Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 63 - Verano 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El ocaso de don Julio Gabriel EstaƱ Cerezo

 

EL OCASO DE DON JULIO

(cinco primeros capítulos)

Gabriel Estañ Cerezo

Son más quienes se esfuerzan por creer que la realidad es como les gustaría que quienes intentan desentrañar sus misterios.

Joaquín de León Montenegro

 

CAPÍTULO I

A Don Julio le faltaban dos dedos. El meñique y el anular de la mano izquierda y, por alguna razón, aquello siempre le había dado prestigio. Sabía que en el Centro Nacional de Inteligencia circulaban muchas historias respecto a la forma en que los había perdido. Hacía décadas que no conocía cuántas y, en los últimos años, tampoco le interesaban. A veces, en algunos de los momentos más complicados de su carrera, se detenía a observar la cicatriz que suplantaba a ambos dedos y obtenía esa perspectiva tan importante para el trabajo de un agente de inteligencia. Cuando él comenzó no los llamaban así, pensó. Espías o agentes secretos. Pero los tiempos habían cambiado y, con ellos, el lenguaje. Don Julio creía en el poder de las palabras. Sabía que eran las responsables últimas del pensamiento y que había que elegirlas cuidadosamente. Había tratado de inculcar lo mismo en todos sus pupilos, así que cuando le avisaron de que la Secretaria General Márquez quería verle en su despacho en tres cuartos de hora, esperaba que ella tuviese en cuenta las enseñanzas del último agente de la Guerra Fría.

Pasaba las hojas de un periódico mientras aguardaba noticias de su equipo. Llevaban varias operaciones rutinarias de seguimiento a posibles objetivos. Debían darle parte de los avances en menos de una hora. Así que mataba el tiempo mientras esperaba las novedades operativas y la reunión con la Secretaria General. Ya había leído varios diarios digitales del ámbito ruso, dos americanos y el Times británico. El mundo seguía siendo un desastre. Solo el día anterior habían ocurrido un accidente de avión en Filipinas con noventa fallecidos y un secuestro de cerca de cien niñas por parte de un grupo terrorista en Nigeria, pero las noticias que más le afectaban hacían referencia al enésimo envenenamiento de un opositor ruso. Aunque el KGB había cambiado de siglas, la música seguía manteniendo algunos de sus acordes.

Estaba a punto de cumplir los setenta años y llevaba más de cuatro décadas de carrera profesional con un currículum casi impoluto. Aunque su altura había descendido casi seis centímetros y ya no alcanzaba la media nacional, se sentía afortunado porque conservaba la mayoría de su pelo completamente blanco y, sobre todo, porque no había cogido ni un gramo de grasa. A Don Julio la edad le hacía parecer más delgado todavía y acentuaba el color verde de sus ojos. Le gustaba vestir elegantemente y al principio de cada jornada dedicaba un tiempo concienzudo a arreglarse. Cada mañana frente al espejo se hacía el nudo de la corbata. Siempre el mismo. Había repetido miles de veces los ocho movimientos necesarios para realizar el Nicky. Es cierto que sabía hacer otros muchos nudos de corbata, pero hacía décadas, durante el tiempo que estuvo trabajando entre Alemania del Este y Rusia, había adoptado ese nudo como parte de su uniforme. El agente Don Julio vestía traje, camisa y corbata anudada con el Nicky. Si tenía que hacerse pasar por otra persona y, sobre todo, en su vida fuera del centro, jamás recurría a ese nudo y apostaba por otros como el Kelvin, que también necesitaba de ocho movimientos para su confección, por el Oriental, con solamente seis o por el Balthus, para el que eran necesarios nada menos que once movimientos. Dominaba docena y media de nudos y, en algunas ocasiones, practicaba de manera mecánica frente al espejo su conformación, como un militar que monta y desmonta su rifle automático para practicar. La falta de los dos dedos de la mano izquierda no suponía un menoscabo en su habilidad realizando dichos movimientos. Obviamente, la elección de un nudo u otro la realizaba en función del traje, los zapatos y el acontecimiento social al que tuviese que acudir. Excepto para acudir al Centro, en el que el Nicky era su compañero más fiel.

Desde que comenzase en aquella profesión había hecho casi de todo. El agente Julio Gilabert, apellido que recibió al ser reclutado, ingresó en el CESID en los primeros años de la democracia y en ese momento la principal preocupación era el terrorismo. La lucha entre el comunismo soviético y el capitalismo estadounidense era una liga mayor y quedaba lejos del poder del espionaje español, que como mucho trataba de detectar a los agentes rusos infiltrados en nuestro país. Sin embargo, a principios de los ochenta, el agente Julio, quien todavía no se había ganado el apelativo de Don, destacó por sus capacidades operativas y decidieron que tenía que aprender ruso e inglés y comenzaron a emplearle en algunas misiones en el extranjero. Solía tratarse de detectar tráfico de armas y redes de contactos internacionales del entorno etarra. Comenzó en África y después, pasó al ámbito comunista. El día que cayó el Muro, o más concretamente el día que lo tiraron, como le gustaba señalar a Don Julio, él se encontraba en Berlín. En su siguiente viaje de vuelta, había traído unos cuantos trozos del extinto vestigio comunista como una especie de presente sentimental a todos los agentes que habían luchado contra el KGB y el resto de servicios satélites durante décadas. Todos aquellos pequeños bloques de cemento hoy adornaban las casas de los ex agentes a los que se los había regalado y solo uno seguía en un despacho. En el suyo.

–¡Qué diablos! –murmuró–. Han muerto tantos de ellos que sus hijos los habrán tirado en la basura de cualquier día.

Últimamente divagaba demasiado, pensó mientras se daba cuenta de que era el momento de acudir a su cita y enfilaba hacia el despacho de Márquez. Pero al recordar a su antigua pupila, su mente voló hacia aquellos lejanos días en que la formaba. Era una mujer menuda, apenas superaba el metro y medio. Era joven, pero decidida. La mayoría de aspirantes a agente secretos se dividían entre los que estaban nerviosos y los que ocultaban su nerviosismo tras una falsa seguridad. Márquez no pertenecía a ninguna de aquellas dos categorías. Había aprendido rápido y su trabajo era siempre impecable. Llegaba hasta donde otros no podían y, sin ella, el país sería un poco peor. De las redes de tráfico de armas, había pasado a estudiar a los yihadistas cuando nadie les prestaba demasiada atención. Se había convertido en una experta en ese tema y desde el fatídico 11 de marzo de 2004, cuando todavía no tenía cuarenta años, su ascenso en el Centro había sido constante. Hacía casi un lustro que había sido nombrada Secretaria General. Su piel era oscura y portaba una larga melena castaña. Tenía unos ojos negros vivos, inquisitivos y una inteligencia muy por encima de la media. Don Julio se había quedado prendado de ella y había estado a punto de jugársela a Paloma. Los matrimonios en el Centro siempre se balanceaban sobre una cuerda demasiado floja y la mayoría acababa en divorcios. El suyo con Paloma Hernández, la hija de un empresario textil de Guadalajara, había estado cerca de quebrarse. Él se había enamorado perdidamente de Márquez y un último atisbo de lucidez por parte de ella, rechazándolo, lo había evitado. Los hijos de Julio y Paloma tenían entonces dos y cuatro años. Acordarse de sus vástagos tampoco le ayudaba. Tal vez debería jubilarse. La ocasión más propicia hubiese sido tres meses antes, tras la imposición de la medalla al mérito. Su equipo se había ganado aquella condecoración. Habían desarticulado una red de espías rusos que colaboraban con el independentismo catalán. Hubiese sido el momento perfecto. De ese modo, se hubiera ahorrado todo lo referente a la deserción de su agente y las represalias rusas, que incluyeron un ramo de flores secas enviado a su casa con una dedicatoria escrita en caracteres cirílicos que decían "una retirada a tiempo es una victoria". Don Julio se había saltado los protocolos del Centro y no había avisado. Se había limitado a quemarlo antes incluso de que lo viese Paloma. Un mes después, fue lo de Álvaro Bosque. Su deserción y paso a Rusia había sido un golpe para todos.

El secretario de Márquez, Ramiro, un hombre ligeramente afeminado, le estaba aguardando. Cuando Don Julio entró en el Centro no había ni mujeres ni personas abiertamente homosexuales. Pero hacía años que ambas cosas no eran problema alguno. Ramiro, que tenía fama de ser un agente en extremo competente, lo retuvo un par de minutos y luego lo invitó a pasar.

Márquez esperaba a Don Julio en un despacho demasiado grande, con una mesa de trabajo redonda para cuatro personas, un gran ventanal con los cristales tintados en un lado, una pared cubierta de noticias de periódicos enmarcados en el otro y al fondo su mesa. La mujer parecía especialmente diminuta tras un escritorio de grandes proporciones. Además del ordenador, había varias carpetas amontonadas y un libro, Homo Deus del escritor Yuval Noah Harari. Era una obra en la que se planteaba una visión del futuro de la humanidad. Un mundo en el que los servicios de inteligencia tendrían que encontrar su papel. Un marcapáginas sobresalía hacia la mitad del volumen. Don Julio le había regalado ese libro el día después de que ella le comunicase que iba a condecorar a todo su equipo. La Secretaria General tardó unos segundos en levantar la vista del ordenador en el que tecleaba a toda velocidad y cuando sus ojos se cruzaron, el veterano agente no pudo evitar sentir un cierto escalofrío. Siempre le pasaba.

–Don Julio –lo saludó ella.

–Márquez.

–Te lo diré sin rodeos. Te jubilas.

Unos instantes de silencio invadieron la estancia. Tras más de cuatro décadas de carrera, Don Julio consideraba que merecía algo menos frío que aquellas dos simples oraciones. Pero como seguía creyendo en el poder de las palabras, trató de elegir las más adecuadas para su réplica bajo la mirada escrutadora de la Secretaria General. El tiempo se enlenteció y, aunque el viejo agente tenía varias posibles respuestas, no terminaba de decidirse sobre cuál era la más conveniente. Márquez respetó los esfuerzos de su antiguo mentor y permaneció en silencio.

–¿Te lo has leído? –le consultó él. Ella sabía que se habría fijado en la posición del marcapáginas, pero estaba segura de que había hecho la pregunta por algún motivo.

–Más o menos, la mitad –reconoció Márquez.

–Es un buen libro.

De nuevo, ambos se quedaron en silencio. La mano derecha del viejo agente se dirigió inconsciente hacia el lugar donde deberían estar sus dedos amputados.

–¿Y Ptolomeo?

–La persona que te suceda se encargará de esa operación –Márquez sabía que el infiltrado era vital para su mentor. Casi como un hijo.

–¿Algo más? –aquel era seguramente el segundo momento más incómodo de sus vidas juntos. Tan solo una noche en Varsovia más de dos décadas atrás podía superarlo.

–Sí. Porque, en realidad, no te vas del todo –le confesó la Secretaria General mostrando media sonrisa en un tono que desconcertó completamente a Don Julio.


CAPÍTULO II


La Patria estaba en peligro. Cada hombre tenía que buscar su lugar en su defensa y sabía que el suyo no era, ni de lejos, el más fácil. Pero era vital. A lo largo de las últimas décadas se había esforzado al máximo para protegerla. Y un par de prostitutas no iban a ponerlo todo en peligro. ¿Quién podía imaginar que estaban en situación irregular y que una de ellas fuera menor? Tras la redada de la Policía Nacional en el club donde trabajaban, habían aparecido los nombres de dos empresarios y de un joven político con una prometedora carrera por delante. Las dos fulanas estaban disparando acusaciones a diestro y siniestro para evitar que las deportasen y relacionaban a esos hombres de bien con orgías llenas de drogas junto a otros poderosos caballeros. Su propio nombre podía acabar apareciendo y tenía que evitarlo. Además, los tres implicados le habían contratado para evitar que les costase su futuro y sus familias. Las chicas tenían que reconocer a la Policía que se lo habían inventado todo.

A las dos prostitutas las habían llevado a un piso de protección para mujeres lejos de la influencia de la mafia que las había traído a España y que se cebaría con sus familias en su país de origen. Pero él, a quien no le faltaban contactos, las había encontrado. Pensaba hablar con ellas en primer lugar y si no entraban en razón, avisar a sus antiguos jefes, cuyos métodos serían más expeditivos.

Una vez localizado el apartamento, que se encontraba en una zona tranquila, llevaron a cabo una cuidadosa vigilancia. Tendrían que actuar de noche y con rapidez. Sobre las dos de la madrugada, vestidos con ropa negra y cubiertos con pasamontañas, forzarían la puerta con una pata de cabra. Él había sido todo un experto en el uso de esa herramienta metálica, pero había decidido dejarle esa labor a uno de sus hombres de confianza. Le gustaba la forma de actuar del vasco. Una vez dentro, tendrían que reducir a la trabajadora del turno de noche que estaría medio dormida y en pijama y a la que amordazarían en menos de treinta segundos. Después, se encargarían de las fulanas.

Para atravesar el portal, contaban con el plástico que el vasco había colocado estratégicamente durante la tarde para evitar que la puerta se cerrase. Los cuatro hombres aguardaban en silencio en el interior de la furgoneta aparcada frente al edificio. A la hora acordada, tres de ellos se bajaron en dirección al portal. El otro les esperaría en el vehículo, sin pasamontañas y vestido con ropa de calle, para evitar llamar la atención de los vecinos o de alguna patrulla policial que pasase casualmente por la zona. Gracias a ese conductor se darían a la fuga en cuanto hubiesen terminado el trabajo.

La cuña colocada por su hombre cumplió su función y los tres atravesaron el portal sin problemas. Subieron por las escaleras evitando hacer el más mínimo ruido. En el rellano de la segunda planta, observó al vasco emplear la pata de cabra con eficacia y abrir la puerta con un fuerte estruendo que debió despertar a medio edificio. Su corazón, como en todas las operaciones, latía a gran velocidad. Los tres hombres penetraron en el piso y apenas unos segundos después comenzaron los gritos. Se habían hecho una idea de la distribución del apartamento gracias a la visita que habían realizado a los pisos superior e inferior fingiendo ser de la compañía del gas. Gracias a ello, fueron muy rápidos, el vasco alcanzó la habitación de la trabajadora y la amordazó con la habilidad propia de un ex miembro de la Ertzaintza. La ató a la cama con las bridas que habían traído y le señaló que era mejor para ella permanecer callada o también le harían daño.

Mientras tanto, habían sacado a las dos fulanas al comedor y las habían obligado a sentarse en el sofá. Las mujeres temblaban de miedo pensando que se trataba de miembros de la banda para la que habían sido obligadas a trabajar. Lloraban y gemían ante un destino que habían temido y que, pese a las promesas de protección que habían recibido, se había presentado de improvisto a medianoche.

Trató de hacerles llegar el mensaje que tenían para ellas, pero no le escuchaban. Le propinó un fuerte bofetón a la que tenía más cerca y, entonces, pareció más dispuesta a prestarle atención. Tenían que retirar sus acusaciones contra tres hombres. No tenía claro si lo habían entendido, así que les preguntó y ante la falta de respuesta, volvió a darle un nuevo tortazo a la mujer. La otra fulana comenzó a chillar y la tuvo que coger del pelo y gritarle que dejase de hacer ruido o tendría que matarla allí mismo.

El vasco le indicó que era mejor salir del apartamento lo antes posible. Pero no habían terminado. Tenía que cerciorarse de que habían captado el mensaje. Les repitió la pregunta y ambas asintieron. Le respondieron que dirían que no sabían nada de esos tres hombres y que se lo habían inventado. Antes de salir les mostró su pistola. Una Stoeger Cougar 8000 que hacía años que no disparaba. Tan solo quería recordarles lo que les pasaría si faltaban a su palabra.

Los tres hombres emprendieron la fuga del piso dejando a las dos prostitutas en el comedor y a la trabajadora amordazada y atada a la cama. Nada más subirse en la furgoneta, se quitaron los pasamontañas. Estaban exultantes y llenos de adrenalina. El hombre que no había participado en el allanamiento condujo para alejarles de allí. Tenían otros vehículos preparados a dos kilómetros para separarse y que nadie pudiese identificarles como los autores de la entrada en el piso de protección para mujeres.

Este tipo de operaciones presentaba muchos riesgos. Pero también sus buenos beneficios. Los tres hombres a los que había salvado su reputación, y sus futuros, le iban a dar una ingente cantidad de dinero. Aun así, tendría que hacer un seguimiento a la actuación de las dos mujeres. Si faltaban a su palabra avisaría al dueño de su antiguo club que no tendría miramiento alguno con ellas.

A veces la defensa de la Patria exigía este tipo de acciones. Lo sabía mejor que nadie.

 

CAPÍTULO III


El anuncio de su marcha supuso un golpe para todos. Todavía estaban muy afectados por la deserción de Álvaro Bosque y ahora les abandonaba Don Julio. Su juicio y experiencia habían sido vitales para toda la unidad. Podrían decir que no se lo esperaban, pero la edad del viejo agente no dejaba demasiadas dudas. Era cosa de tiempo. Sencillamente, la mayoría no querían que lo hiciera por miedo a sentirse huérfanos y les sorprendió que el propio veterano espía lo decidiera de un día para otro. Tan solo le quedaba como agente de inteligencia su comida de despedida.

Todavía estaba recogiendo sus cosas en el despacho. No podría llevarse nada confidencial o de trabajo, pero sí los recuerdos personales. Se encontraba contemplando el puro que le había regalado Don Basilio y el último pedazo del Muro de Berlín que le quedaba y valorando si debía llevárselos a su casa o dejarlos para el siguiente inquilino de aquella sala. Sabía que en internet se vendían muchos trozos que se presentaban como partes del Muro. No sabía si aquellos eran falsos o no, pero los suyos los había recogido él mismo durante el 9 de noviembre de 1989. El de su despacho le había acompañado durante tres décadas, pero había significado mucho más para la libertad de Europa. Decidió dejarlo. Eso sí, recogió el habano. Empaquetó sus pertenencias y se dirigió al control de seguridad por última vez. Una vez que lo cruzase no podría volver al Centro más que en el día anual de puertas abiertas para ex agentes. Le gustaba rencontrarse con sus viejos camaradas y poder brindar por sus éxitos pasados. También podrían quejarse amargamente cínicos de la actual decadencia de su profesión. Así que contaba con asistir a cada una de las citas.

Una hora después, Don Julio y su equipo enfilaron la carretera de la Coruña hacia la Complutense y se detuvieron en un discreto restaurante con un reservado en el que los siete miembros de la unidad pasaron las siguientes cuatro horas. Aunque el ambiente era, en líneas generales, triste, tanto por la jubilación como por la deserción de Bosque, poco a poco los seis subordinados de Don Julio se dieron cuenta de que el histórico miembro del CNI no se merecía una despedida semejante e hicieron lo posible por animarse. Acabaron alabando al ya ex agente, famoso por su astuta y metódica pericia. Herrera, con reputación de cómico hasta en las peores situaciones, se dedicó a imitar a diversos personajes del Centro y hasta Don Julio, que en general procuraba ser muy correcto, estalló en carcajadas con la imitación de la Jefa de División de África o del Director, entre otros.

Después, Don Julio dejó su Volvo a las puertas del restaurante, llamó un taxi y se marchó hacia su hogar. Cuando llegó, ya convertido en Julio Valdeolivas, pues ese era el apellido de su padre, fue recibido por Teo, un border collie de largo pelaje negro asaltado por una ligera banda blanca alrededor del cuello, que salió a saludarle nervioso y alegre moviendo su rabo de manera frenética. La longitud de aquellos pelos, o la cantidad de ellos que se le caían, era el principal motivo por el que Paloma no le dejaba entrar en la casa. En la puerta del inmueble, se deshizo el nudo de la corbata tirando del extremo estrecho a través del propio nudo (la simplicidad para deshacerlo era una de las ventajas del nudo Nicky) y entró en su hogar. Paloma dormitaba mientras la televisión encendida emitía la típica película de tarde alemana sobre conflictos familiares. Su pelo blanco caía sobre el sillón. Llevaba puesto un chándal viejo. Seguro que había pasado el día encargándose del jardín y recogiendo hojas de los árboles de los vecinos que caían en su parcela. La dejó descansar y se dirigió en silencio a la cocina para coger un mechero. Después, volvió a salir al jardín donde Teo volvió a recibirle con el mismo entusiasmo. Se sentó en un sillón de madera con el perro a su lado y sacó el puro. Con movimientos lentos y tranquilos de los tres dedos de su mano izquierda lo pasó por delante de sus ojos contemplándolo casi con adoración. Era el puro que le había regalado Don Basilio el día que se había jubilado. Era un Lancero de Cohíba, uno de aquellos puros cubanos que Fidel repartía a todos los aliados del comunismo. Don Basilio, el hombre que le había enseñado la manera de descifrar los senderos más complejos del bloque soviético, se lo había regalado y le había dicho que se lo fumase el día que se jubilase. Así que Julio se prestó a cumplir con aquel ritual y encendió el puro. Aspiró una profunda calada y, dado que hacía mucho tiempo que había dejado aquel vicio, le costó respirar y acabó tosiendo con violencia. El ruido despertó a Paloma, que salió al jardín y le preguntó qué hacía fumando.

–En realidad, nada –confesó él y apagó el puro.

–¿Cómo se lo han tomado? –Márquez le había dado dos días para que pareciese que lo había decidido él.

–Unos mejor que otros.

–Se adaptarán.

–Seguro. No tienen alternativa.

–Me preocupa más si tú serás capaz de acostumbrarte.

–¿A qué?

–A no hacer nada. A estar aquí.

El fantasma de Eduardo se interponía entre ellos a menudo. Su muerte había sido un hecho extremadamente traumático para ambos. Perder un hijo era algo de lo que ningún padre se podía recuperar. Pero además, tener la sensación de que no había hecho todo lo que podía, o debía, era una herida mucho más grave que la que Julio Valdeolivas tenía en lugar de sus dos dedos. La heroína y el SIDA habían causado estragos en toda España y Eduardo había sido una de sus víctimas.

Paloma, profesora de piano, se había jubilado hacía menos de seis meses. Ahora, tendrían mucho más tiempo para compartir. Y, tal vez, les daba hasta vértigo. Sin embargo, tendrían que esperar todavía un poco más, al menos hasta que Julio solucionae lo que Márquez le había pedido.

–Rebca vendrá luego con los niños.

Sus nietos eran una de sus mayores alegrías. Le encantaba verlos corretear por el jardín e incluso jugaba al fútbol con ellos. Ambos fijaban sus miradas en la cicatriz de su mano izquierda. Si para un adulto resultaba difícil ocultar su curiosidad ante aquella marca, para un crío era imposible. No eran los típicos niños que pasados los saludos iniciales no hacían demasiado caso a sus abuelos. Trataba de mostrarles cosas nuevas y diferentes y los críos, que tenían siete y cinco años, creían que la casa de los abuelos era como un gran parque de atracciones. Le hubiese gustado tener también una nieta, pero Rebeca no tenía más ganas de partos ni de embarazos. El último había sido difícil y todos se iban a quedar con el deseo de tener una niña en la familia.

–Es el cumple de Edu –continuó ella.

–No le he comprado nada.

–Tienen de todo. Pero he ido al centro y le podremos dar su regalo.

Su mujer estaba atenta a todo.

–¿Se quedan a cenar?

–Sí.

–¿Frank también? –Paloma asintió con la cabeza.

Su yerno era americano. Bueno, estadounidense. Que los americanos son de muchos países. Al principio, se había preocupado por si era algún agente infiltrado. Pero el Centro lo había investigado y estaba limpio. Ahora, le preocupaba que tanto él como Paloma tenían la sensación de que la relación entre Frank y Rebeca no pasaba por sus mejores momentos.

Cuando llegaron los cuatro, la casa se llenó de gritos. A los niños, Edu, en homenaje a su tío y Frank Jr., les encantaba Teo y jugaban con él hasta que el perro acababa exhausto. Los críos no tenían fin.

Frank se mostró en todo momento correcto y educado con sus suegros, pero se percibía algo de incomodidad por su parte. No hacía falta ser agente de inteligencia para darse cuenta de que no existía una química pasional entre su mujer y él.

Paloma les reunió alrededor del piano de pared que tenían en casa. La abuela había estado enseñando a los niños a tocar y quería que se lo mostrasen a sus padres y al abuelo. Empezó Edu. Julio creía que iba a tocar "Cumpleaños feliz", pero el niño les sorprendió tocando el "Himno de la Alegría". Todos le aplaudieron como si estuviese dando un recital en el concierto de Año Nuevo junto a la Filarmónica de Viena. Después le tocó el turno a Frank Jr. quien sí optó por tocar "Cumpleaños feliz" para su hermano. Toda la familia se arrancó a cantar, pero el niño les hizo callar porque no quería que estropeasen su actuación. Acordaron que primero tocaría él y después cantaría toda la familia. De nuevo, todos aplaudieron efusivamente. Paloma estaba especialmente orgullosa de sus nietos. En un momento dado, se escapó hacia la habitación que Julio usaba de despacho y donde tenía guardados los regalos.

Cuando le dieron el suyo, los ojos de Edu se abrieron como platos. No esperaba recibir un dron como regalo. Al propio Julio le sorprendió la elección de su mujer. Frank Jr. miraba con una envidia no disimulada a su hermano, pero le cambió la cara cuando vio que a él le habían comprado un coche teledirigido. No era un dron, pero solo tenía cinco años. Cuando tuviese siete podría hacer volar el regalo de su hermano.

Salieron al jardín y Edu pudo estrenar su dron. Su padre tuvo que bajárselo de un árbol dos veces. No parecía que fuese el mejor piloto del mundo, pero tampoco se podía esperar más de la primera vez de un niño de siete primaveras.

La cena transcurrió tranquila y todos parecían más relajados. Incluso Frank y Rebeca mostraron cierto grado de complicidad. Ojalá se arreglasen, pensó Julio Valdeolivas.

Cuando se marchó la familia de su hija, la casa quedó en silencio. El matrimonio se dejó caer en el sofá y ella se apoyó sobre él. Estuvieron ahí, callados, sintiendo la respiración del otro durante un largo intervalo de tiempo. Ambos perdieron la cuenta de los minutos. Años atrás, hubiesen hecho el amor. Pero el día había sido agotador y se acompañaron hasta la cama, donde tras ponerse sus pijamas, se acostaron abrazados hasta que se quedaron dormidos.

Don Julio creía en los sueños. No en los que se tienen cuando se es joven y uno cree que va a comerse el mundo. Creía en todos esos etéreos mensajes que su subconsciente le enviaba en el momento en que era más receptivo a ellos. Durante el resto del día su cerebro no reducía su actividad. Era imposible que algo tan sutil como un pequeño mensaje de su intuición fuese a impactarle de lleno. Por eso, mientras dormía, sabía que su mente le podía enviar información de gran relevancia entre toda la paja que forman los sueños. Tan solo había que escoger la que de verdad era útil. Era exactamente igual que el trabajo de un analista de inteligencia. Solo que se hacía dormido y no delante de un ordenador. Por eso, cuando aquella noche soñó con un pulpo que se comía un viejo elefante, se dio cuenta de que algo quería decirle su mente. Resultaba obvio que el paquidermo le simbolizaba a él. Y el octópodo no podía ser más que una representación del hombre al que Márquez le había encargado vigilar. Sabía que sus múltiples tentáculos lo abarcaban todo. O eso se decía de él y, por eso, la Secretaria General le había asignado aquella misión.

Pero, ¿sería capaz el viejo elefante de atrapar al oscuro pulpo?


CAPÍTULO IV


El programa había estado plagado de fallos. Se encontraba sentada en el wáter y sabía que la estarían aguardando, pero le habían entrado ganas de hacer de vientre. Ardía de rabia y estaba decidida a hacerles pagar por ello. Nadie haría que pudieran poner en tela de juicio su profesionalidad. Lo peor había sido que cuando habían conectado con el enviado especial en la Cumbre del Clima no había entrado el audio. Pero, además, en otro momento se había escuchado a uno de los colaboradores, que se sentaba al lado de Clara, decir un improperio cuando su micrófono debería haber estado apagado. Ella no solía necesitar ir al baño por la mañana, pero en ocasiones el cuerpo es caprichoso, pensó. Estaba segura que se debía al nefasto programa que habían emitido. No podía permitir que algo así volviese a suceder o su prestigio como periodista se vería afectado. La temperatura en el aseo era demasiado baja para su gusto.  Y ella no podía dejar pasar cosas así, ni el frío ni los fallos del programa, gruñía mientras agarraba varios trozos de papel higiénico.

Más de tres décadas de carrera habían convertido a Clara Vaillo en uno de los rostros más famosos de la televisión. Sus amplias gafas de pasta de llamativos colores eran su signo distintivo, como de otros profesionales lo habían sido sus pajaritas o sus chistes improvisados fuera de guion. Ya frente al espejo de los servicios, procedió a lavarse las manos. Ella pregonaba ser la que conseguía la mejor información y la que lo hacía antes que nadie. Lo cierto era que tenía muchas fuentes y estaba acostumbrada a dar exclusivas, pero no podía dejar pasar errores como los que habían sucedido en ese programa. Salió en dirección a su despacho, caminando elegante sobre sus altos tacones, con su traje de chaqueta y falda ajustada y su flequillo castaño golpeando rítmicamente sobre sus gafas favoritas. El color rosa chillón le recordaba a los flotadores gigantes con forma de flamenco. Flamenca estaba ella. Se cruzó a varios de sus colaboradores que llevaban casi quince minutos aguardando que terminara en el servicio para comprobar hasta qué punto estaba enfadada. Menudos inútiles.

Llamó a todo el equipo a su despacho y les abroncó inmisericorde. Era la presentadora y directora del programa más visto de la mañana. Aquellas personas debían agradecer tener la oportunidad de trabajar para ella. No podía aceptar más fallos. Ni técnicos ni de ninguna clase.

–Y al imbécil de Martínez Segarra no volvéis a llamarlo ni una puta vez más –el fallo fuera de micro le había costado el puesto.

Les hizo salir a todos y decidió tomarse un rato para ella. Abrió Twitter, algo que no debía haber hecho, y ya había docenas de trolls despellejándola por el programa. No solo por los fallos que ella había detectado, sino por el contenido en sí. Los de izquierdas decían que su línea era muy de derechas; los conservadores pregonaban que apestaba a comunista. Desde el Gobierno criticaban que se trataba de un magazine elaborado para desestabilizarles, mientras que la oposición le reprochaba su seguidismo y los partidos pequeños su invisibilidad. En realidad, aquello le ponía. Sabía que cuanto más hablasen de ella, más relevante sería su papel. Gracias a eso, además de pedir un aumento de su ya cuantioso salario, podría rodar anuncios más que bien pagados y su próximo libro sería un gran éxito. Tenía varias ofertas de las principales editoriales nacionales. Intentaría aumentar su exposición mediática antes de cerrar un trato. Necesitaba alguna exclusiva o hacer caer a algún cargo del Gobierno. No sería el primero ni tampoco el último. La política española era una sucesión interminable de crisis y enfrentamientos partidistas. Ella sabía sacarle partido a eso. Miró el Whatsapp y vio que tenía más de cien mensajes de catorce conversaciones de aduladores, políticos, periodistas o empresarios. El portavoz del Partido de los Trabajadores, una formación minoritaria radical, le escribía animándole a darles más espacio en su programa "porque parece que solo haya dos partidos en las Mañanas de Clara Vaillo". Pensó en bloquearlo, pero sería darle balas contra ella. Le contestó que no era responsable de los contenidos, lo que no era ni remotamente cierto, y le animó a conseguir más apoyos entre los ciudadanos. Pero el mensaje más importante se lo había mandado su marido:

–Lo tenemos –decía.

Por un segundo, pensó que el imbécil podría haber esperado a llegar a casa, pero entendió que para Hernando Ceballos de los Hoyos era una gran noticia. Los últimos meses habían sido muy difíciles para él y aquella solución se les había aparecido casi milagrosamente. Bueno, les había costado un capital y era ella quien había encontrado a la persona adecuada para resolverlo. En realidad, Hernando era un pobre hombre. Se habían casado cuando ella era una cría recién acabada la carrera. Él le llevaba doce años y ya se encargaba de parte de los negocios que había creado su familia a principios del siglo XX, pero que se habían desarrollado en su mayor parte durante la dictadura. Por aquel entonces, Hernando lucía un cuerpo bronceado con marcados músculos y su pelo, negro y engominado, le daba un toque viril que a ella la había embobado. Tres décadas más tarde, apenas le quedaban dos pequeños reductos sembrados de canas y era imposible pensar que el cuerpo fuese el mismo que ella había amado con tanta pasión. Obviamente, Clara se conservaba mucho mejor y hacía años que era consciente de ser una persona más inteligente que él. Pero al principio, su relación había sido muy fructífera para ella. Su suegro le había conseguido su primer empleo, además de haberles regalado un céntrico apartamento por su boda. Y gracias a los contactos de su familia política había conocido a la élite madrileña. Esas personas, tan cercanas al poder, habían cimentado su ascenso. Sin la influencia de su marido no lo hubiese conseguido. Pero era innegable que Clara Vaillo había logrado progresar también gracias a sus habilidades periodísticas y personales. Mientras tanto, Hernando, dándose a la buena vida, había dilapidado su salud y también parte del imperio familiar. La crisis de 2007 había sido nefasta para él. Sus empresas se habían visto gravemente comprometidas e incluso algunas habían cerrado. Encontrarse cerca de la quiebra le había llevado a tomar algunos caminos cercanos a la ilegalidad. Sin embargo, había logrado recobrar el timón y enderezar el rumbo. Tal vez sus métodos no hubiesen sido del todo ortodoxos, pero habían recuperado la senda de la prosperidad y Hernando volvía a presentarse como un empresario de éxito.

Hasta que apareció el juez de la Peña. Ese hombre raquítico había imputado a su marido por supuestamente haber amañado un contrato público en un municipio de Zamora. Hernando había puesto el grito en el cielo, pero cuando repasó todos los acontecimientos con Clara, se dio cuenta de que podía encontrarse ante un grave aprieto. Los rivales periodísticos de la presentadora habían aprovechado para abalanzarse sobre ella. Habían sido momentos críticos. Finalmente, pusieron en marcha una estrategia. Su marido lo negó todo y señaló que se trataba de una maniobra con intereses ocultos en dañar a su mujer y, mientras tanto, los abogados que habían contratado buscaron la mejor defensa legal. Aunque eran buenos, y caros, el olfato de Clara le decía que no era suficiente. Y así fue como dio con el Comisario Requena. Ella ya le conocía, aunque no provenía de los mismos círculos en los que se movía su marido. Para ellos, era un arribista. Sus padres habían sido simples cordeleros andaluces emigrados a Madrid. Pero él había logrado abrirse paso mediante un ascenso fulgurante y ostentaba una posición de fuerza desde hacía más de dos décadas.

El primer encuentro se produjo en una recepción social en el Hotel Mandarín Ritz de Madrid frente al Museo del Prado. A Clara le encantaba el lujo que destilaba el edificio y fue mientras charlaba con el embajador inglés, que le estaba contando que había usado su programa para mejorar su castellano, cuando vio aparecer al Comisario. La mirada inteligente de José Antonio Requena, ligeramente suavizada tras sus gafas sin montura, se paseaba por la estancia analizando a las personalidades que se adulaban entre bandejas de catering y copas de cava. La periodista ya le había tratado previamente y sabía que el suyo era el carácter de un depredador que podía disfrazarse de seductor cuando la situación lo requería. Tal vez, él fuese la solución enviada por un dios al que hacía demasiado que no rezaba.

Unos minutos más tarde, el Comisario se acercó hasta ella y señaló con la mirada hacia uno de los ventanales. Podría parecer un sitio demasiado a la vista de miradas indiscretas, pero ocupaba una posición estratégica con dos biombos del acto social ocupando sus laterales de manera que ambos podrían charlar tranquila y confidencialmente.

Se saludaron y cambiaron varias frases de pura cortesía, hasta que él se lanzó:

–Menudo cabrón el de la Peña –a Clara le gustaba que le hablasen claro.

–Desde luego –no quiso ahondar para no mostrar sus cartas.

–Y con todo lo que tiene que callar además...

Las palabras del Comisario Requena fueron música celestial para los oídos de la presentadora. Efectivamente, aquel expolicía, forjado en la época más sangrienta del terrorismo etarra, podía solucionarle la cuestión del juez. Aunque necesitaría tiempo. Y fondos. Doscientos mil euros. Cincuenta por adelantado y el resto cuando terminase la operación. Era mucho dinero. Pero necesitaba a su marido limpio para poder proseguir su carrera. Aunque por un segundo se imaginó dejándolo caer y ofreciendo el rostro de la mujer engañada. Descartó la idea. Al menos de momento. Ella era una mujer fuerte y no necesitaba victimizarse. Eso se lo dejaba a otras. Miró a los ojos del Comisario y asintió. Le harían llegar el dinero en menos de una semana. Requena asintió mostrando una sonrisa taimada sobre su perilla cana, levantó las cejas, le entregó una tarjeta de visita que únicamente contenía su número de teléfono sin ni siquiera su nombre y se marchó por donde había venido.

Clara no tenía nada contra los homosexuales, pero que aquel juez engañase a su mujer de toda la vida y madre de sus tres criaturas con hombres que podían tener la edad de sus hijos era algo demasiado valioso como para dejarlo escapar. El Comisario grabaría un vídeo y se lo haría llegar al magistrado. Si no retiraba la acusación contra todos los acusados le haría llegar las cintas a su esposa.

–¿Por qué contra todos? A mí solo me interesa Hernando.

–Si se escapa solo él, los otros podrían tratar de inculparle. Es mejor así –zanjó él.

Había tardado un mes. Pero el mensaje de su marido era claro, había conseguido las grabaciones y sería cosa de muy poco tiempo que de la Peña retirase la imputación contra Hernando. Lo que le permitiría a ella pisar a fondo el acelerador en su carrera profesional. Porque aunque fuese una de las periodistas más exitosas de su generación, Clara Vaillo era insaciable.


CAPÍTULO V


–¿A qué te refieres? –la actitud de la Secretaria General Márquez le había sorprendido mucho.

–A que solamente te jubilarás de manera oficial. Pero que seguirás trabajando para el Centro –en ocasiones se hacían acuerdos así.

–¿Con qué fin?

–¿Conoces al Comisario Requena? –Don Julio había escuchado hablar de él. Asintió.

–Tenemos que paralizar sus actividades delictivas.

Las palabras de Márquez sorprendieron mucho a Don Julio. Si él hubiese querido hacer polvo a alguien, hubiese apostado por otro tipo de agente. Al menos veinte años más joven y con experiencia en otras áreas del Centro. Además, vigilar a un ciudadano español no era algo que entrase dentro de la actividad habitual en el CNI. A menos que hubiese, por ejemplo, robado información secreta. El veterano agente se lo comentó a la Secretaria General y ella asintió.

–Existe la sospecha de que así pueda ser. Además, dadas sus conexiones con altos mandos de la Policía Nacional y la Guardia Civil una investigación a cargo de estos cuerpos tendría pocas garantías de éxito.

Don Julio asintió, pero permaneció en silencio. No terminaba de convencerle la explicación de Márquez.

–El Comisario ha traspasado ciertas barreras y hay que mandarle una señal. Supongo que conoces sus métodos.

–He oído algo, pero no he prestado mucha atención –la carrera de Don Julio había estado centrada en otros ámbitos. Aunque Requena presumía de haber estado muy activo en la lucha terrorista durante los años ochenta antes de solicitar la excedencia para dedicarse a sus negocios privados, Don Julio no había coincidido con él. La primera vez que escuchó hablar del Comisario, creyó que era alguien que trataba de inflar su curriculum aportando méritos dudosos y difíciles de contrastar.

–Pues bien, tiene una gran cantidad de grabaciones que hay que confiscar o, en caso de no poder ser incautadas, destruir.

–Tendrá copias de seguridad y no será fácil.

–No lo va a ser. Por eso mismo necesitamos montar todo esto de tu jubilación.

–¿A qué te refieres?

–Es la excusa para llevar a cabo un operativo contra él.

–¿Y tiene que ser ahora? ¿Tengo que ser yo quien la dirija?

–El Comisario siempre ha presumido de sus contactos en el Centro. Desde que comenzó con su entramado de empresas de seguridad, se jacta incluso de hacer trabajos para nosotros.

–¿Los hace?

Márquez guardó unos culpables segundos de silencio.

–No. Al menos desde que soy la segunda al mando. Pero él sigue alardeando de ello. Posiblemente como estrategia comercial.

–¿Te refieres a que consigue clientes con ese argumento?

–Sí.

–Te sigo.

Márquez percibió un atisbo de duda en la expresión de su mentor y le interpeló:

–Dime qué te preocupa.

–Una de las cosas que tengo entendido que presume de hacer es que se le utiliza como "subcontrata" para conseguir la información a la que el Centro no puede acceder.

–¿Y tú te lo crees?

–Yo siempre he trabajado en cosas muy alejadas de los posibles negocios de este señor. Nunca he tenido nada que ver con él, pero no puedo garantizar que otros no lo hayan hecho –la voz de Don Julio sonó cansada.

–También te digo que una cosa es encargarle trabajos y otra comprarle información que él haya obtenido –aportó la mujer. Era metro y medio de pura perspicacia.

–Entiendo.

–La cuestión, volviendo a sus posibles contactos, es que no sabemos si tiene algunos amigos a sueldo en el interior de nuestros muros. Y queremos garantizar que la operación contra él no tenga ninguna fuga de información.

–¿Y cómo sabes que yo no soy una de sus amistades en el Centro?

–¿De verdad me lo preguntas después de tantos años?

–Una traición siempre proviene de quien menos te lo esperas.

–Creo que en esto eres el único en el que puedo confiar. O casi –Don Julio arqueó suavemente una ceja–. Tendrás un equipo. Lo he seleccionado yo misma.

La Secretaria General le lanzó un pen drive.

–Ahí están los dossiers de los miembros de tu unidad y todo lo que tenemos sobre Requena. Tómate unos días. El martes que viene tendrás que ir a un chalet cuya dirección está en uno de los archivos. Será la base mientras dure la operación. Allí te encontrarás con el equipo. Pero antes tendrás que anunciar tu jubilación.

El silencio volvió a ocupar la estancia mientras Don Julio digería la información.

–¿Por qué nosotros? ¿No pueden hacerlo otros?

–¿Quiénes? ¿La Policía? Es uno de ellos.

–Ese hombre tiene de policía lo que yo de cabaretera. ¿Y la Guardia Civil?

–¿Cuántos crees que tiene en nómina? –fue la certera contestación de Márquez.

–¿Este trabajo tiene ya nombre?

–Puedes llamarla Operación Cloaca.

–¿Puedo pedirte una cosa?

–No puedo confirmarte que pueda cumplirla.

–¿Me avisarás sobre Ptolomeo?

Márquez sabía lo importante que el infiltrado era para Don Julio. Asintió, consciente de que se estaba saltando el protocolo que ella misma debía hacer cumplir a todos los agentes del CNI.

Esa misma tarde, ya en casa, Julio introdujo el pen drive en un ordenador portátil que tenía sin conexión a internet. Sabía que los hackers más modernos podían llegar a entrar igualmente si el virus estaba en el dispositivo que acababa de conectar, pero no creía que fuese el caso.

En primer lugar, se dedicó a leer los archivos sobre el Comisario Requena. Había varios informes redactados por miembros del centro y algunos testimonios de otras personas. Además de un par de noticias o un recorte de un libro de los años noventa donde ya se citaban sus andanzas entre tinieblas legales. Tenía la misma edad que Don Julio y, según constaba en los registros de la Policía Nacional, había estado destinado en Navarra durante la década de los ochenta. Sin embargo, tampoco constaba que hubiese recibido ninguna medalla por su labor en el norte durante esos años, algo de lo que al parecer alardeaba de manera habitual. Tal y como creía Don Julio, se trataba de un fantasma al que le gustaba presumir, pero que también desaparecía sin dejar rastro. Al parecer, las últimas dos décadas había estado bordeando la legalidad (o incluso traspasándola abiertamente) y nadie había conseguido imputarlo. Algunos lo habían intentado, pero no habían llegado a juicio. Requena se defendía afirmando que era un hombre de Estado, alguien necesario para la supervivencia de la nación. Don Julio albergaba sus reservas.

Abrió una carpeta con fotografías y el rostro de José Antonio Requena apareció ante él. Llevaba unas gafas bifocales de finos cristales sin montura y con las patillas plateadas. Una suave perilla blanca y un bigote del mismo color rodeaban una boca pequeña de dientes desiguales. Tenía una nariz anodina y sus cejas apenas se percibían porque bajo de ellas se observaba unos fríos ojos azules que parecían poder lanzar llamaradas a su alrededor. Las arrugas y las manchas de la piel se alternaban sobre su rostro.

No podía detectar el peinado que llevaba, ya que una boina gris cubría la parte superior de su cabeza. Continuó observando la fotografía, tratando de obtener más información de la que su vista era capaz de reunir. Tal vez su intuición pudiese empaparse de algo más. Cuando se cansó, pasó a la siguiente imagen. El Comisario Requena estaba casi calvo. Tampoco era que pudiese considerarse una sorpresa en alguien de su edad.

Dedicó los siguientes días a estudiar toda la información que le había entregado Márquez. El Comisario tenía un complejo entramado empresarial y, al parecer, debía estar facturando grandes cantidades. Poseía participaciones en negocios internacionales, así como diversas propiedades inmobiliarias en la capital, entre las que destacaba un chalet en las Rozas que parecía un cuartel militar, a menos de quince minutos de la sede del CNI. Era fácil deducir que era el titular de cuentas en paraísos fiscales y algunos de los documentos así lo aseguraban. Si además tenía cajas fuertes en Andorra o Suiza, donde pudiese esconder discos duros repletos de grabaciones, la cosa se iba a complicar. Al acabar el día, le dolía la cabeza y decidió tomarse un paracetamol.

A la mañana siguiente, se dispuso a analizar en profundidad a los miembros de su equipo. Hasta ese momento se había centrado en el objetivo y tan solo había ojeado superficialmente a los agentes que le habían asignado. Ahora tenía que comprobar los recursos de los que disponía. Según le había comentado Márquez, tan solo otros dos agentes del CNI estaban al tanto de la operación, además de ella misma y de Ramiro. Sus nombres eran Alberto Serna y Jorge Quiñones. Los dos habían entrado en el Centro como expertos en informática. Don Julio los conocía a ambos y, según tenía entendido, habían dejado el servicio casi dos meses atrás para montar su propia empresa de desarrollo de software en ciberseguridad. Cuando se lo comentó a la Secretaria General, esta se limitó a sonreír.

–La operación no ha empezado hoy –se limitó a añadir. En el mundo de los espías muchas cosas no son lo que parecen.

Quiñones y Serna eran la noche y el día. A pesar de que los dos debían tener la misma edad, con alrededor de treinta y cinco años, costaba imaginar dos personas más diferentes. Mientras que el primero era bajito y le sobraban entre veinte o treinta kilos, Serna sobresalía por su estatura y vivía obsesionado con el deporte. Quiñones iba a casarse con su novia de toda la vida y al otro no se le conocía pareja estable. Alberto Serna estaba muy musculado y se machacaba en el gimnasio. Parecía más un monitor deportivo que un informático. Quiñones prefería ver series o películas tirado en el sofá de casa con su prometida, una chica de Salamanca llamada Sara. Le gustaba mucho la serie "Oficina de Infiltrados" y era quien se la había recomendado a Don Julio. Hasta en las voces eran completamente diferentes, mientras que el deportista Alberto Serna tenía una voz grave, la de Quiñones era mucho más aguda y la acompañaba de un tartamudeo muy marcado. Don Julio, cuya labor de investigación sobre Rusia requería frecuentes contactos con los informáticos del CNI, sabía que ambos agentes eran muy competentes. La Secretaria General había acertado con su elección. Se sentiría cómodo trabajando con ellos.

También formaban parte del equipo tres agentes operativos. A Márquez debía de haberle costado más trabajo encontrar estos perfiles. Por un lado, porque era más probable que el Comisario Requena conociese a alguno de ellos. Pero, además, porque proporcionarles una coartada para tenerlos alejados del Servicio durante un tiempo indeterminado no era sencillo. Al final, en su estrategia había hecho retornar a tres agentes que estaban en el extranjero: Desiderio Montoya, África Tous y Genaro Valverde.

Al único que Don Julio conocía personalmente era al último. Valverde, que superaba ampliamente los cincuenta, había sido reclutado menos de una década atrás. Era un recomendado que había sido seleccionado, entre otras cosas, por su pericia como cerrajero, habilidad por la que había coincidido con Don Julio en algunas de las operaciones que había diseñado. Abría puertas de seguridad o cajas fuertes con una velocidad asombrosa. Al parecer, su último destino había estado en Sudamérica. Imaginaba que, dado que era un hombre muy moreno de piel, con el pelo castaño y bajito podría pasar por ser originario de alguno de aquellos países. Desde la última vez que se habían visto había engordado, según veía en sus fotos más recientes. Era un hombre tranquilo, discreto y afable, con un rápido sentido del humor. Como tantos otros agentes del CNI estaba divorciado, aunque no parecía haberle afectado demasiado. Don Julio estaba seguro que Genaro Valverde sería un elemento vital para el éxito de la misión.

De Tous había oído hablar en múltiples ocasiones. Incluso a la propia Márquez. Debía tener alrededor de los cuarenta años. Catalana de origen, concretamente de Calella, un pueblecito a la orilla del Mediterráneo, era licenciada universitaria en Sociología, y dominaba varios idiomas. África Tous hablaba, además del castellano y del catalán, inglés, francés y un árabe más que decente. Era experta en Inteligencia de Fuentes Humanas, campo también conocido como HUMINT, es decir, su trabajo consistía en conseguir la información directamente de personas a las que generalmente debía manipular. Y tenía que saber contrastarla e interpretarla. Ese era el paso vital para convertir la información en inteligencia. Era el arte más viejo de los servicios de espionaje. Había sido captada para analizar información referente al independentismo catalán, pero posteriormente por su habilidad para tratar con las personas había pasado a trabajar en diversos temas. En el momento en que había sido captada para la misión, se encontraba en Marsella analizando las redes yihadistas del sur de Francia. Físicamente era anodina y de aspecto frágil, gran virtud para la realización de su trabajo ya que nadie la consideraría una amenaza. Apenas superaba el metro sesenta de altura y pesaría menos de cincuenta kilos. Su pelo corto y liso lucía un color crema que tampoco llamaba la atención. Sin embargo, tras este aspecto insignificante se escondía una mente brillante. Era una mujer que haría carrera en el centro y que estaba destinada a ocupar sus más altos escalafones.

En cuanto a Desiderio Montoya, no había escuchado hablar de él. Sin embargo, sabía que también su hermano había sido agente del Centro y, además, su ficha era clara. Ex militar andaluz de treinta y cinco años que había estado en el Ejército del Aire, concretamente en el Escuadrón de Zapadores Paracaidistas, cuya sede se encontraba en el municipio murciano de Alcantarilla y que tenía fama de ser uno de los mejores del ejército español. Desiderio era el "Rambo" del grupo. Desde que se incorporó al CNI había sido destinado a cualquier lugar donde hubiese una misión peligrosa que realizar. Antes de recalar en la Operación Cloaca se encontraba en un país africano adiestrando a sus tropas en técnicas de inteligencia y de lucha contra el terrorismo. Sin embargo, no era únicamente un hombre de acción, ya que tenía una licenciatura en Administración y Dirección de empresas que se había sacado por la Universidad a Distancia mientras estaba en el Ejército. Tal vez su defecto fuese que sí llamaría la atención. Sobre todo gracias a su metro noventa de altura y su físico atlético. Además, lucía un cabello castaño claro cortado al estilo militar y una barba frondosa del mismo color que le cubría un marcado mentón. Tenía una nariz prominente y entre los incisivos superiores mostraba una separación que llamaba la atención. Don Julio imaginaba que era un espía muy valioso, pero no tenía claro que tuviese un hueco en esta misión.

Finalmente había otros dos agentes. O casi. Dado el miedo de la Secretaria General a que en la misión participase algún posible confidente del Comisario Requena, había decidido adscribir al grupo a dos personas que si bien habían superado de manera destacada el proceso de reclutamiento, no se habían incorporado al CNI. Don Julio tenía ante él sus expedientes de reclutamiento con todas las respuestas a los diferentes test y las valoraciones de los reclutadores, además de todos los informes realizados sobre ellos. Efectivamente eran buenos. Pero seguían siendo dos vírgenes. Macarena y Diego.

No era en absoluto algo habitual. El proceso de reclutamiento era lento. Se tardaba entre seis meses y un año al menos. Y se interrogaba incluso a personas del entorno de quienes trataban de ingresar en el Centro. Además, aunque el CNI disponía de un servicio de reclutamiento a través de la web, la mayoría de candidatos eran seleccionados por otras vías como recomendaciones de los actuales agentes. Lo que conllevaba una cierta endogamia. Para evitar ese riesgo, la Secretaria General había seleccionado a dos reclutas que habían enviado sus currículums a través de la sede electrónica del CNI y que no tenían ninguna conexión previa con el Centro.

Pero para Don Julio, el principal problema era que no iban a contar con la formación posterior a la selección, que durante meses completaba los conocimientos que los nuevos agentes tenían previamente. Y lo más importante, en la que se les enseñaba a adaptarse a su nueva forma de vida entre las sombras en las que trabajan los servicios de inteligencia. Lo que se conocía como el paso al otro lado del espejo. En este caso, Márquez, para preservar la misión y evitar los posibles topos del Comisario Requena, había optado por realizar una jugada arriesgada. Había dejado fuera del CNI a dos buenos candidatos esperando repescarlos para que participasen en la caza del hombre que lo sabía todo. ¿Saldría bien? ¿Estarían al nivel necesario? Don Julio tenía sus dudas.

 

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