Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Turismo de montaña Manuel Pérez Garcí­a

 

Quedaron sembradas al pie de la montaña. Cuatro cuevas de viejas paredes descoloridas y techos semiderruidos entre abrumadas hojas de palma, sin ventanas y una sola puerta, también de piedra siempre cerrada. Más allá trepaba la montaña y el camino de piedras desparramadas que mi curiosidad solía transitar cuando lograba escapar a los ojos de quienes custodiaban lo que podía ser un atisbo de curiosidad.

Me intrigaba el silencio del lugar, los cuatro puntos cardinales, pero más podía el temor a seguir descendiendo, acercarme, y darme de cara con quienes, pensaba, podrían estar allí encerrados o cómo hacían para subsistir, si subsistían. El temor a lo sobrenatural cerraba el paso a conocer esa imagen capaz de traspasar la adolescencia y grabarse a fuego con el transcurso del tiempo.

Es imposible recordar cuántas veces contemplé el valle, pero convengo hoy el eterno deseo de dejar la suma de cemento, regresar al paisaje y tener suficiente coraje para descender al llano de la adolescencia, el que, en verdad, no sé si existe o formó parte del sueño de un niño, otro más de los tantos que custodian una vida.

Excitados, a medida que el tren, hecho víbora, ascendía con fatiga la montaña, resucitaron detalles ajusticiados por el agobio de subsistir. A través de la ventanilla se sucede una maraña de ramas que abrazan la construcción derruida, el cártel aún torcido o la carretera, paralela a las vías, con uno que otro bache reforzado por el paso de demasiados coches, quizás sintiendo en sus ruedas la misma inquietud retornante, capaz de presionar aún hoy mi estómago.

El edificio del balneario se ve viejo, pero sostiene esa estirpe señorial que le otorgan los muchos años de contemplar ir y venir a todo tipo de seres. Los muebles son los mismos, iguales los cuadros colgando torcidos de la misma pared. El recepcionista no reconoce en este adulto al niño que años atrás correteó por cada rincón del vestíbulo. Sobre el mostrador deja displicente las llaves de la habitación, tal vez habituado a que en los últimos tiempos no lleguen demasiados turistas.

Las ventanas se abren a un paisaje conocido y eso me tranquiliza. ¿Conocido, dije? Sí, pero un conocido que ha visto pasar a través de los cristales muchos años sin prestar atención a su andar o propietario de un modesto intento de mantener la imagen original. La vegetación asciende, forma tramas en las que es posible distinguir la ausencia de las tijeras de podar, olvidadas en algún cajón por el último jardinero.

La habitación no es la misma de antaño pero es capaz de devolverme el cosquilleo que acompaño en el tren. Todo está igual y dudo si en verdad soy yo el que cambió. La prolongada vida universitaria me llevó a diferentes lugares, conocí otras formas de organización social, disímiles maneras de teorizar el pasado, cuestioné valores. 

Así podría seguir ya que, en todo ello, siempre coexiste algo dentro del estómago: la úlcera y el convencimiento de que nadie, absolutamente nadie, es dueño del conocimiento, de la verdad. Algunos se pueden aproximar y en esa proximidad reside la misma condena.

Parece que siempre, las cuatro cuevas, han estado ahí, tal cual las veo. La hojarasca —por cierto, nunca había sido verde— y el barro cobertor extenso, con las rajaduras del tiempo, han suprimido la única abertura y con ello esfumado la mínima oportunidad de adivinar el interior.

Pretendo percibir todo lleno de luz, muros pintados de diferente color, distinguir sus objetivos. Diseño las fachadas una frente a otra, les añado amplias puertas abiertas a senderos andantes para al final, en el punto donde las piedras se cruzan, construir una amplia explanada y en ella erigir la clásica fuente saltarina de agua fresca, cantarina, descendiendo desde lo alto, a veces desde el cielo otras, persistiendo en la montaña.

Me levanto por la mañana temprano, expectante. Tras la habitual ducha soy el primero en llegar al comedor aún sin estar impregnado de aroma a café. Un viejo vestido de camarero se acerca portando tembloroso una cafetera, las tazas ya están sobre la mesa.

—Bienvenido, señor. Espero disfrute de su estancia. ¿Un café?

Lo miro con pena. Toda la vida con las mismas palabras, iguales gestos y más decepción. Deseo no ser uno de ellos, pero soy afectuoso con él.

—¿No me recuerda? Usted conoció a mis padres y más de una vez jugueteó conmigo.

—Puede ser, señor, pero, como usted comprenderá, es mucha la gente que pasa por aquí aún. Seguimos siendo un referente para la región, si bien es cierto que años atrás éramos el destino imprescindible para quienes demandaran naturaleza y tranquilidad.

No me decepcionó, era lo más lógico; además, no tenía la menor intención de compartir con él la razón de mi presencia en esa antigualla a la que aún reverenciaba. Así que en ese momento decidí apurar el desayuno y salir a los adoquines que aún, invisibles, definían las cuatro calles del lugar antes de iniciar el ascenso.

Cuatro cuevas, cuatro calles. En este instante comienzo a equilibrar la realidad. Asciendo con menos energías. No son las mismas flacas piernas que antes me impulsaban a lo alto de esa montaña expectante. Cuando la impotencia por alcanzar la cima agita más la respiración, desde el fondo, surgen en la sima vecina las casas, socavones semejados a cuatro fantasmas retornados.

La suma de las diferentes fases de una vida, las más de las veces no alcanza para comprender esa figura, en este caso cuatro, que vigila parte de un instante. Estoy convencido de que esto define mi presente.

El descenso, que de niño no me atreví a hacer, es tan dificultoso como la subida. Tengo que sujetarme en ramas, salientes de rocas, y más de una vez estoy a punto de caer. A medida que me acerco a una de las casas, comprendo que el niño que siempre permanece se niega a crecer y sólo quiere llegar a ese montón de piedras asentadas una sobre otra. Sé que no debo girar a su alrededor ni buscar la puerta que imaginé y todas esas ideas que formé sobre la vida en ese lugar hoy dejado de lado por todos los circuitos turísticos.

La tierra que ando olvidó los pies humanos, por eso el camino entre casa y casa, cueva y cueva, es arduo, pero, admito, lo disfruto con la intensidad de haber alcanzado un límite. Desde cada ángulo dirijo mis pasos a la pensada fuente. El silencio, apenas interrumpido por la voz de algún pájaro, se mezcla con el placentero gemido de una rama mimada por la brisa. Ahora que estoy aquí no sabría decir para qué he venido. Lo observo todo intentando recordar ese pequeño detalle que demuestre la razón de tantos años de zozobra. La geografía absorbe el dibujo. Continúo mi camino entre las rocas y la fuente, entre la fuente y las rocas, sin levantar la cabeza a la espera de una señal, de otro dibujo que le dé forma a todo ese laberinto.

Por décadas, siglos, permanecieron allí sin necesidad de justificar o revelar su propósito. El nombre del arquitecto y la fecha de construcción no están en ningún lugar, ni siquiera puedo discernir si fueron hechas en la misma época. Temo que sólo sean fruto de una fantasía infantil y todo lo estudiado, analizado y expuesto en centenares de conferencias sea el despliegue onírico de algo inexistente.

Sólo un gigante puede aplastar las casas con sus pies. Los brazos extendidos exigen estrechar el espacio. Trazos de flores, pájaros, cantos y cántaros. Un idilio con los recuerdos y la excitación de haber rescatado algo. La cara sin arrugas, ojos vivaces y gesto firme; convencido de la decisión de ser él mismo. Crezco, soy elástico, me extiendo, lo miro desde dentro. Al fin sé qué representa el dibujo. Perspectivas definidas, círculos que se cierran. 

Cuando al mediodía, ya con la firme decisión de partir esa misma tarde y de retorno a la cafetería del balneario, levanto la mirada de la carta y traduzco cada uno de los cuadros del mantel, es entonces cuando el gigante se acerca con rapidez:

—¿Ya decidió lo que va a tomar?

Sin decir palabra, en la carta, le señalo el plato que deseo.

—Buena elección, señor; además, es el mismo que escogían sus padres.

Apenas esbozó una sonrisa. La noté cuando su paso, sorprendentemente ágil, se desvaneció entre las mesas vacías.