Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Los veranos felices Manuel Pérez Garcí­a

 

Andábamos alrededor del lago saltando de peña en peña. A veces, tirando alguna piedra, predecíamos el diámetro del círculo formado, asombrados por la concéntrica forma con que el agua, con precisión, indicaba dónde era herida. Nos deteníamos un poco para comentarlo y luego proseguíamos los saltos gritando a los cuatro vientos mil cosas consideradas, en ese instante, como oportunas o graciosas. Era la forma natural de manifestar nuestro encanto con la vida o la desamparada inocencia de todo umbral. Si hubiese existido una máquina del tiempo, el futuro habría sido más sencillo o lo hubiésemos eliminado sin más dilación, pero éramos ingenuos y, como tal, el más rosa atardecer del cielo estival se introducía en la retina, tintaba ensueños e impedía discernir un solo nubarrón.

Hoy no sería capaz de saltar esas rocas, tú tampoco, y cada ocurrencia sería más clara, más conforme con la realidad. Evocar aquellos días de estío siempre es gratificante, ya que encarnaron los años felices sin que así lo percibiéramos, el escudo que por medio siglo sirvió para no extenuarse y conservar la certeza de que, al final del camino, íbamos a llegar tomados de la mano.

Nos era sencillo dar una o dos vueltas alrededor del lago, su perímetro no era nada especial, y la satisfacción de hacerlo conducía luego a disfrutar la protección del inmenso roble que no sólo nos daba sombra, sino que protegía nuestros cuerpos de ojos indiscretos. Su tronco era a nuestra imaginación lo que más parecido a una tapia, y a veces, cuando jugábamos a abrazarlo, se hacía tan imponente que el lago quedaba reducido a un escuálido charco de ciudad tras unos pocos minutos de lluvia. Cuando, con nuestra espalda apoyada en el tronco, la tapia, figurábamos que nada nos alejaría, que siempre formaríamos parte de ese bosque, el roble, nuestra casa y el lago nuestro mar. Excluíamos la tormenta, el aguacero que todo lo arrasaría y forzaba a que viera tu mano decir adiós a un lado de un puñado de ramas y alejarte a esa cabaña que cobijaba esos veranos felices.

***

Esta mañana la lluvia cae mansa. La humedad empaña los cristales creando una nebulosa que impide puedas ver el exterior. En la cama asignada te revuelves con dificultad. Piensas que el día ya está aquí otra vez, pero empieza tarde como para poder ser empleado de otra manera ajena a la indolencia en la que naufragas desde hace mucho. Es el tiempo marcha atrás que, a ti también, te permite refugiarte en los recuerdos y encontrar en ellos una forma más propia de vida. Quisieras ver la cara asomada a la ventana, llamarla, que acuda en tu socorro y desconecte todos esos raros aparatos que te amarran a una existencia ajena, que no te pertenece, pese a llegar de vez en cuando figuras extrañas a ponderar lo guapa que estás o exaltar, con voz melosa, esos bonitos colores que afirman posees.

Seguro que no viene él. Quieres verlo, darle otra vez la mano, jugar a rodear el lago y después, protegida por sus brazos, descansar a la sombra de ese roble que aún perdura en tus retinas.

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Un esperpento. Es como puedo definir las vicisitudes a partir de ese instante. Todo tiene comienzo y final y no podía ser la excepción. Pasé días buscando señal desconocida sin encontrarla, pero, guste o no, llega el momento en que has de preguntarte si hay algo de que arrepentirse, si en el encefalograma casi plano de más de cuatro décadas existe un tramo que valió la pena y digno de ser evocado como de días plenos.

Permanecí bajo el roble a resguardo de la lluvia. Distraído contemplé las gotas haciendo círculos en el estanque sin que nada alterara el interior de un cuerpo sentido como ajeno. No vi el coche de tus padres partir, tal vez era demasiada el agua que castigaba los ojos muy abiertos a la ceguera ampliada hasta habitar los pensamientos blancos y mojados.

Seguro que tu vida corrió menos de prisa que la mía y tu novela tuvo muchos más personajes. La duda que cosechó tu ausencia fue constante. El temor a saltar peñascos se construyó condicionando cada uno de mis actos.

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A medida que el sol asoma, diminutas gotas inician carreras cristal abajo. La visión es más amplia y pareces recordarlo todo. Alejada del roble y el estanque, los peñascos toman un cariz diferente. Los saltos son más dificultosos pero estimulantes. Otros elementos se abren a una niñez por momentos borrosa. No queda imagen de tu compañero de aventuras, ni siquiera asoma la diminuta figura mojada que busca amparo de la tormenta. Al día siguiente os fuisteis para no volver.

He tenido mala suerte, piensas. La prisa está reñida con la velocidad y no lo pudiste ver. Cuando tu pie presionó el freno era tarde. También era un día de tormenta y los charcos acumulados hablaban de horas de lluvia constante. La sombra surgió de la nada, sentiste el golpe y cada pensamiento se diluyó en tu cabeza. Sin ver nada más, marchaste a estrellar todas tus fechas contra un árbol de grueso tronco, como aquel roble.

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Por mi parte no quedó hueso sano. La memoria se esfumó en su totalidad. Aún hoy soy incapaz de describir lo acontecido y menos desde la fracción de segundo en el que, en la esquina, asomó su  hocico el coche que me iba a atropellar. Pienso que no existo pese a tener dificultades para rubricarlo. Todo transcurre en una nebulosa dentro de la que sólo existe la sensación de flota. No alcanzo a entender mi ser como especial, es más, todo lo que me rodea tiene un funcionamiento parecido y en consecuencia, diría, la anormalidad de lo normal. Una rutina de oraciones, alabanzas y, sobre todo, la contemplación de la tierra como si de una película sin fin se tratara, con el espacio suficiente de convivencia para comedia, drama, thriller y hasta el humor y el musical representados según el punto cardinal que miremos. A veces piensas que retornas a la vida pero no es así, partes con la necesidad  de ser guía y compañía para ese alguien que ha entendido llegar al final.

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No te ve. Carece del suficiente juicio para aceptar que regresarás al lago, los círculos concéntricos y al enorme tronco de un roble que, bajo la lluvia, aún no nos recuerda tomados de la mano y proyectar ese camino que, juntos, desatinamos a andar. Piensas en otra dimensión, conduces alocada en la lluvia de un mal día. Todo al revés, gritabas al teléfono. Nada como lo planificamos y, para colmo, los problemas económicos que cercan todo lo conseguido. El semáforo resplandece en verde, pero no por mucho tiempo. Aceleras y al cruzarlo aparece esa esfinge emergente del pasado. No tiene cara de verano. Despiertas entre algodones. Te cuesta respirar e intuyes que será muy largo el camino de regreso a la niñez. A los felices días del estío.