación, los aficionados de a pie, los habituales y los inhabituales, hemos soportado los trances de sentarnos ante la pantalla de televisión en vez de huir de ella, que era lo que apetecía al presenciar ciertos vericuetos del balón. Si tenemos en cuenta que al sano júbilo colectivo se ha sumado el fastidio de los que se dedican a fastidiar —y ésos, por desgracia, sí que reciben mucho parné no recuperable—, sólo por eso ya habrá merecido la pena asomarse, siquiera por unos minutos, aunque hubieran sido unas horas, a esta vorágine llamada fútbol. Quienes no se hayan apuntado están en su derecho, pero se han perdido la gratificante experiencia de formar parte de un intenso sentimiento común.

En confianza: lástima que el mundial no durara un mesecito más.