Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 63 - Verano 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Un cuento de la abuela Rafa Caricio

 

Este viejo cuento, propio de las zonas rurales, me lo contó mi abuela paterna cuando yo tenía siete años, mientras me hacía tragar la cena, cosa que no me apetecía nada.

En la época a la que se refiere el cuento, los hijos improductivos o inservibles para las labores del campo, debido a la mucha pobreza, eran abandonados o simplemente eliminados.

En este tipo de cuentos casi nunca faltan el tonto que no lo es tanto y, cómo no, su hada madrina.

 

El tonto de mi lugar, todos comen trabajando y él come sin trabajar

Pues Señor, érase una vez un lejano reino donde vivían el rey, la reina y su hija, la princesa a la que había que buscar marido. La princesa era muy bella, pero los reyes no querían para ella un marido rico. Lo más importante es que fuera, más bien, muy inteligente, para que supiera gobernar con acierto el reino en el futuro.

En este mismo reino había una pequeña aldea donde vivía una familia pobre con muchos hijos que mantener. Uno de ellos, para desgracia de sus padres, era tonto y no servía para trabajar. En realidad, el chico era muy tímido, pacífico, silencioso y nada revoltoso, lo que para aquellas gentes sencillas era un signo inconfundible de estupidez mental, y dado que era muy parado de actitud, lo consideraron incapaz para el trabajo, lo que suponía una boca inútil que alimentar.

Los padres decidieron que no podían mantener un hijo así y pensaron la manera de deshacerse de él. La madre amasó un pan con harina y veneno del que se utilizaba para eliminar las plagas de los cultivos. Le entregaron este pan con un trozo de queso en un saquito de tela y le dijeron que tomara la burra y se fuera al monte a recoger leña. El muchacho, bastante extrañado, pues sus padres nunca le habían encomendado ninguna tarea, tomó las riendas del animal, e ilusionado con su primer trabajo, se dirigió al camino que lo llevaría a unas colinas próximas, donde había bastantes ramas secas en el suelo desprendidas de los árboles por el viento y a cuyos pies discurría el río.

En poco menos de una hora llegó al lugar, dejó que la burra pastara libremente y se dispuso a comer el pan y el queso antes de iniciar la recogida de la leña. Se sentó en una piedra y, antes de hincar el diente al pan, se percató de que frente a él, sentada en un tronco caído, se encontraba una anciana de aspecto venerable. Quedó muy sorprendido el muchacho, pues hacía unos instantes allí no había nadie. La anciana, muy amablemente lo saludó:

—Buenos días, hijo mío.

—Buenos días señora, ¿quién sois?

—Soy tu hada madrina, jovencito, y velo por ti

—¿Por mí? ¿Para qué?

—Para decirte que tu pan está envenenado, arrójalo y cómete solamente el queso.

Al oír estas palabras, el chico quedó muy confuso, pero como era muy tímido no se atrevió a desobedecer a la anciana. Tiró el pan y se quedó desconcertado, sin saber qué pensar. Cuando volvió a mirar el tronco donde se encontraba la anciana, allí no había nadie. La burra, que andaba cerca triscando hierba, vio el pan en el suelo y, sin pensárselo dos veces, lo engulló rápidamente.

Instantes después, el pobre animal comenzó a dar traspiés. Al encontrarse junto al fuerte desnivel que bajaba al río, su cuerpo dio una voltereta en el aire y se zambulló en sus aguas, para aparecer su cadáver flotando poco después. Un buitre que vigilaba desde el cielo descendió presurosamente posándose sobre el cuerpo muerto del animal y comenzó a picotear su carne. Tan absorto estaba el buitre con su festín que no vio que se aproximaba un pequeño salto de agua que lo cogió por sorpresa. El cuerpo de la burra dio un nuevo volteo quedando el buitre atrapado bajo el animal, que pereció ahogado.

Un segundo buitre descendió a su vez para continuar la labor de su compañero. Burra y buitre se alejaron flotando lentamente en el río hasta que se perdieron de vista tras un recodo. El chico, que lo había observado todo, estaba atónito, pues no comprendía nada de lo sucedido. Muy apesadumbrado, pues no disponían de ningún otro animal de labor en casa, se volvió caminando abatido a la aldea sin saber qué explicación dar a sus padres.

A todo esto, en el palacio del rey, éste ultimaba con su primer ministro la prueba de inteligencia a la que iban a someter a todos los jóvenes de su reino, para seleccionar al mejor candidato para casarse con la princesa. Esta prueba consistiría en que cada uno de ellos debía presentar una adivinanza, ideada por él mismo, al primer ministro y a todos los ministros y colaboradores de la Corte, todos ellos dotados de gran inteligencia. El que presentara la adivinanza que no pudiera ser adivinada por nadie, ése casaría con la princesa. Ese mismo día, todos los pregoneros del reino salieron por todos los pueblos y aldeas a pregonar la noticia.

Inocencio, Cenci para los amigos, que así se llamaba el protagonista de este cuento, estaba de regreso en su aldea cuando oyó la voz del pregonero dando su pregón:

—¡Se hace saber que, por orden del rey, todos los jóvenes casaderos del reino deben presentarse en la Corte y presentar al primer ministro una adivinanza de su propia invención! ¡El que presente aquélla que no pueda ser adivinada, casará con la princesa!

Cenci, que venía con los ánimos por los suelos, prestó poca atención al pregón. Pero mientras se encaminaba a la casa de sus padres, algo se iba formando en su cabeza. Entró en la casa y los padres quedaron muy sorprendidos de verlo. El chico les contó lo sucedido y el padre enrojeció de cólera:

—¡Calamidad, que eres más tonto que mandao hacer!

Cenci, que ya barruntaba que lo del pan envenenado tenía mucho que ver con sus padres, les dijo:

—Con el permiso de ustedes, me voy a la Corte a presentar mi adivinanza.

Al padre por poco le da un pasmo.

—¿Tú? ¡Pero si más tonto no puedes ser! ¿Qué quieres? ¿Hacer el ridículo?

Cenci ya no quiso escuchar más. Salió de casa resueltamente, cosa rara en él, y se encaminó hacia el palacio del rey, que no quedaba lejos de su aldea. Por el camino, aquello que germinó en su cabeza empezó a tomar forma. Al llegar al palacio pidió hablar con el primer ministro por lo de la adivinanza. Tuvo que guardar turno junto a otros jóvenes que habían acudido con su propia adivinanza y que iban saliendo desencantados, pues todas eran acertadas por los consejeros del reino.

Lo llevaron ante la presencia del ministro. El hombre fijó en él su mirada inteligente y percibió de inmediato que no se trataba más que de un pobre inocentón. Le dedicó una sonrisa condescendiente y le dijo:

—Bueno, joven, ¿cuál es tu adivinanza?

Cenci titubeó un poco, le imponía mucho la presencia del ministro, y al final se decidió:

—Señor ministro, Dios guarde a vuestra merced. Mi adivinanza para obtener la mano de la princesa es ésta: «Pan mató a la burra, la burra mató al que volaba y un muerto arrastra a un vivo».

La sonrisa se congeló en el rostro del ministro, la expresión de su cara pasó de la condescendencia a la estupefacción. ¿Pero qué había dicho este bobo?

Rápidamente el primer ministro se reunió con los reyes y convocaron una reunión general de toda la Cancillería Real para intentar resolver la adivinanza. Tras varias horas de cavilaciones, no hubo manera de dar con la respuesta. Finalmente, la reina, indignada, se puso de pie y dijo al rey y a todos los ministros:

—O encontráis la solución a esto o ya estáis planeando otra prueba más difícil, pues no estoy dispuesta a que mi hija se case con semejante pazguato.

Rey y ministros se concentraron de nuevo para pensar en una prueba que fuera verdaderamente insuperable. Trascurrido un tiempo, el primer ministro consiguió dar con la idea que a todos pareció imposible de superar. Llamaron a Cenci para que se presentara en la cámara del primer ministro y éste, muy serio y sin condescendencia ninguna, dijo al muchacho:

—Por orden del rey, debes superar una segunda prueba, pues la mano de la princesa no se consigue de buenas a primeras.

El chico quiso protestar, pues el bando sólo hablaba de una prueba, pero una vez más su timidez no se lo permitió. Respetuosamente preguntó al ministro:

—¿Qué debo hacer?

Éste, hablándole tajantemente, le ordenó:

—Acude a las cuadras reales y allí te entregarán un mulo cargado con un jaulón con veinte conejos. Vete con ellos al monte y una vez allí los sueltas libremente. Transcurrido un mes, vuelves a palacio con los veinte conejos en el jaulón. Si te faltara uno solo de ellos, habrás perdido la prueba; pero si vuelves con los veinte conejos, te casarás con la princesa.

Evidentemente, era imposible llevar la tarea a cabo, pues soltar veinte conejos en el monte equivale a no volver a verlos más. Cenci comprendió que habían jugado sucio con él, pero se resignó a su suerte. Cogió al mulo cargado con el jaulón y los conejos y salió de palacio en dirección al monte. Ya llevaba un buen trecho de camino andado cuando divisó a la venerable anciana sentada en una piedra junto al camino algo más allá. Un cierto hálito de esperanza se apoderó del muchacho. Al llegar a su altura la saludó cortésmente:

—Buenas tardes, señora.

—Buenas tardes, hijo mío. ¿Qué llevas en ese jaulón?

El chico la puso al corriente de sus dificultades manifestándole el mucho desánimo que esto le producía. Tras escucharlo, la anciana le dijo:

—Bien, veo que han vuelto a tenderte una trampa. Pero no te preocupes, que yo estoy aquí para ayudarte. —Y sacando del interior de su manto una flauta, se la entregó diciéndole—: Cuando llegues al monte suelta a los conejos, pero a la hora del ocaso toca la flauta y todos volverán a introducirse ellos solos en el jaulón.

El chico miró la flauta asombrado y, cuando alzó la vista para darle las gracias a la anciana, ésta ya no estaba. Continuó su camino y al llegar al monte hizo cuanto le había indicado la anciana. Soltó los conejos y éstos desaparecieron rápidamente, pero al llegar el ocaso tocó la flauta y desde todas las partes acudieron los conejos para introducirse en el jaulón. Esto llenó a Cenci de esperanza. A la mañana siguiente los volvió a soltar para que pudieran alimentarse mientras él pasaba un apacible día a la sombra de los árboles.

En palacio los ánimos andaban intranquilos, no se fiaban ni un pelo de aquel bobo, y la reina, no pudiendo resistir más su ansiedad, le dijo al rey:

—No aguanto más, me voy a disfrazar de anciana pobre y me voy a ir al monte, donde está el tonto con los conejos, a ver si puedo robarle uno para que no pueda volver con todos.

Así lo hizo y fue en busca del muchacho, al que encontró tumbado a la sombra de los pinos.

—Buenos días, joven. ¿Qué haces?

—Guardo unos conejos, señora. ¿Puedo ayudarla en algo?

—No, no, gracias; continúa, hijo, que yo ya me voy.

Y aprovechando un descuido del chico, se apoderó rápidamente de un conejo que mordisqueaba hierba cerca de ella y se volvió apresuradamente a palacio. Cenci se había dado cuenta de todo, esperó un rato y, cuando lo consideró oportuno, sacó la flauta, la tocó y, al oírla, el conejo que iba dentro de un bolsón que llevaba la reina, saltó de un brinco y corrió velozmente de vuelta al monte, donde estaba el muchacho. La reina volvió a palacio llena de ira y contó al rey todo lo sucedido, con gran desencanto para éste.

El rey decidió probar suerte él mismo. Se disfrazó de anciano pobre y, cargado con su bolsa, se dirigió al monte, usando la misma estratagema que la reina, pero el resultado fue el mismo. El conejo, al oír la flauta, saltaba de la bolsa y corría de regreso al monte. La misma suerte corrieron los ministros y todos los funcionarios de la Cancillería. Era imposible arrebatarle un conejo a Cenci.

Transcurrido un mes, el muchacho cargó el jaulón con los veinte conejos en el mulo y regresó a la Corte ante el estupor de todos. Los reyes estaban desesperados y se sentían impotentes ante la tenacidad del chico. La reina pidió y suplicó al primer ministro que hiciera algo por evitar aquella boda que consideraba nefasta para su hija. No quería como yerno al cebollino aquel y necesitaba una nueva prueba que fuera definitiva y la liberara del tonto del pueblo. El primer ministro y sus consejeros se estrujaron la cabeza para dar con la solución salvadora. Al final dieron con un plan que les pareció fabuloso, que podría ser la salvación de la reina. Ordenaron a un paje que les llevara un gran saco vacío de arpillera. Éste así lo hizo y, tomándolo el primer ministro, se acercó a Cenci y, arrojándoselo con rabia, le gritó:

—¡Toma, ésta es tu última prueba! ¡Llénalo de mentiras o no te casarás con la princesa!

Cenci atrapó el saco al tiempo que se le caía el alma a los pies.

—¿Llenar un saco de mentiras? Pero eso es imposible.

—Pues si no lo consigues, has perdido la prueba definitiva.

El chico, abatido, comenzó lentamente a plegar el saco para devolverlo. Se sentía vencido. De pronto se dio cuenta de que en el interior había algo que no le permitía plegarlo. Introdujo la mano en el saco y sus dedos se cerraron en torno a una pequeña varita fina de madera con una estrellita en un extremo. Cuando su mano entró en contacto con la varita, en su cabeza se formó súbitamente una idea. Levantó sorprendido la vista y se encontró con la mirada limpia y cálida de la princesa que le sonreía. Quedó tan fascinado por aquellos ojos que no se percató de que la varita se había desvanecido en su mano, que continuaba dentro del saco. Cenci sacudió la cabeza y miró decididamente a los reyes y a todos los ministros. En su cara se fue dibujando una sonrisa y ya, sin rastro de timidez o inseguridad, desplegó el saco y abriéndolo bien abierto se dirigió resueltamente a la reina diciéndole:

—Majestad, una tarde estaba yo en el monte guardando los conejos, cuando apareció una anciana disfrazada de pobre y me robó uno. Esa falsa pobre era su majestad.

La reina, pillada por sorpresa, se levantó bruscamente y le gritó encolerizada:

—¿Quién?, ¿yo? ¡Mentira!

Cenci no se inmutó y le contestó:

—Pues si es mentira, ¡al saco!

Repitió la misma acusación contra el rey, que igualmente le contestó indignado:

—¿Yo? ¡Mentira!

—¡Pues al saco!

Así fue acusando a todos los ministros y funcionarios de palacio, con idéntica respuesta. Todas aquellas mentiras fueron a parar al saco.

Una vez hubo terminado, cerró el saco y se lo entregó al primer ministro diciéndole:

—Aquí tiene su saco lleno de mentiras.

Los reyes, admirados de tanta astucia, abandonaron la lucha y consintieron con la boda.

Cuando se celebró el acontecimiento, Cenci subió al altar acompañado de una venerable anciana como madrina de su boda. La princesa y Cenci se casaron y fueron muy felices. No recuerdo si escabechadas o no, pero sí, las perdices se las comieron. En el futuro gobernaron el reino con prudencia, justicia y acierto (que para eso esto es un cuento).

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.