Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El Terelu Raimundo Martín Benedicto

(Segunda parte. Continúa de Ojos que todo lo ven, del número anterior)

A veces la vida regala jornadas como la de ayer y se nos olvida, como decía el maestro Alcántara, que esto son cuatro días y tres se los pasa lloviendo. 15 de marzo. El Altísimo hizo que mis pasos se cruzaran, en una céntrica calle valenciana, con los de Aurelio Campos, el más querido de mis compañeros en aquellos días de patio y rosas que vivimos en el penal del Acebuche, provincia de Almería.

La mañana emergió con la energía relajada de las ciudades que preparan sus fiestas patronales. Valencia amanecía con la plantà y decidí salir de Torrefiel, el barrio multicultural en el que me había ocultado, para disfrutar de aquella mañana azaharada. Mi lenguaje puede resultar alambicado, pero es mi pequeño homenaje a la capital del Turia, que me había acogido como lo haría una madre con un hijo desesperado.

Fue precisamente al lado de uno de estos efímeros monumentos, el de la plaza del Ayuntamiento, donde me encontré con mi amigo, a la sazón acompañado por dos muchachas muy altas y rubias que, según me dijo, eran primas de su mujer. Yo desconocía que Mari Carmen tuviera primas en Rusia, pero celebré que su familia fuera tan amplia y bien avenida.

¡Qué cambio el operado en Aurelio! Ya no era aquel solitario aficionado a los retratos al carboncillo que apenas salía de su celda. Ahora era un dandy con un terno y unos zapatos cuyo precio no me atrevía ni a imaginar. Obsequioso, mundano pero sin sombra alguna de altivez; un auténtico caballero que no dudó en proponerme que los acompañara a comer en una cercana marisquería. Dudé si mi indumentaria sería la adecuada para entrar en aquel prestigioso figón, vestido como iba con una chaqueta con coderas desgastadas y unos pantalones que me había prestado mi casero Mohamed. Éste, gran persona y de origen nórdico (según la cartografía subsahariana), medía un palmo menos que yo, así que me consolé pensando que mis estilosos acompañantes sabrían apreciar la calidad de mis calcetines, confeccionados con polyester blanco de gran elasticidad y ribeteados con delicados motivos rojigualdos.

Aurelio Campos: ¡qué hombre! Apodado «el Terelu» en homenaje a la prestigiosa corresponsal de apellido homónimo, se reveló como un gran anfitrión. Me extrañó que Mari Carmen lo hubiera dejado solo con sus primas políticas y le pregunté por las razones de su ausencia, pero no me llegó a contestar porque en ese momento estaba muy concentrado en los magníficos bivalvos que nos prestábamos a saborear.

Y es que nos habían servido ostras, clóquinas, mejillón de temporada... Todo ello regado con la mejor champaña y a modo de aperitivo, puesto que los platos principales aún estaban por llegar. Qué pescados, qué crustáceos, qué postres tan bien elaborados. La felicidad vino a presidir aquella mesa y Ninochka y Olenka, que así se llamaban, la alegraron con sus risas y arrumacos, muy habituales entre parientes en las fiestas eslavas, según me dijeron.

Olvidé por un rato la grisura de mi existencia gracias a aquel banquete y al gracejo de mi anfitrión, que rememoró sin atisbo de rencor las circunstancias que le hicieron acabar en la cárcel, ahora que el tiempo ya había hecho su trabajo purificador. Sandunguero y perspicaz, Aurelio había demostrado tener un talento innato para identificar las oportunidades mercantiles, si bien es justo reconocer que a ello le ayudaba su condición de concejal de Servicios Sociales en el ayuntamiento de Villastar del Real, precioso pueblo de la serranía onubense y tierra de oportunidades para quien, como él, ambicionaba metas políticas del más alto rango. Todo indiciaba una carrera exitosa, pero la mala suerte quiso que ésta se viese interrumpida de forma abrupta por un hecho en principio intrascendente: la celebración de una boda rociera, a la que su esposa, la pizpireta Mari Carmen, se empeñó en asistir luciendo el mismo vestido de gitana que se había puesto en el enlace de su prima, al que concurrió quince años antes y con veintinueve kilos menos, sensible diferencia de pesaje para una dama que apenas superaba los ciento cuarenta centímetros de alzada.

Al comprobar que la prenda apenas podía pasar de sus rodillas, una encolerizada Mari Carmen culpó sin miramientos a su marido, a quien solía achacar cualquier desgracia que pudiere acaecer no sólo en su hogar, sino también en su pueblo, en la provincia o en el hemisferio norte. Por supuesto, en ningún momento hizo amago de reconocer que su adiposidad, más allá de la retención de líquidos propia de la menopausia, pudiere derivar de su inusitada afición por la panceta, el morcón y otros derivados del sus scrofa domesticus o cerdo ibérico.

El bueno de Aurelio supo que debía encontrar una solución rápida y eficaz al problema antes de que peligrara su propia integridad física. Y quiso la casualidad que ésta se la diera su buen amigo Rafael Osorio, reconocido labrador y ortopeda, con el que coincidió a la hora del vermut: «Fajas de alta compresión», le indicó éste. Un producto revolucionario, tecnología colombiana, capaz de moldear cualquier parte del cuerpo y de devolver la autoestima a la desazonada Mari Carmen. Tal fue la gratitud del concejal hacia su compadre que decidió hacerle un pedido de mil unidades de un elegante color carne, en una encomiable muestra de su generosidad con cargo a las subvenciones europeas. Que la operación tuviera ciertos sobrecostes, que Villastar del Real no pasara de los doscientos habitantes o que mi querido amigo fuera compensado con algún tipo de prebenda por haber llevado a buen puerto aquella compleja negociación eran circunstancias menores a las que en ese momento no se les dio la debida importancia.

¡Qué razón tenía Rafael! Aquellas fajas parecían mágicas y su preciosa Mari Carmen pudo lucir el vestido de faralaes el día de la boda. Mayestática, orgullosa y pinturera, despertó el deseo de los invitados y la envidia de sus esposas, quienes no habrían criticado su apariencia envarada y su negativa a bailar durante todo el convite de haber sabido que Mari Carmen no se atrevió a hacerlo por miedo a que reventaran las costuras y que cada pliegue carnal, cuidadosamente envuelto en nylon, volviese a su ubicación original.

Tal fue el éxito que el edil decidió repartir novecientas noventa y cuatro fajas entre sus convecinas (reservó otras cinco para su consorte), convencido de que su acción devolvería la felicidad a todos los hogares y le aseguraría la ansiada alcaldía. Pero no contó mi admirado Aurelio con que muchas de las agraciadas decidieran estrenar sus prendas el 28 de febrero, Día de Andalucía, feriado escogido por el consistorio para celebrar la tradicional matanza del cerdo en la plaza del pueblo. Qué colorido, qué variedad de tejidos, volantes y pasamanerías, qué desfile de escotes y pantorrillas de todas aquellas damas que olvidaron el frío invernal y dejaron sus complejos en casa, paseando por la plaza enhiestas como un ejército de soldados prusianos. Todo era felicidad, regocijo y felicitaciones al munícipe por su indudable visión social y política.

Sin embargo, los acontecimientos habrían de girar dramáticamente a media tarde, cuando el astro rey ya daba muestras de agotamiento: Guadalupe, la mujer del practicante, empezó a sentirse indispuesta, con sudores fríos y taquicardias. Y tras ella, Susi, la panadera. Y Rosario, la de la papelería. Y así, hasta cincuenta, las mismas que habían decidido estrenar la faja justo el día en que se daba cuenta de dos puercos de ciento cincuenta kilos asados a las brasas de encina y que ellas deglutieron con sincera delectación.

La hinchazón inherente al proceso digestivo generó en sus cuerpos una presión de varias atmósferas que puso a prueba la calidad elástica de las fajas y que las habría matado por asfixia de no haber sido por la presencia de Fermín, el matarife, que con un hábil tajo consiguió desprecintar a cada una de las féminas para que pudieran volver a respirar con cetácea normalidad.

Esta relación de hechos fue argumentada ad náuseam por el resto de alcaldables para apartar a Aurelio Campos de la carrera hacia la presidencia consistorial, contemplada por todos ellos como el trampolín necesario hacia un nutricio puesto en la Junta de Andalucía. Se le acusó prácticamente de todo, pero la imputación más importante fue la de homicidio en grado de tentativa de doña Paquita Maqueda Sepúlveda, la más importante terrateniente de la zona y consorte del único candidato del Partido Marxista de las Dehesas, que achacó su crisis cardiorrespiratoria a un defecto de fabricación de la faja y no a su proceso digestivo, como el resto de afectadas, pues ella era «vegana de toa (sic) la vía (sic)». A pesar de que numerosos vecinos declararían en sede judicial haberla visto ingerir «a doble carrillo» tres tapas de oreja frita, cuatro emparedados de morcilla e incontables pulguitas de sobrasada, regadas con la afamada cerveza local Cruzcampo, el juez dio verosimilitud a su testimonio y mi amigo fue finalmente condenado a varios años de prisión.

A pesar del triste trasfondo de la historia, la salada simpatía de Aurelio consiguió que nuestras carcajadas reverberaran en cada rincón de tan magnífico restaurante. Aún resuenan en mi cabeza, sinceras y estentóreas, donde, empero, hoy conviven con una resaca salvaje que casi me impide tomar la pluma para escribir estas letras. Confieso que no recuerdo más allá del tercer Ponche Caballero que tuve el gusto de libar tras los postres, espirituoso lenitivo que no suelo permitirme por su elevado precio y que ayer paladeé, al parecer, con tanto placer como abundancia. Sí puedo acordarme, paradójicamente, del sonoro guantazo que me propinó Ninochka (¿o fue Olenka?), al parecer motivado por una lectura adivinatoria que pretendí practicar entre sus acerados glúteos. El malentendido debiose, sin duda, a la exaltada amabilidad que suele acompañar a la ingesta de alcohol y que me empujó a invitarle a un servicio de adivinación rumpológica in situ, en la misma mesa donde habíamos comido, para evitarle molestos e innecesarios desplazamientos.

Nimiedades aparte, tengo la extraña sensación... Mejor dicho: entre etílicas neblinas creo vislumbrar que Aurelio me hizo una propuesta comercial. Es un vago recuerdo sobre algún tipo de negocio cuyos detalles mi malherido cerebro no termina de perfilar. Me extraña mucho, me asaltan las dudas porque ¿qué podría necesitar ese gigante de las finanzas de alguien como yo? ¿En qué andará metido el Terelu para que un caduco rumpólogo pueda ayudarle? Esperaré ansioso a que se ponga en contacto conmigo, pero si nunca llegara a hacerlo siempre le estaré agradecido por haberme regalado uno de los mejores días de mi vida.