Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Muerte y caluloide Marco Antonio Torres Mazón

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA MUERTE Y EL CINE

  "A lo absoluto sólo se accede por la fe y la actividad creadora"
(Andrei Tarkovski)

 

 



John Huston está preparando un plano de su nueva película. Da órdenes a su director de fotografía y a su operador. Su hija, Angélica Huston, está lista para rodar la escena. Los iluminadores tienen problemas, ya que toda la acción transcurre en un interior. Pero el gran John Huston, aquel genio que hiciera El halcón maltés o La reina de África, lo tiene todo muy claro, y vuelve a insistir en la forma que tiene que rodarse esa secuencia. Todos le miran atentamente mientras da las instrucciones pertinentes. Todos se apresuran a cumplir las demandas de ese hombre que, con 81 años, desde una silla de ruedas y con la bombona de oxígeno al lado, está a punto de completar la que será su última película, Dublineses (1987), para luego morir y dejar huérfano al cine de uno de sus máximos creadores.

Dublineses, basada en el libro homónimo de James Joyce, está considerada por muchos críticos e historiadores del cine como el resumen de toda una carrera; el testamento fílmico de un genio irrepetible. ¿Hay alguna relación entre el hecho de que Dublineses sea una película perfecta y su director la estuviese rodando mientras, literalmente, se dejaba la vida en cada plano?. Esta pregunta me la hice la primera vez que, hace ya muchos años, vi esta maravillosa cinta, y hoy en día sigo planteándomela. Cuando uno se molesta en conocer un poco la biografía de los maestros del séptimo arte, se da cuenta de que son muchos los casos en los que ciertos directores han rodado su última obra al mismo tiempo que sufrían una enfermedad que les conduciría a la muerte; o bien terminaban de rodar una película y un accidente o el azar hacía que su vida se parara en seco. En algunas ocasiones incluso sucede que el director no llega a ver estrenada esa última obra. Hasta llegar al caso extremo de Anthony Mann, quien mientras rodaba Sentencia para un dandy (1968) falleció, quedando el rodaje huérfano de creador.

Siempre he pensado que el cine es un reflejo directo del momento vital de un director. Por eso si el director está rodando una película al tiempo que se enfrenta al momento decisivo de su vida (de la vida de cualquier hombre) es muy probable que esa última obra quede impregnada de un cierto gusto por rozar, aunque sólo sea por un mínimo instante, la tan anhelada inmortalidad. Al fin y al cabo eso es a lo que aspira todo artista que se precie: a quedar en la memoria colectiva generación tras generación. Eso es lo que quiso Mozart, el paradigma más claro de genio absoluto, mientras desde el lecho donde agonizaba, dictaba a toda prisa su misa para difuntos, el Réquiem.

 
I.- JEAN VIGO Y L´ATALANTE: LA MUERTE PREMATURA DE UN GENIO.

Jean Vigo agonizaba mientras rodaba cada uno de los planos de la bella L´atalante. Corría el año 1934, y Vigo ya había demostrado tener una voz personal dentro del mundo del cine con el mediometraje Cero en conducta, rodada justo un año antes.

Cero en conducta es la historia de unos niños que toman posesión del orfanato donde viven, e imponen sus reglas; las reglas de la imaginación , la fantasía y la libertad. Con una secuencia maravillosa que ha sido plagiada mil veces (una guerra de almohadas), una fotografía muy expresiva y una banda sonora sutil e inteligente ( obra de Maurice Jaubert), esta cinta de tan solo cuarenta y cinco minutos hizo posible que Truffaut hiciera su ópera prima, la muy celebrada Los cuatrocientos golpes (1959), inicio del importante movimiento "Nouevelle vague". Además, durante Mayo del 68 los jóvenes estudiantes pintaban en las puertas de los aseos de la Sorbona la frase Cero en conducta, como símbolo de la rebeldía de aquellos importantes años. Ya durante el rodaje de Cero en conducta Jean Vigo tuvo problemas con su débil salud. Pero este joven tenía reservada una bala en la recámara, un último aliento de buen cine, una lección de cómo hacer una obra maestra.

La historia de L´Atalante es de una simplicidad que asusta. Con sólo tres personajes principales, Vigo construyó un monumento al amor y la poesía, a la sensualidad y a la vida. Jean, un joven barquero, y Juliette se han casado.
Pero a ésta última le aburre la vida a bordo del barco, y mientras recorren Francia, ella decide escapar para ver la ciudad. Jean la encuentra y se reconcilian. Así de sencillo, ¿por qué complicarlo más?. Pero falta el tercer personaje, el viejo marinero Pére Jules, que atesora en su piel el tatuaje de una bailarina de alguna exótica isla que baila cuando él mueve el hombro. Con estos recursos, y con una fotografía llena de luz de Boris Kaufman, Vigo hizo esta joya cinematográfica, dejando en cada plano su vida, sus deseos, sus sueños. Y es que nos encontramos en L´Atalante un mundo que roza a menudo lo onírico, transmitiendo la sensualidad como pocas películas lo han hecho (esa secuencia del abrazo en el barco, entre la niebla y la oscuridad).

Pero cuando se rodaban los últimos planos de L´Atalante, Vigo agonizaba y, destruido por la tuberculosis, moría con tan solo 29 años. Por eso el montaje de la película fue mutilado una y otra vez hasta que la productora Gaumont decidió respetar los criterios del director y acercarse lo más posible a la idea que Jean Vigo tenía de L´Atalante.

¿Qué podría haber hecho Jean Vigo si la vida le hubiese dado una mejor oportunidad?¿Hubiese realizado nuevas obras maestras?¿Se hubiese marchado a Estados Unidos, como en su día lo hizo Jean Renoir? Tratar de especular en esta dirección es difícil, pero lo que está claro es que, en mi opinión, si Jean Vigo no hubiese hecho L´Atalante a medio camino entre la vida y la muerte, el resultado hubiese sido, con diferencia, distinto.

 

 

 

II. ANDREI TARKOVSKI Y SACRIFICIO:EL DOLOR DE CREER EN UN
MUNDO MATERIALISTA.

Si hay un director que ha hecho de su vida el cine, y del cine un arte con mayúsculas, ese es, sin duda alguna, Andrei Tarkovski. Este director de cine ruso siempre fue tachado de elitista por aquellos que decían no entender sus películas. Ese es el gran error que siempre se ha tenido con Tarkovski, al igual que con Luis Buñuel, Ingmar Bergman o David Lynch, directores todos ellos con una capacidad única para sublimar el arte y convertir cada fotograma en un estado de ánimo, en una reflexión, en un poema. Pero claro, hay gente que debe entender todo lo que ve, debe comprender todo cuando en realidad no comprenden ni su propia vida. El cine no es comprensión, es sensación.
Además de la lacra de tener que escuchar muchas de estas críticas infundadas, Tarkovski tuvo que hacer frente a algo peor: ser un director reflexivo y espiritual en la Rusia comunista.
Andrei tarkovski sólo rodó siete películas en una carrera espaciada más de veinticinco años. Esto lo entronca con algunos maestros del cine que han tenido serias dificultades para poder rodar, debido a lo complejo de sus planteamientos estéticos y sus arriesgadas ideas, como ya le pasó a Orson Welles (tan solo trece películas) o a nuestro maravilloso Víctor Erice ( tres películas en más de treinta años). Es precisamente con Victor Erice con quien Tarkovski guarda más de un punto en común, como el gusto por salvaguardar su obra por encima de todo. Es por eso que cada nueva película de Tarkovski fue esperada con ansiedad por muchos aficionados a esa forma de entender el cine. Pero también fue esperada con ojos maliciosos por las autoridades rusas, que no tardaron en darse cuenta de que este director se escapaba a cualquier catalogación, máxime a la asfixiante doctrina rusa. A pesar de todo, y con varios intentos de dejar el cine a sus espaldas, Andrei continuó su carrera, llena de dificultades y trabas, de malentendidos y cegueras intelectuales, pero siempre constante en cuanto a su manera de entender el séptimo arte, y el mundo.

No voy a analizar una por una las películas de este genio único e irrepetible, pero si diré que a cada nueva realización Tarkovski dio un paso de gigante para acercarse a su idea de hacer una película: un poema visual y trascendente, capaz de elevar el alma del espectador igual que lo hace la visita a una catedral gótica o la escucha de un concierto sacro. Pero no fue fácil el camino, sino todo lo contrario. Cada película fue como un vía crucis personal en el que era necesario morir para poder resucitar; en el que era necesario pelear contra el férreo control ruso y la incomprensión de cierto sector de la crítica para poder engendrar una nueva pieza de arte, ya no de cine.

En 1985 se le diagnostica a Andrei Tarkovski una grave, mortal, afección tumoral. Mientras, desde su exilio voluntario en Italia, y al mismo tiempo que comienzan las primeras sesiones de radioterapia, empieza a rodar Sacrificio. Termina de rodarla a marchas forzadas, entre fuertes dolores. Cuando comienza a montar el extenso material rodado inicia las segundas sesiones de radioterapia. Pero ya todo se ha acabado. El treinta de Diciembre de 1986 fallece, a miles de kilómetros de su patria.

Presentada en el festival de Cannes, Sacrificio logra el Premio Especial del Jurado, el Gran Premio Especial de la Crítica (FIPRESCI) y el Premio del Jurado Ecuménico. Así mismo, esta cinta gana el máximo galardón, la espiga de oro, en el Festival de Valladolid. Ambos premios hubo de recogerlos su hijo y su mujer.

 

 

 

 

 

 
 

Sacrificio es como el resumen de toda una vida dedicada al cine, la consecución de un itinerario. Rodada con una pasmosa y difícil sencillez, construida en larguísimos planos-secuencia, nos cuenta la historia de Alexander, un intelectual retirado que vive en una casa aislada en una isla con su familia, su mujer, su hijo y una criada. A estos personajes se une un cartero que recita constantemente a Nietzsche. Todo parece transcurrir en una envidiable calma, cuando un buen día anuncian en la televisión que ha estallado la tercera guerra mundial: el fin de la humanidad está cerca. Pero Alexander, hombre convencido de la falta de fe de los hombres, decide hacer un último sacrificio para salvar el mundo.

Película de una fuerte carga intelectual, Sacrificio contiene un profundo mensaje moral y trascendente: la falta de espiritualidad en los hombres los condena a un final fatal. Pero, y esto es lo realmente milagroso de la película, a pesar de que Tarkovski se estaba muriendo mientras trabajaba en ella, hay un atisbo de esperanza última, una puerta abierta al sacrificio de los unos por los otros. Todo el cine de este director está lleno de un convencimiento en la solidaridad y la fraternidad.

Cuando se acercaba el momento en el que Andrei Tarkovski iba a dejar este mundo, nos regaló una sabia enseñanza y una lección de cine. Nos regaló lo más hermoso que puede hacer un artista: una obra de arte imperecedera, con sabor a eternidad; un legado para que nuestros hijos vean que, entre tantas guerras absurdas, armas de destrucción masiva, políticos corruptos y desigualdades sociales, había un lugar para el arte con mayúsculas. Muchas gracias a Jean Vigo y a Andrei Tarkovski, allí donde estéis.

 

EPÍLOGO
Son muchos los directores que han rodado su última película mientras luchaban contra una fatal enfermedad. También los hay que, justo después de rodar una película, fallecían por un accidente o de forma súbita. Fassbinder, Murnau, Passolini, Nick Ray, Ricardo Franco... A todos ellos dedico estas líneas, ya que son un ejemplo de integridad humana y artística.
Y especialmente dedico este artículo a Andrei Tarkovski, en el veinte aniversario de su muerte. Gracias por regalarnos siete gotas de belleza.