Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El pescador Alfonso PĂ©rez Gracia

 

Antes de salir a faenar le gustaba tomar el café bien cargado y muy caliente. Solía decir: «Esto resucita a un muerto». Tomó un par de tazas, luego cogió su impermeable y las botas de agua. Cerró la puerta con cuidado para no despertar a nadie y se dirigió al muelle de los pescadores.

La calle olía a tormenta. El viento del sureste había soplado con fuerza durante toda la noche. El Todos los Santos estaba preparado desde las tres y media, pero la marejada había retrasado la hora de zarpar. En el pantalán le esperaban cinco pescadores.

—¿Está todo listo?

La pregunta fue seca. Paco Segura torció el gesto y le espetó:

—¡Patrón, deberíamos esperar a que amaine! ¡Ningún barco ha salido a faenar!

—¡Está soplando el jaloque y cambiará en cuanto amanezca!

—¡Tú y tus putos vientos! ¡Te he aguantado muchas porque soy tu amigo, pero esta vez no pienso ir! ¡Si te equivocas, nos vas a llevar a todos a pique!

El resto de pescadores parecían indecisos. El viento arreciaba y comenzaron a caer goterones de lluvia. El patrón no se achicó.

—¡Nuestras familias tienen que comer y sin pesca no hay dinero! ¡Somos pescadores! ¡Hemos faenado con vientos peores y nunca perdimos a nadie! ¡Los que no tengáis cojones os podéis quedar! ¡El resto, todos a bordo!

Enrique Cañavate, casado y con seis bocas que alimentar, fue el primero en hablar después de la arenga.

—¡Yo estoy con el patrón! ¡Él nunca nos ha fallado!

Pisando con el pie derecho sobre la regala, saltó a la cubierta del Todos Los Santos. Detrás de Enrique saltaron los otros tres pescadores. Segura se quedó solo en el pantalán.

—¡Condenado loco! ¡Los vas a matar a todos!

Después de gritar dio media vuelta y abandonó el muelle. El patrón cogió el timón. Enrique soltó los cabos de amarre y con la ayuda del bichero separó al Todos Los Santos del muelle.

—¡Estáis a tiempo de volver a tierra a emborracharos con Paco y luego a estar calentitos en vuestras casas!

Hizo una pausa para mirar uno a uno a los ojos. La voz del patrón volvió a oírse.

—¡Si queréis venir conmigo, apretad bien los dientes y abrid bien los ojos! ¡Si no, os tragaréis medio océano!

Nadie contestó. La voz del patrón se perdió en la noche y el Todos los Santos orientó la proa rumbo a la bocana. Minutos después sobrepasaron los faros de la Curra y Navidad y salieron a mar abierto.

En silencio y aferrado al timón, el patrón intentaba mantener el rumbo. Sus brazos, tensos por el esfuerzo, iban corrigiendo la deriva para conseguir embestir a las olas de frente.

Cada minuto que pasaba era más difícil mantener el rumbo. La embarcación empezó a dar cabezadas y el agua entraba por todas partes. Enrique se puso a rezar en voz alta, el resto callaban. El patrón se mantenía erguido sobre el timón, la piel oscura de su cara se confundía con la oscuridad de la noche.

Fueron horas de incertidumbre y angustia. El viento, lejos de amainar, arreciaba con fuerza. La noche se estaba haciendo eterna, las fuerzas y la fe se estaban acabando. La voz del patrón volvió a tronar en la madrugada.

—¡Nadie dijo que fuera fácil, cojones! ¡Este barco y la Virgen del Carmen nos protegen!

Los primeros rayos del sol comenzaron a aparecer entre las nubes. Fue entonces cuando el viento empezó a dormirse y el oleaje dejó de ir a más. El semblante serio del patrón no cambió. Su voz volvió a rugir.

—¡Os dije que íbamos a tener suerte, cojones! ¡A qué esperáis! ¡Vamos, echad las redes, que están entrando los bancos de lubinas!

Cuando el sol apareció por fin en el horizonte, todas las artes estaban ya caladas y esperaban pacientemente que los bancos de peces quisieran entrar. En la lejanía se veían otras embarcaciones que al ver cambiar el viento se habían atrevido a salir. Enrique se volvió hacia el patrón.

—¡Eres brujo! ¿Cómo sabías que el viento iba a desaparecer?

El patrón mantenía firme el timón. Con gesto serio, contestó:

—¡A los que madrugan Dios les ayuda!

—¡Pues esta noche me pienso acostar y mañana no me levantan ni con la grúa Sansón! —le replicó Enrique.

Sobre la cubierta aparecieron por fin las primeras sonrisas mientras el sol seguía brillando con fuerza. Las horas fueron pasando y las cajas de pescado poco a poco habían llenado la bodega del barco.

—¡Recoged todo, volvemos al puerto!

Entonces fue cuando ocurrió. El patrón había llamado a Enrique para que cogiera el timón del Todos Los Santos y lo entrara a puerto. Nadie vio lo que ocurrió. Una ola desplazó una caja que había quedado en cubierta. Enrique tropezó y al caer se golpeó la cabeza con la tapa de regala. Intentó levantarse pero volvió a caer a plomo, mientras el cuello se doblaba hacia atrás. El cuerpo quedó inconsciente y sin vida.

El patrón, tras golpearle con el puño en la zona del esternón, empezó a comprimir el pecho de Enrique de forma rítmica, como ya había hecho en otra ocasión cuando estuvo en el ejército. Otro pescador soplaba aire de sus pulmones en la boca de Enrique intentando infundirle vida. Se fueron alternando durante más de media hora, pero todo fue inútil. El patrón hizo sonar la sirena del barco pidiendo ayuda y lanzó varias bengalas para indicar su posición.

Cuando llegaron a la bocana sólo se oían los sollozos de los hombres y los graznidos burlones de las gaviotas anunciando que el muelle de los pescadores estaba cerca. Al timón, el patrón permanecía callado y solo. Un dolor sordo le desgarraba por dentro pensando qué les diría a la mujer de Enrique y a los seis hijos que habían perdido a su padre.

En el barrio de los pescadores, la voz de alarma había corrido como la pólvora. El Todos los Santos había lanzado varias bengalas pidiendo ayuda y estaba llegando a puerto. Un gentío se agolpaba en el muelle. Rodeada de sus seis hijos, María rezaba para que Enrique regresara sano y salvo. Abrazada a ella, la mujer del patrón del Todos los Santos miraba el horizonte. Paco Segura se acercó y les ofreció un café bien cargado y muy caliente.