Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La herencia Manuel Pérez Garcí­a

 

La cima de una cuesta poblada de cansado asfalto aún sostiene la casa a medio hacer. Hasta ella llego arrastrando una no menos fatigada maleta con más polvo que ropa.

Desde que el avión aterrizó me persigue esta sensación de angustia. En la desvencijada aduana nadie esperaba, es más, no había gente. Nadie reclamó el pasaporte, ningún guardia se interpuso a mi paso. Opté por no cuestionar el ensueño, atravesé el amplio vestíbulo y busqué la clásica cola de taxis a la salida sin tener a quién preguntar por tal desamparo. Pocos taxis coexistían con el abandono. Desde ese instante no dejo de andar, siempre ascendiendo al cicatero aire.

La casa, al igual que la idea, persiste junto a la contradicción de asumir la certeza de que tarde o temprano desaparecerá, pese a ser más longeva y estable que este mundo. Es el instante en que todo se detiene, donde el tiempo resiste sin final hasta el final.

El reto fue llegar hasta ella para direccionar los ojos y contemplar la galería donde, entre cristales de colores, predomina el amarillo tintado de otoño perturbando la descolorida pared en la que agonizan dos cuadros hechos con puzles a ambos lados de un angelito de cerámica junto a dos manos entrelazadas queriendo volar.

Llego y nada ha cambiado. El eco de muchas voces arrinconadas entre telarañas canturreando la enojosa oración del nada cambia, lo confirma. ¿Cómo es posible que el sol impasible asome cada día sus rayos sin dejar tan siquiera un rastro de supervivencia en la rigidez de esa cara agotada?

No puedo dejar de pensar que entre estas paredes se trabajó, se creó, se soñó, se amó. Los niños jugaron, gritaron y la ropa lavada colgó en tendederos que ya no existen. Tiempos en los que el aire impregnado de olor a comida dejaba parcelas de vida en hogares despertados con el canto de los gallos. Días tumbados a la espera de contemplar pacer la luna en las noches de frío, seducida por la nostalgia de cuerpos enfebrecidos de tanto alisar camas entre la hierba.

A ambos lados de la carretera reside la indolencia. Las malezas sedientas claman por lluvia mientras la basura se mezcla con las osamentas de los últimos perros.

La calle asciende al pasado de muchos pasados. La remonto a sabiendas de lo que encontraré y no sé si es cierto lo que intento sujetar entre las manos. Nunca estuve allí, la fantasía navega desde el puerto de incontables historias oídas en tardes de lluvia. Imagino, anhelo y temo, todo se superpone al momento de estar frente a su pálida faz de estrechas arrugas. Un clamor amplificado desde las telarañas.

Está esperando. Ella está esperando. No dejó de aguardar mientras su piel se resquebrajó entre gemidos y recuerdos. Quizás décadas atrás había hecho el mismo trayecto y estoy seguro de que, a pesar de todo, plagió el mismo sobresalto. El suyo fue un regreso perseguido, un retorno al espacio en que se abrieron las rosas con más prontitud y en mayor cantidad que en el mío.

—Aún eres joven para agonizar en este pueblo —escribían los que iban a morir. Algunos, sinceros; los más, llenos de envidia. Abandonar el polvo y regresar a él; ella, que vio el mar.

—Al irme, estas piedras fueron siempre la referencia. Ahora son también la identidad.

No volvió a hablar. La mecedora de su madre la meció con suavidad primero para, con el paso del tiempo, chirriar con desesperada impotencia. Fue el vaivén la bandera que envolvió la paciencia hasta alcanzar el primer dios.

Con cada paso escasea más el oxígeno. El aire se hace irrespirable. La meta está casi cumplida. Puedo tocar la asfixiada madera de la puerta. ¿Cuántos días pasaron desde que el avión se oxida en el incógnito aeropuerto? El combustible para remontar vuelo jamás llegará. Él también aquí morirá y será un fantasma de metal, un pájaro más que quiso volar cuesta arriba.

La fatiga me retuerce el cuerpo pero recompensa, y más aún si es la que te conduce a inventar la encrucijada de la que has huido. La misma que persigue tu cerrazón pese a querer disfrazarla de mil lujurias e incontables injurias.

—Has tardado tanto que mi cuerpo ya no está. La mueca que ves es lo único que aguarda para indicar que tú también te sentarás en esta mecedora, la misma de la abuela de tu abuela y, no lo olvides, en ella permanecerás vigilando al infinito, exaltado, tal vez tropezado, pero que también, al igual que a esta máscara que ves, te dará la espalda sin conmoverse cuando abandones el atado de los sueños a un costado del camino para regresar.

Desde un caos de ropa apilada sobre la mecedora, la máscara permanece sin un gesto que delate emoción. Parte de la eterna lucha entre ángeles y demonios en la que sólo prevalecen éstos envueltos en muecas de cólera y expresivos colores, sin disimular un vano intento de buena voluntad.

—Siempre llego tarde. Es la constante de mi vida. Tal vez las prisas de esta cabeza vayan por detrás de sus expectativas y el tiempo gane un día con el paso de cada día. Pero como ves, he llegado. Aquí estoy para asumir la responsabilidad. Sabes lo que he andado, también lo dejado atrás, y que nunca esperé de otras personas más razón que la que quisieran dar, y ésta fue incapaz de alcanzar un solo tren. Dirás que lo mismo te pasó a ti, que has olvidado el tiempo transcurrido desde el momento de ascender la cuesta aceptando este rayo de sol que apenas te calentó. Él también te falló. Es difícil saber de antemano lo que va a suceder. Qué experiencia penar de ida y vuelta. Rumié demasiado el pasado, por eso ignoré el presente y anulé el futuro.

—Es curioso el coste de la vida. Imaginé que era un ser muy afortunado cuando el avión volaba con el mundo por destino. ¿A ti te sucedió lo mismo? Fue lo más excitante: reinventarme contando las nubes de la ida con una taza de té en la mano. Qué hermosa es la oscuridad cuando deja mirar al cielo y crees que el azul te pertenece. Luego las circunstancias devuelven la suciedad a las calles, a los sueños para dejarlos igual que las casas, a medio hacer. Ya puedes saber: el final llega con la suma de las decepciones. Entiende, tú estás aquí porque mi final ya pasó, ahora toca al tuyo.

Enmudece, su mirada se ahonda más aún y con un movimiento poco creíble por lo rápido aparta la máscara. Tras ella no hay nada. La tiende hacia la indecisión de mis manos, que se acercan para sujetarla. Renuncio a emprender a la inversa el camino del aeropuerto, pero ¿de verdad despegó alguna vez un avión desde sus pistas bañadas por la niebla? ¿Alguien descendió desde esta cima para respirar mejor cerca del mar? No lo sé y todo lo pongo en duda. Regreso a una galería amarilla donde, entre cuadros hechos con puzles, arrebujado en la mecedora, persigo con mis dedos cada uno de los pliegues de la máscara que acabo de heredar.