Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La Santa Compaña Alfonso Pérez Gracia

 

La villa dormía tranquila y despreocupada. Quizás confiada por las vírgenes y santos de sus veinte iglesias, quizás porque allí hacía muchos años que no pasaba nada. Me levanté antes de que cantara el gallo. La noche era fresca y húmeda por la proximidad del río. Procuré no hacer ruido, me colgué la mochila y agarré el bordón. Cuando salí del albergue, un reguero de infinitas estrellas formaba un sendero de luces, que iluminaban tenuemente la villa. Según la tradición es en este lugar donde se juntan los dos caminos más transitados, siendo el punto de encuentro de los peregrinos que vienen por el camino francés y de aquéllos que lo hacen por el camino del norte, más abrupto, más exigente. Desde la villa hasta la tumba del apóstol sólo resta una centena de kilómetros. Por eso al atardecer algunos contaban que ya se podía oler el incienso del botafumeiro de la catedral.

Mientras avanzaba por las calles vacías, un manto de nubes oscureció más a la noche. Llegué a los pies de la Escaleira da Fonte y casi a oscuras empecé a subir sus peldaños en busca de la iglesia de Santa Mariña. El posadero me advirtió de que llegara antes del amanecer o no vería nada. Mientras avanzaba, una suave brisa me permitía escuchar el rezo de los árboles. En ocasiones su susurro me arrullaba, pero esta vez el fondo de sus oraciones me producía escalofríos.

Cuando subí el último peldaño, sólo se oían mis pasos y el ulular a lo lejos de una rapaz nocturna. El corazón me dio un vuelco. Pintados sobre los muros de la iglesia, envueltos en una niebla gris, un grupo de espectros, formados por ancianos, jóvenes y niños, se deslizaba sobre los muros de la iglesia pretendiéndola atravesar. Recordé las extrañas palabras del posadero cuando me vio con ganas de subir.

—No los molestes, porque van buscando las almas de los que van a morir pronto.

Mientras miraba paralizado a las figuras de la Santa Compaña, mis recuerdos volaron varios meses atrás, cuando, temblándome las manos, esperaba en la consulta del oncólogo. Mi padre había muerto hacía cinco años con horribles dolores por las metástasis de un cáncer de pulmón. Nunca pensé que aquel dolor de mi pierna al caminar pudiera ser algo similar. Con una sonrisa forzada, el oncólogo me explicó que la enfermedad estaba avanzada, aunque, con ese nuevo tratamiento, mis posibilidades de estar vivo dentro de un año eran del setenta por ciento. No quise preguntarle qué significaba estar vivo. El tratamiento funcionó al principio, peo luego volvió el dolor con más fuerza. Me remitieron a la unidad de paliativos. La morfina se volvió mi gran aliada. Entonces decidí hacer el camino. Mari Luz y mis hijos no entendían que hay cosas que debes hacer solo. Creo que llegaron a creer que me quería suicidar durante el camino. Les dije que un paliativo no teme a la muerte, únicamente al dolor. El dolor es el único obstáculo que te puede impedir disfrutar de estos últimos días de vida. Les prometí volver.

Paralizado por la belleza de la imagen, vi cómo los espectros flotaban sobre los muros de la iglesia y se deslizaban por un páramo seco y sombrío. Aquello no era un sueño, mis ojos nunca me habían engañado, aunque al principio dudé que el cáncer y los venenos que inyectaron en mi cuerpo podían influir en mis visiones. La luz pálida de las estrellas daba aún un aspecto más fantasmal a las imágenes de esas almas en pena, buscando un camino que las liberara de aquella desolación.

Me acordé de las palabras del posadero intentándome explicar qué es la Santa Compaña. Todo comenzó durante la cena en el albergue del Monasterio de la Magdalena. El posadero nos sirvió una olla de caldo gallego y un pan de hogaza para reponernos de los esfuerzos del camino. Alguien comentó algo sobre las leyendas que las abuelas cuentan alrededor de las chimeneas. Una mujer de unos cuarenta años, con rasgos del este asiático y que lucía en su cuello un extraño colgante con la figura de un dragón, preguntó por la iglesia de Santa Mariña y sus pinturas sobre la Santa Compaña. El posadero se dio cuenta de mi cara de extrañeza.

—No te puedes marchar de Sarria sin haber visto a la Santa Compaña.

La peregrina del colgante del dragón no paraba de hacer preguntas. El posadero, orgulloso de haber captado la atención de los peregrinos, se extendía cada vez más en sus explicaciones. Volví a recordar sus extrañas palabras.

—La procesión está guiada por un no muerto, pero no puede soltar la cruz que lleva en su mano, ni mirar hacia atrás, ya que moriría al instante y pasaría a formar parte de la Compaña.

Volví a mirar incrédulo los muros de la iglesia. Me pellizqué el brazo para asegurarme de que no soñaba. Un sudor frío caía de mi frente y el temblor de mis piernas me paralizaba delante de aquella siniestra Compaña. Me fijé bien en aquel desfile del inframundo. Al frente de aquel ejército de almas, portando una cruz y un caldero de agua bendita, estaba la peregrina del colgante del dragón. Su rostro no podía ocultar sus amargos gestos de dolor. Intentaba no mirar hacia atrás, ni escuchar las voces de la Compaña.

Fue entonces cuando una voz que yo conocía me llamó. Mis ojos se humedecieron al escuchar sus palabras. Recordé la dulzura de su mirada cuando le cogí la mano el día en que murió. Entonces recordé las advertencias del posadero.

—No hagáis caso de las voces de los espectros, simularán ser las de vuestros difuntos, son almas en pena que sufren. No hagáis caso...

Los primeros rayos de sol iluminaron los muros de la iglesia de Santa Mariña. El humo gris que rodeaba a los espectros desapareció como por encanto y las figuras volvieron a quedar inmóviles ocultando sus caras. Saqué una pastilla de oxicodona de la mochila, la tragué con un sorbo del agua de la fuente, el dolor de la pierna tardó unos minutos en ceder. Con los ojos aún húmedos, comencé a andar. Apoyado en mi bordón, bajé por las escalinatas y atravesé varias calles que comenzaban a poblarse de peregrinos. Con el alma encogida por la Santa Compaña abandoné Sarria por el viejo puente de piedra de Aspera en dirección a Barbadelo y Portomarín. Un peregrino pasó por mi lado.

—¡Buen camino!

—¡Buen camino! —contesté.

Cuando miré, el corazón volvió a latir con fuerza.

—¿Me acompañas, peregrino?

—Siempre seguiré tus pasos.

Su figura se desvaneció en el aire de la mañana mientras secaba mis ojos. Allí empezó mi último camino, un camino que cambió el mundo que yo conocía, un camino que puede transformar todo aquello en lo que no crees.