Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El poder de la poesía José Miguel Toro Carrasco

 

¿Tiene poder la poesía?, depende de cómo se mire. Sabemos que tiene música, que provoca sentimientos, que estimula los sentidos y que calienta los sueños, pero también la poesía es capaz de inflamar y soliviantar el statu quo de gobernantes y poderosos que, temerosos de perder sus privilegios, y en la creencia de que es cierto el axioma acuñado por Edward Bulwer-Lytton —quien dijo: «La pluma es más poderosa que la espada»—, son capaces de cercenar de un solo tajo la libertad de los poetas y de sus obras.

Y esto ha sido así desde la más lejana antigüedad, y me explico. Ya en el siglo V a. C., Platón, que rechaza los principios de la Democracia y apoya la fundación de una República regida como un estado totalitario y dirigida por una oligarquía intelectual, advierte del peligro de la reinterpretación por los poetas trágicos de las obras de Homero y Hesíodo, llegando a preguntar: «¿Bastará, pues, que vigilemos a los poetas, precisándoles a que nos presenten en sus versos un modelo de buenas costumbres, o no deberemos hacer nada de eso? (...)». De esta manera Platón alienta a condenar a los poetas, receloso de los efectos negativos que, según él, la poesía puede llegar a influir en la formación moral de los ciudadanos.

Pero en aras de la verdad, la censura a los poetas no es un invento original de Platón: ya los presocráticos habían advertido de los “peligros” de las obras de los poetas, y Heráclito llegó a decir que «Homero y Arquíloco deberían ser expulsados a bastonazos de los certámenes literarios».

Sabemos que la literatura en la antigüedad se escribía siempre en verso, incluso el teatro. Quién no recuerda de nuestros tiempos de estudiante aquello de que «la Ilíada y la Odisea fueron escritas por Homero en versos hexámetros»; o que hay testimonios de lenguaje escrito en forma de poesía en jeroglíficos egipcios de 2500 años a. C.; o que 2000 años a. C. se escribió, también en verso, el famoso Poema de Gilgamesh de los sumerios; o que los Veda, libros sagrados del hinduismo, asimismo fueron escritos en versos en el siglo III a. C.; o que la Eneida de Virgilio, que vio la luz en el siglo I a. C., también fue escrita en versos hexámetros. Pues bien, todo esto nos lleva a la conclusión de que lo que afirmábamos al principio sirve para reafirmarnos en que los poetas y la poesía son fuertes e influyentes en la formación de la libertad de criterio de los ciudadanos, es decir, los hace libres para pensar y decidir por sí mismos y valorar la utilidad o inutilidad de los poderosos y de los gobernantes, de los malos gobernantes, y esto, amigos míos, es peligroso, muy peligroso para el orden establecido.

En España, no es hasta el siglo XIII cuando podemos hablar de una verdadera literatura española escrita, ya que hasta ese momento la transmisión de los hechos históricos se realizaba oralmente en lengua romance, tanto lírica como épica, y podemos considerar a un épico cantar de gesta, El Cantar de Mio Cid, como la gran obra que dio inicio a nuestra rica, en cantidad y calidad, literatura española.

A lo largo de los siglos XV, XVI y parte del XVII se recogen y publican un conjunto de romances dispersos por la tradición oral a los que se les denomina «Romances viejos», ¡qué bella denominación!, para diferenciarlos de los que a partir de esa fecha han sido publicados por diferentes autores llegando hasta nuestros días con el nombre de «Romances nuevos».

España ha sido y es cuna de grandes poetas que han dado gloria y luz con sus obras a nuestros particulares siglos de las luces, y por ello han sido alabados, venerados, elogiados, pero también han sido injuriados, perseguidos, difamados y, en el mejor de los casos, olvidados.

En el primer tercio del pasado siglo XX, se dio en nuestro país una encomiable importancia al mundo de la literatura, y especialmente a la poesía. Nacen grandes poetas masculinos y femeninos; unos alcanzaron la gloria, otros fueron suficientemente reconocidos, y los más siguen vagando con sus obras bajo el brazo por los salones de los pasos perdidos o por librerías de viejo a la espera de que alguien, como al arpa, les diga «levántate y anda».

Como decía, en ese ambiente cultural, y especialmente tras los luctuosos hechos acaecidos en nuestra Guerra Civil, surgen en ascendente ebullición las tertulias literarias, y especialmente las de carácter poético, en los cafés de Madrid, en los que se reúnen los que en algún momento fueron denominados «poetas de café». Café Barbieri, Hotel Nacional, Café Lisboa, Café Varela o Cafetería Bambú fueron testigos de los recitales poéticos en los que los poetas españoles, nuestros poetas, pudieron dar a conocer su obra.

De esa época y de esas tertulias, me van a permitir que destaque una que he conocido recientemente tras el rescate, en una librería de viejo, de una publicación que me ha llegado a fascinar. Se trata de «Versos con faldas», tertulia literaria fundada por mujeres en la primavera del año 1951, cuyas promotoras fueron las poetas Adelaida las Santas, María Dolores de Pablos y Gloria Fuertes, con el objetivo de «contrarrestar las tertulias organizadas por hombres y poder leer nuestros poemas, que eran tan buenos o mejor que los de ellos», según palabras de la ínclita Gloria Fuertes. «Versos con faldas» era la única tertulia que, por ser femenina, se celebraba en un local cerrado, un sótano de la madrileña Carrera de San Jerónimo, pero aun así, nunca rechazaron la mano del hombre; buena prueba de ello es que, de las once sesiones de tertulias que organizaron, las diez primeras fueron presentadas por hombres, y sólo la última fue presentada por una mujer, la poeta andujareña Francisca Sáenz de Tejada, que utilizaba el seudónimo de Gracián Quijano y que forma parte de ese grupo de poetas a rescatar del olvido.

Loable fue la labor de aquellas mujeres que lucharon por dar voz a aquellas otras condenadas al silencio por su simple condición femenina, buscando un resquicio para hacer oír su voz poética, sus palabras de mujer, porque, como también dijo Gloria Fuertes, «demasiado silencio es igual que una bomba».

En este ambiente en constante ascendencia poético-cultural, a los poderes públicos les agobiaban los fantasmas del pasado; sí, aquellos que soliviantaban a Platón y sus miedos hacia los poetas; y no es a bastonazos, no, como los sacan de las tertulias literarias, sino mediante una orden de la Dirección General de Seguridad de 1952, por la que se suprimen los recitales de café.

José Antonio dijo: «A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas».

Estos poetas batallaron para poner en valor la belleza y la importancia de la poesía en el mundo de la literatura, y fruto de su lucha fue conseguir que el 21 de marzo de 1952 se declarara como el Día de la Fiesta de la Poesía, y así se vino celebrando hasta que en el año 1955 adoptó carácter oficial mediante una orden del Ministerio de Información y Turismo de 1º de marzo, bajo el patronazgo de San Juan de la Cruz.

En el año 1998, la UNESCO declaró, a propuesta del editor español Antonio Pastor Bustamante, claramente inspirada en nuestro Día de la Fiesta de la Poesía, el día 21 de marzo de cada año como el Día Mundial de la Poesía.

La poesía forma parte indisoluble de nuestra cultura, y nuestros poetas, los poetas españoles, han brillado y siguen brillando con luz propia, y por ello es nuestro deber y nuestra obligación cuidar de que esa llama nunca deje de iluminar nuestros corazones.

Desde la antigüedad, la poesía ha sido el vehículo utilizado por los poetas para exaltar la belleza y el sentimiento estético.

Sí, señores: la poesía tiene poder, incluso más que la espada.

 

José Miguel Toro Carrasco (21 de marzo de 2021, Día Mundial de la Poesía)