Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Tenemos frío Maria Sentandreu

 

 

Tengo frío, busco una manta y me acurruco en el sofá. Cierro los ojos, me relajo, viajo hacia atrás en el tiempo. Regreso al hogar de la infancia y la encuentro sentada en la escalera interior con la mirada perdida. Es una niña inquieta y risueña, pelo rubio, ojos azules. Tiene siete años, la necesidad de descubrir cómo es el mundo y un corazón lleno de fantasías inalcanzables. La miro y apenas la reconozco, pero sé quién es, cuáles son sus deseos y sus temores, recuerdo todos sus secretos.

También sé que el cambio de las estaciones provoca reacciones inesperadas en su cuerpo. Su estado de ánimo depende de la época del año: en primavera le invade la euforia, en verano se siente cansada, en otoño regresa la tristeza, en invierno simplemente se queda helada. Ahora es invierno y las dos tenemos frío, la observo con curiosidad pero ella no lo sabe. Se levanta, baja los tres escalones, entra en el salón y busca una silla pequeña para sentarse frente a la chimenea. Extiende las manos con las palmas abiertas y siente el calor de las llamas en los dedos. Mira el fuego como si fuera algo mágico, pero pronto le quema la cara y se aparta. Un escalofrío recorre su espalda de arriba abajo, se echa a temblar. Busca una manta, se acurruca en el sofá, cierra los ojos y deja volar su imaginación.

Ya es de noche, el viento ruge contra el cristal de la ventana, las primeras gotas de agua mojan la calzada y ella se incorpora para mirar la lluvia. Las nubes le gustan mucho y cuando llueve sonríe sin darse cuenta, también le gusta abrir la ventana y escuchar el sonido de la lluvia en silencio. Sin embargo ve un relámpago y cierra la ventana de golpe, pues tiene miedo a los truenos. Sigue lloviendo con fuerza, más relámpagos, más truenos; está nerviosa. Se aleja de la ventana, se cepilla los dientes y se pone el pijama. Tiene frío, así que busca su batín y las zapatillas de ir por casa. No tardará en irse a dormir.

Antes debe llevar a cabo el ritual de la bolsa de agua caliente. Entra en la cocina, el agua está hirviendo, ella aguanta la bolsa con las dos manos y su madre vierte el agua hasta llenarla. Enrosca el tapón y se abraza a ese trozo de goma de color rojo, es suya y no la comparte con nadie. Se va contenta a dormir porque siente el calor de la bolsa de agua caliente contra el pecho y, de repente, ya no le importa el frío. Se mete en la cama, se tapa hasta el cuello con las mantas y se pone la bolsa en los pies, siempre los tiene congelados. Se duerme.

Está nevando y su madre la despierta. Son las tres de la madrugada, pero nunca ha visto nevar y no puede evitar dar un salto de alegría ni salir corriendo hacia el patio. Hay un palmo de nieve, la toca y ríe a carcajadas. Le encanta coger un puñado y notar cómo se escurre entre los dedos, le hace cosquillas, sonríe. Coge otro pellizco de nieve y se la come. Le habían dicho que la nieve no tiene sabor, pero a ella le sabe a cielo líquido.

Vuelvo al presente, voy a la cocina, preparo dos tazas de chocolate y un plato de torrijas con mermelada de albaricoque. Lo hago para ella, porque era su desayuno favorito y a mí también me gusta. Me como la mitad y guardo el resto para mañana. Hace frío y subo la temperatura de la calefacción, ojalá tuviera una chimenea como la suya.

 

Collage: María Benavent