Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 16 - Otoño 2009
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
¡Vamos a por ellos! - V Miguel Navarro Mira

 

V

“¡¡Hombre al agua por babor!!”

La reacción del mando fue instintiva e inmediata. Al tiempo que ordenaba:

-A babor toda la caña - comandante y oficial se lanzaron a manipular los dos telégrafos de máquinas para ordenar la parada de las mismas.

En las maniobras de entrada y salida de puerto los telégrafos están manejados por sirvientes, pero no así durante la navegación, y en la circunstancia de hombre al agua, las maniobras primeras son parar las máquinas y alejar la popa, y con ello, las hélices, del accidentado.

-A babor toda la caña- repitió el timonel girando repetidamente la rueda.

Nuevamente los bandazos y cabezadas hicieron tambalearse a la dotación al recibir el barco la mar por la aleta de babor.

Cuando el comandante consideró que la popa había abierto lo necesario para evitar al náufrago ordenó dar avante, y al timonel quedar al rumbo uno siete cinco.

Entre tanto, el electricista estaba rastreando con el proyector la zona de popa en búsqueda del accidentado. Lo que localizó fue la guindola arrojada al mar por el marinero que había presenciado la caída del hombre, pero de éste no había la menor señal. Momentos después subía al puente el contramaestre para recibir órdenes respecto al arriado del bote salvavidas.

-No- dijo el comandante- En estas condiciones de mar y visibilidad nula no sería prudente. Si el chico sigue a flote, en poco tiempo lo tendremos por la proa. ¿Se sabe quién es el accidentado?

-Sí, señor, es el cabo Lirola, que estaba en servicio de vigilancia en popa. Dado el estado de la mar, había ordenado que llevaran puesto el chaleco salvavidas – respondió el contramaestre.

-Bien; una orden que puede representar la vida para el cabo Lirola. Le felicito, don Fernando.

-Gracias, mi comandante. Si no manda nada más.

-Tenga dispuesto un hombre, voluntario, que sea buen nadador, provisto de arnés y chaleco salvavidas, por si es necesario que se lance al agua para recuperar al cabo Lirola.

-A sus órdenes, mi comandante.

Cuando el contramaestre iniciaba la retirada, la voz del timonel cantaba:

-A rumbo uno siete cinco.

Era el momento que el comandante había estado esperando para ordenar un nuevo cambio de rumbo que le llevara a encontrar por la proa al náufrago. La Curva de Butacoff era la maniobra apropiada en los casos de escasa o nula visibilidad, y en ella confiaba para lograr que al quedar al rumbo cero cinco cinco, el cabo Lirola estuviera frente a la proa del barco. En consecuencia, ordenó al timonel:

-A estribor al cero cinco cinco, quince grados de caña.

Lenta y perezosamente, entre bandazos y cabezadas, el patrullero comenzó a maniobrar mientras desde los alerones y los diferentes puestos de observación y vigilancia se seguía con ansiedad el pincel luminoso con que el proyector peinaba las olas en busca del cabo Lirola.

Pero completar la curva que llevaría al patrullero al punto deseado requería alejarse una cierta distancia antes de que el barco virara y dejara ver de frente sus luces de situación roja y verde. Entre tanto, la sensación que tendría el náufrago, dada la tenebrosa oscuridad que lo envolvía todo, sería la de que el barco se alejaba y su caída no había sido advertida.

Tal sensación debe ser terriblemente angustiosa y desesperante. La reacción inmediata es nadar hacia el buque – cuando lo prudente es alejarse para evitar el peligro de succión de las hélices - en un estéril y agotador esfuerzo, gritando hasta enronquecer; agitando los brazos y pretendiendo mantener medio cuerpo fuera del agua para ser más visible, aun en la oscuridad. Luchando por salir del seno de la ola que lo hunde en el abismo, privándolo, durante una eternidad, de la visión del barco y, al alcanzar la cresta, ver con horror que aquél sigue su curso y está más y más lejos. Ciego a sus gestos y sordo a sus desesperados gritos de ¡auxilio!, ¡socorro! En esta lucha, que generalmente los caídos al mar afrontan sin chaleco salvavidas, pronto empiezan a flaquear las fuerzas; la fatiga impone un más frecuente ritmo respiratorio y éste reclama un mayor caudal de aire. Con él llegan los primeros tragos de agua salada por nariz y boca, el nerviosismo, las toses y el descontrol. Es el principio del fin. Algo difícilmente imaginable para quien no haya pasado por tan traumático trance. Accidente más frecuente en la marina mercante, pero no siempre con la fortuna de ser presenciado, sino descubierto horas después, al no presentarse el individuo al relevo de la guardia. En tales ocasiones, el buque sigue su ruta y el capitán se limita a transmitir un “Avurnave” dando cuenta de la pérdida de un hombre, la hora en que se le vio a bordo por última vez y la posición del buque a tal hora. Pocas veces se reciben mensajes de buques anunciando la recuperación de los caídos.

Algo de la angustia que estaría sufriendo el náufrago debió intuir el comandante al ordenar que fuera encendida la iluminación de cubierta y conectada la megafonía.

Ante la mirada inquisitiva del tercer oficial, preguntó al timonel:

-Daniel, sabes de dónde es el cabo Lirola.

-Es catalán, mi comandante.

-Ah, sí, ya recuerdo; creo que de Mataró. Pues, vamos a tranquilizarlo.

-Gonzalo, dile al “radio” que ponga por megafonía de cubierta, a todo volumen, sardanas, hasta que yo le avise.

-Pero, comandante, la dotación está descansando y son las...- dijo, mientras con gesto un tanto incrédulo consultaba su Longínes.

-Haz lo que te digo, Gonzalo - le cortó el comandante - que sé la hora que es.

Momentos después, el barco, iluminado de forma totalmente inusual en la mar, dejaba oír por sus altavoces de cubierta las notas de la primera sardana, que quizá tranquilizara al náufrago, pero que despertaba a la tripulación con un impresionante sobresalto.

No fue precisa explicación alguna. A las alarmadas preguntas de “qué pasa” con que la dotación despertó a los sones de la música, la respuesta de: “Lirola se ha caído al agua”, pareció hacer comprender a todos lo que el mando pretendía conseguir con tal utilización de luz y sonido. Incluso un gaditano, pese al susto, llegó a aplaudir la iniciativa, que atribuía sin ninguna duda al comandante, al que con una comprensible falta de respeto calificó públicamente de “cojonudo”.




Mientras el patrullero continuaba evolucionando a los sones de la música, el contramaestre mandaba al cabo Soto que formara a sus hombres para solicitar un voluntario dispuesto a socorrer al cabo Lirola.

-Mis hombres son todos voluntarios - afirmó Soto con orgullo, recordando el episodio anterior en que les había hecho creer que, realmente. sería necesario arrojarse al mar para recuperar a los náufragos del “Angélica”.

-No estés tan seguro, Soto, que a la hora de la verdad... - dijo el contramaestre con cierto pesimismo.

-Le digo que mis hombres son todos voluntarios, y yo, también, por supuesto - añadió con énfasis, Soto.

-Sólo necesito uno, así que, venga, fórmalos y ya veremos.

Cuando el contramaestre expuso el motivo de la formación y lo que solicitaba, todos los presentes, incluido el cabo Soto, levantaron la mano.

-Bien, muchachos, eso está bien- dijo el contramaestre, mientras, de soslayo, miraba al cabo Soto.- Pero como sólo necesito uno, decidir quién de vosotros es el mejor dotado para la natación en estas condiciones de mar. Y, rápido, que va a tener que estar disponible en breve tiempo. Tú, Soto, quedas excluido. Acompáñame, y romped filas.

Momentos después, en un aparte, el cabo Soto, tomando del brazo al contramaestre le preguntaba:

-Qué pasa, don Fernando; por qué me hace esto delante de los marineros.

-Por qué te hago qué.

-Excluirme, como si fuera un inválido.

-No eres un inválido, pero tienes treinta y dos años, mujer y dos hijos, y aunque el riesgo no sea excesivo, un muchacho de veinte años está mejor dotado que tú. Y porque lo mando yo y no hay más que hablar. ¡ Ah!, y te felicito por conocer tan bien a tus hombres y tenerlos en tan buena disposición para el servicio. No sé cómo lo consigues, pero es un mérito que hay que reconocerte. Y, ahora, venga, a ver quién es el designado y dímelo en cuanto lo decidan.

Sin saber cómo reaccionar, el cabo Soto se limitó a despedirse con el reglamentario: “A sus órdenes”, pero algo en su interior le decía que el contramaestre tenía razón, y sobre todo, que no había estado en su ánimo humillarlo. Es más, lo había felicitado, y eso no era frecuente en don Fernando, siempre exigente con sus subordinados, a los que infundía gran respeto e incluso temor, dada su corpulencia y el vozarrón con que se manifestaba. Pero es que, aunque sus manos no fueran exageradamente grandes; sus ojos saltones, de mirada intensa y agresiva; de los orificios de su nariz sobresalieran pelos que más bien parecían cerdas, y su barba, aún rasurada, diera a su rostro un tinte oscuro por lo densa y poblada, era el contramaestre. Y la figura del contramaestre, como jefe inmediato del personal de marinería es de gran confianza del mando, y en consecuencia, con amplias facultades sobre la misma. En aquellos años y posteriores, en que gran parte de las dotaciones eran de marineros de reemplazo obligatorio, faltos de vocación y conocimientos, la imagen que éstos propalaban del contramaestre era la del negrero que hace funcionar a los hombres a golpe de látigo. No es que así fuera, pero tampoco ellos hacían gran cosa por cambiar una imagen que les servía para conseguir el mismo fin sin necesidad de utilizar - metafóricamente, claro - el látigo… si no era necesario…






Con los primeros compases musicales, la dotación, tras saltar de sus coys de forma precipitada, pese a la frialdad de la noche y el mal estado de la mar, se había lanzado a cubierta tratando de localizar al cabo Lirola. Era una reacción instintiva pero nada reflexiva dada la oscuridad de la noche. Momentos después, remojados por algún roción, unos, regresaban al sollado y volvían pacientemente al coy a esperar no sabían qué, ya que con aquel escándalo musical pretender conciliar el sueño era algo que imaginaban difícil conseguir. Otros, tras consultar el reloj, descubrían que el “concierto” apenas les había robado una hora de sueño y consideraban la conveniencia de aferrar el coy ante la proximidad del toque de diana. En todos los casos, el contratiempo no generó mal humor. Se aceptó como necesario para conseguir un fin humanitario y no hubo quejas ni murmuraciones.

Entre tanto, el patrullero había ido evolucionando en demanda del rumbo que en teoría debía dejarlo aproado a la posición en que se encontraba cuando se produjo la caída del cabo Lirola. De día, la búsqueda sería más fácil, y de no estar comprometidos en el rescate de los náufragos del “Angélica”, sabiendo que Lirola estaba equipado con chaleco salvavidas quizá no les preocuparía tanto el que su recuperación se retrasara hasta despuntar el alba. Pero cualquier retraso repercutiría en la localización de aquéllos que, para entonces, podrían haber derivado tanto que encontrarlos fuera harto difícil.

Y comentando el problema estaban en el puente cuando el timonel, al alcanzar el rumbo, cantó:

-A rumbo cero cinco cinco.

-Bien, Daniel, mantente ahí – dijo el comandante dirigiéndose al timonel. Y haciéndolo al oficial:

-Gonzalo; por si fuera necesario, delimita la zona de búsqueda.

-Sí, comandante; qué amplitud.

-Creo que será suficiente una milla cuadrada.

-Separación de los raíles.

-Con esta oscuridad y esta mar... –vaciló – digamos que doscientas yardas, y espero que no sea preciso peinar toda la zona.

-¡No!- exclamo el oficial – Ha pasado muy poco tiempo y reaccionamos con prontitud. Lirola no puede estar muy lejos del punto en que cayó.

-Eso espero – comentó el comandante, mientras observaba cómo el oficial dibujaba en la carta la zona de búsqueda. Y añadió :

-De no ser así, el rescate de los del “Angélica” se va a complicar más.

Coincidiendo con las últimas palabras del comandante hizo acto de presencia en el puente el segundo, que hacía poco más de una hora se había retirado a descansar, pero que, como el resto de la dotación, había sido despertado por la estridente música. Era evidente que subía directamente del camarote y no conocía nada de lo que estaba ocurriendo ya que, en tono que pretendía ser irónico pero que reflejaba cierto malestar, comentó al entrar:

-Caramba, comandante, es el nuevo toque de diana o que estás celebrando el ascenso.

El comandante, que estaba acodado en la mesa de derrota junto al tercer oficial, ni se inmutó. Se limitó a levantar levemente la cabeza, lo miró de abajo arriba, y con una sonrisa fría, murmuró:

-Hola, segundo; ¿desvelado?

El segundo comprendió en el acto que se había pasado. No sabía que estaba ocurriendo, pero se dio cuenta que su entrada no había sido correcta y que la gracieta había molestado al comandante. El tercer oficial, al percibir la confusión del segundo supo que no estaba al tanto de lo ocurrido, por lo que comentó:

-Tenemos perdido en la mar al cabo Lirola.

-¡Carajo!; cuándo ha ocurrido.

-Hará una media hora. Ahora debemos tenerlo por la proa, no muy lejos- dijo, mientras mostraba al comandante la carta con la zona de búsqueda.

-Comprendo – susurró el segundo. Y dirigiéndose al comandante:

-Perdona, comandante, soy un...

Ante la vacilación en aplicarse el calificativo apropiado, el comandante, que aunque militarmente sólo le aventajaba en un grado, en edad lo hacía en diez años, quiso zanjar la cuestión con un:

-No te juzgues con dureza, segundo. Simplemente eres... muy joven.

-Gracias, comandante. Espero que eso se cure con los años.

-Tenlo por seguro, y antes de que te des cuenta. Y ahora, vamos a dar un vistazo – dijo, mientras salía del cuarto de derrota hacia el alerón de estribor.

-Sin novedad, mi comandante – informó el serviola al percatarse de su presencia.

-Bien, muchacho; pero estate muy atento que debemos tenerlo cerca.

Como observó que el proyector pasaba a explorar de una a otra banda, con lo que podían quedar zonas oscuras, ordenó que navegando al cero cinco cinco se barriera por la banda de estribor y al navegar al dos tres cinco, se hiciera por la banda de babor.








Cuando el cabo Soto regresó con los marineros de su destino éstos estaban discutiendo acaloradamente sobre quién debía responsabilizarse en la recogida del cabo Lirola, pero no llegaban a un acuerdo.

Uno de ellos lo expuso con toda claridad:

-Para una vez que hay que hacer algo importante, quiero hacerlo yo, que venir a la mili para limpiar y barrer es poco heroico. Al menos esto, podré contárselo a mis nietos.

-A la mili no se viene a ser héroe, y barrer y limpiar es una función necesaria en cualquier comunidad – le respondió el cabo Soto, aunque en su fuero interno estuviera de acuerdo con el marinero.

Pero como no había forma de alcanzar acuerdo, uno de ellos propuso jugárselo a los chinos. Y así quedó establecido.




Entre tanto, el patrullero, aproado a la mar, lentamente, entre cabezadas y balances, haciendo sonar la música, se aproximaba a la zona en que había caído al mar el cabo Lirola.

En el puente, Daniel, el timonel, no quiso ser relevado, en tanto que requeridos en previsión de maniobras, ocupando sus puestos en los telégrafos de máquinas, se encontraban los dos sirvientes. Sólo faltaba encontrar al hombre, para quien el tiempo estaría siendo muy largo. Afortunadamente, el Mediterráneo, en aquella zona, no alcanza temperaturas que pongan en peligro la vida de un náufrago por hipotermia. Al menos durante un tiempo prudencial, que puede ser variable para cada persona.



Tras estudiar detenidamente la evolución del barco, el oficial llegó al convencimiento de que éste se encontraba muy próximo, aunque navegando a rumbo opuesto ciento ochenta grados al punto marcado en la carta donde se había producido el accidente. Cuando se lo notificó al comandante éste comentó:

-Es posibles que viento y mar, aunque poco, lo hayan hecho derivar y esa proximidad sea menor de lo que supones. Tendría poca gracia que mientras el proyector lo busca por estribor, lo rebasáramos por babor sin enterarnos.

Después de un nuevo estudio, considerando que el accidentado no podía haber derivado tanto en el tiempo transcurrido como la distancia que se estimaba faltaba para llegar al punto del accidente, el comandante decidió que la forma de evitar la posible coladura era abrirse un poco a babor. Y así, haciéndolo unas cien yardas, volvió al rumbo cero cinco cinco.

Tras comprobar que el proyector centraba el barrido en la banda de estribor, comandante y oficiales volvieron al cuarto de derrota. El segundo, con la cachimba en la boca, pero apagada, invitó.

-Comandante, Gonzalo, qué tomáis.

-Café- pidió el comandante.

-Sí, yo también – dijo el oficial.

-Tres cafés – solicitó por teléfono a la repostería de oficiales.

A continuación, tras un rápido vistazo a la carta de navegación, sin dirigirse a ninguno de los dos interlocutores, preguntó con aire distraído:

-¿Hemos vuelto a saber algo del “Angélica”?

Comandante y tercer oficial cruzaron una mirada interrogativa. Pero fue el tercer oficial quien, recordando que aquél se había retirado a descansar, reaccionó, informándole que se había encontrado un bote del “Angélica”, medio hundido y sin tripulación.

-¡Carajo! ¡Vaya noche! - exclamó el segundo, al tiempo que, contrariado, golpeaba con el puño la mesa de derrota. - Apenas he faltado una hora del puente y en ese rato, todos los acontecimientos.

-Tranquilo, segundo; - medió el comandante – no te has perdido nada importante. Lo importante está por llegar. De momento, pasa a la cabina y pídele al “radio” una marcación goniométrica, que sepamos cómo estamos respecto a la estimada.

Cuando el segundo volvió con la marcación se observó que, como era de esperar, había una ligera diferencia entre la posición obtenida por el radiogoniómetro y la estimada. Pero en esta ocasión, el “radio” había afirmado que la marcación, en su opinión, ofrecía gran confianza. El comandante tuvo en cuenta el dato y así lo comentó.

-Sí; creo que la diferencia radica en el abatimiento que hayamos tenido nosotros al evolucionar. En mi opinión estamos ya en la zona en que cayó el cabo al agua y no deberíamos tardar en avistarlo.

-Estamos suponiendo que él se ha mantenido estático en el punto de caída, pero no es fácil que reprimiera el instinto de nadar hacia nosotros cuando nos alejábamos – comentó el oficial.

-Y, cuánto podría apartarse de ese punto, nadando, para que la diferencia de localización fuera significativa – preguntó el segundo con evidente intención de rebatir el argumento de Gonzalo.

-Es cierto. Aunque a ese desplazamiento se le sumara la propia deriva, en poco más de media hora no podría ir lejos.

-¡Hombre, aquí tenemos el café! – dijo el segundo, al tiempo que indicaba al marinero que dejara la bandeja con las tres tacitas sobre la mesa de derrota.

-Se va a derramar, mi segundo – musito el marinero, que con las piernas abiertas trataba de mantener el equilibrio ante los bandazos y cabezadas del barco, sin decidirse a depositar la bandeja.

-Tienes razón, chaval; tomemos cada uno nuestra taza. Comandante, Gonzalo, - invitó el segundo, - tomando la propia.

Y cuando los tres oficiales iniciaban el primer sorbo, el serviola de estribor gritó:

-¡¡Ahí, ahí está, por las tres, por las tres. Lo he visto por las tres, ahí está!!


(Continuará)