Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Recuerdos de un Miguel Ángel Torres Almira
 

“Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa y escondido entre tus cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor a donde quiera que vaya”

   

 

 

Amanecía, por la junta de las tejas del gran almacén, que era nuestra casa en los meses de verano, entraba la luz de la mañana anunciando el nuevo día, me levanté, me puse el bañador y salí a la calle, aún no había salido el sol y el cielo estaba completamente limpio de nubes, presagiando lo que sería luego un día caluroso de verano mediterráneo.

Ante mí se presentó el espectáculo de la bahía en todo su esplendor a la vez que los ruidos propios de los trabajos de la carga de la sal en las grandes barcazas que se desarrollaban en los muelles de las Eras; los gritos de los marineros, el ruido de los motores de los remolcadores arrastrándolas hacia el gran barco, que con su silueta negra ocupaba el centro de la bahía, como uninmenso cetáceo que esperaba ser alimentado tragando miles de toneladas de sal y más al fondo algunas mamparras que volvían con la pesca de la noche anterior, rodeadas de cientos de gaviotas volando a su alrededor. No sé porque razón vino a mi mente un poema de nuestro gran poeta romántico Gustavo Adolfo que habíamos estudiado el curso pasado en las clases de literatura: “despertaba el día y a su albor primero, con sus mil ruidos despertaba el pueblo”. Pero a diferencia del poeta a mí el espectáculo que contemplaba no me recordaba a los muertos sino que ,muy al contrario, me llenaba de vida y en cierto modo de orgullo de ver como los hombres de mi pueblo se esforzaban por trabajar y por enviar la sal, su sal, a todo el mundo.

Me acerqué a la orilla de la playa, me introduje en la mar y me di un refrescante chapuzón y los pequeños peces que por allí nadaban se apartaron no con mucho entusiasmo. Salí del agua mientras los peces volvían a ocupar su sitio. Frente a mí la larga fila de barracas- vivienda que se extendía a lo largo de la playa y de muchas de las cuales ya salía el humo de las chimeneas y las mujeres barrían el sombraje delantero. A mi derecha, a lo largo de la playa, algunos pescadores aquí y allá con sus largas cañas y con agua a las rodillas esperaban conseguir alguna dorada, y más allá el balneario de mi familia. A la izquierda, junto a mí la mole del otro balneario de agua caliente, también familiar, y un poco más allá los muelles de la Eras.

La mar parecía un espejo y decidí salir un rato a pulpear por la playa, cogí los trastos, un arpón atado a un largo palo y un tridente de la misma forma, la pequeña botella llena de aceite con una cuerda para atarla a la proa de la embarcación y me fui por esta última, una jarbeta , un pequeño bote de fondo plano, la empujé hasta el agua y de pie sobre la proa y ayudándome del palo del arpón como pértiga comencé a recorrer la playa, de vez en cuando, entre algunas rocas veía algo interesante, echaba un poco de aceite al agua y esta se aclaraba momentáneamente y me permitía ver con mas claridad el fondo. En poco más de media hora conseguí tres pequeños pulpos que, con las bolsas vueltas convenientemente para que no soltasen su tinta y ensuciasen el fondo de la jarbeta que había tomado prestada, yacían moviendo sus patas intentando saltar al agua. Ya teníamos almuerzo.

Cuando volví a la playa ya habían llegado lo pescadores de transmalle y bajo el sombraje de su caseta vendían su mercancía de déntoles, salmonetes, doradas o sargos acompañadas de sipias, rascasas, gallinas, verderoles, raspallones y alguna araña, a las mujeres que allí acudían con la certeza de que el pescado que escogiesen nadaba todavía en el Mediterráneo hacía muy pocas horas, la mayoría de ellos todavía estaban vivos al igual que mis pulpos que se enroscaban en mi mano. Una curiosidad lo que les sobraba lo vendían a unos señores que lo volvían a revender por los barrios de la ciudad, junto con sardinas, boquerones, espetones etc. y cargados con una o dos cajas de pescado que transportaban en una bicicleta o en un carretón, lo voceaban por las calles. Recuerdo uno en especial que cuando le preguntaban “¿qué llevas hoy?” invariablemente contestaba “llevo oro de ley” y con ese apodo se quedó el “oro de ley”. Que cosas, no sabía el hombre cuanta razón tenía.El humo de la caldera del balneario de agua caliente anunciaba que el hombre encargado de la misma ya estaba en plena faena y que pronto los clientes podrían disfrutar de un relajante y beneficioso baño de agua de mar lleno de yodo y mil cosas más, al módico precio de cinco pesetas, en una confortable habitación del balneario. Mi tía Adela barría el salón y arreglaba las habitaciones con su figura menuda y siempre enlutada desde que hace años su hijo mayor murió en el naufragio del Adela Villanueva junto con otros marineros de Torrevieja. Toda mi familia había vivido siempre del mar, de una u otra manera, mi padre a los once años hizo su primera travesía del Atlántico, hasta Cuba, ahora trabajaba de patrón en uno de los dos remolcadores de la bahía y mi primo en el otro. Mi abuelo montó los balnearios que ahora los manejaba mi tío y mi primo, y mi padre tenía un montón de casetas de baño que alquilaba por temporadas.

Cuando llegó la hora cogí el bote familiar para acudir al otro balneario para ayudar a la mujer de mi primo y de paso para ver si lo alquilaba y me sacaba unas pesetas. Mientras remaba sorteando los numerosos “secos” podía contemplar pequeños bancos de peces, generalmente “lisas” y “salpas” y los “pardetes” saltaban no lejos de mí, persiguiendo a sus presas.

Lo siento pero los recuerdos se agolpan en mi mente, quizás cuento cosas que no interesan a nadie, a lo mejor tendría que haber dado a este artículo un aire más ecologista, pero lo que yo quisiera era dar a entender lo llena de vida que estaba la bahía de Torrevieja y la playa del “Sequión”, por cierto en el canal del Sequión se cogían unos langostinos excelentes y de gran tamaño, y junto al balneario de agua caliente se cogían unos excelentes berberechos y una amiga mía, hoy mi compañera, los cogía con los pies, tan fácil era.

Hace años que no voy por la Playa del Acequión, popularmente Sequión, donde se desarrollaba todo esto que cuento, hoy en el mismo lugar está un gran puerto deportivo, las casetas de la playa han sido sustituidas por grandes bloques de apartamentos, todos los viejos almacenes y las casetas de los pescadores han sido derribados, tan solo los calafates siguen recordando algo del pasado. Hoy se habla de un gran balneario para instalarlo en las salinas diseñado por un gran arquitecto japonés, que por cierto no son nuevos por aquí, ya que antes venían con grandes barcos a cargar nuestra sal. No, no quiero bajar a la Playa del Sequión; tengo allí demasiados recuerdos.

Claro que muchos dirán como Jorge Manrique “como a nuestro parecer cualquier tiempo ya pasado fue mejor”, quizás sí , yo reconozco la penuria de aquellos tiempos pero yo hablo de un tiempo en que Torrevieja era un pueblo y España un país en desarrollo. Hoy Torrevieja es una ciudad y España un país rico, pero lo que para mí está claro es que hemos ganado mucho pero también perdido mucho......... ¿no podríamos haber ganado sin perder?

 

 

PLAYA DEL

 

 

PLAYA DEL

 

 

CASETAS DE BAÑO PLAYA DEL

 

 

BALNEARIO

 
 
VELA LATINA PLAYA DEL