Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 15 - Verano 2009
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
¡Vamos a por ellos! - IV Miguel Navarro Mira

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IV

 

A las cuatro de la mañana volvieron al puente el tercer oficial y el comandante. Tras el “sin novedad”, el segundo comandante se retiró a descansar. Poco después, el tercer oficial ordenaba a los dos serviolas salir a los alerones y continuar desde allí su labor. Se aproximaba la hora prevista para el avistamiento del “Angélica” y había que extremar la vigilancia. En consecuencia, mandó subir al puente al contramaestre y le ordenó que estableciera un servicio de observación en cubierta en aquellos puntos en que las condiciones de la mar lo permitieran.
-Si es necesario, déles ropa de agua y que se abriguen, pero que abran bien los ojos. El cocinero que haga y reparta café, y el despensero que les dé también una copita de “coñac” para el frío. ¿Te parece, comandante?
-Me parece, siempre que los de aquí arriba no quedemos excluidos – comentó en tono humorístico el comandante.
Sobre las cuatro quince, el comandante ordenó que el electricista de guardia subiera a encender y manipular el proyector con objeto de efectuar frecuentes exploraciones del entorno. Desprovistos de los modernos medios de detección electrónica, aquel proyector era la forma de localizar en la oscuridad de la noche la presencia del “Angélica”, de los náufragos o de cualquier rastro del naufragio. Era un cañón de intensa luz que se proyectaba hasta considerable distancia permitiendo una visión clara de las inmediaciones. Cuando el “Angélica” estuviera cerca el proyector lo descubriría.
Tras tomar el café y la copita de “coñac” que repartieron a todo el personal de la guardia de alba, el comandante entró en la cabina de radio a pedir una marcación radiogoniométrica. Desde hacía muchas horas la nubosidad, que encapotaba totalmente el cielo, impedía la utilización del sextante para medir la altura de los astros y poder determinar la situación del buque. La lejanía de la costa tampoco ofrecía puntos de referencia para tomar marcaciones, por lo que la navegación se estaba haciendo por marcaciones goniométricas. Éste es un sistema que no suele gozar de las preferencias de los comandantes, y sólo se utiliza cuando no se tiene otro mejor. Y es que la apreciación de los puntos exactos en que la señal es más débil, - marcación óptima - resulta, a veces, realmente difícil de determinar por el operador.
Pero el comandante era un buen navegante y sabía que no siempre se puede conocer con exactitud la propia posición. Cuando las circunstancias lo permiten se hacen las correcciones y se determina la posición correcta. Y la posición que obtenía con las marcaciones goniométricas lo situaban en una zona que, quizá, no estuviera muy alejada de la real. Sin bajos fondos ni peligros señalados en la carta la seguridad del buque no le preocupaba. Su preocupación era que sus cálculos sobre la zona y hora de avistamiento del “Angélica” no resultaran acertados y ello prolongara en demasía la localización de los náufragos. Si tal ocurría, seguro que su padre le explicaría – a posteriori, claro – las causas del desacierto.
Hijo de un capitán de navío, desde pequeño sintió la vocación marinera y a su paso por la Escuela Naval ya se distinguió por su aplicación y aprovechamiento. Ahora, con doce años de oficial, éste era su primer mando de buque, para lo que se encontraba perfectamente preparado. En destinos anteriores había realizado diversas funciones y efectuado cursos de especialización. Siendo ya teniente de navío había desempeñado la 2ª comandancia en una corbeta, y ahora, cuando su ascenso estaba próximo, se le había confiado el mando de aquel patrullero, algo que, por el momento, colmaba todas sus aspiraciones.
También aquel era su primer salvamento. Por cierto, en unas circunstancias difíciles de mar y visibilidad, y aunque esto pudiera ser motivo de preocupación, lo que en aquellos momentos le intranquilizaba era la suerte de los náufragos. Con la proximidad del alba la fuerza del viento parecía amainar, lo que en pocas horas ocasionaría una leve mejoría del estado de la mar. No obstante, la aún fuerte marejada permitía suponer la angustia y preocupación de los náufragos. Unos hombres que, posiblemente, ni siquiera conocían si su llamada de socorro había sido captada, ni si algún barco estaba acudiendo en su auxilio, y, por tanto, cuántas horas o días tendrían que permanecer en los botes salvavidas.
Bastaba ver el batir de las olas sobre el casco del buque inundando la proa y haciendo que los rociones de espuma blanca llegaran hasta el puente impulsados por el fuerte viento, mientras el grueso de la ola barría la cubierta, para imaginar la zozobra de los náufragos en sus frágiles embarcaciones. Empapados, ateridos, y quizá aterrados ante el impresionante espectáculo de la naturaleza desatada, rugiente, amenazante e impía, el tiempo para ellos estaría siendo angustiosamente largo e incierto.
Ya eran las cuatro cincuenta y ni el menor rastro del “Angélica”. Él sabía que, dadas las circunstancias concurrentes, la exactitud en los cálculos no era posible. Y se daría por satisfecho si el error de tres millas que había previsto no se veía sobrepasado.
-Hay que ver lo que cansa mantener el equilibrio en estos cascarones – murmuró, mientras tomaba asiento en el cuarto de derrota.
Colgado frente a él y balanceándose, el barógrafo mostraba un trazo decididamente ascendente.
-Parece ser que la borrasca nos abandona – comentó el tercer oficial, que acababa de entrar y observaba la curva del barógrafo.
-Eso parece, pero antes de irse nos ha dado una buena paliza.
-Pues imagina los que estén en los botes salvavidas. Ellos si que estarán pasándolo mal.
De pronto, un grito rasgó la noche:
-¡¡A estribor; bote por las dos!!
Como movidos por un resorte, comandante y oficial salieron apresuradamente del cuarto de derrota y, atropellándose, buscaron con sus prismáticos la silueta del bote iluminada por el proyector. Efectivamente, allí estaba, como a unas quinientas yardas, por la amura de estribor. Un bote salvavidas, posiblemente del “Angélica”, pero, solo, vacío, semi hundido y a la deriva.
Al menos eso parecía desde la distancia. Con objeto de cerciorarse, el comandante ordenó al tercer oficial:
-Gonzalo, los telégrafos: avante despacio.
Y al timonel:
-Daniel: a estribor, tres grados de caña.
Inmediatamente el telégrafo dejó señalada la orden de “Avante despacio”, que máquinas repitió como señal de: “Enterado y conforme”.
El timonel repitió, al tiempo que maniobraba:
-A estribor, tres grados de caña.
Poco a poco el patrullero fue trazando un arco y aproximándose al bote sin que el proyector lo perdiera ni un momento. Desde el alerón de estribor dos pares de prismáticos seguían con impaciencia el acercamiento al bote tratando de encontrar una señal de identificación. Pero no era labor fácil. Los rociones de espuma que salpicaban hasta el puente empañaban los binoculares y los bandazos del barco y del bote hacían difícil conseguir el enfoque durante el tiempo necesario.
Sólo cuando el bote estuvo casi al costado del patrullero se pudo adivinar, más que leer, en su amura de estribor el nombre “Angélica”.
Lo que sí quedó claro fue que el bote no llevaba nadie a bordo, y el hecho de que estuviera casi hundido hacía suponer que se había accidentado durante la maniobra de arriado. Así lo entendió el comandante, que comentó:
-Me temo que este bote vacío y medio hundido sea la consecuencia de un accidente al descolgarlo del pescante. Espero que no tengamos que lamentar también víctimas.
Los temores del comandante eran sobradamente fundados. Aunque la maniobra de arriar un bote es tan segura como cualquier otra que se ejecute correctamente, en la mar y con fuerte marejada, hay que tomar ciertas precauciones tanto en el bote como en el buque. Éste debe poder gobernar para ofrecer al bote el mayor socaire posible. Algo que no puede hacer un buque en las condiciones en que, sin duda, se encontraba el “Angélica”: parado, inclinado sobre un costado, sin gobierno y sufriendo una mar gruesa. En tales condiciones, descolgar un bote del pescante y arriarlo, puede convertirse en una maniobra arriesgada. En estos casos, además de la posibilidad de inutilizarse el bote, el accidente puede originar víctimas.
Tras hacer un amplio barrido de la zona con el proyector y comprobar que no había otros botes o náufragos a la vista ni tampoco el “Angélica”, mandó el comandante volver a rumbo y velocidad y se reunió con el tercer oficial en el cuarto de derrota.
-Bien, Gonzalo, qué opinas de la situación– preguntó el comandante, mientras, acodado sobre la carta náutica, estudiaba una vez más la posición de su barco.
El tercer oficial, antes de contestar, movió la cabeza en forma dubitativa.
-No sé, comandante, el hallazgo del bote en la posición en que esperábamos encontrar al “Angélica” me hace dudar sobre si éste y los náufragos ya han pasado por aquí o aún no han llegado.
El comandante tenía ya opinión formada, pero quería conocer con detalle la de su oficial, por lo que lo animó a exponerla.
-Creo que sé por donde van tus dudas, pero, por favor, explícate, Gonzalo.
-Pues, verás, comandante, entiendo que un bote casi hundido presenta menor superficie a la acción del viento que un bote a flote. En consecuencia, debe derivar menos. Si hemos encontrado en esta posición el bote temo que el “Angélica” y los náufragos hayan derivado más de lo previsto y los tengamos ya a sotavento. Claro que, si el capitán consiguió largar el ancla con unos cuantos grilletes de cadena, es posible que...
-Es posible, sí, - le cortó el comandante – pero como hemos de tomar una decisión, yo también me inclino por la idea de que los náufragos los tengamos ya a sotavento, así que, marca el nuevo rumbo y avante lo que nos permita la mar.
Tras breves cálculos sobre la carta náutica el oficial informó:
-Con rumbo dos tres cinco nos ponemos popa a la mar, con lo que ello supone de dificultad de gobierno, así que, comandante, espero tus ordenes sobre la velocidad a que quieres navegar en este rumbo.
La pregunta del oficial tenia su razón ya que cabían dos posibilidades. Mejor dicho, tres, pero una de ellas, la de navegar al mismo rumbo y velocidad que las olas, lo daba por descartado por la dificultad de gobernar y las muchas posibilidades de que el buque se atraviese a la mar. Las otras dos opciones eran navegar a velocidad superior a la de las olas, o hacerlo a velocidad inferior.
-Lo haremos a velocidad inferior a la de las olas hasta un valor en que el barco responda lo mejor posible a la caña. De todas formas, que el timonel esté muy atento a corregir las inevitables guiñadas. Afortunadamente la mar ha caído algo y no es probable que las crestas rompan en la popa.
-De acuerdo, comandante. Espero tu orden.
Al tiempo que salían ambos oficiales del cuarto de derrota, el comandante, dirigiéndose al oficial, ordenaba:
-Gonzalo, llama a máquinas y comunícales que adviertan a calderas que vamos a reducir revoluciones hasta encontrar el régimen más conveniente. Que permanezcan muy atentos y que avisen cuando estén listos.
Transcurrido el tiempo necesario para que en calderas llevaran a cabo las acciones pertinentes, máquinas comunicó estar listos para la maniobra, momento en que el comandante ordenó:
-A babor al dos tres cinco. Diez grados de caña.
El timonel repitió:
-A babor al dos tres cinco.
Apenas comenzó el cambio de rumbo, el patrullero se encontró zarandeado por la mar con grandes bandazos y fuertes cabezadas que obligaron a la dotación a asirse donde podían para lograr mantenerse en pié.
Y fue en ese momento de confusión en que el timonel cantaba:
-A rumbo dos tres cinco - cuando, de cubierta, llegó el grito histérico de:
“¡¡Hombre al agua por babor!!”

(Continuará)

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