Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 17 - Invierno 2010
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
¡Vamos a por ellos! - VI Miguel Navarro Mira

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IV

-¡¡Ahí, ahí está, por las tres, por las tres. Lo he visto por las tres, ahí está!!
Cada cual dejó la taza donde pudo, pero el café se lo llevaron puesto en los uniformes. Tal fue la precipitación con que se lan­zaron al alerón de estribor.
De momento, no conseguían ver al náufrago. Al salir al exte­rior los prismáticos se empaña­ban y, a simple vista, aun cen­trándose en el haz luminoso del proyector, no alcanzaban a divi­sarlo, pero el serviola insistía.
-Sí, mi comandante; está ahí. El proyector lo tiene enfocado y a popa también lo han visto.
Efectivamente, los ob­servadores situados a popa también estaban gritando:
-¡Ahora!¡ahora!,- señalando los momentos en que la cresta de la ola hacía visible al náufrago.
-Sí, comandante; también lo veo. No hay duda – informó el segundo.
­clamó el comandante, como si quisiera liberar la tensión que el accidente le había ocasionado. Dirigiéndose a los sirvientes de máquinas y al timonel, ordenó:
-Maquinas avante despacio.
-A estribor cinco grados de caña.
-Segundo: toma el mando de la maniobra de recuperación del cabo Lirola; a ver si el marinero para auxiliarlo está listo
-A tus órdenes, comandante. ¿Se va a arriar el bote?
-No. Ponte al habla con el contramaestre que ya tiene instrucciones mías.
-Gonzalo: que el “radio” quite la música y conecte el micro del puente.
Las órdenes del comandante fluían sin vacilación.
Hay muchas situaciones que los oficiales estudian y ejecutan en ejercicios, maniobras y supuestos tácticos, pero aquélla era la primera vez que el comandante se encontraba ante la recuperación no de un muñeco, con luz del día, visibilidad y buena mar, sino de un hombre, con total oscuridad y en difíciles condiciones de mar y viento. Y él, el comandante, conocía – naturalmente – la maniobra de recuperación de “Hombre al agua”, pero lo de orde­nar la iluminación de cubierta y poner música a todo volumen, era de propia iniciativa, que ya veríamos cómo era juzgada por sus superiores. Y es que, a veces, una acción no prevista y reglamen­tada, es o no acertada según el criterio de quién la valora.
 Cuando dejó de sonar la música, el comandante tomó el micró­fono del puente y tras cerciorarse con dos pequeños golpecitos de que estaba conectado, se dirigió al náufrago:
-Cabo Lirola; te habla el comandante. Quédate donde estás que nosotros nos acercaremos a recogerte, y tranquilízate, que el mal rato ya ha pasado y ahora te esperan unos días de permiso.
Como la dotación permanecía despierta, al escucharse los pri­meros gritos de los serviolas anunciando la localización del náu­frago, había salido a cubierta y seguía con impaciencia la manio­bra de aproximación, y con expectación, las primeras palabras del  al cabo Lirola, una salva de aplausos se elevó desde cubierta.
­vo movimiento de cabeza, mientras trataba de disimular la sonri­sa que, involuntariamente, había iluminado su rostro.
Sí. Estaba orgulloso de su dotación. Su padre le había ense­ñado que los hombres siempre responden al trato que reciben de sus mandos, y él estaba comprobando cuánto había de verdad en aquellas enseñanzas. Y empezaba a gustarle la idea de que, algún día, en la Armada, se comentaran “sus cosas”, como se habían comentado y aún se hacía con las de su padre.



Poco a poco el patrullero fue aproximándose al náufrago. Se trataba de dejarlo a sotavento para protegerlo en lo posible de viento y mar facilitando con ello su rescate.
En cumplimiento de lo ordenado por el comandante, el con­tramaestre ya tenía dispuesto al marinero que se encargaría de la recuperación del accidentado.

Además del chaleco salvavidas se le dotó de un arnés al que se amarraría un cabo por si era preciso que se lanzara al mar, pero esto último no se efectuaría si no era realmente necesario. Como el cabo Lirola estaba provisto también de chaleco salvavidas, cuando el barco, tras maniobrar, quedara a corta distancia, se pediría al náufrago que nadara hacia él, donde en la escala, Jorge, el marinero voluntario, lo recibiría y ayudaría a subir a bordo.
Todo estaba a punto cuando el buque, casi parado, llegó a la altura del náufrago. El timonel, siguiendo las órdenes del comandante había ido rectificando la caña para conseguir la mayor proximidad al accidentado.
Desde el puente, por megafonía, se indicó al cabo Lirola que nadara en demanda de la escala.
Éste, que en apariencia se había mantenido tranquilo siguiendo las instrucciones del comandante, no reaccionó. Seguía dejándose mecer por las olas, gracias al chaleco salvavidas, pero no parecía oír las indicaciones de iniciar el acercamiento.
-Cabo Lirola; acércate nadando que en la escala te ayudarán a subir a bordo - le decía el comandante por megafonía.
-Cabo Lirola; ¿me oyes? Si me oyes haz una señal con el brazo – insistía el comandante.-
Pero, dado que la distancia que los separaba no permitía dudar que los mensajes fueran audibles, la falta de señal de respuesta fue interpretada como que algo anormal le sucedía a Lirola. Asomándose a cubierta desde el alerón, dijo al segundo:
-Algo le ocurre a ese chico.
¿Está listo el marinero para la recuperación?
-Listo, comandante – contestó el segundo.
Y como si el “listo”hubiera sido un “ya”, el marinero Jorge, con inusitada rapidez, se despojó del chaleco salvavidas y se lanzó al agua sin esperar la preceptiva orden de hacerlo, y sin que al arnés se hubiera amarrado el cabo que lo mantendría unido al barco durante la recuperación del accidentado.
-Pero,¿qué hace ese loco?- comentó el segundo entre sorprendido y contrariado.
-Ese loco no, ese irresponsable, mi segundo, que ni siquiera lleva el cabo amarrado al arnés – masculló el contramaestre rojo de ira.
-Cómo que no lleva amarrado el cabo. Entonces...
-Pues que no tenemos un náufrago, sino dos.
Pero no parecía que Jorge se sintiera náufrago ya que, con decisión y buen estilo, pese al estado de la mar, nadaba hacia el cabo Lirola que seguía inerte.
Entre tanto, a señas del contramaestre al cabo Soto, que permanecía atento en las proximidades, nombró otro marinero para que ocupara el puesto de Jorge.
Momentos después Jorge alcanzaba al cabo Lirola que no hizo gesto alguno al verlo, lo que desde el barco se interpretó como que, en el mejor de los casos, estaba inconsciente. Tomándolo por la barbilla y nadando de espaldas, Jorge inició el regreso a bordo.
Aunque el socaire ofrecido por el barco iba a facilitar la aproximación de los dos hombres, aquél, al haber parado máquinas y estar sin gobierno, se encontraba atravesado a la mar dando grandes bandazos, lo que sería un inconveniente en el preciso momento de subir a bordo los náufragos. Y más cuando uno de ellos se encontraba inconsciente y, por tanto, incapacitado para hacerlo por sí mismo.
Pero, esa era la teoría. Cuando ambos estuvieron próximos a la escala de gato, el contramaestre pregunto a Jorge si el cabo Lirola respiraba.
-Sí, don Fernando, está vivo, pero desvanecido – contestó Jorge, al que se notaba muy fatigado por el esfuerzo.
Entonces, el segundo, ordenó que no uno, sino dos marineros, se salieran por fuera de la borda, asidos a ella, junto a la escala de gato, para ayudar a izar al cabo. Pero el contramaestre no consideró oportuno hacerlo con Lirola en esas condiciones y, respetuosamente, dijo al segundo:
-Mi segundo, izar a un hombre como un fardo con esta mar es muy peligroso. Si al acercarlo inconsciente a la escala lo caza uno de los bandazos, le puede machacar la cabeza o destrozarle el rostro o el pecho el caracolillo del casco.

Déjeme intentar otra cosa antes.
Y sin esperar respuesta le gritó a Jorge:
-Jorge, dale unos cuantos bofetones a Lirola, que luego te los daré yo a ti.
-Cómo dice, don Fernando – preguntó incrédulo el marinero.
-Que le des unas cuantas leches hasta que despierte, cojones ¿es qué estás sordo?
El segundo, molesto por la “lección”del contramaestre, miró hacia el puente, quizá buscando el apoyo del comandante, pero éste, que desde el alerón había presenciado lo ocurrido, discretamente dio un paso atrás, quitándose de la vista del segundo e inhibiéndose con ello de la discrepancia entre éste y el contramaestre.
Y es que su padre también le había enseñado que aquello de:
“El que manda más, sabe más y siempre tiene razón” era, cuanto menos, discutible. Y que en el Cuerpo de Suboficiales

Especialistas, que mandaba menos, había muchos que sabían más – de su especialidad, claro está - y algunas veces, tienen razón.
Cuando Jorge lo abofeteó por tercera vez, el cabo Lirola reaccionó. Alzando ambos brazos y con exclamaciones de ¡qué pasa!¡qué pasa!, empezó a chapotear como si temiera hundirse, sin percatarse de que llevaba puesto el chaleco salvavidas.
Jorge, frente a él, trató de tranquilizarlo haciéndole ver que estaba allí para ayudarle.
Al ver el contramaestre que Lirola había recobrado el conocimiento, le preguntó si se encontraba con fuerzas para trepar por la escala de gato.
Realmente no requería gran esfuerzo ya que las dimensiones del patrullero hacían que la borda no fuera alta, y lo que para un hombre de refresco sería fácil, para Lirola, después de casi una hora en el mar y aquel desmayo, podía resultar fatigoso.
-No sé, don Fernando; estoy muy cansado- contestó Lirola, manteniéndose a prudencial distancia del bamboleante casco del barco.
-Bien, chaval, te lo voy a poner fácil. Voy a lanzar un cabo para que te lo pases por debajo de las axilas. Jorge te ayudará.
Después, sólo necesito que te acerques con mucha precaución a la escala y te agarres a ella. Si no te encuentras con fuerzas, nosotros iremos halando del cabo para ayudarte a subir. ¿Entendido?
-Sí, don Fernando, entendido.
Y así se hizo. Poco después ambos hombres estaban sobre cubierta sanos y salvos, siendo recibidos por sus compañeros con ¡vivas! y aplausos.
-Muy bien, chicos, ahora una ducha caliente y ponerse ropa seca – les dijo el contramaestre.
-Después, que suban a ver al comandante – añadió el segundo, iniciando la subida.
Fue el momento que aprovechó el contramaestre para coger violentamente por un brazo a Jorge y llevarlo aparte.
-Qué pasa, don Fernando; qué he hecho – protestó tímidamente Jorge.
-Que qué has hecho, estúpido irresponsable. Primero; lanzarte al agua sin permiso. Segundo; hacerlo sin el chaleco y sin estar amarrado. Y tercero; ponerme a mí en evidencia. Te parece poco.
-Pero el segundo dijo “listo”, y yo creí que...
-El segundo dijo “listo, comandante”, - le cortó el contramaestre.
Y añadió. – Luego, te quitas el chaleco, y en cuanto al arnés, por qué te lanzaste sin estar amarrado.
-El chaleco no lo necesito y me estorba para nadar. Y lo de amarrarme, no me di cuenta, don Fernando, se lo aseguro – gimoteó el marinero.
-Mientes, Jorge; estás mintiendo y tu mentira me perjudica. Tú sabías que antes de lanzarte al mar yo debía amarrarte, y no me diste ocasión. O me dices la verdad o te juro que lo que te resta de mili las vas a pasar canutas. Tú decides.
-Yo no quería perjudicarlo, don Fernando, lo que pasa es que...
–vaciló Jorge.
-Qué, habla – apremió el contramaestre.
-Tengo mucho frió, don Fernando. Deje que me cambie de ropa – suplico el marinero, que tiritaba de forma ostensible.
Estuvo a punto de ceder a la súplica, pero su instinto le dijo que si lo dejaba recapacitar, no le diría lo que había estado a punto de confesarle.
-De aquí no te mueves hasta que digas por qué me has hecho esa putada – le gritó el contramaestre, mientras con sus manazas lo prendía de la marinera y lo alzaba un palmo del suelo.
Jorge se asustó. Don Fernando era buena persona, pero él había oído contar que, en alguna ocasión, se le había ido la mano, y en aquel momento, al verlo tan irritado, temió que estuviera próximo a perder los estribos. Su instinto de conservación debió sugerirle que un bofetón de la mano de don Fernando, podía ser lo más parecido a una coz.
-Suélteme, don Fernando, suélteme, por favor. Yo no sabía que podía perjudicarlo por no amarrarme – balbuceaba el

marinero mientras trataba de alcanzar la cubierta con sus pies.
-Entonces – recapacitó el contramaestre – no ha sido un descuido ni un impulso alocado.
Lo hiciste con premeditación, ¿no?
-Sí, señor- admitió con la cabeza baja y un susurro el atemorizado marinero.
En ese momento hizo acto de presencia el cabo Soto, que venía buscando a Jorge al que había perdido la pista al salir del agua.
-Ah, está con usted – dijo, dirigiéndose al contramaestre.
-Sí, qué quieres, Soto.
-A Jorge. Tiene que cambiarse para subir a ver al comandante.
-Dejaré que se marche este irresponsable en cuanto me diga por qué se tiró al agua sin chaleco y sin amarrarse el arnés.
Acaba de confesar que lo hizo con premeditación. Tú imaginas los motivos de tal estupidez – preguntó, con un tono de intriga.
-Yo, no los imagino, don Fernando; los sé.
Aquello era demasiado. El cabo Soto le había demostrado en más de una ocasión que conocía bien a sus hombres. Se había preguntado muchas veces cómo conseguía aquella compenetración y entendimiento con ellos, pero que ahora dijera saber los motivos de la estupidez de Jorge le pareción una afirmación un tanto pretenciosa. Es por esto que, con tono un tanto burlón, dijo:
-Ah, sí. Y qué motivos son esos.
Soto volvió la vista hacia el marinero Jorge y lo miró fijamente. Éste, sostuvo la mirada y, tras hacer un leve gesto afirmativo, bajó la cabeza.
-Los motivos son que – hizo una pausa – Jorge quería ir de héroe.
-¡Cómo qué ir de héroe! ¡Qué significa eso de ir de héroe!- exclamó el contramaestre escandalizado. – Es cierto eso, chaval .
-Es cierto, don Fernando.
-Pero, qué estupidez es ésa. ¡Ir de héroe! Te voy a dar una patada en los mismísimos que se te van a quitar las ganas de volver a...
No terminó de concretar la amenaza. Fue el momento que aprovechó el cabo Soto para decirle a Jorge:
-Tú, a la ducha y cámbiate de ropa rápidamente que quiere verte el señor comandante. Cuando estés listo te presentas a don Fernando. Vamos, que es para hoy.
Con un sí, señor, dicho a la carrera, el marinero Jorge se alejó como alma que lleva el diablo. Y es que cuando don Fernando se ponía violento... Y ahora le tocaba al cabo:
-Soto; yo no he dado permiso para que Jorge se marche a la ducha.
-Perdone don Fernando, pero como el chico ya le dijo los motivos, creí que se podía marchar. Además, lo tenía usted acojonadito al pobre chaval.
-Los motivos no me los dijo el chaval, sino tú, y ahora me vas a explicar que es eso de ir de héroe y cómo sabes esas cosas de tus hombres.
-Pues ir de héroe es eso, ir de héroe. Y no me pregunte más porque no tengo otra explicación. Es, ir de héroe, don Fernando; está clarísimo. Y ahora, con su permiso.
Una vez más, Soto volvía a sorprenderlo. Y en esta ocasión, tenía la impresión de que hasta se había pasado un poco con eso de“está clarísimo”.
-Tendré que vigilarlo más de cerca – se dijo, mientras descendía la escala hacia su camareta.
(Continuará)

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