Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 11 - Verano 2008
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
¡Vamos a por ellos! - II Miguel Navarro Mira

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Incluso durante la noche, el sollado de marinería no es un lugar silencioso. En los relevos de guardia suelen manipularse las taquillas para extraer prendas de abrigo, un paquete de tabaco o un bocadillo. Murmullos, ruido de puertas de acceso a los beques, zumbido de los motores de ventilación, ronquidos…, y los embates de la mar contra el casco que producen crujidos no se sabe dónde.
La marinería, no obstante, suele dormir sin percibir ninguna de estas perturbaciones. Quizá por eso no prestó atención a un fuerte golpe y un leve gemido que, sobre las veintiuna horas, alertó al cuartelero de guardia. Cuando éste se acercó a investigar las causas de aquel ruido, pese a la semioscuridad del sollado, pudo percibir las últimas convulsiones del machacado y sanguinolento cuerpo de Luzy, la perrita, mascota de la marinería, a la que una pesada mesa, al desprenderse de su estiba, sorprendió acurrucada a la cabecera de un marinero, Vicente, que dormía en el suelo y que, afortunadamente, resultó ileso.

Aquel accidente fue una tragedia para toda la dotación, que tenía gran cariño a Luzy, pero afectó de forma especial a Vicente, para quien representaba algo muy especial.
Siendo un cachorrito, su padre la regaló a Vicente, quien la había criado a biberón, bañado y sacado de paseo. Un día, Luzy lo sorprendió haciendo algo que nadie le había enseñado. Al llegar Vicente del trabajo, lo primero que hacía era cambiarse de calzado y ponerse unas cómodas zapatillas que permanecían bajo su cama.
Aquel día, para sorpresa de toda la familia, apenas entró Vicente, la perrita, que seguía siendo un cachorro, se presentó arrastrando, con gran dificultad, primero una y después otra, las dos zapatillas de Vicente. Desde entonces, Luzy siguió cumpliendo esta misión, por propia iniciativa, sin recibir otra recompensa que las caricias que Vicente le prodigaba y que ella agradecía con gran regocijo de orejas y cola.
El problema surgió cuando Vicente se incorporó al servicio militar. Luzy comenzó a inquietarse; se tornó arisca con el resto de la familia, para recluirse, luego, bajo la cama de Vicente, y posteriormente negarse a comer. Cuando Vicente terminó el periodo de instrucción y fue destinado al patrullero, antes de embarcar obtuvo unos días de permiso, y eso salvó a la perrita de un final prematuro.

Contaba Vicente que, al llegar a su casa, Luzy estaba tan debilitada por el ayuno que, pese a ser ya adulta, no tenía fuerzas para arrastrar las zapatillas y, no obstante, lo intentaba, con aullidos lastimeros que conmovieron de tal forma a Vicente y sus padres que, todos, terminaron con los ojos humedecidos.
Los días de permiso de Vicente sirvieron para que la perrita recuperara, con las caricias y atenciones de éste, el apetito y el estado de forma. Cuando se incorporó a su destino en el patrullero, Luzy le acompañaba y, aunque en principio causó sorpresa la decisión de Vicente de no separarse de su perrita, ni suboficiales ni oficiales quisieron responsabilizarse de una decisión que obligara a dejar a Luzy en tierra, a su suerte. Al fin y al cabo, no era la primera ni sería la última mascota que habita en los barcos de guerra.
Luzy fue adoptada por la dotación y durante su embarque se ganó el cariño de todos; cariño que ella, con sus lametones y zalamerías, devolvió con creces a cada uno de ellos. Fue un miembro más; la dama mimada de a bordo, que siempre cumplió con lo que de ella se esperaba y que, para más gloria, murió en acto de servicio.

—Segundo, estamos perdiendo revoluciones. Pregunta a máquinas qué ocurre.
—Ha sido al doblar la Nao, comandante. Ahora pregunto al jefe.
Tras consultar por el teléfono de máquinas, el segundo comandante informó:
—Dice el jefe que es de calderas; que sube al puente.
Minutos después, el jefe de máquinas hacía acto de presencia en el cuarto de derrota y, con la discreción que el caso requería, informaba:
—Comandante: está embarcando gran cantidad de agua por los manguerotes de ventilación. El carbón está mojándose y los fogoneros, debido a los bandazos y lo resbaladizo del suelo, están trabajando en condiciones muy peligrosas. Las caídas y resbalones son frecuentes, y temo que alguno pueda lesionarse. En cuanto al combustible, si se siguen alimentando las calderas con carbón mojado, será difícil mantener la presión.
—Bien, jefe, trataré de corregir esta situación ahora mismo. Tenme informado de cualquier incidencia.
Mientras el jefe de máquinas se retiraba con un «a tus órdenes, comandante», éste, acodándose sobre la mesa del cuarto de derrota y con la vista perdida en la carta de navegación, musitaba entre dientes:
—¿Has oído eso, segundo? ¡Entrar agua por los manguerotes de ventilación! ¡Qué disparate!
—No es la primera vez. Sucede, a veces, cuando navegamos con la mar de través, y ahora lo estamos haciendo. Antes de que tomaras el mando, con el anterior comandante ya nos ocurrió. Salimos a buscar un pailebote que tenía dificultades a causa del temporal y, a poco, los que estábamos con problemas éramos nosotros, precisamente a causa de la entrada de agua por los manguerotes de ventilación. Cayó la presión y nos quedamos casi a la deriva. Al anochecer tuvimos que entrar de arribada en el primer puerto que encontramos.
—Pues, en la entrega de mando, nadie me comentó este problema.
—Quizá el comandante consideró que no se trata de un problema del barco, sino de mar. Con esta mar deberíamos estar amarrados en puerto, pero a ver quién es el comandante que le dice al Estado Mayor que no considera prudente salir a cumplir una misión a causa del mal tiempo...
—Puede que tengas razón, pero creo que alguien debió advertirme. Esos manguerotes están situados a tal altura que cuesta creer que la mar pueda alcanzarlos. En fin, vamos a poner remedio a la situación. Dejaremos el rumbo tres dos tres hasta que la mar nos lo permita. Ahora..., veamos...
Tras consultar la dirección de mar y viento, decidió:
—Capearemos al cero cuatro seis. Marca el nuevo rumbo, segundo.
—Máquina: reducir a cinco nudos.
Momentos después, el patrullero maniobraba y se alejaba de su rumbo de regreso a la base, en espera de condiciones meteorológicas más favorables.
Pero la tranquilidad duró poco. Cuando parecía que la noche transcurriría con rutinaria monotonía, un TIRIRI TARARA TIRIRI, TIRIRI TARARA TIRIRI, TIRIRI TARARA TIRIRI, en el altavoz de la frecuencia de escucha de los 500 kcs., vino a poner un punto de intranquilidad en quienes, en el acto, entendieron el significado de aquella señal. Inmediatamente, el comandante y el segundo comandante hicieron acto de presencia en la cabina de radio, situada a estribor del puente. Ninguno de los dos estaba cualificado para recibir señales telegráficas del alfabeto Morse, pero la de socorro, S O S, es tan conocida y pegadiza que, aun sin conocerlo, es fácilmente identificable, y ésa era la señal que acababan de oír con nítida claridad y fuerza tal que se diría que el buque que la emitía debía encontrarse muy próximo.
El radiotelegrafista, absorto en la recepción del mensaje, no prestó atención a la presencia de los oficiales. Una vez recibido, tras las anotaciones reglamentarias en el libro de registro, entregó el mensaje al segundo comandante.
De un vistazo, éste se hizo cargo de la situación y, al pasarle la comunicación al comandante, le informó:
—Los tenemos por la proa, comandante, a no más de siete horas.
El comandante, tras confirmar en el cuarto de derrota sobre la carta náutica la posición propia y la del buque que solicitaba auxilio, asintió:
—Es cierto; son poco más de las veintidós. A las cinco de la mañana podríamos estar a su altura. ¡Vamos a por ellos! Informa a la base de nuestra posición e intenciones, y al Angélica que nos dirigimos en su auxilio, hora estimada de llegada (ya sabes), y que concrete sus necesidades.
Pero antes de que el operador recibiera del segundo comandante los mensajes para transmitirlos, el Angélica emitía al éter una última comunicación anunciando avería en máquinas, que lo dejaba sin gobierno y ocasionaba corrimiento de carga con escora que obligaba al abandono de la nave.
Cuando en el puente recibieron la comunicación, el comandante hizo un gesto de contrariedad y comentó:
—Mala cosa. Con este viento, la deriva del Angélica puede complicarnos bastante su localización. ¡Lo que daría por tener montado uno de esos rádares!
—Bueno, comandante, nos arreglaremos, como siempre, con los serviolas, ¿verdad, muchachos? Abrid bien los ojos, y, al primero que localice al Angélica, le doy quince días de permiso.

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