Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Una cuestión de suerte Manuel Pérez Garcí­a

 

Cada una de las células del cuerpo se inundó de angustia y no quise encontrar la razón de ello. Afuera, el sol quería escapar de la núbea opresión utilizando todas sus artimañas, pero, con su iracundo esfuerzo, sólo contribuía a que la sensación creciera. Igual los poros de mi piel se habían cerrado y el dolor de ser estaba atrapado. ¿Por qué a veces duele tanto ser, revivir? No era la primera vez que esto sucedía conmigo, pero la reacción y su corolario no podía ser el mismo. No era el fruto de un ataque de tristeza, era dolor, tanto que oía el quejido de respirar. ¿Será el final?, pregunté, pero no lo consideré algo probable, ya que ella hacía mucho tiempo que no se había acercado, aceitera en mano, a suavizar las ruedas de la camilla que yo solía conducir.

Todo es consecuencia del cansancio de recorrer durante décadas el mismo atajo hasta la rampa por la que desciendo o asciendo a la puerta principal del edificio principal, intentando ocultar diferentes estados de ánimo, casi ninguno positivo. A diario empujo espaldas encorvadas en una descascarada silla de ruedas y pronuncio la impensada frase piadosa a la camilla cubierta por la afonía de una sábana. Sí, ruedas de goma sobre el piso plastificado verde oscuro y motas negras, abrumado por el clamoroso  silencio de ayes. Cruzado en toda dirección por zapatos de distinta suela y talla al igual que mis viajeros pese a la salvedad de que, exponiendo igual composición química, acarrean diferentes deterioros. La única posesión que detentan es la senectud junto al acelerado paso con destino al último día; ese soplo discurrido como algo que jamás iba a llegar, y llega.

Estuve a diario en contacto con la muerte al punto de que, si nuestros pasos se cruzaban por el pasillo, nos saludábamos con una inclinación de cabeza y hasta, alguna vez, con cordialidad, intercambiábamos algún comentario sobre la persona que íbamos a canjear. Solía hacer referencia a lo que ella consideraba un intento por mi parte de perturbar su labor, o yo, pocas veces, tratando de acertar la habitación en la que iba a entrar. Aseguro que nunca nuestra relación fue más allá de esos esporádicos encuentros y cada cual, en lo suyo, conocía su cometido e intentaba refutar la presencia del otro. Suelen decir que no existe la inocencia sino diferentes grados de responsabilidad, y teníamos el nuestro. Tú, acostumbrada a hacer lo que te encargaron, y yo también, pero menos grave, menos dañino, más humano.

La Sra. Lulú, pese a nacer en el norte de África, presumía de ser francesa y amar los gatos. Su tono de voz, muy bajo, obligaba a prestar la mayor atención para entender sus palabras. Siempre negó haber llegado a Narbona con dieciséis años, el mismo día en que tiró el hiyab a un contenedor y se ocultó en el maletero del Peugeot 404 rojo antes de ser subido a un tren de viaje a París. No aceptó haber vagado por las calles del Barrio Latino, disfrutar el placer de los adoquines y borrar el polvo de Annaba allá en Argelia. El bulevar Saint Michel hizo amistad con su andar y, en la Place de la Sorbonne, conoció a Rachel, maestra, precisa conocedora de cada recoveco del barrio primero y poco más tarde también de tu cuerpo. Desde 1940 lo sabía todo y conocía a casi todos. A poco de llegar a París amó con desesperación a la Piaff, compartió la cama con Otto von Stülpnagel y otros rubios soldados alemanes, paseantes cada noche, de la vanidad nazi por cuatro años. París, aun ocupado, deslumbraba, mientras, a su espalda, declinaba la España oscura y despedazada. Rachel en realidad no dejaba de ser la Pepa de Barcelona, pero, en la ciudad luz, su nombre de guerra sometió al de guerrillera, la guerrillera que imaginó carteles en el Paralelo barcelonés. En su Rachel, la belle maison de l’amour, Maurice Chevalier fue un habitual, alguna noche loca llegaron un tal Sartre con Albert Camus y allí fue donde comenzaron las andanzas de su favorito, el joven Ives Montand.

La conmovía esa mujer aparecida en su vida atiborrada de pasado un mes de mayo del 68. Por la edad casi podía ser la madre que hubiese querido tener; tenía el encanto del Moulin Rouge y una evocación de estrellas en el cielo del vodevil. Apareció en su vida cuando más necesitaba una persona que le tendiera la mano y ahogara esa mezcla de temor y pesadumbre que comenzaba a envolverla desde el audaz arrebato en Narbona. La explosión del pasado en un segundo de osadía. Rachel surgió del pavimento de París en noches de insomnio, cuando ya dudaba si los golpes a su madre, y a ella misma, eran ciertos, un recordatorio de la diaria sumisión ante un ser despreciable con pantalones y el rechazo de la imposición de un dios tan incierto como innecesario.

—Lulú, te llamarás Lulú porque es muy francés y lo francés borra el pasado. Rachel, el mío, suena mejor a oídos de los borrachos que me dejan el dinero y, por supuesto, a aquellos rubios que traficaron comida, licor y tabaco, más a cambio de una embarazosa comprensión que por el simulado amor que les prestabas. A más de uno lo vi llorar, en nada se semejaban a los duros e insensibles soldados de las películas que ahora proyectan.

—En un instante todo se borra, desde el nombre hasta el hambre. Recelosa, famélica, salí del maletero de un Peugeot 404 rojo. Tú me enseñaste a diferenciar el hambre buena de la mala y por ello nada he pagado, Rachel, eres generosa y las noches que calentamos nuestros cuerpos piel a piel no alcanzan para compensar lo mucho que has dado.

Arrastraba el despojo de Rachel, mientras a su lado la Sra. Lulú hablaba. Ella oía seguro, pero ningún gesto esbozaba su cara gris y arrugada. Pienso que el sol la hacía aun más marchita, mientras el hueco oscuro de sus ojos se aferraba a un parco reflejo de vida. La mano derecha, aprisionada popr el posabrazos de la silla, parecía retener la energía de muchas opacadas evocaciones. Se notaba en toda ella la emigración del amor y el vuelo clandestino del desamparo.

—No recuerdo el día en que llegamos a Barcelona. Sé que fue cuando la enfermedad se hizo más evidente o, más bien, cuando el médico nos confirmó que para Rachel no existía remedio conocido. Te empeñaste en ser Pepa otra vez y decir «au revoir, Paris». Te alejabas para perseguir y alargar el último sueño infantil. Alquilamos un coqueto apartamento muy cerca de sus fantasías y cada tarde salíamos con las manos entrelazadas a vagar con nuestro amor, y su espacio, por la avenida del Paralelo. Nos parábamos frente al Molino, el Victoria, el Apolo, y tu susurro recobraba fuerza.

—Aquí trabajé en una coreografía, picante y graciosa. Salía al escenario con un atuendo muy provocativo, me insinuaba al público, casi todos hombres, y les cantaba canciones con letras pícaras con los tiroteos como fondo musical. Se vivía, se creía, se luchaba y amaba, éramos pobres de dinero pero aprendimos a resistir sin que nadie marcara nuestros pasos.

—Aquí —señala un oscuro portal— apenas se mantenía en pie una tasca destartalada. Se llamaba A el bon beure. En ella, una noche de lluvia, encontré a Luis. Tomaba vino, hablaba a gritos del POUM, de Andreu Nin, de las Jornadas de Mayo y, pocos días después, de lo mucho que me quería. Los fusiles obreros disparan balas de amor. La felicidad nos aguardaba dentro de una sociedad sin clases. Nuestros hijos crecerán libres, correteando su alegría en los parques de todos. Su cuerpo entero era fe, era voz, y eso me fascinaba en él. No sabía que jamás íbamos a tener hijos, y menos cuando una bala sin amor atravesó su pecho en uno de los tantos enfrentamientos. A Luis lo mató otro republicano, no murió por defender sus ideales, sus certezas; la bala triste de algún tonto lo alcanzó y allí quedó con los brazos en cruz junto a la barricada rozando sus dedos un pájaro obstinado en beber de la fuente que manaba de su herida. El dolor de no estar a su lado en ese momento, de no poder tener sus manos entre las mías, fue de por vida el otro imborrable compañero. Cuando me lo contaron, acababa de terminar la función en el Apolo, grité entre el llanto que nunca volvería a amar a un hombre. Y no amé hasta que, del parto de un Peugeot 404 rojo, brotaste tú en París.

No sé qué pasó, pero el recuerdo de Luis se instaló en todas las conversaciones. Luego de años de silencio renació todo el frenesí dormido por décadas dentro de una mujer, sofocando esa obsesión mía por hacerla feliz: querer restituir como fuera un trocito muy pequeño de lo mucho que fue y es Rachel o Pepa para mí.

Cada vez más encogida, sin andar, los últimos días su silencio aumentó en una vieja residencia para personas incapacitadas. Necesitaba cuidados especiales. Cada mañana yo estaba a su lado. La silla de ruedas siempre en el mismo lugar, a la sombra de una vieja morera con hojas repletas de miradas ausentes. Llenaba mi soledad ese perfil tan distante de aquel que cautivó la ciudad luz, ese con el que enamoró mis huesos llegados no sé por qué a Narbona, fugados de la otra ribera del Mediterráneo.

Otra vez la soledad de las noches. Añoro París. Prometí resistir hasta el final, pero la veo partir sin mirar hacia atrás.

El celador empuja sin aparente esfuerzo la silla de ruedas hasta un oscuro portal. Cada vez pienso que es la última imagen tuya que me queda y me asalta la misma sensación de desamparo. El celador, siempre el mismo, hace señas con la mano despidiéndome, agacho la cabeza, enrollo la bufanda al cuello y otra sombra más se lanza a la calle sin saber qué otra sombra cobijará esta zozobra. Mañana será otro día.

Supe que estaba sin ella la mañana en que, al atravesar el antiguo portal de hierro, vi la morera al rayo de sol, sin sombra, vacía. El médico veía mi andar desde lo alto de la escalera con gesto serio, de ceremonia.

—La señora Josefa ha muerto —dijo sin preámbulos.

Sentí el pavimento moverse en círculos concéntricos bajo los pies y fue imposible entender la minuciosa explicación de cómo se produjeron los hechos. Tampoco importaba; sólo quería acercarme a su cuerpo por última vez, murmurar en sus oídos el más sentido «merci pour tout mon amour» y luego correr, correr hasta París, alcanzar la Place de la Sorbonne, aferrarme a una copa de champán, dejar de ser Lulú, brindar por el mes de mayo y modificar la agenda de la nueva Sra. Rachel en Lulú, la belle maison de l’amour.

Fue lo que hice. Corrí por el largo pasillo esquivando enfermeras y sillas de ruedas. Los ojos del celador esperaban junto a un inmaculado uniforme blanco en el que no atiné a leer «Sr. Luis» y la calle, al golpearme con humedad mi respiración entrecortada, afirmó mi convicción, ese índice indicando que, desde Estación de Francia, un tren, esa misma noche, llevaría mi ensueño de vuelta a París. No huía, alejarse de un lugar no siempre representa cobardía sino afirmar que el tiempo de su maltrato queda definitivamente atrás.

En el traslado de cuerpos, los más trabajosos son aquellos que reconocen su presencia. Distinguen la muerte instalada en su habitación pero no temen, no la temen. Suelen ser los que piensan, razón por la que la cacería es más feroz. La muerte los detesta, disfruta arrastrando sus estropeados cuerpos por pasillos de cuadriculadas baldosas, dibuja el rastro en el camino al averno, su morada. Pepa no fue de las más difíciles. Ella guardaba el reproche de un tiempo en que ninguno era nosotros. Moríamos, resucitábamos, una cuestión de suerte, nada más.

Cuando empezó el tiroteo estaba en la puerta del A el bon beure, Pepa actuaba en el Paralelo y, como siempre, habíamos quedado allí. De improviso, el responsable de mi célula, desencajado, apareció de la nada gritando a todo pulmón.

—¡Nos disparan, nos disparan! ¡Todos a la calle!

El fusil estaba sobre la mesa y rápidamente entré al local a recogerlo. Fui uno de los primeros en caer. Un inmenso dolor en el pecho me dejó en el suelo con los brazos abiertos. No podía emitir tan siquiera un quejido. Por mi cabeza, supongo, deben de haber pasado muchas cosas. Pero si dijera una, mentiría. Mucho tiempo después, un compañero me contó que otros miembros del POUM trasladaron el cuerpo a una calle lateral, se llevaron el fusil y quedé, sin más, tirado como otro transeúnte alcanzado por los disparos. No recuerdo nada. Todo se desvaneció durante días, semanas tal vez. Al abrir los ojos estaba en una sala, imposible definir y delimitar su contorno. Las primeras imágenes que recuperé eran camastros casi pegados unos a otros y unas sombras, con gesto serio, moviéndose en silencio de un lado para otro. Durante largo rato nadie reparó en que había abierto los ojos. A medida que fui recobrando el conocimiento pude comprobar que esas mujeres eran monjas y andaban más rápido de lo que al comienzo creí.

 

—El paciente de la cama quince ha abierto los ojos.

La voz provenía de la sombra más bajita y encorvada. Casi de inmediato estaba rodeado de gente que se interesaba y hablaba afectivamente.

—Tuvo suerte, amigo, se puede decir que ha resucitado. Varios días pensamos que se nos iba pero, seguro, podrá contar el cuento.

El lugar, sin duda, era un hospital y seguro que mis compañeros no tuvieron responsabilidad de que estuviera en él. Me sentía sin fuerzas y aturdido, por lo que opté por callar y oír a esa gente que se preocupaba por mí.

Lo cierto es que, con lentitud, fui recobrando ánimos y deudas. Moncho, mi antecesor, acompañó mis primeros paseos. De a poco se fueron haciendo más largos, al igual que sus odiadas charlas en las que no acertaba a entender cómo llegara hasta allí un interlocutor republicano. Comencé a colaborar con él sólo por agradecimiento. Paseaba a otros heridos, cambié camas, planté la morera, curé heridas e hice todo lo podía surgir en el otro campo de batalla, el que desconocía y no entendía, pero cuyo fin era, aunque de manera diferente, sanar a un humano caído por un espacio dentro de un mundo que nunca le perteneció.

Sabía que aquí estaba seguro; que, salvo mis compañeros, nadie vendría por mí. Ellos creyeron que estaba muerto, hicieron lo que podían y lo mejor era seguir así. Una mañana, camino al hospital, otra bala sin amor y sin pedir permiso se llevó a Moncho. Eso permitió que, por práctica y antigüedad, el celador pasara a ser yo. Así seguí hasta hoy. Tiempo después el hospital pasó a ser residencia, primero para víctimas de la guerra y después para las muchas otras víctimas, las de los años y las carencias. No sé si alguna vez examinaron que fui militante del POUM o que amé a una corista del Paralelo. Si lo percibieron, nunca insinuaron una palabra; en el fondo, también fueron agradecidos con mi trabajo.

A la caída de Barcelona intenté encontrar a Pepa. En medio del caos, poca era la gente que aún conocía. Muchos camaradas habían muerto, otros ya estaban lejos de la ciudad, y de los pocos que quedaban casi ninguno accedía a conversar conmigo. Veían un traidor donde sólo había un superviviente.

Pude saber que partió a París convencida de que yo había muerto. Tuve dudas, también miedo; pensé en correr tras ella. Gritar: «Pepa, estoy vivo». No me atreví y al final fui quedando entre escombros y recuerdos, cuidando esta amistad con la muerte, capaz de visitar casi a diario la Residencia permutando palabras por cuerpos, y respetando el pacto en el que yo permanecería un día más en este mundo.

Cuando Pepa ingresó aquí, no me reconoció. Para ser sincero, tampoco en ella mis ojos diferenciaron a la alocada chiquilla del Paralelo. El cambio, en ambos, era muy grande, pero con Pepa la enfermedad se ensañó de tal forma que el esbozo de su sonrisa expresaba un apenas imperceptible retazo de lo que fue. No intenté hablarle, no se atrevió a escucharme. Tal vez así fue mejor, porque retomar al pasado en las condiciones actuales sólo conduciría a más dolor y, además, tenía junto a sí a esa chica, Lulú, que a todas luces la amaba. Tal vez yo no era siquiera el ayer. París se había grabado en sus ojos.

La noche de su muerte me tocó guardia. No me moví de su lado esperando ese pequeño instante de lucidez que nos regala la muerte antes de llevarnos. La vi aparecer de la habitación con el sigilo de siempre.

—Hola, Luis, te veo muy consagrado a una enferma hoy.

—Sabía que ibas a venir, te estaba esperando.

—Sabes que vengo a llevarla —por primera vez su voz no sonó sarcástica—, te doy unos minutos para que la despidas. Pasarás muchos aún sin verla. Esto lo hago por nuestra amistad.

—Tú no eres mi amiga —la angustia me atenazaba—, no me llevaste cuando debías y la haces regresar a Barcelona sólo para morir. Quisiera haberle explicado por qué no fui tras ella. Confesarle que, pese a haber fracasado como soldado, pienso que no lo hice como persona. Al final de cuentas, cambié el fusil por la silla de ruedas, enterré el odio y reivindiqué colaborar con mis semejantes. Eso sí, aún hoy, no sé cuál es mi bando equivocado.

—No hay bando equivocado, Luis, sólo los acontecimientos que nos llevan a alinearnos en uno u otro o intercambiarlos. Ella fue libre de elegir. Buscó su camino, floreció en París y la ciudad la premió con otro amor. Tú hace mucho que no lo eres, pese a que nunca te olvidó. Acéptalo, Lulú fue su último gran deseo, por consecuencia el amor más auténtico.

Se dirigió a la cama, los ojos de Pepa no veían, su cuerpo no sentía. Todo estaba preparado para que partiera. Me acerqué para besar su frente, pero sólo atiné a contemplar cómo su piel mudaba de color y emprendía otra aventura sin saberlo. No pensé que las últimas palabras de la muerte llegaran a ser tan ecuánimes y su presencia nos colocara a todos al mismo nivel.

Como cada mañana, Lulú atravesaba el jardín. Seguro pensó que jamás volvería a hacerlo en esa dirección. Durante unos segundos, su mirada interrogó la sombra de la morera. No era necesario que alguien le explicara lo sucedido. Estoy convencido de que ella sí fue una mujer de suerte. La mía dolía, y mucho, en esa mañana en que la muerte no regresó para decir tan siquiera un hasta pronto.