Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Eternamente agradecido Juana PĂ©rez Gracia

 

A las ocho de la tarde comenzaba su turno, pero Kika acostumbraba a estar cambiada y preparada unos quince minutos antes. Los compañeros a los que relevaba solían bromear sobre su puntualidad exagerada, pero ella sabía que agradecían poder acabar un poco antes la jornada. Era técnico en Enfermería y le gustaba su trabajo. Junto a su compañera Fani, esa noche trataría de mantener a los pacientes de la primera planta, en su mayoría ancianos, cómodos y secos, lidiar con enfermos insomnes, además de atender los timbres, que pulsaban para demandar curas para sus achaques, magdalenas a las cuatro de la mañana o respuesta a por qué su vecina Reme no ha ido hoy de visita. Procuraba atender a todos con cariño y paciencia, aunque los había de carácter difícil y avinagrado. Pero siempre hay un favorito.

Antonio Madrid era un octogenario con una afección cardíaca crónica que compartía con Kika afición por el fútbol, devoraba caramelos de menta a todas horas y siempre estaba sonriendo. Su bastón, ya en desuso, descansaba en una esquina de la habitación, ya que Antonio decidió darle el triunfo a la artritis que acampaba en sus rodillas, y ya no caminaba. Lo mimaba un poquito más que al resto y le encantaban sus charlas. Cuando había partido, la chica procuraba disfrutar con él algunos minutos del encuentro en la pequeña tele anclada en la pared del cuarto.

Cuando Kika entró esa noche a atenderlo, lo encontró adormilado. Pero un raro compás en el movimiento de su pecho la alertó. Le sacudió el hombro suavemente pero no lograba que abriera los ojos. Avisó enseguida al personal de la segunda planta. Había que subir a Antonio a la Unidad de Cuidados Intermedios para valorar su estado y hacerle unas pruebas. Mientras lo trasladaban le cogió la mano, arrugada pero suave, y creyó notar una ligerísima presión de los dedos del anciano entre los suyos.

Durante las horas siguientes llamó varias veces a la Unidad pero no obtuvo respuesta. Pensó que tendrían lío, como siempre.

Llegó el primer descanso del turno. Fani se subió a la azotea con un cigarrillo y un café. Kika fue al baño y, nada más comenzar a aliviar su vejiga, el teléfono de la planta comenzó a sonar. Intentó darse prisa pero no pudo cogerlo antes de que enmudeciera. Entonces escuchó ruidos procedentes del cuarto de enfermería. Allí se almacenaba todo el material sanitario y la medicación. Se asomó despacio y se quedó de piedra. Un individuo vestido con ropa oscura y una capucha calada hasta los ojos revolvía nervioso varios cajones a la vez. A puñados, introducía ampollas y cajitas en los más que abultados bolsillos de la sudadera. La técnico comenzó a sacar el móvil mientras daba media vuelta a toda prisa. Pero el hombre la había visto y fue tras ella. En dos zancadas la alcanzó. Tirándole del pelo la arrojó de espaldas contra el suelo y el móvil se hizo añicos. Kika pensó que sus huesos también por el fuerte impacto. Lo siguiente que notó fue una mano que, como una garra, le atenazó el cuello. Dando bocanadas, intentó liberar su garganta apretujada sin piedad. Entonces, un golpe seco y la presión en sus vías respiratorias cesó. Su agresor se derrumbó sobre ella, inerte.

Vino la policía y una ambulancia trasladó al maleante al hospital público, inconsciente pero vivo.

Mientras Kika daba pequeños sorbos a una tila caliente y Fani la achuchaba de vez en cuando con palabras cariñosas, intentaba comprender qué había pasado. Damián, enfermero en la segunda planta, estaba con ellas.

—¿Cómo está Antonio? —se acordó Kika.

—Ha muerto. Lo siento, sé que le tenías mucho cariño. Llamé al teléfono de la planta para decírtelo, pero no contestasteis.

A la chica se le encogió el corazón de pena y casi le hace olvidar lo que acababa de sucederle.

—En vez de volver a llamar —continuó Damián—, decidí bajar y contártelo. Coincidí con Fani, que volvía de la azotea, y al llegar te encontramos intentando salir de debajo de ese tío.

—Dijeron los de la ambulancia que ese malnacido había recibido un golpe en la nuca con una especie de palo —se extrañaba Kika.

—Quizá se diera con el marco de la puerta o con el pico de alguna estantería... —especuló el enfermero.

—Había cerca un bastón en el suelo —añadió Fani—. Pensé que le habrías zurrado con él.

Kika miró a su compañera. Qué confusa estaba. Entonces lo percibió en el aire. El olor inconfundible de la menta.