Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 62 - Primavera 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
De un país en fuga Miguel Ramón Aráez Moreno

 

El mar frente a Lisboa era de un azul lapislázuli, y al inicio de la tarde la torre de Belén lejana reverberaba como un espejo. Salí de mi letargo posmeridiano cuando la megafonía del autobús nos advirtió de que a nuestra derecha se encontraba la estación de tren de Santa Apolonia.

A pesar de una tendinitis aguda en mi pie derecho, quise visitarla al día siguiente. Y así cojeando, llegué hasta ella a través de las calles más cercanas al mar del barrio Alfama.

Quizá lo que me atrajo desde la ventanilla del autobús fue su aspecto decadente que le daba un aire de otra época, como si los técnicos o arquitectos municipales hubieran retrasado ad infinitum una reforma: y por un instante recreé mi figura en una estación asombrosamente parecida; estudiante o marinero de reemplazo, dispuesto a tomar el tren rumbo a Valencia o a Cartagena, según el papel que, difuminados los papeles del recuerdo, la vida me hubiera llevado a interpretar en el instante que ahora rememoraba.

Deambulé por sus andenes y me senté en un banco a mirar el cielo y los transeúntes: «fugitiva belleza cuya mirada me ha hecho renacer de repente, ya no te veré sino en la eternidad». En un extremo, más allá de la cafetería, atisbé una librería y me dirigí hacía ella con el paso de un renqueante Lord Byron meridional. Y lo que en el fondo había estado buscando estaba allí: era un libro de poesías de Fernando Pessoa. Lo abrí y comencé a leer las frases adivinadas en portugués, dejándome llevar por la sonoridad imaginada que despertaba en mí un idioma desconocido.

Pregunté a la dependienta si tendría una edición bilingüe portugués-castellano, me dijo que no.

Ya no regresé por los andenes sino que salí directamente por la librería hacía la calle, donde la siempre fantástica silueta de la torre de Belén se adivinaba y el sol brillaba en la plenitud de Géminis.

Sentí una vez más un país y una lengua que se me escapaban, y lamenté haber leído en castellano el Libro del desasosiego: mi limitado saber, a diferencia del de Borges, me hacía imposible abarcar la biblioteca de Babel.