Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 72 - Otoño 2023
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Murphy María José González Vicedo


(Una historia real como la vida misma)

Cuando aquel domingo, uno del verano de hace nueve años, me puse mis zapatillas de caminar, no podía imaginar que alguien muy importante iba a entrar en mi vida de forma tan tenaz.

Junto con Ricardo, mi marido, y unos amigos con los que nos juntábamos los domingos para hacer unos cuantos kilómetros, emprendimos la marcha por el camino del canal del Trasvase (del Tajo-Segura), partiendo de La Solana en dirección al pueblo del Pilar de la Horadada. El día había amanecido con esa luz tan brillante y mediterránea que hace presagiar, a pesar del frescor de las horas tempranas de la mañana, una jornada calurosa. Pero eso no nos iba a impedir hacer lo que habíamos proyectado, pues íbamos preparados para conseguirlo: gorras y agua.

Además, al final del recorrido nos esperaba una recompensa: cuando llegásemos a casa de Álvaro, uno de los compañeros de caminata, nos iba a hacer una paella; tengo que decir que le sale muy buena.

Pero no quiero adelantar acontecimientos, porque lo más importante de la marcha de aquel domingo aún no se había producido.

Recién iniciado nuestro camino, todavía en La Solana, y al final de una cuesta donde estaban unos albañiles trabajando, vimos un perro acompañándolos (eso creímos nosotros); sin embargo, el animal echó a andar a nuestro lado. Todos le hacíamos que se volviera hasta que aquellos trabajadores nos dijeron que el perro no era suyo, que había aparecido por allí y no sabían de dónde procedía, que pensaban que se había escapado de alguna casa porque llevaba un cordel verde atado al cuello y cortado como si el propio animal lo hubiese mordido.

Seguimos pues nuestro camino, pero ya fuimos uno más, porque el perro nos acompañaba a nuestro paso a pesar de sus patitas excesivamente cortas para su cuerpo alargado y de una cabeza grande y fuerte con unas orejas largas y redondeadas al final. Sus patitas parecían multiplicarse rápidamente para ir a nuestro lado; su boca, ligeramente entreabierta y jadeante, dejaba salir una lengua larga. «En cualquier momento se volverá, encontrará su casa»... Fuimos entre las casas de la urbanización a ver si el perro se orientaba, pero él seguía adelante, se paraba cuando nos parábamos... Decididamente, no era su intención volver al sitio de donde se había escapado.

Cuando por fin tomamos el camino del canal, el animalito se acercaba a la orilla jadeando, haciendo intención de poner sus patitas delanteras en la pared inclinada y bajar hacia el agua. El calor empezaba a notarse. Lo intentaba y se volvía. Creo que su instinto le avisaba de que si llegaba hasta el agua nunca más podría volver a subir y ése sería su final... Pero la sed superaba a su instinto. Noté su desesperación y pensé que estaba dispuesto a lanzarse para beber. Buscamos un recipiente de los que la gente tira por cualquier sitio, estábamos cerca de un campo de golf, era una zona de paso y seguro que algo habría... «Esto valdrá». Álvaro venía con una bolsa de plástico que, una vez rota, sirvió de recipiente para echar agua de una cantimplora. El perro olvidó el canal y se lanzó a beber con ansia. Cuando terminó, se nos quedó mirando como diciéndonos: «Gracias por salvarme la vida, pero... ¿podemos seguir?». Echaba a andar hacia delante y cuando pensábamos que lo único que quería era agua y que se iba a buscar a sus amos, se paró y volvió la cabeza para mirarnos: «¿Qué hacéis ahí parados? ¿Es que no pensáis seguir?», parecía decirnos moviendo rápidamente su rabo.  Así que continuamos nuestro camino, por supuesto, con el perro abriendo la marcha, pero sin perdernos de vista. Decididamente nos había adoptado, pero aún no sabíamos hasta qué punto.

Terminamos nuestro recorrido donde ya he dicho: en casa de Álvaro.

Mientras preparábamos la mesa, los aperitivos, la paella, el perro andaba entre nosotros como si hubiera estado allí toda su vida. Para que no estorbara o nos hiciera caer, lo atamos con otro cordel a un árbol, le pusimos agua y un poco de comida, que devoró en un segundo.

Durante los preparativos, todos íbamos exponiendo nuestra teoría sobre la procedencia del perro: que si podía ser que lo hubieran abandonado; que a lo mejor era de alguna familia extranjera que había acabado sus vacaciones y se iba ese día en avión, el perro se les había escapado, no lo habían encontrado y, claro, el avión no espera; que si parecía estar acostumbrado a los niños, porque hacía buenas migas con el hijo pequeño de Álvaro... ¡Qué disgusto tendría el niño o los niños!... En ese momento, el motivo de nuestras elucubraciones apareció al lado de la cocina donde se hacía el arroz. ¡Había vuelto a hacerlo! Había cortado la cuerda con la que lo atamos, mordiéndola. Decididamente, una cosa era evidente: era un perro al que le gustaba ser libre.

Comió su ración de paella como todos, sin apartarse del grupo.

Cuando llegó la tarde y se hizo hora de irse, a todos nos había hecho gracia el animal, pero al pequeño de Álvaro y a mí nos había conquistado, aunque yo aún no sabía cuánto. Ese perro tenía una mirada profunda, intensa, y tenía expresión en su rostro, una expresión entre simpática y golfa, inocente pero a la vez culpable. Sus ojos parecían hablar: «¿He sido yo? No me lo puedo creer».

Aún hicimos un descubrimiento más que nos sugirió una nueva teoría, esta vez no tan agradable. Cuando estábamos barriendo para dejar todo en perfecto estado, el perro ladraba con desesperación al cepillo, y si lo acercabas a él se retiraba, pero sin dejar de ladrarle y a la defensiva. Estaba claro, había sufrido malos tratos en algún momento, o al menos le habían dado algún que otro escobazo si se había metido en jardines ajenos durante su abandono.

Llegó la hora de irse y el dilema: ¿qué hacemos con el perro? No lo conocemos, puede ser de alguien. Si lo han maltratado, no sabemos cómo puede reaccionar; y si, a pesar de todo, sus dueños lo buscan y son buena gente... Decidimos sacarlo de la casa con nosotros y dejarlo fuera para que buscara su camino.

Una vez más, el perro demostró que tenía ideas propias y que había tomado su decisión: no estaba dispuesto a que nos marcháramos sin él. Éramos su familia. Bueno, como diría César Millán, El encantador de perros, éramos su manada, y no éramos pocos, porque a ella se añadieron mis dos hijos, Almudena y Ricardo José, a los que también cautivó; Nieves, la mujer de Álvaro, que, con las ideas muy claras también, decía que de ninguna manera se llevaba el perro a su casa a pesar de los ruegos del pequeño Álvaro y de la «pequeña complicidad» de su padre, que estoy segura de que se lo hubiera llevado; y Lourdes, la hija mayor de Álvaro. Yo tampoco «podía» hacerlo porque mi marido no era partidario de ello y el «sentido común», al que no siempre hago caso porque a veces es demasiado previsible y aburrido, me decía que no podía ser. Tenía una perrita, «Luna», que ya no está con nosotros porque era muy viejecita, estaba ciega, y el año pasado se ahogó en verano cuando se nos cayó a la piscina y no estábamos en casa; en un descuido nos dejamos la puerta de acceso abierta al irnos y... Pero ésta es otra historia; a lo mejor, algún día... Teníamos a Hugo, un gato mitad montés mitad siamés que se peleaba con todos los gatos de los alrededores y más allá, luego volvía con las heridas de guerra y había que curarlo, un gran macho que también nos dejó a finales del año pasado por una enfermedad y por vejez. No estaba segura de que el gato y el perro se llevaran bien.

Abrimos la puerta del coche para subir. ¿Quién subió primero? Pues sí, lo habéis adivinado: el perro. Además, tenía su sitio favorito y estaba claro que tenía costumbre de ir allí, a los pies del copiloto; se instaló y no hubo manera de sacarlo. Decidimos que mi hijo se lo llevase en el coche, lo alejase de la casa y lo dejase en una de las calles de La Solana. Cuando volvió Ricardo José, el perro volvió con él. No había podido resistirse a su tenacidad. Lo había hecho salir, pero al abrir la puerta del coche y subirse de nuevo, el perro también. Ya no tuvo valor para volver a sacarlo: el animal lo miró con esa cara de pena que sabe poner cuando quiere que le perdonemos algo y... ganó.

En un último intento, lo engañamos con una golosina y, aprovechando su distracción, nos subimos todos a los coches cerrando rápidamente las puertas. Esta vez lo habíamos conseguido, pero cuando arrancamos y yo vi al perrillo corriendo detrás de nosotros, era como si en mi interior le oyera sentir que ya lo habíamos hecho nosotros también: lo habíamos abandonado después de haberle dado esperanzas en forma de agua, comida y compañía. Me sentí muy mal, pero de nuevo el «sentido común» me ayudó a aguantarme las ganas de decirle a mi marido: «¡Para!».

Todos nos sentimos mal, aunque unos más que otros. Esa noche me acordaba de él. ¿Y si vuelve al canal? ¿Y si le vuelven a hacer daño? ¿Y si...?

Al día siguiente por la mañana, nos volvimos a juntar con Álvaro padre y con Álvaro hijo. Os imaginaréis el tema de conversación: que qué habrá sido de él, que por qué lo habrían abandonado, que dónde habría ido después de no poder seguir corriendo detrás de nosotros...

Era hora de irse a comer. Cada cual a su casa y él en nuestro pensamiento.

Con el tiempo..., ¿se nos pasaría?

No habíamos hecho nada más que entrar en casa. Sonó mi móvil. Era Álvaro.

—¿Y si ha vuelto a la casa?

—Puede ser, al fin y al cabo, ahí se le trató bien. —Yo ya estaba segura de que estaba allí, en La Solana, en la casa de Álvaro.

—Vamos a volver mi hijo y yo. Si está allí, ¿qué hacemos?

Álvaro ya sabía mi respuesta:

—Tráetelo. Donde comen dos, comen tres. Ya nos apañaremos con el gato, porque con Luna no va a haber problema.

No pude contestar otra cosa. Creo que mi marido lo entendió, porque no puso más objeciones.  

Alguien que me quería y que me había dejado muy triste con su partida, una amiga muy querida para mí también, casi una hermana, me enviaba una señal, un consuelo que se cruzaba en mi camino para ayudarme a aceptar que nunca más iba a poder tener a mi amiga en la clase de al lado, pared con pared con la mía. A mi amiga, con la que me juntaba, cuando terminaban las clases para hablar de todo, de los hijos, de los niños, del que no trabajaba, de aquella niña que andaba mal y cuya madre no aceptaba lo que le decía, de la compañera nueva que venía de Valencia y dejaba a su hija pequeña toda la semana con su madre, ¡pobrecita!, de que no se encontraba bien, de que tenía que pedir la baja, de los médicos, de las pruebas...

De nuevo el teléfono. Álvaro:

—¡No te lo vas a creer! ¡Está ahí! —Estaba segura de que había vuelto. Tenía que ser así. Ella me quería mucho—. Es que no es eso sólo. Me ha dicho el vecino de enfrente que el perro volvió ayer tarde, se tumbó delante de la verja de la casa y ha estado aquí toda la noche. Pero aún hay más: pensando que el perro era nuestro y que volveríamos a por él, ha tratado de llevarle comida, y no le ha consentido que se acercase a la puerta de la casa. La está cuidando.

—¡Tráetelo, Álvaro! ¡Tráetelo!

Murphy, un Teckel de pelo duro gris y chocolate, de ojos redondos y marrones con un gran brillo y expresividad. Una expresión mezcla de pillo y de payaso, una cara de «no haber roto nunca un plato» cuando coge de un salto una toalla o unos pantalones tendidos y lo pillas acostado encima o comiéndoselos. Tan cabezón, en sentido físico y por carácter, que no hemos conseguido que no entre en casa cada vez que ve la puerta abierta y piensa que no miramos. Él se cuela, entra despacito, como de puntillas, con la cabeza agachada y la mirada hacia arriba por si tiene que salir corriendo. Listo, muy listo, cariñoso, inquieto, obediente..., pero cuando miras. Con ideas propias y muy tragón.

Murphy se peleó una vez y sólo una con el gato Hugo y terminó con un agujerillo en una oreja, aprendió de Luna a vivir con nosotros y, a veces, le daba cabezazos cuando la quería echar de su almohada y tumbarse él, lo cual conseguía hasta que uno de nosotros lo quitaba y lo ponía en otra; pero claro, a él le daba igual porque tiene criterio propio, ya lo he dicho, y cuando decide que le gusta esa almohada y no otra, pues... la consigue, pero cuando no lo vemos.

Murphy se llama así porque se lo puso mi hijo mayor, Ricardo José, por el libro Las leyes de Murphy, porque si él decide que entra en un sitio, entra; si decide que va a meterse por el hueco entre dos barrotes de una reja aunque no le quepa bien la cabeza, se mete; porque si le gusta el felpudo de goma que han puesto los abuelos en la puerta de su casa, que se comunica con la nuestra por el jardín, se lo lleva y se lo pone al sol para acostarse encima y estar cómodo; y si el abuelo le riñe y se lo quita, da igual, porque lo vuelve a coger, pero esta vez lo pone más lejos de la vista; porque si decide que la ardilla que se pasea por los cables del teléfono que pasan por encima del jardín y que parece que se burla de él lo incomoda porque invade su propiedad, le estará ladrando mientras la ardilla se le pasee por delante del morro, todo el día si es menester, pero, eso sí, sin ponerse afónico; porque si no le dejas pasar al jardín de los abuelos cerrando la puerta de comunicación y él ha decidido que quiere estar presente cuando hay barbacoa porque «algo cae», estará, metiéndose entre los cipreses y trepando por la valla metálica que hay detrás con riesgo de romperse la espalda o de quedarse enganchado de alguna pata, pero... entrará; porque si el abuelo está haciendo alguna «chapucilla» él le va a «ayudar», quiera o no, y le quitará una paleta, o una bayeta, o un guante, o una brocha, y se la llevará a su sitio para intentar comérsela, también le ayudará con los ladrillos partiéndolos... ¡con los dientes! Porque aunque siempre esté con el abuelo cuando baja a regar o a barrer su jardín, invariablemente le ladrará si entra al nuestro. El abuelo no lo entiende, pero es que Murphy... tiene criterio propio y no le podemos hacer entender que el abuelo también es de la familia y puede entrar en nuestro jardín.

Murphy, tenaz, insistente, experto ladrón de calcetines y otras prendas, ahuyentó a unos ladrones que entraron una noche en casa de los abuelos cuando ellos no estaban, pero no se llevaron nada, y ¿por qué? Porque estoy segura de que, como no podía hacer otra cosa, hizo lo que le hace al abuelo cuando entra en nuestra casa: ladrar, ladrar y ladrar, y tanto debió de ladrar que le dieron con un almohadón de los sillones del comedor. Pero como es tenaz y tiene criterio propio, decidiría que eso no le iba a arredrar, y ladraría tanto que el ladrón o los ladrones se irían sin nada por miedo a que nos despertáramos todos los vecinos y los pilláramos con las manos en la masa. Nadie lo oyó, pero yo me lo imaginé, porque cuando entré en la casa vi el almohadón en el suelo y un charquito de orín al lado (se orina cuando está nervioso, ¡es su pequeño secreto!, porque cuando lo hace él se mira sorprendido como si no supiese qué pasa). Pero luego me supo llevar al lugar por donde habían entrado, y lo sé porque había una huella de una zapatilla en la pared de la valla.

Murphy, perro peculiar que comparte con nosotros manzanas, naranjas, cerezas, acelgas, espinacas, uvas, lo que le demos y lo que no, como las bayas de los cipreses, las coge él mismo... a saltos. Que espera, todas las tardes, apostado en la puerta de la casa de los abuelos a que abra la abuela y le dé una, dos o tres salchichas; que le toca a la puerta si considera que tarda y piensa que se le ha olvidado. Es que la abuela, desde que se enteró de lo que había hecho con los ladrones y lo bien que le había cuidado la casa, se lo agradece todos los días, y le habla como si fuera un niño pequeño al que hay que enseñarle lo que está bien y lo que no, pero la escucha, o al menos la mira, y ella dice que la entiende porque le hace caso.

Murphy estará con nosotros hasta que la vida se le acabe. Todos lo cuidaremos mientras tanto porque, aunque ya está un poco viejo, es nuestro Murphy. (21 de marzo de 2019).

Murphy estuvo hasta los diecisiete años con nosotros, hasta que su deteriorado cuerpo le dijo que no podía más. Sigue en nuestro pensamiento, seguimos recordándolo, recordando sus «fechorías» y sus ojos, esos ojos que nos cautivaron a todos...

Murphy está en mi corazón porque él era mi perro.

A quien no entienda cómo un perro puede desarrollar tales sentimientos en un ser humano, solamente le puedo decir que no se lo puedo explicar mejor.

6 de agosto de 2023