Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 57 - Invierno 2020
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Despedida en domingo Raimundo Martín Benedicto

 

A las siete y media el sol hace rato que ha dejado de presentar batalla y hasta los cipreses temen el viento helado que exhala la sierra que abraza esa pequeña capital de provincia. Se está bien dentro de casa, piensa Pablo, sobre todo los domingos, porque mi madre me deja los videojuegos. Tengo muchísimos porque cada vez que papá sale de viaje me trae uno nuevo. Parece que hoy están gritándose menos de lo normal y mamá casi no ha llorado. Veronique sí lo ha hecho, mucho, cuando salía por la puerta con su enorme maleta roja.

El río tiene hoy prisa por llegar a no se sabe dónde. Dentro de un mes no podrá bajar tan rápido porque se habrá convertido en vidrio negro. Pablo no sabe quién le llevará a patinar este invierno. Le gustó ir con Veronique el año pasado y le habría gustado repetir en éste, aunque ha empezado secundaria y sus amigos ya no bajan al parque acompañados. Es una ciudad pequeña y recoleta y los niños aún pueden jugar solos en la calle porque aquí no pasan esas cosas que salen en la tele. Pero, a pesar de eso, casi todos van al parque con las niñeras porque es una buena forma de presumir de sueldo o de recordar que las tierras de los abuelos aún dan sus buenas rentas. Casi todas son extranjeras y morenas: filipinas, ecuatorianas, hasta una guineana. Veronique es la única francesa, y también la más guapa y la más joven. Veinticinco años anunciados por la simpatía de sus ojos verdes y las pecas de una piel blanca más acostumbrada a los libros de Magisterio que al trabajo. A Pablo le gustó desde el primer momento porque le trató como a los mayores. Me gusta que sea pelirroja, y que siempre se ría, y que parezca amiga de mis padres, que muchas veces la invitan a cenar. Y que papá, a veces, le pida que le ayude con sus papeles cuando tiene que trabajar hasta tarde.

Desde su piso puede verse la vía del tren, un arañazo metálico paralelo al río y que marca el final de la ciudad. Más allá sólo hay tierras de labranza, algún montón de piedras y las montañas azules. La locomotora arrastra un único vagón, seguramente huérfano de viajeros, y recuerda que allí vive cada vez menos gente. Julia, la madre de Pablo, no se acostumbra a aquel sitio tan pequeño y aburrido, pero él no lo entiende. No comprende cómo mamá puede ahogarse, si nunca va a nadar, cómo puede asfixiarse, si no hay humo, y por qué se lo dice a papá todas las noches, y éste no contesta nada. Un día le pidió a Veronique que se lo explicase y la verdad es que se sintió decepcionado con la respuesta: «Eres muy pequeño para entenderlo».

En diciembre los niños juegan sólo un rato en el parque al salir del colegio. Gritan, ríen y su aliento condensado los convierte en pequeñas hordas de salvajes a la conquista de los columpios y los parterres de césped amarilleado por el frío. Las madres ausentes aún no habrán terminado sus tertulias tribales, esas en las que Julia casi nunca participa. Es poco habladora y sus vecinas prefieren pensar que es muy discreta por su trabajo, inspectora de Hacienda, aunque parece que la respetan. No dice las cosas por decirlas y se nota que la ropa que lleva es buena, de tiendas caras de Madrid. Intuyen un carácter fuerte y a veces bromean por el pobre Alberto, al que conocen de toda la vida y siempre ha sido un pedazo de pan. «Pero si iba para cura y yo creo que se dejó el seminario por ella», dice Adelita antes de terminarse el chocolate. «Esos son los peores —se ríe Rosa—. Yo me llevaría cuidado con la francesita». Se oyen carcajadas en la cafetería pero nadie se está riendo.

Pablo ha visto desde la ventana cómo salía Veronique a la calle. Su maleta tiene dos ruedas y le cuesta arrastrarla por la vieja calzada empedrada. Lleva una boina marrón, la misma que traía el día en que la conoció, y es lo último que ve de ella cuando desaparece tras la esquina, supone que camino de la estación. Se ha marchado muy rápidamente, ni siquiera se ha despedido, y mis padres están muy enfadados, pero no sé si entre ellos o con Veronique por haberse largado así, tan de repente. «Te estás equivocando», le oye decir a su padre. «Yo sé lo que vi al entrar en la habitación», responde la madre. «Yo sé lo que vi». «¡Yo sé lo que vi!». Julia vuelve a gritar, como todos los domingos, y lo último que escucha Pablo antes de esconderse en su cuarto y ponerse los auriculares es la palabra «desnuda».

Hoy va a estrenar el último videojuego que le trajo su padre, el otro día, cuando volvió de Bilbao. Se llama Wild Hunt y su compañero Álvaro babeaba al decirle que en él salen, precisamente, chicas desnudas. Él también lo haría si Veronique no se hubiera vuelto a meter en su cama anoche.