Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Impuntualidad Raimundo Martín Benedicto

 

Nunca he soportado la impuntualidad. Sé que muchos critican mi rigidez con este tema, pero es que no lo puedo evitar. Aborrezco a ese tipo de gente, incorregible, que se retrasa por costumbre. Egoístas capaces de ofenderse porque tú, que eres el que ha llegado a la hora acordada, no has respetado lo que ellos llaman «minutos de cortesía», regla social improvisada y tan elástica como a ellos les convenga. Sí, lo sé, para ellos don Germán no es más que un nuevo rico que se las da de señor y se cree alguien por ir con chófer, vestir siempre con corbata y llegar el primero a las reuniones. Porque, que quede claro, la impuntualidad que más me molesta es la mía propia. Me produce ansiedad saber que alguien, quien sea, desperdicia su tiempo esperándome. Ésa es la razón, y no otra, de que llegue siempre a mis citas con muchísima anticipación.

Por ejemplo, la semana pasada íbamos a cerrar una operación en el Eurobuilding, en Madrid, y me presenté en la puerta una hora y media antes de lo acordado. Conozco bien la ciudad, pero no los alrededores, así que bien podía haber aprovechado para decirle al conductor que se desviara a Aranjuez, o a Chinchón, sitios que siempre he querido visitar. Pero pensé —siempre me pasa lo mismo— que si en el trayecto ocurría algo, qué se yo, un pinchazo, un atasco, acabaría llegando tarde a mi cita. No, no concibo que eso me pase a mí, así que prefiero pasear por las inmediaciones (nunca me alejo más de dos o tres manzanas), tomar algo en la cafetería (sin alcohol, jamás en horas de trabajo) o, simplemente, esperar dentro del coche. Y eso fue lo que hice, esperar.

Llovía. Esa lluvia sucia de Madrid después de un verano seco. El agua gris desaparecía en los imbornales y la gente, sorprendida, corría a guarecerse en las bocas del metro. El limpiaparabrisas se activó automáticamente y parecía ordenar toda esa coreografía que se desarrollaba al otro lado del cristal. La lluvia golpeaba en el capó, Brahms sonaba en el magnífico equipo de sonido y el chófer sólo hablaba cuando yo le preguntaba algo. Eso me gustó, casi tanto como su forma de conducir, suave y precisa. Eduardo, me respondió cuando le pregunté su nombre. Su tono era un tanto altivo, apenas suavizado por el acento cubano, pero me cayó bien y resultó tener una conversación interesante.

***

El doctor Luján sólo es el doctor Luján por los pasillos del hospital. Y le gusta sentirse así: respetado por los colegas y los residentes, necesitado por los enfermos, aún deseado por las enfermeras. Pero ahora, en ese coche, sólo es papá. Un papá tardío, que casi rozando la cincuentena tiene que repartir su tiempo entre un trabajo absorbente y la crianza de unas niñas agotadoras.

Los últimos meses han sido muy duros. Siempre había querido ser jefe de planta y a veces se arrepiente de haber aceptado el puesto, pero también sabe que la renuncia no es una opción. Él no es de los que se rinden.

—Dámela.

—¡Mamá!

—Venga, déjale la tablet, que le toca a ella.

Gemelas. Seis años. Los mismos que hace que no van por esa carretera, la que lleva a Cartagena. Ha tenido que darle un ictus a su padre para que haya consentido conocer a sus únicas nietas. Y precisamente ese fin de semana, el que se había reservado para descansar después de un mes de guardias, congresos y discusiones sobre presupuestos. Sabe que está al límite, al verdadero, porque siente otra vez ese hormigueo por los brazos y las piernas y los cincuenta kilómetros que faltan le parecen una eternidad.

—No me lo da, mamá.

—Venga, cariño, dáselo —vuelve a ordenarle, sin dejar de ver las fotos del Hola.

El padre coge el volante con más fuerza. Sabe que lo siguiente es gritarles a sus hijas. No le gusta hacerlo, pero es lo único que las hará callarse. Su mujer tiene mucha más paciencia y hasta en esta situación, cuatrocientos kilómetros, mil llantos y un vómito después, es capaz de hablarles en voz baja y pedirles que se tranquilicen.

Esa serenidad es lo que más le atrajo de ella. No la ha perdido en estos años, pero no sabe cómo se tomará lo que le tiene que decir.

***

Está todo preparado y hay mucha más gente de la que esperaban. Don Germán se lo merece. Tan serio, tan atento... y siempre tan puntual. Qué raro se hace que hoy, precisamente hoy, llegue tarde. Si hasta los organizadores han dicho, medio en broma medio en serio, que don Germán sería capaz de llegar antes que ellos mismos para abrir las puertas.

Ya es de noche pero no hace frío, así que muchos fuman o hablan en la puerta. Están todos allí: amigos, empleados, políticos, amantes. Visten bien. Huelen bien. Les han pedido que entren, que deben estar a punto de llegar y todo quedará mejor si están sentados y en silencio cuando aparezca. Pero ya son las seis y cuarto. Qué raro.

***

Eduardo, sí señor, un gran chófer. Apenas tocó el freno durante el viaje a Madrid. No como el conductor que me han asignado hoy, que no sé cómo se llama y me está poniendo más nervioso de lo que ya estaba. ¿Adivinan por qué? Sí, por eso mismo, porque nos estamos retrasando. Lo han preparado todo para las seis, son y cuarto y aún quedan cincuenta kilómetros. Este tío conduce rápido, pero con mucha brusquedad. Y mira que el coche es amplio y tiene buena amortiguación, pero ni así consigo relajarme.

No le voy a decir nada porque se supone que es un profesional que conoce su trabajo. Pero no me gusta. A ver, huele bien, la tapicería está a estrenar y la música es muy relajante. Pero es tan brusco conduciendo que en la última curva —la que dicen del Negro, habré pasado un millón de veces por aquí, hasta con los ojos cerrados puedo ver el recorrido— pensé que el coche se le iba y nos estrellábamos. Además, el aire acondicionado está un poco fuerte y no me ha dirigido la palabra ni para saludarme.

***

—¡¡Os queréis callar!!

El buen doctor siente la mano de su mujer en el muslo. Es pequeña, como toda ella, y sigue transmitiendo esa tibieza tranquila que tanto le atrajo cuando la conoció. Ella no es enfermera, ni médico ni auxiliar. No tiene estudios, pero sí la sabiduría sensata de los que se han criado en el campo. Qué pena que sus padres no entendieran que el hijo del marqués se enamorara de la hija del casero. La quiere, mucho, y es consciente de que le hará daño cuando le diga lo de Estefanía.

Estefanía. Supo que volvería a pasar en cuanto sintió la electricidad de sus ojos verdes bajo la bata. Y que no iba a ser algo sin importancia, como las otras veces, y que no iba a poder quitársela de la cabeza.

—¿Quieres que coja yo el coche? —su mujer se lo pregunta por preguntar, porque sabe que le va a decir que no. Queda poco para llegar y él prefiere ir conduciendo.

—Sí —le sorprende, mientras va reduce la marcha y se dirige al arcén. No para el motor y se queda un momento sentado en su asiento, con las manos apoyadas en sus piernas. Cierra los ojos y vuelve a preguntarse si no será ése el mejor momento para decírselo.

***

—¿Cómo ha sido?

—Aquí al lado, a cincuenta kilómetros... Se han estrellado contra un coche que había parado en el arcén.

La noticia se la ha dado a Jesús un señor muy delgado y tan pálido como el mármol del vestíbulo. Jesús es el hermano de don Germán y se ha encargado de organizar el entierro. Le llamaron anoche —un infarto en Valencia—, y se ha tenido que preparar el traslado a toda prisa.

—¿Dará tiempo a traer a mi hermano en otro coche? Con toda esta gente ya aquí...

El hombre pálido, que es el mismísimo dueño de la funeraria, niega con la cabeza y dice que será mejor que vuelvan mañana.

Ya se ha hecho muy tarde.