Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 65 - Invierno 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Distopía Rubén López Fernández

 

Cuando la anciana se dio cuenta de que el furgón la iba a atropellar, sacó de la bolsa de la compra una ametralladora. Estaba justo en mitad de la calzada y supo que su muerte era irremediable. Echar a correr o intentar una finta hubiera sido absurdo. Sus reflejos ya no eran los de antes. Pero sí le dio tiempo a descargar una tronada contra el cristal blindado antes de rodar por los aires. Se oyeron gritos de horror en las aceras. Más aún cuando el furgón negro, maniobrando a mala idea, invadió la acera de su derecha obligando a los peatones a correr a protegerse. Un chiquillo que andaba sobre muletas saltó como una pelota para meterse al portal de un edificio. «¿Alguien se ha quedado con la matrícula?», preguntó a trance pasado un señor de mediana edad. Varios transeúntes respondieron que sí.

McAllister, Gutiérrez y De Winter iban en la cabina delantera. Las balas habían quedado apenas incrustadas en la capa más superficial del blindaje.

—Debería estar prohibido que las viejas llevaran ametralladoras —dijo Gutiérrez; De Winter asintió.

—No debería permitirse que las viejas llevaran nada —masculló McAllister, que iba al volante, mientras apagaba el dispositivo de blindaje total.

La estanqueidad del compartimento se desconectó, y el sistema de aprovisionamiento de oxígeno, cuyas bombonas iban ocultas bajo la tapa del cárter, dejó de funcionar también.

—Invadir la acera te puede salir caro.

—Lo sé, joder. La he cagado. Pero es que ¡odio-a los putos-peatones! —dijo acompasando con tres golpazos en el centro del volante.


* * *


El conflicto entre conductores y peatones estaba cerca de cumplir una década. Las conversaciones de paz eran intermitentes y habían proporcionado, durante los primeros años, períodos de relativa tranquilidad. Pero desde que la Iglesia y las organizaciones empresariales apoyaron la causa motorizada, se abolieron los semáforos y se declaró a los pasos de peatones zona ajurisdiccional, las muertes se habían normalizado. El hecho de que se legalizara el consumo de cocaína con fines terapéuticos tampoco ayudó. Los animalistas no tardaron en declararse pro-peatones. Les siguió el Partido Feminalsocialista de las Mujeres Empoderadas. Los partidos de centro-derecha, que eran mayoría, evitaban muy hábilmente posicionarse.

En el velatorio de la anciana, un hombre de lengua apasionada arremetió contra los motorizados y habló de lugares del mundo en los que los peatones todavía eran intocables. Instó a su público a realizar una marcha de protesta por las aceras de los barrios pudientes que recibió mucho respaldo verbal, pero que a la hora de la verdad sólo contó con una veintena de valientes. También hubo un velorio esa tarde en el Old Motorized District, en donde otro orador, igual de impetuoso y casi más brillante, recordó a sus oyentes los tiempos en que a los peatones les estaba prohibido llevar armas y todo aquel que ponía una pezuña en la calzada podía considerarse bien matado. Insistió además en que la única solución para los barrios de mayoría pedestre pasaba por un holocausto, ejecutado mediante regueros de gasolina.

Esa misma noche, grupos de jovenzuelos flacuchos salieron con sus caras tiznadas y allanaron numerosos garajes del Oeste. Rajaron neumáticos, aporrearon chapas, desparramaron pintura sobre carísimas tapicerías, y escribieron «muera el motor» en numerosas paredes. Paralelamente, escuadras de motoristas se incursionaron en los suburbios atronando toda tranquilidad con sus ruidosas máquinas, intentando atropellar a cualquier confiado que fuera por la calzada, o lanzando cócteles malolientes contra las fachadas.

En el Centro, territorio históricamente neutral, un proveedor de refrescos denunció el lanzamiento, desde una azotea, de un ladrillo que bien hubiera podido partirle la cabeza. Estaba descargándole a un bar y había dejado una de las ruedas de la camioneta medio pisando la acera. Ello hubiera convertido su muerte, conforme al Código de Convivencia, en lícita. Algunos medios de información progresistas quisieron ver en este acto una provocación del transportista. Poco después del incidente, el Gobierno Municipal, tras consultar con los agentes sociales, declaró una tregua de 48 horas y convocó a los representantes de ambos bandos a negociar un nuevo acuerdo de paz. Se aprovechó para recordar que el Gobierno no se posicionaba del lado de ninguna de las partes contendientes, y que quien violaba una tregua era castigado con entre cuatro y catorce años de privación de libertad, según el daño causado.

La reunión tuvo lugar a las 19.30 del primer día de la tregua, en un edificio gubernamental del Centro. El amplio despliegue militar se encargó de garantizar una seguridad tensa para los negociadores. El Jefe Peatón, apodado por sus enemigos como la Rata Jacobina, le negó la mano al Alto Motorizado, y le recriminó con vehemencia la muerte de la anciana y que el conductor no hubiera tocado el claxon antes de atropellarla. El Alto Motorizado afirmó que, según sus fuentes, la vieja abrió fuego antes de que al conductor le diera tiempo a tocar el pito. Lo único en que estuvieron de acuerdo fue en que la invasión de la acera había de costarle los ocho meses de prisión establecidos por el Código.

Cinco horas de deliberación farragosa desembocaron en la redacción del Vigesimoséptimo Acuerdo Rueda-Pie. Sus puntos a destacar fueron: la limitación de armas no automáticas a los peatones, que además no podrían superar el calibre 38; el requerimiento a los motorizados de tocar el claxon al menos dos veces para que el atropello en calzada no fuese tipificado como asesinato; o la subida de las penas de cárcel por invasión de acera, por parte de vehículos a motor, de ocho meses a dieciséis. A los peatones invidentes se les permitiría llevar una granada de mano. El Acuerdo se difundió con rapidez por radios, televisiones y medios digitales. Se colocaron carteles que reproducían su texto. Se mandaron mensajes institucionales que llamaban a la tranquilidad, y se anunciaron corridas de toros y luchas de gladiadores para canalizar la violencia del pueblo.


* * *


Al amanecer de la segunda jornada de tregua, McAllister conducía su furgoneta por Pilot Avenue. Iba a entregarse al Centro Penitenciario del Oeste. Un cóctel maloliente se estrelló contra su ventana derecha. Sintió varias pedradas contra su techo unos metros más adelante, y decidió accionar por precaución el dispositivo de blindaje total. La llave de las bombonas ancladas al cárter se giró, y por los manguitos empezó a circular a presión oxígeno hasta la cabina estanca. A la vuelta de la siguiente esquina, se encontró con tres chiquillos que cruzaban la calle por un paso orientativo de peatones. Iban disfrazados de Cazafantasmas, con mochilas muy bien logradas a la espalda y jugando a dispararse con sus fumigadores. McAllister frenó. No sería él quien quebrantara una tregua, lo cual tampoco aligeraría su estancia en prisión. Se acordó de cuando era niño, y no pudo evitar el esbozo de una sonrisa al recordar los tiempos en que aún se podía jugar alegremente por las calles. De repente dos de los chiquillos corrieron, uno a cada lado de su furgoneta, y se le agacharon a unos cinco metros de distancia. Sólo entonces se dio cuenta de que lo que llevaban a la espalda eran lanzallamas. Miró de nuevo al frente y vio que el otro también le apuntaba. Antes de que le diera tiempo a pisar el acelerador pudo leer en sus labios: «Esto es de parte de mi abuela».