Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 62 - Primavera 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Rosas blancas. Sonetos a la pandemia (II) Modesto González Lucas

 

El color blanco es la síntesis de todos los colores; cada color, una emoción, una pasión, un sentimiento. La vida es todo color. Y en las desgracias todas esas sensaciones se agolpan, invaden nuestros sentimientos, en el dolor. En las alegrías, también. El color negro, por el contrario, es el color de la muerte, no tiene remedio. La muerte no tiene color.

 

5. Tristeza


Nunca la primavera fue tan triste.

Todas las rosas eran blancas. Blancas,

como son las desgracias que te arrancas

del alma. Primavera que persiste


herida por la pena. La quietud

en la mirada y el pecho sin aliento.

La tristeza apacigua el sentimiento

flotando entre las sombras y la luz.


A través del cristal de la ventana

el ocaso enrojece los tejados

y el silencio penetra en tu interior.


La ciudad resplandece en la lejana

ondulación de crudos descampados

donde las rosas pierden su color.



6. La nieve


La rosa blanca de la nieve amansa

con sus helados pétalos el llano.

El eco del silencio es un lejano

resplandor en el aire. Se remansa


tu corazón detrás de los cristales.

Te invade la nostalgia, tu mirada

penetra en la distancia silenciada.

Pena y desolación entre metales.


Destellos del ocaso en el paisaje

bajo el manto ondulado de la nieve,

agotada la tarde en la ladera.


Las lomas como un mar sin oleaje

esperan aquietadas que renueve

la esperanza la nueva primavera.



7. La llamada


Levanto el corazón a las montañas

que se elevan serenas a lo lejos.

La tristeza penetra en los espejos

y el silencio palpita en mis entrañas.


Vivo como el que vive en el exilio,

menguada día a día la esperanza,

agotada su luz en lontananza.

¿De dónde nos vendrá al fin el auxilio?


Cansado de esperar frente a la nada,

con el atardecer en la ventana

y la noche fundida en la mirada.


Comienza a clarear de madrugada...

En el viento, el tañer de una campana

amansa el descampado..., la llamada.

 

Melancolía

las ramas del almendro

florecen frías.

 

 

Escribe el profesor Antonio Gómez Ramos, profesor titular de Filosofía de la Universidad Carlos III, en el prólogo a mi libro Sonetos del descampado:

Un descampado es algo a lo que se le ha quitado el ser campo sin ponerle nada a cambio —ni jardín, ni vivienda, ni edificio, ni camino—, ni siquiera la memoria. Quiero decir que un desterrado guarda el recuerdo de su tierra; en un descampado no hay nada que testifique de lo que hubo antes allí. Si queda un árbol, o una ruina, no es todavía un descampado puro. En este, a lo sumo hay un arbusto pobre, y la ruina es un escombro aportado posteriormente como vertido. El descampado es, me parecía, la destitución del territorio: no es un lugar, no tiene caminos, no se le bautiza con un nombre, solo lo habitan los insectos y a veces los conejos, figura como un vacío en el mapa urbano. Y sin embargo... Y sin embargo, de ese espacio vacío, en blanco, no sabemos si surge o si queda. Si es un resto del huracán edificador —un resto temporal, pues, en algún momento, dependiendo de abstractas operaciones financieras, dejará de serlo—, o si tiene algo de proyecto. Por principio, los descampados no son eternos: si durasen mucho tiempo, la naturaleza, incluso la del centro de la Meseta, acabaría por volver a hacer de ellos campo, venciendo pacientemente la presión de la ciudad que los determina. En el ínterin, un ínterin de decenios, es verdad, el no-lugar de descampado puede ser el espacio sin regular donde los niños de las casas cercanas lo mismo juegan al fútbol que ficcionan sus primeras aventuras en tierras exóticas; donde los perros pueden olisquear sueltos sin que los dueños deban temer las iras de sus conciudadanos más canófobos; donde el paseante privado de campiña y de montaña puede deambular y ensoñarse, crear nuevos senderos; a veces, incluso, como atestiguan los pedazos de goma esparcidos por el suelo, pueden ser el lugar de las experiencias eróticas nocturnas. Todo esto puede sonar triste, resignado, testimonio de lo marginal; pero indica bien claro que el no-lugar del descampado puede ser un espacio para la vida en su contenido más valioso. Que el descampado también puede ser el objeto y contenido de la poesía, incluso del soneto.