Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
En presencia de Safo Encarna Hernández Torregrosa
 

Todo sucedió ayer… o quizás esté sucediendo en este instante, mientras escribo estas líneas. Que importa el tiempo trascurrido, o el que está por venir. El asunto es que todo carecía de interés a mi alrededor, tan sólo ella poseía mi atención y mi ser. Frente a mí en la habitación se mostraba desafiante; y con ese toque de seducción que me llevó a querer descubrir qué guardaba en su interior. Tentadora a la vez que tímida se me ofrecía por entero. Yo, apenas un pobre inexperto, deseaba poseerla hasta satisfacer cada uno de mis deseos más íntimos. Me aproximé a su lado y la acaricié. Temeroso por creer que podía provocar su rechazo noté como temblaba mi mano. Pero ella se dejó acariciar. Dejó que me mostrara tal y como soy, y como un torpe aprendiz, fui dibujando un mundo de emociones en su epidermis. Fue…, fue como un torbellino de sensaciones las que surgieron de mi cerebro. La excitación recorría mi ser. Ella, deseosa de satisfacerme, percibió todo cuanto yo deseaba y sin saber como, brotó de mi interior imágenes mágicas. Ahora puedo decirlo, en ese instante sentí una felicidad tan compleja y a la vez tan sencilla, que temí estar equivocado en mis percepciones…

Es complicado intentar describir el proceso de la creación, y por ello me he obligado a exponer, a modo de introducción, lo que sería un relato creado por y para este artículo. Para ello, nada mejor que poner en las manos de quienes no conocen los entresijos de ese proceso, lo que significa estar al borde de algo tan excitante como es “crear”. Ya sé que explicar lo prodigioso de un trabajo que ha llevado al hombre a alcanzar grandes logros -uno de los cuales, precisamente, es el lenguaje escrito- se puede convertir en todo un reto, ya que es necesario mostrar los sentimientos más íntimos, tales como el amor o el dolor, sabiendo que en el fondo esto no llevará a ningún sitio. Pero lo cierto es que “creando” el escritor, el poeta, el músico o el pintor; se desnudan ante el mundo en un acto de sincera intimidad, consiguiendo, tal vez, atraer la atención de aquel que contempla su obra. Y en el mejor de los casos para la gente, cualquier muestra de creación, sólo serán simples signos, semejantes a jeroglíficos sin sentido. En cambio lo que no captaran es la aplastante realidad: el complejo mundo que envuelve la creación.

Sin duda en cada creación existe una vida plagada de emociones. Aunque existen personas que están falta de algo fundamental, una gran dosis de sensibilidad, o dicho de otra forma: están enfermas. Es necesario recordar que las historias que se encierran en cada creación, son también “vida”, una vida que existe en los millones de volúmenes, lienzos, partituras, o complejas creaciones científicas que están diseminadas por el mundo. No son obras sin más. Cuando su creador les da forma, les infunde esa esencia y siguen poseyendo ese espíritu cuando abrimos un libro, miramos un cuadro o escuchamos un poema, etc. Es decir…

…La locura que me llevó a embriagarme del dulce licor que ella me brindaba, me condujo por caminos inexplorados. Me llevó de la mano por la pasión y la esperanza de caminar eternamente con ella. Me introdujo en un suave sueño donde caí presa del desaliento, llegando a perder la noción del tiempo. Y sin saber cómo me vi metido en los hondos mundos de la apatía y la indiferencia. Había perdido el deseo de experimentar nuevas emociones. Ella dejó caer en mi copa unas gotas de un extraño elixir y mi visión de su realidad fue la de un mágico mundo. Ahora sé la razón por la que mis anteriores amores me parecieron zafios, ramplones, y carentes de esa fuerza que puede sentir a su lado. Junto a ella saboreé la fruta del paraíso, me mostró los paisajes más poéticos y llegué a rozar con mis dedos la gloria. Y fue en ese instante, cuando un pensamiento fugaz cruzó mi mente. ¿Quién es ella?...

Tal vez la pregunta sería ¿cómo llega hasta nosotros ese deseo de crear? Cuando a lo largo de los años se trabaja con uno de los bienes que nos viene dado al nacer “la imaginación”, que a mi parecer es la madre de la creación, me lleva a referirme a cierto juego que en ocasiones he podido experimentar. Con frecuencia he llegado a imaginar, mientras caminaba por la calle, que la gente a mi lado era presa de una agradable locura que los llevaba a hacer gestos o actos de forma incorrecta. Quizás esa visión, tan particular, no sea más que la consecuencia de una mente demasiado laboriosa. Sinceramente, no hay límites para la imaginación, como no lo hay para la creación. Es por ello que hoy podemos experimentar lo que Gustavo Adolfo Bécquer sentía por su amada; o escuchar las sinfonías de Mozart, sin otro sortilegio que poner un CD, y sin más obstáculos que lo que tardemos en hacerlo. Pero a nadie se le oculta que existe la incapacidad de muchos ante la compresión de los simples pensamientos creativos.

Lo lamentable está en las consecuencias. Una de ellas es que, particularmente, esas incapacidades me han llevado en cientos de ocasiones a dejar en simples líneas amputadas lo que naciendo como una obra de contenido espiritual queda relegado a simples líneas que emborronan una hoja en blanco, ya que la incomprensión de muchos es como el cuchillo puesto en manos del cirujano. Sé que no tengo derecho a actuar como cirujano ante una idea, aunque esta me pertenezca, sabiendo que dejará de ser mía para pertenecer al mundo una vez creada. Y sé que no es razonable dejar a ese mundo sin la posibilidad de la visión tan particular como original de un pensamiento repleto de sensibilidad, convirtiéndome de esta forma en asesina de mi propia opinión. Como también sé que semejante acto carece de importancia para los escépticos, ya que al no existir la forma física de esa idea, no existe tal muerte, es decir: el pensamiento o idea, no posee los elementos necesarios para poderla catalogarla dentro de ese mundo, para ellos real.

En ocasiones. Tan sólo en determinadas ocasiones, el desconsuelo me ha llevado a semejante crimen. A pesar de comprender amargamente que nos movemos en una sociedad, capaz de censurar cuanto tiene que ver con fomentar la creación más allá de ciertos parámetros. Pero ante ese pensamiento, surge otro que me lleva de la mano al deseo confesable de la creatividad. Y ese, insiste en el objetivo de transmitir cuantas ideas surgen en mi cerebro, con la sola aspiración de fomentar una comunicación directa entre generaciones. Algo escaso en esta sociedad volcada primordialmente al egoísmo de algunos que intenta introducir sus desequilibrios entre la gente. Sé que todo esto puede parecer un desvarío, pero es algo que sirve de ejercicio para una mente ágil deseosa de ofrecer cientos de historias con las que llegar a mostrar una visión diferente de la realidad, limpiando el alma del peso de lo cotidiano. En cambio al mostrar esta visión ante la vida, frente a aquellos que se tienen por racionales, se corre el riesgo de quedar relegado al limbo de los olvidados. Mientras el mundo en su girar constante sigue caminando con su segura velocidad hacia… quién sabe dónde. Tanto es así que mi voz cada vez más silenciosa se llega a confundir con el sonido del aire, calando en aquellos que desean escuchar nuevas emociones.

Fue ella precisamente quien me llevo a experimentar tal cantidad de sensaciones, infundiéndome la fuerza necesaria para escribir estas cuartillas. Y todo sucedió en aquella última noche que pasé a su lado. La sentía. Formaba parte de mí. Podía percibir sus caricias, su aliento; era cuanto había deseado. Las formas, envueltas en sutiles emociones dejaban paso a un sinfín de sentimientos a los que acompañaba la autentica visión de la creación. Sabía que estaba en vísperas de algo enérgico y maduro que en mi interior crecía sin poderlo evitar, y ese algo pugnaba por salir. Y cuando los primeros rayos de sol alumbraron tenuemente la habitación, sólo ella estaba frente a mí. Algo había cambiado. Mi sueño de tantos años se había convertido en una realidad. Yo la había creado. Era parte de mí. Pero en cambio, era yo quien estaba reflejado en aquellas cuartillas donde las palabras se fundieron para dar forma a una prodigiosa sinfonía.

Frente a lo que podría haber sido una interesante historia -he de confesar que no escribo relatos o cuentos por imposición, en realidad, son pocas las cosas que hago por obligación así de caprichosa soy- cuando soy yo el único juez al que dar cuentas, escribo aquello que me gusta. Como ya he dicho, así es el mundo de la creación, y como tal, este nos lleva a tener cientos de historias y de creaciones que tienen como fin el oscuro fondo de un viejo cajón. Pero este artículo o relato, en cambio, es un grito ante la incomprensión de aquellos que poseen su intelecto enterrado bajo los compromisos más banales. No obstante tengo la convicción de que este documento es un simple pensamiento, ya que a lo largo del tiempo he visto como personas sin más capacidad intelectual que la fría decisión comercial, alcanzan el poder de decidir, sin ningún tipo de pudor, sobre conceptos tan complejos como es la razón, el entendimiento, la verdad, el orden... y lo esencial para el hombre; su espíritu. Lo asombroso es que puedan hablar de tales conceptos utilizando dichas palabras de una forma primaria, mientras son capaces de enarbolar la bandera de la inteligencia ¿Esto significa que su capacidad “intelectual” es lo bastante sólida como para hacerlos merecedores de ese honor? Creo que no es necesario responder a ello. Admito estar poniendo en duda la capacidad intelectual de esas personas, ya que parecen ignorar que sus actos y sus palabras no son suyas, como no son míos los relatos, como dejan de ser suyas las ideas que fluyen del interior de aquel que es un artista cuando estas alcanzan al prójimo. Es necesario advertir a quienes tienen la capacidad de juzgar y decidir, que es necesario sentir, sentir antes que pensar, ya que al pensar y exponer sus pensamientos, disponen de esa comunicación que lo esclavizará al prójimo, quien a su vez lo juzgará. La creación está sujeta a una curiosa ley: Necesita de la voz, la escritura o la imagen y nada de esto nos pertenece una vez que llega al mundo. Ante semejante convencimiento sólo vale una exclamación: ¡Triste mundo es el del creador!

Resulta relativamente sencillo describir a quienes poseen esa visión pequeña y mercantilista del mundo espiritual, ya que pueden tienen el poder de eliminar a quienes se encuentran al otro lado de ese mundo que han creado. Pero aquellos que sienten deseos de búsqueda, investigación, que analizan y discuten, poseen los necesarios mecanismos mentales para dar forma a un sutil tipo de inteligencia que al parecer es tan compleja como escasa. A decir verdad es sumamente difícil definir un pensamiento creador. Por lo que el creador, como el leproso, necesita quedarse relegado en ese espacio donde sus ideas toman la forma del escrito, la partitura, el dibujo o la pintura; y de esta manera confundirse con el propio pensamiento. La comunicación en este caso toma la forma de la idea más perfecta, aquella que sin ser materia, se enreda con las vibraciones del aire, se pierde entre los renglones y la tinta, entre la síntesis y el simbolismo, llegando a ser fugitivo de su propia creación hasta alejarse de este mundo y se convierte en ese algo que nunca llegó a imaginar...

…y al fin, junto a mí, vi que había cientos de cuartillas. No había nadie. Sólo los volúmenes que me acompañaban en aquella habitación. Entre mis manos mi vieja pluma. Estaba rodeado por los objetos familiares: un cómodo sillón, una taza de café vacía y las cuartillas. Ella, mi quimera, me acompañó durante aquella larga noche. Aun sentía como su fuerza en mi interior. Había tenido la oportunidad de describir entre los reglones de las páginas ese paisaje repleto de vida, donde los amantes agradecidos se mostraron tan reales como el verde de las hojas del árbol, que frente a la ventana se movía insistentemente. Como ya dije, no recuerdo cuantas horas habían pasado, tan sólo sé que juntos habíamos vivido un instante de total comunión con los sentidos. La entrega íntima había anidado entre los dos, hasta llegar a la culminación de la obra. Una vez acabada la cogí entre mis manos. Lo apreté contra mi pecho. Aquí esta. Es sencillo, pero al fin se trataba de un pensamiento, de la pequeña esencia de la creación.