Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 59 - Verano 2020
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Triunfar sobre las tablas (El corazón del actor) Salva Solano Salmerón

 

La confesión judicial de Ben fue una suma disparatada de justificaciones y medias verdades. Mintió al declarar que asesinó a su tío por una especie de temor reverencial a su ojo velado por las cataratas. Eso era absurdo: mató para aliviar la vergüenza del hombre incapaz de mantenerse por sí mismo. Este sentimiento caía como vertido fecal en su corazón, podrido ya de odio a la humanidad, a todos los seres humanos, a los que culpaba de su situación.

Esta es su verdadera historia.

 

Hay individuos que se tienen en muy alta estima. En realidad, solemos comprarnos por más de lo que valemos, es un defecto común a la raza humana. Pero intuyo que saben a qué me refiero, todos conocemos a alguna de estas personas.

Ben era una de ellas.

Consideraba su presencia en el mundo un regalo que los demás debían agradecer. Fue así desde niño, puede que incluso antes. Seguro que, de haber podido razonar entonces, habría creído hacerle un favor a su madre al darle el privilegio de amamantarlo.

Vivía en Nueva York, con su tío. Este anciano conseguía lo imposible al compartir con él unos exiguos ahorros, fiel a la palabra dada en el lecho de muerte a su hermana, que falleció por complicaciones en el parto semanas después de tener a Ben. Si no hubiera sido por el viejo, como le llamaba despectivamente, Ben habría acabado comiendo liendres en uno de esos hospicios de finales del siglo XVIII.

De profesión, ninguna, pero se tenía por actor. Era malo, malísimo, el peor que se haya conocido. En consecuencia, no llegó a subirse media docena de veces a un escenario, y nunca como protagonista. Esta frustración le convirtió en un hombre amargado, huraño y paranoico, convencido de que los empresarios teatrales le tenían manía y sus compañeros envidia. Los detestaba, igual que al vulgo. Solo guardaba un respeto supersticioso por quienes podían alternar con el más allá. Acudía a médiums y adivinas para que le leyeran el futuro y el pasado en las manos o en las cartas o en las muelas. Ellas le decían lo que deseaba oír: en una de sus existencias anteriores fue un actor célebre, y estaba escrito que volvería a triunfar sobre las tablas en esta vida. Por desgracia, la nigromancia de estas charlatanas no les permitía ver con claridad cómo y cuándo alcanzaría el éxito, así que debía seguir visitándolas, con la esperanza de que un día despejaran la niebla de su porvenir.

     

Durante la semana que precedió al asesinato, cada noche, sobre las doce, abría la puerta de la alcoba de su tío para comprobar que estaba entregado al sueño. Cuando fuera a por él quería tener la certeza de sorprenderlo durmiendo. Era un tipo valiente.

A pesar de que debería haber conocido hasta el último rincón de la casa en la que se había criado, al deslizarse por el pasillo en tinieblas tropezaba con el mueble o entreabría la puerta con demasiada brusquedad o el temblor de sus manos hacía chirriar las bisagras del farol que portaba. El caso es que ni una, ni una sola de las siete noches que se acercó «cautelosamente» al dormitorio de su tío evitó sobresaltarlo.

A estas extravagantes incursiones nocturnas se añadía que Ben, que siempre había sido un sobrino maleducado y consentido, comenzó a tratar a su tío con cortesía y respeto. Madrugaba (hecho extraordinario), entraba a su habitación, descorría las cortinas y derrochaba almíbar por toda la estancia:

—¡Buenos días, querido tío! ¿Cómo te encuentras esta mañana? Espera, que te ayudo a levantarte. Así, apóyate en mi brazo, eso es.

A la hora de comer charlaba animadamente con él, y el teatrillo se repetía en la cena. Esto, que hubiera sido normal en alguien con un interior menos oscuro que el de Ben, era insólito en un carácter tan egoísta como el suyo. Y como era un actor lamentable, su afectación resultaba incluso cómica.

El anciano achacaba este cambio de conducta a la inminente solicitud de otro préstamo in aeternum de aquellos a los que Ben le tenía acostumbrado. Dado lo mal que se tomaba su sobrino las negativas, prefirió fingir que no se enteraba de nada, esperando que se le pasara el antojo o buscase un trabajo de verdad que costease sus caprichos.


Ben se valía de un tipo de farol conocido en aquella época como linterna sorda, cuya luz podía regularse u ocultarse a voluntad por medio de una pantalla. La octava noche tras su semana de amabilidad, la decisiva (si dios tardó seis días en crear un mundo imperfecto, él podía concederse ocho para deshacerse del viejo), avanzando a oscuras con el farol cerrado sujeto con ambas manos para que no tintineara, calculó mal y se golpeó contra la puerta, lastimándose la nariz. A continuación giró el picaporte con el sigilo de un ladrón de guante blanco, que de poco servía ya.

—¿Quién está ahí? —preguntó alarmado su tío—. ¿Eres tú, Ben?

Después de un breve paréntesis de silencio que a nuestro aprendiz de Fantomas le pareció interminable, el acechado gimió de miedo.

Ben trató de abrir una estrecha rendija de luz en el farol, pero los nervios se apoderaron de sus dedos, lo abrió del todo y deslumbró a su tío.

—¿Qué haces, Benjamin, hijo mío? —volvió a preguntar, entrecerrando los ojos—. ¿Qué locuras son estas? ¿Por qué no hablas, por qué no me contestas?

Ben permanecía callado, indeciso. Encontrar a su tío despierto era un contratiempo que su plan infalible no había previsto. Aguantó inmóvil hasta que no soportó más la tensión. Entonces, profiriendo un tremendo alarido, como él mismo reconoció en su confesión (¿tanta cautela para acabar dando un grito en el momento culminante?), arrojó a un lado el farol y saltó sobre el anciano indefenso, que chilló a su vez al ver cómo le caía encima ese pariente maldito. Ben respondió a sus súplicas tirándolo de la cama con estruendo, y ya en el suelo lo asfixió con el pesado colchón. La ejecución no fue precisamente limpia ni rápida, se siguieron oyendo los pataleos y los gritos ahogados de la víctima durante minutos. No es fácil asfixiar a alguien con un colchón. Si al menos hubiera optado por la almohada… Pero Ben, además de un bastardo cruel y desagradecido, era un necio.

De rodillas, jadeando a causa del esfuerzo, apoyó la mano en el pecho del anciano: aunque muy débilmente, el corazón seguía latiendo. Sin embargo, Ben se puso en pie, fue a por la pequeña hacha de despiezar pollos que había escondido en su cuarto y tragó saliva.

La operación de separar del tronco la cabeza y las extremidades le llevó gran parte de la noche. La herramienta parecía casi inofensiva contra la carne endurecida por la edad, hubo de emplearse a fondo. Cada vez que bajaba el brazo, el silencio de la madrugada amplificaba el sonido del metal incrustándose en el hombro o en la corva, el crujido del hueso.

Una vez descuartizado al fin el cadáver, hizo palanca con el hacha para despegar unas lamas de madera del suelo. La primera se resistió. Mientras luchaba por levantarla, se rompió por la mitad con un sonoro chasquido.

Extraer las siguientes le resultó menos complicado.

Quedó un hueco lo suficientemente grande para introducir las seis partes del cuerpo. Dejó para el final la cabeza, como una siniestra guinda. Al volver a poner las tablas en su sitio unió las dos mitades rotas, pero la madera seca se había astillado y podía percibirse que algo había sido manipulado recientemente ahí. Maldijo en voz alta hasta que se le ocurrió una solución: colocar la silla del escritorio encima. La juzgó ingeniosa, sin caer en la cuenta de que era absurdo disponer una silla solitaria en medio de la habitación.

Con el alba clareando (no a las cuatro de la mañana, como afirmó ante el juez; a esa hora estaba todavía intentando clavar su hacha de juguete entre dos cervicales), terminó de lavarse y de fregar el suelo. Vertió el contenido de la última cuba en el patio trasero, regando la tierra con un líquido semejante al vino aguado que servían en las tabernas en las que malgastaba, callado y hosco, la hacienda de su tío. Se detuvo en la entrada de la habitación y la contempló con los brazos en jarras. Tras reflexionar durante tres segundos completos, estimó en muy bajas las posibilidades de que un visitante inesperado reparara en las manchas de sangre del bajo de las cortinas; ya se ocuparía de esas minucias cuando hubiera dormido un poco, la tensión y la noche en vela le habían dejado exhausto. En cuanto a los restos de baba y los pelos de la barba de la víctima en el arma homicida, lo solucionó volteando el colchón. Ben era un genio del crimen.

     

      No había acabado de apoyar la cabeza en la almohada cuando un martilleo violento estuvo a punto de hacer que Ben se orinara encima. ¡El fantasma de su tío! ¿Por qué llamaba a la puerta? De todos era sabido que los fantasmas podían atravesar cualquier superficie.

      Se levantó, notando cómo se le deshilachaban los ligamentos de las rodillas.

—¿Quién es? —tartamudeó.

—Policía. Abra, tenemos que hacerle unas preguntas.

Uno de sus vecinos había acudido camino del trabajo a la comisaría para informar de los gritos y ruidos nocturnos.

Esta vez Ben no pudo contenerse y el miedo bajó por su pierna. Para disimular dijo adelante, qué se les ofrece, y fijó una sonrisa repugnante en su cara, como el menos creíble de todos los malos actores. Los tres policías se miraron, comprendiendo al instante que ese hombre, pálido como si hubiera escuchado a un muerto y con una mancha oscura en la pernera derecha del pantalón, era culpable. Aún no sabían de qué, pero culpable.

«No pasa nada, Ben, tranquilízate», se dijo. «Eres un actor magistral, el mejor de todos. Demuéstralo, compórtate como lo haría un inocente, engaña a estos idiotas».

Cuando entraron al escenario del crimen (el último escenario que pisaría Ben), este trajo sillas para los policías, él se sentó en la que había colocado astutamente en medio de la habitación y respondió con excusas incoherentes a las preguntas acerca del porqué de aquellos gritos: pesadillas, terribles dolores de cabeza… Declamaba con el tono de los actores principiantes, que confunden el énfasis con un volumen excesivo. Tan burda era su interpretación que la silla parodió sus gestos exagerados y artificiales cojeando sobre las tablas.

La función terminó cuando su eterno compañero, el Infortunio, provocó que la tabla rota se venciera, su silla volcase, él cayera al suelo y la cabeza del anciano quedara al descubierto, mirando a su asesino con su ojo ahumado por última vez.


***


Ben falleció en la cárcel. La transcripción de su declaración judicial fue a parar, por el paso de los años y los azares del destino, a una librería de viejo. Así llegó a las manos de un escritor del siglo XIX que, apremiado por dificultades económicas, la publicó, una vez realizadas las correcciones estilísticas necesarias, como un cuento de su invención (así de disparatada y falsa era) a cambio de unos pocos dólares. Intuía que nadie relacionaría su historia con las palabras de aquel histrión desconocido, y estaba en lo cierto. Después arrojó el documento del juzgado a la chimenea.

Si hay justicia en el otro mundo, el corazón del actor también arderá. Por toda la eternidad.