Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Soñé que moría en paz Carlos Javier Arencibia Castro

 

Te hablo desde la ausencia. No puedo estar aquí, pero soy feliz de ver la belleza del mundo que ayudas a construir: ecosistemas funcionando, ríos cristalinos, fauna marina abundante, playas limpias, bosques frondosos y la humanidad viviendo y muriendo conforme la naturaleza lo determina, sin guerras irracionales, valga la redundancia.

Fui una persona y nada más, prescindible como todas, invaluable como todas. Un día podemos estar y formamos parte del todo así como él forma parte de nosotros, pero luego dejamos la silla vacía y todo sigue siendo igual de hermoso a nuestro alrededor. Los demás despertarán e irán a luchar por una vida lo más parecida posible a su ideal; el planeta se trasladará en derredor del sol, girará sobre sí misma y la luna y nos proveerá de lo requerido para subsistir.

Desde acá puedo ver las cosas de forma diferente, como un tercero que no se involucra. Soy un narrador ubicuo de nuestra historia. Añoro estar allá abajo contigo. Esta es una conversación que, como cada tarde, haríamos bebiendo un té verde caliente con toronjil, tal vez fumando un puro o un cigarrillo, sentados a la orilla del lago contemplando de fondo esas montañas que son la columna vertebral del mundo. Nuestro sitio para ser poetas, filosofar hasta los temas más fútiles, mirarnos a los ojos como si el tiempo fuese una entidad abstracta que nuestras mentes podía detener, besarnos sin mesura, tomarnos a la vista de un universo cómplice de este y todos los amores.

—Buenos días, príncipe, es hora de ir a soñar, ¡ve por ellos!

—Cinco minutos más, princesa, por favor. El mundo va a seguir allí esperando que vaya a salvarlo.

—Como quieras, tal vez en cinco minutos no se acabe el mundo, pero el café se enfría y las panquecas se ponen malucas. 


Cómo no ser feliz si así era cada una de mis mañanas. Cómo no elegirte para hablar en esta única oportunidad de comunicarme con alguien después de haber muerto aquel trágico 7 de septiembre de 2014, cuando la codicia me impidió pedirte cinco minutos más y me hizo rechazar aquellas panquecas con mermelada de guayaba que tanto extraño.

El bajo salario de mi nuevo trabajo como reportero me hizo llevar la vida con demasiada prisa. Buscaba noticias donde no las había para que las réplicas costasen dinero. «Es palangrismo», reclamabas; «es aprovechar las oportunidades», justificaba.

 Qué difícil se me hizo soñar en la pobreza.  La voracidad me ganó. Un teléfono inteligente en incesante uso y la cuenta bancaria llenándose de ceros eran mi preocupación. Ya las panquecas no me sabían a nada, la silla en el lago permanecía tan vacía como mi cerebro, dejé de llamarte princesa, te abandoné al mismo tiempo que yo mismo me perdía.

Dos balazos en la cara fue el menor de mis dolores. Recuerdo que, agonizante, no dejaba de repetir «princesa, princesa». Era muy tarde y espero puedas perdonarme, para eso vine.

Destruir la reputación de ese joven, que hasta ese momento no había dañado a nadie, lo convirtió en un asesino. No solo morí, sino que parí un homicida. Terminé de acabar conmigo y me lo llevé a la tumba.

Sé que te desespera poder escucharme y no poder responderme, pero cada lágrima que cae sobre tus mejillas puedo traducirla en palabras. No quiero que llores más. Sonríe porque me siento orgulloso de que no hayas abandonado los sueños que juntos intentábamos realizar. Estoy feliz de ver ganando a los buenos. De verte ganando a ti. Solo te pido que ocupes la silla del borde del lago con alguien capaz de hacerte pensar, reír y amar tanto como yo creo que lo hice. No volveré y ese objeto allí estancado representa un luto que me hace sentir más muerto.

Han pasado diez años desde que me fui y mira cuánto ha cambiado la humanidad, cuánto has cambiado tú, pero no quieres que cambie yo y seguirme teniendo sentado en una silla rememorando momentos que fueron y solo viven en la memoria. ¿Recuerdas cuando conversábamos qué hacer si el otro moría antes? Lo primero que pedimos fue seguir adelante. No cumpliste ninguna de mis peticiones y soy el culpable porque el yo abaleado no fue el yo de esa conversación. ¿Recuerdas que coincidimos en que solo le temíamos a no ver algunos sueños cumplidos? Al convertirme en cretino empecé a temer a la muerte más que a cualquier cosa. La maldad tiene el poder de convertirte en un cobarde. Ya no tenía sueños.

—Princesa, ¿crees que existe un plan preestablecido para nosotros?

—¿Me hablas del destino?

—Ajá...

—El único proyecto que nos depara el futuro es aquel que nos tracemos nosotros mismos, ¿o acaso esperas que una fuerza superior te guíe hacia el final que tiene concebido para ti?

—¿Y si esa entidad mayor nos programó para ser capaces de creer que nuestros pensamientos son particulares y en realidad nos encaminan a donde él quiere?

—Si de algo estoy segura es de que puedo elegir. Y si ese es su plan, pues le agradezco que me hiciera de los que no lo necesitan y prefieren la Libertad.

—¿Y eliges estar conmigo?

—Para siempre...


Y así fue. Estuviste conmigo hasta el 7 de septiembre de 2014. Intentaste despertarme con el mismo cariño, me hiciste las panquecas, criticaste con razón lo que me sumergía con escafandra en el mar de todo aquello que siempre odié: la injusticia, el oportunismo, la cobardía. Aun teniendo a tu lado un miembro más del tinglado que juramos combatir, el amor fue más fuerte y cumpliste tu promesa de acompañarme hasta el final.

Sin embargo, como acabas de recordar, elegiste ser libre de ataduras y ahora mismo debes liberarte de una que te encadena desde hace una década: yo.

Cuando despiertes no cuestiones si soy realmente quien te habla o estás dándote las respuestas que necesitas para ayudarte. Solo ve si el mundo que se describe es real. Espero que sí. Ve y quita la silla. Permíteme terminar de morir.