Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La campana mayor Rafa Caricio

 

«Al valiente, témele y húyele; al cobarde, témele, pero no le huyas».

José Luis de Tomás García (La otra orilla de la droga, Premio Nadal 1984)

 

Hayedos de la Umbría es un municipio enclavado en una de las cordilleras septentrionales de España. Cuenta con unos 1.500 habitantes aproximadamente. Su iglesia parroquial tiene un esbelto campanario de planta cuadrada y cada uno de sus cuatro lados tiene una oquedad rectangular y vertical de la que pende una campana sujeta por su eje central. La mayor de todas da a la cara sur del campanario.

En Hayedos, como en todos los pueblos de España, viven personas laboriosas, sencillas, conservadoras y plenamente dedicadas a su trabajo; pero Hayedos, como todos los pueblos de España, tiene sus excepciones.

Marcial es una de ellas. Es un joven de 20 años, alto y fuerte, pero holgazán, bocazas, fanfarrón y cobarde. Siempre anda rodeado de una pequeña corte de medrosos, valentones de medio pelo, que lo consideran su líder. Ya hemos dicho que Marcial es fuerte, pero su fuerza no la usa nunca para el trabajo, sino más bien para provocar, humillar y, en ocasiones, agredir a los pequeños y débiles o a los que se sienten amedrentados por sus bravuconerías. Lo encontramos siempre sentado en la terraza del bar, El Haya Dorada, su lugar habitual, en la plaza principal del pueblo, enfrente mismo de la iglesia parroquial, acompañado de dos o tres de sus valentones postizos.

Santi es uno de los monaguillos que ayudan al párroco, don Alberto, a oficiar misa. Tiene 16 años, es menudo, pero fuerte. De lunes a viernes, acude al instituto en un municipio a 25 kilómetros de Hayedos. Los fines de semana, siempre que puede, ayuda a su padre en las labores del campo. Es voluntarioso y algo reservado. No tiene muchos amigos a excepción de Simón el molinero, hombre joven de 35 años, a quien, a pesar de la diferencia de edad, Santi tiene mucho aprecio. Santi, por su estatura y su carácter callado, es la víctima favorita de Marcial. El matón nunca pierde ocasión de burlarse y humillar a Santi, dedicándole calificativos hirientes como mierdecilla, cagurria y meapilas. A Santi le hervía la sangre cada vez que esto sucedía, pero la diferencia de estatura y fuerza con el matón no permitían a Santi responder con un enfrentamiento físico, además de que no estaba en su naturaleza.

En las fiestas patronales de Hayedos, el día del santo patrón, después de celebrar misa mayor, se volteaban las campanas. Esto lo llevaba a cabo un grupo de jóvenes del pueblo, que se presentaban voluntarios y se repartían el volteo de las cuatro campanas. Para la campana mayor, dado su gran tamaño, hacían falta tres jóvenes, que debían dar un pequeño salto, hasta alcanzar los hierros cilíndricos de 10 centímetros de longitud y 2 de diámetro que sobresalían verticalmente de la melena de la campana, para que, colgados de ellos, dieran un fuerte tirón hacia abajo y aceleraran el balanceo de la campana, hasta conseguir que completara un giro. Luego, mantenían constante el volteo, colocándose uno a cada lado y empujando la melena cada vez que ésta bajaba.

A Santi le encantaba este espectáculo tan tremendamente ruidoso, y, además, se encargaba de una de las campanas menores. No se olvidaba de la humillación sufrida el año anterior, cuando Marcial y su camarilla de matoncillos se adelantaron a todos los demás y fueron los primeros en subir al campanario por la estrecha escalera de caracol que llevaba al reducido recinto de las campanas. Marcial, como no podía ser menos, quiso hacer una exhibición ante los demás.

—Dejadme, voy a voltear yo solo la campana mayor —dijo a sus satélites.

Saltó, se agarró a los hierros y tiró con fuerza hacia abajo, pero la campana era muy grande y pesada para que, con este sistema, pudiera voltearla uno solo. Lo intentó varias veces, pero vio que se había metido en un mal negocio. Al final, optó por la salida fácil de los fanfarrones:

—Esta mañana me he levantado con un fuerte dolor de hombro que no me está dejando agarrarme bien a los hierros —explicó el matón.

Rápidamente, dos de sus escoltas saltaron junto a Marcial, a los hierros, y pudieron inclinar la melena de la campana hasta conseguir voltearla. Marcial se hizo a un lado, con los aires del que ha conseguido voltear él solo la campana, y, cruzándose de brazos, miró con desprecio a Santi, que volteaba una campana de dimensiones más reducidas. Cuando terminó el volteo y cesó el escándalo, Marcial no perdió la ocasión de humillar al chico:

—Tú, mierdecilla, lárgate de aquí, que esto es sólo para hombres —dijo a Santi en tono de burla.

Era ya la segunda quincena de junio, Santi ya había terminado sus exámenes en el instituto y disfrutaba de las vacaciones de verano. Aquella mañana su madre lo había enviado a recoger medio cesto de peras de unos perales que tenían cerca del pueblo. Andaba de regreso por el camino, cuando tuvo la mala fortuna de tropezarse con Marcial. Éste estaba sentado a la sombra de un haya y bebía de un botellín de cerveza. Junto a él, tirados en la hierba, había dos botellines vacíos. Próxima al haya había una fuente de agua muy fresca que disponía de un pequeño abrevadero, dentro del cual Marcial tenía varios botellines más puestos a refrescar.

—¡Mira quién viene por aquí! —dijo Marcial con guasa.

Santi no le hizo caso y siguió su camino.

—¡Tú, mierda, cuando te hable me escuchas! —continuó Marcial—. Ve al abrevadero y tráeme otra cerveza ahora mismo.

Santi apretó los dientes y siguió andando. Marcial se levantó encolerizado y fue tras Santi.

—O haces lo que te he dicho o te meto una hostia, enano de mierda —amenazó Marcial.

Santi, al ver que se le acercaba Marcial, se dio la vuelta, dejó el cesto en el suelo, y rápidamente cogió una piedra de buen tamaño que había junto al camino y miró fijamente al matón sin hablar. Tenía miedo, pero haciendo un esfuerzo, se lo tragó y no dejó traslucir nada.

Marcial se detuvo. No tenía público y eso era algo que ponía en evidencia sus carencias en cuanto a valor se refería. Además, Santi tenía en la mano una piedra de tamaño respetable y eso no se ajustaba al guion al que estaba acostumbrado el matón. Buscó, una vez más, la salida recurrente de los cobardes:

—¡Bah!, hoy no tengo ganas de líos ni tiempo para llenarme de mocos con un cagurria como tú —dijo Marcial, que se volvió a sentar al pie del haya.

Santi, sin soltar la piedra, tomó de nuevo el cesto y siguió su camino. «Tenía que devolverle al bravucón este todas sus fanfarronadas como fuera», pensó con rabia.

A sus espaldas seguían las burlas:

—¡A ver cuándo creces, meapilas, que falta te hace!

Faltaban dos días para San Juan, cumpleaños de Santi. Éste fue avisado de que don Alberto, el párroco, quería hablar con él. Santi llegó a la casa del cura y fue invitado a pasar a su despacho.

—Me ha llamado el obispo, para tratar unos asuntos de la diócesis —dijo don Alberto a Santi—. Volveré el 24 a primera hora de la mañana, pues a las doce celebramos misa mayor, y te necesitaré. Te voy a dar la llave de la puerta del templo para que la tengas tú, por si ocurriera algo —añadió el cura.

—Sí, don Alberto —contestó Santi, recogiendo la llave de su mano.

Simón tenía su molino a unos 100 metros escasos del pueblo, junto al río que pasaba a los pies del mismo. El molinero tenía bastantes similitudes con Marcial. Era de buena estatura, muy fuerte y con un gran desarrollo muscular de brazos, hombros y espalda, debido al duro y constante trabajo que llevaba a cabo en el molino. Aquí se acaban las similitudes y empiezan las diferencias: era responsable y muy trabajador; Simón era valiente; no hacía ninguna ostentación de su fuerza, pues no lo necesitaba; su cara reflejaba serenidad y su mirada era tranquila, rasgos característicos de las personas que viven sin temor y en paz consigo mismas.

Era el 23 de junio y Santi tenía el día libre. Siempre que esto ocurría, el chico se bajaba al molino de Simón, a verlo trabajar. Ver trabajar a su amigo le producía siempre una sensación de paz y seguridad. Cuando lo veía llegar, el molinero le dedicaba una sonrisa y seguía con su trabajo. Santi se sentaba en un banco adosado a la fachada del molino, su lugar preferido. Desde allí podía seguir las tareas de Simón sin molestarlo.

Transcurrido un rato, Simón miró a Santi. Éste tenía la mirada fija en lo alto del pueblo y no la apartaba. El molinero siguió la dirección de su mirada. Allá en lo alto, lo que destacaba era el campanario.

—¿Qué miras, Santi? —preguntó con curiosidad el molinero.

El chico no contestó de inmediato, sino que transcurrió un par de minutos antes de hacerlo.

—He de voltear la campana mayor yo solo, Simón —contestó finalmente—. He de conseguir que ese canalla se trague todas sus humillaciones.

—Ten cuidado, Santi, que eso que quieres hacer es muy peligroso —argumentó Simón—. Y no deberías hacer caso de lo que dice Marcial, no es más que un pobre diablo.

—Sí, Simón, un pobre diablo que lleva años torturándome —replicó Santi.

Esa noche era la noche de San Juan. Al día siguiente, Santi celebraría su cumpleaños. A las 12 de la noche, las gentes del pueblo celebraron la fiesta del agua y poco después se retiraron a sus casas. Santi y sus padres se recogieron pronto y se acostaron, mas él no podía dormir. Estuvo dando vueltas en la cama, pero la rabia le impedía coger el sueño. Buscaba una solución para detener de una vez por todas las humillaciones a las que le sometía Marcial, pero por muchas vueltas que le daba, siempre acababa pensando en la misma idea.

Finalmente, no quiso esperar más. Saltó de la cama, se vistió en silencio, se guardó la llave del templo en el bolsillo y tiró los zapatos por la ventana a la calle desde el primer piso donde tenía su dormitorio. Salió por la ventana, se agarró a la vieja enredadera que trepaba por la pared de su casa y deslizándose con agilidad llegó al suelo de la calle. Se puso los zapatos y se dirigió a la plaza del pueblo. Entrando en la plaza, el reloj del campanario dio las tres de la madrugada. Subió las escaleras que daban acceso a la puerta de la iglesia, introdujo la llave y abrió sin importarle que rechinaran los goznes. Cerró la puerta y deslizó el grueso pasador sin cerrar con llave, dejando ésta en el asiento de uno de los bancos. No quería que, con otra llave, alguien abriera la puerta. Lo que iba a hacer lo quería hacer solo.

Conocía perfectamente bien el interior del templo. Sin vacilar, se dirigió a la puerta que daba al arranque de la estrecha escalera de caracol que subía al recinto de las campanas. Cuando llegó se paró y miró en su entorno. Todo estaba oscuro, había quietud y no se oía nada. Acostumbrando sus ojos a la oscuridad, pudo ver la campana mayor, grande, quieta, silenciosa. Le causó impresión verla en la oscuridad de la noche. Se acercó a ella y retiró el mecanismo del martillo que golpeaba la campana para dar las horas.

Miró hacia arriba, a donde estaban los hierros cilíndricos de los que había que agarrarse para iniciar el balanceo de la campana. Sabía que ese sistema era imposible para él, pero ya tenía pensado otro modo de hacerlo. Posó sus manos sobre el borde de la boca de la campana y empujando con ellas y con todo su cuerpo, logró mover dos o tres centímetros la gran campana. Ésta volvió de nuevo a su sitio, pero Santi no la dejó parar. Empujó de nuevo con todas sus fuerzas y la campana inició un pequeño balanceo, que con los empujones repetidos de Santi se iba ampliando lentamente, centímetro a centímetro. Esto hizo que la fuerza de inercia de la campana fuera aumentando también, aunque muy poco a poco. Con los repetidos empujes de Santi, la campana había alcanzado un cierto balanceo, que, unido a la creciente fuerza de la inercia, hizo que, en un momento dado, el badajo chocara por primera vez contra la pared de la campana produciendo su característico sonido, ¡dan!

Santi no cesaba en sus empujes, consiguiendo que, poco a poco, el balanceo fuera aumentando. Por fin, sus esfuerzos se vieron recompensados, cuando escuchó que el badajo chocaba contra ambas paredes de la campana. ¡Dan!, ¡dan!

A estas alturas, ya había mucha gente asomada a los balcones y las ventanas. Estaban muy intrigados, incluso asustados. Algunas mujeres ancianas pensaban que se trataba de cosa de fantasmas o, lo que es peor, del mismo diablo. Santi arremetía una y otra vez contra la campana, manteniendo constantes los dos tañidos, pero lejos todavía de conseguir el giro completo. La melena de la campana con los asideros de hierro bajaba cada vez más, pero Santi comprendía que aún no era el momento de atacar ese punto.

A Simón también lo despertó el tañido de la campana, y estaba en lo alto del molino observando el balanceo de la campana mayor. Él sí que sabía quién se encontraba detrás de ella y también sabía que el chico corría peligro: un leve descuido y la campana podía destrozarle la cabeza. Se vistió rápidamente y salió corriendo hacia la iglesia.

Tantos empujones por parte de Santi hicieron que la campana se acercara cada vez más a la horizontalidad. Si conseguía rebasar la horizontal, entonces sería el momento de agarrarse a los hierros. Y ese momento llegó. La melena de la campana bajó y por unos segundos quedó ligeramente por debajo de la horizontal. Santi se lanzó con decisión y se aferró a los hierros, colgándose de ellos y tirando fuertemente hacia abajo. Fue en vano, la melena inició su movimiento de subida y la boca de la campana venía velozmente hacia Santi, que se tuvo que echar al suelo para evitar el impacto. Cuando la campana retrocedía se incorporó ágilmente y empujó otra vez con todas sus fuerzas, que ya iban quedando menguadas. Cuando de nuevo bajó la melena, volvió a rebasar la horizontal y Santi de nuevo se agarró a los hierros, repitiendo el tirón hacia abajo. Pareció como si la campana dudara, pero la melena de nuevo inició su movimiento hacia arriba. Santi no desesperó, volvió a evitar el choque con la boca de la campana y arremetió de nuevo contra ella. Los tañidos eran constantes. Abajo, en la plaza, se había reunido mucha gente asombrada por aquel fenómeno. No podían entrar porque la puerta del templo estaba cerrada por dentro. Santi continuaba con su lucha personal contra la campana, pero sus fuerzas ya iban fallando. Por enésima vez, la melena volvía a bajar hacia Santi, que la esperaba con los dientes apretados.

Cuando Simón ya cruzaba el puente sobre el río, vio asombrado cómo la campana daba un giro completo; apretó la carrera, pensando que aquel chico se había vuelto loco; llegó a la plaza y se abrió paso entre la gente; subió las escaleras y empujó la puerta de la iglesia.

—Está cerrada con el pasador interior —oyó decir a alguien.

Miró a su alrededor y sus ojos se iluminaron cuando vio a Carlitos, un crío de ocho años, ágil como una ardilla. Corrió hacia el niño y lo cogió por los hombros.

—Si te ayudo a entrar por el ventanuco de la sacristía, ¿podrás abrir el pasador de la puerta? —preguntó al crío con una amable sonrisa.

—Sí, Simón, ¡claro! —contestó el niño.

La campana seguía volteando pausadamente, pero sin detenerse. Simón, el niño y unos curiosos fueron al lateral de la iglesia, donde estaba la pequeña ventana que daba a la sacristía. Simón se quitó la camisa, la enrolló en torno a su codo y dio un fuerte codazo contra el cristal, que saltó en pedazos.

Simón retiró con cuidado los fragmentos de cristal que se habían quedado adheridos a la madera de la ventana y descorrió el pestillo para abrir el marco y dejar más espacio para el cuerpo de Carlitos. Después aupó al niño sobre la ventana, hasta que éste introdujo los pies por ella. Simón lo fue soltando, poco a poco, primero sujetándolo por el cuerpo y después por los brazos. Cuando el niño ya estaba cerca del suelo, dijo a Simón que ya podía soltarlo, y al llegar al suelo flexionó las rodillas, para después salir disparado hacia la puerta de la sacristía que comunicaba con el recinto principal del templo, que conocía perfectamente. Llegó a la puerta y, tirando con las dos manos, descorrió el cerrojo.

Salió el niño y entró Simón. Otras personas entraban también, pero Simón les rogó que esperaran fuera, dedicándoles una sonrisa.

—Voy a subir a ver qué pasa, después os lo cuento a todos —dijo amablemente.

Entró, cerró la puerta y volvió a deslizar el cerrojo.

Subió a la carrera la escalera de caracol hasta llegar al cuadro de las campanas. Allí estaba Santi, al borde del agotamiento, pero peleando con su campana. En ese momento bajaba la melena y cuando el chico, al límite de sus fuerzas, iba a dar otro empujón, vio que una mano grande se le adelantaba empujando la campana. Se volvió incrédulo y al ver a Simón, sonrió. Éste abrazó con un brazo a Santi por los hombros, mientras que con la otra mano continuó el volteo de la campana que había iniciado el chico. Durante diez minutos, así estuvieron los dos, Santi protegido por Simón, y éste con la otra mano empujando la melena cada vez que bajaba. Debido a la fuerza de empuje de Simón, el giro de la campana cogió más velocidad. Finalmente, Simón se detuvo y dejó que la campana fuera perdiendo inercia hasta dejar de girar. Se balanceó todavía unos momentos y acabó por quedar inmóvil.

Simón sonrió a Santi. Estaba orgulloso de aquel chico tan voluntarioso y sacrificado.

—Este volteo lo he hecho en tu honor, es mi regalo de cumpleaños —dijo Simón al muchacho.

Santi quiso sonreír pero no pudo, su cara se arrugó y rompió en llanto.

—¿Qué sucede, Santi? —preguntó Simón con preocupación.

El chico se abrazó a él, sin dejar de llorar. Poco después, pudo hablar entre hipos:

—No quiero que nunca más ese canalla fanfarrón me vuelva a llamar mierda ni cagurria ni meapilas —contestó Santi entre sollozos.

El molinero lo mantuvo abrazado y le pasó la otra mano por el pelo.

—Tú no eres nada de eso, Santi. Además, las humillaciones de ese payaso se van a acabar para siempre —susurró Simón al chico, calmándolo.

Salieron por la puerta del templo ante el estupor de los que allí estaban. Mientras Santi cerraba con llave la puerta de la iglesia, Simón bajaba las escaleras. No tardó en escucharse la voz de Marcial:

—¡Ja!, pero si es el mierdecilla del meapilas que quiere hacernos creer que ha volteado él solo la campana —dijo con guasa el matón—. ¿A cuántos nenes como tú te has dejado ahí arriba para ayudarte a voltear la campana, pedazo de cagurria?

No había terminado de hablar Marcial, cuando su mejilla recibió el tremendo impacto de un revés dado con el dorso de una mano enorme, que lo lanzó contra la pared del campanario, rebotó en ella y cayó al suelo sentado y completamente aturdido. Esa misma mano lo cogió por la pechera de la camisa y, pese a su estatura, lo levantó casi en vilo.

—Santi ha volteado él solo la campana, cosa que tú nunca has sido capaz de hacer —dijo Simón sin alterarse—. Si vuelves a insultar o humillar a Santi, será como si me insultaras o humillaras a mí, y eso te traerá consecuencias.

Después lo soltó bruscamente y Marcial volvió a caer sentado en el suelo. Simón se volvió hacia la comparsa de mosqueteros de mercadillo que acompañaban al matón:

—Esto no lo digo sólo por Marcial, va también para todos los ignorantes que piensan que este inútil es el amo del pueblo —añadió Simón sin aspavientos ni teatralidad.

Aquellos pobres diablos se retiraron sin rechistar. Simón buscó a Santi y lo vio alejarse junto a sus padres; el padre lo llevaba cogido cariñosamente por el hombro. Después, el molinero miró, con ojos tranquilos, a las personas que había en la plaza. Vio aprobación en sus miradas. Simón asintió con la cabeza y en silencio tomó el camino de su casa.

Desde aquella noche de San Juan, Santi no volvió a recibir insultos de Marcial. Cuando pasaba cerca de donde él estaba, éste lo seguía con una mirada rencorosa, pero no se atrevió nunca a decirle nada. Aquella noche, Marcial perdió para siempre, de un soberano guantazo, sus galones de matón del pueblo. Fue abandonado por su corte de matariles de baratillo. Acabó viéndose tan solo que un día decidió hacer la maleta y se fue de Hayedos para no volver nunca.

Por mucho tiempo fue recordada en Hayedos aquella noche de San Juan, para acabar convirtiéndose en leyenda. Transcurridos muchos, muchos años, se contaba en el pueblo que una noche de San Juan, el mismísimo santo volteó la campana mayor.