Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 58 - Primavera 2020
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El escritor que no podía escribir Raimundo Martín Benedicto

 

Decían que aquel escritor esperaba a que el mar le susurrara algo que valiera la pena. En realidad, él sólo esperaba mantener la borrachera hasta que se hiciera de noche. Lo hacía en la playa de las Gemelas, llamada así por las dos rocas estacadas en su cabo norte. Aún pueden verse, una en tierra y la otra en el agua, pero ésta sólo cuando el mar, siempre más verde que azul, decide descansar. Y a partir de ahí, medio kilómetro de dunas hebilladas por una pasarela de madera podrida y unas casas que un día fueron lujosas pero que hoy, vistas desde allí, parecen un simple espigón de rocas grises.

Siempre sentado en el mismo sitio, equidistante a las dos rocas, cerrando un triángulo equilátero en el que ya espejeaba el atardecer de un tres de septiembre. Un montón de algas secas, culebras dormidas al calor del sol, ponía el olor a podrido en un día en el que los últimos turistas habían decidido volver a sus pueblos y ciudades. Una gaviota le recordó que se empezaba a ver la luna y se levantó con dificultad de la hamaca, que ya no se podía plegar porque su armazón estaba demasiado oxidado.

Dio el último trago a la cerveza cuando el faro de San Pedro comenzaba su inspección nocturna. Dejó caer la lata y la dejó allí, con todas las demás. Casi no distinguía su casa. Antes era blanca, como sólo puede serlo la casa de un pescador, y destacaba entre todas las demás porque era la única que tenía las rejas rojas, capricho de aquel escritor americano que se había casado con la hija del general. La había comprado con el adelanto que le dieron por una de sus primeras novelas, en un tiempo en el que sus dedos aún servían para teclear historias y acariciar caderas de mujer. Orientada a levante y poniente, a norte y sur, era dueña de todas las brisas y de la luz del mediodía, secuestrada en un patio central en el que siempre había más vino y risas que comida.

Vestía el escritor un bañador deshilachado, a cuadros rojos y verdes, y trataba de mirarse los pies cubiertos por el agua. Vomitó. Le escocían los dedos, que la psoriasis carcomía con la misma facilidad que un niño rasga una biblia vieja. Toda su piel era escama, grieta y rojez. La comezón que antes se calmaba con los baños en el mar ya nunca le daba descanso. Cada paso era una tortura, sobre todo cuando algún grano de arena decidía explorar sus llagas. ¿Por qué esa penitencia? Si alguna vez encontró la respuesta, no la recordaba, porque ésta sabía camuflarse en el alcohol.

Ya sólo le quedaban doscientos metros para llegar a casa y empezaba a ver la terraza.

Una terraza que Amalia, su mujer, no echaba de menos. Antes le relajaba salir y acariciar la balaustrada de piedra artificial, porosa y levemente áspera. Tenía forma hexagonal y uno de sus lados se apoyaba en el mar. Desde ese otero podían vigilar las barcas que faenaban en la bahía mientras bebían. Y las rejas rojas, las famosas rejas rojas que casi fueron un escándalo porque en esos tiempos mojigatos sólo podían ser la idea de unas gentes de pelo largo y mal vivir.

Allí celebraron la comunión. Qué guapa estaba Nina en la foto, aunque ya amarilleaba. Ojalá hubieran hecho más.

El espejo de la entrada también se estaba estropeando, aunque nunca se miraba en él porque, como todos los espejos, no tenía memoria y era inútil tratar de encontrar en él algo que valiera la pena. No hay nada más pasajero que su reflejo. ¿Por qué los hacían con azogue y no con algún tipo de pegamento, como ése que atrapa las moscas hasta que, colgadas de los techos, forman cadenas de cadáveres negros?

En el transistor comenzaba el parte de las nueve. El prestigioso autor, el que iba a revolucionar las letras estadounidenses y no había sido capaz de publicar nada en los últimos veinte años, estaría a punto de llegar y cruzar aquella puerta que daba a la terraza. Lo haría descalzo, con sus pies heridos llenos de arena y sin molestarse en limpiárselos. Casi dos metros de hombre hinchado y violáceo, con unas manos tan grandes que casi daban para rodear su cuello.

—¿Hay algo de cenar?

—Ya sabes que no —Amalia se sentó en el sofá y cruzó las piernas. Desde siempre había usado pantalón, incluso cuando iban a los bailes del club de oficiales. Su padre no lo aguantaba.

El escritor la miró, una mirada cruda, y se dirigió a la cocina después de eructar. Abría y cerraba los armarios con demasiada fuerza, hasta que encontró unas albóndigas que empezó a comerse directamente de la lata.

—¿El míster tampoco ha encontrado hoy la inspiración? —Amalia encajó una burla en su cara, se levantó y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

Las albóndigas estaban frías y seguramente caducadas. Se dejó la mitad. Le ponía enfermo que su mujer le recordara tanto a Lauren Bacall. Lo conseguía sin ni siquiera intentarlo.

—Aparta.

—¿Adónde vas?

—Que te apartes ya.

—Si no hace falta que me lo digas —dio un trago a su vodka con tónica, largo y lento como sus palabras—. Vas a hacer como que escribes algo en tu puñetera cueva.

Su sonrisa se mantuvo cuando él la miró, febril y con los puños cerrados, antes de girarse y entrar en su despacho. La radio anunciaba lluvias para el día siguiente.

—Veinte años. ¿Se necesita eso para escribir un libro?

El escritor que no podía escribir escuchaba la salmodia hiposa de su mujer, por más que trataba de evitarlo. Lo hacía con las manos apoyadas en su escritorio, tan lleno de botellas como vacío de papeles. Apretaba los bordes y no podría decirse si él sujetaba la mesa o era la mesa quien lo sujetaba a él.

—¿Qué haces?

—¿Qué pasa? ¿No puedo entrar?

—Haz lo que te dé la gana —el escritor tragó sin dificultad los dos dedos de whisky que se había servido.

—¿Quién te crees que eres para hablarme así?

—¿Que quién soy? —sonrió teatralmente y fue elevando la voz—. El que te compró esta casa, el que te sacó de tu pueblo, el que tiene que aguantar todas tus tontadas. ¡Todas!

—A mí no me grites, ¿eh? ¡Ni se te ocurra!

Las colecciones de libros que forraban las paredes amortiguaban los gritos y concentraban la tensión. Libros rojos, blancos, verdes, libros nuevos y viejos, con las hojas oxidadas y pegadas por la humedad; en estantes, en armarios, en el suelo. Un mapa antiguo de Venezuela regalo de un amigo pintor, un colmillo de elefante (sólo uno, la pareja se perdió en una partida de cartas) y un suelo de parqué sin pulir que crujía bajo sus pasos. El decorado perfecto para el escritor que no podía escribir. Se acercó jadeante a la librería con puertas de cristal esmerilado, cerrada desde hacía tres vidas y media.

—Te gritaré lo que me dé la gana, ¿me oyes? ¡¡¿Me oyes?!!

Empujó a Amalia para poder abrir el armario. Sus manos temblorosas casi no le dejaban girar la llave redonda y dorada.

Amalia se extrañó al notar la tibieza de la lágrima que serpeaba por su mejilla. Creía que ya no le quedaba ninguna. El armario, muchos años después, exhaló un amargo aroma a acero, grasa y papel amarillo.