Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Eros y Thánatos Yolanda Cabezuelo Arenas

 

Los franceses llaman al orgasmo la petite mort, porque es como morir en un estado semejante a la comunión con los dioses. El culmen del placer constituye el momento en que el hombre como criatura se siente más vivo, y cuando este momento pasa sobreviene un delicioso abandono de los sentidos que, junto al cansancio físico, propicia el reposo y la quietud más parecidos a la muerte. Precisamente este binomio Eros-Tánathos puede ser la explicación del comportamiento conocido como afición desmedida por el sexo: es el espanto seguro de estar mañana muerto que retrata Rubén Darío en su soneto:

Y la carne, que nos tienta con sus frescos racimos,

y la tumba, que aguarda con sus fúnebres ramos.

 

El verso «Y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos» con el que Darío cierra su Soneto a la muerte retrata la sensación de impotencia ante el mayor de los misterios de la vida, aquél que el ser humano no puede descubrir hasta que haya cerrado los ojos de manera definitiva, y se desplieguen ante él los fúnebres ramos. Tomar conciencia en ese momento de angustia del aquí y ahora, de estar vivo en este preciso momento, puede ser el motor más potente que nos conduzca hacia la comprobación real de ese estado de vida mediante el más poderoso de los consuelos para la quiebra de alma y pensamiento: el sexo.

Entrar en consideraciones fisiológicas huelga en este artículo, porque no es de la química de lo que tratamos, sino del alma y el pensamiento, de aquello que distingue al ser humano de otra especie: la conciencia de que ha de morir algún día, saber que ese momento llegará de forma inevitable.

Para Freud, Eros y Tánathos constituyen los principales motores del ser humano, las energías más poderosas y primarias, manifestadas desde la más tierna infancia. Eros representa la libido, el deseo sexual, pero también todo impulso de ternura. Tánathos es la muerte temida, pero amada porque ejerce una seducción irrefrenable sobre el instinto de vida. El ser humano vive en medio de este binomio, de estas dos poderosas fuerzas que enfrentan por un lado el instinto de conservación, la autopreservación y la construcción del ser, y por otro el de autodestrucción, el que conduce a la desintegración que es en definitiva la muerte; sufre las pulsiones que señala Freud en Más allá del principio de placer escrito en 1920.

 

Estatuas de Thánatos y de Eros

 

Muchas manifestaciones del amor están íntimamente relacionadas con la presencia constante de la muerte, desde el matador que danza con ella en forma de toro hasta el soldado que, amando unos ideales o amando a una patria, camina por ella hacia la muerte, o con ella como compañera o novia en el caso de la Legión española.

Por ir a tu lado a verte,

mi más leal compañera,

me hice novio de la muerte.

La estreché con lazo fuerte

y su amor fue mi bandera.

 

Al respecto aporta Camus una frase que resulta curiosa por su sentido: «Lo que se llama una razón para vivir puede ser también una razón para morir»; frase que, como aclara Pedro G. Cuartango, «es ambivalente y puede ser entendida como la apelación a un soldado que tiene que arriesgar la vida por la patria, pero también puede ser entendida como que el amor absoluto nos conduce a la autodestrucción», y no porque la circunstancia de ese amor conduzca a la tragedia como entre los Montesco y los Capuleto, sino porque la intensidad del sentimiento de Eros conduce inevitablemente a su otra cara. Este concepto se entiende mejor aplicando el razonamiento filosófico de que toda cosa, para existir, necesita a su contraria: de este modo no existiría la luz sin oscuridad, ni existiría el bien si no existiera el mal. El amor absoluto, y lo que tiene en sí mismo de instinto de vida, por fuerza tiene que medirse con el instinto contrario, el de destrucción, el instinto de muerte.

Incluso el arte se vuelca en manifestar ese amor-odio a la muerte en representaciones de distinta belleza: una de las más enigmáticas, El beso de la muerte, se encuentra dentro del cementerio de Poblenou en Barcelona; el escultor plasmó a la muerte en forma de esqueleto alado, pero también supo plasmar la infinita ternura con que arranca la vida de un joven mediante un beso.

 

 

El beso de la muerte (El petó de la mort en catalán) es una escultura de mármol, realizada en 1930, que se encuentra en el cementerio de Poblenou de Barcelona. 

 

Otras manifestaciones artísticas retratan la obsesión del artista por la muerte, semejante a la que en algunas patologías puede llegar a experimentarse por un amante. Ejemplo de ello es la obra del escultor vasco Javier Pérez, que consigue en el espectador la sensación de encontrarse entre el horror y la fascinación. Quizá la más representativa dentro del tema que nos ocupa sea la del esqueleto que escapa de un cuerpo.

El cine no podía ser menos a la hora de contemplar este conflicto entre el instinto de supervivencia y la tentación de destruirla. Aun siendo conscientes del daño que suponen ciertas conductas como consumo de alcohol, estupefacientes o tabaco, el instinto de Tánathos nos empuja a adquirirlas. Efectivamente, en el fondo de toda conducta adictiva hay un deseo de autodestrucción, magníficamente retratado en Leaving Las Vegas: la película muestra ese enfrentamiento entre el deseo de muerte del personaje que interpreta Nicholas Cage y el deseo de vivir que encarna Elizabeth Shue. En Leaving Las Vegas se hace presente el deseo de abandonar la lucha por la vida, que es en sí mismo la definición de la pulsión de muerte que Freud denomina Tánathos.

Comenzábamos el artículo hablando de la relación entre el impulso autodestructivo y la afición desmedida por el sexo. La hipersexualidad, o impulso exagerado de mantener relaciones sexuales, tiene en común con cualquiera de las adicciones antes mencionadas que la sensación de placer va disminuyendo a medida que se practica, y por tanto es necesario aumentar las dosis de consumo. El adicto al sexo siente ya, más que el deseo, la necesidad de practicarlo.

En un principio, el impulso por el sexo puede estar determinado por el deseo de alejar sensaciones negativas como angustia, tristeza o estrés. La actividad sexual supone placer y relajación, y ambas cosas son el mejor bálsamo para sobreponerse a las sensaciones negativas: vencer la pulsión negativa mediante la entrega a Eros.

En materia de hipersexo habría que considerar la atracción por Tánathos en el comportamiento promiscuo con los riesgos para la salud que ello supone. El deseo de experimentar sensaciones cada vez más fuertes en este sentido conduce a otro tipo de desviaciones con el consiguiente riesgo, como ocurrió en Bangkok con David Carradine. Encontraron el cuerpo del actor dentro del armario de un hotel, con un cordel de procedencia indeterminada que ataba genitales y cuello. Parece ser que Carradine experimentaba algún extraño juego sexual relacionado con la asfixia, y que se le fue la mano. Precisamente esta práctica de asfixia supone el ejemplo más claro de juego con la muerte mediante la práctica del sexo, porque según sus adeptos estar cercano a la muerte cuando sobreviene el orgasmo eleva el placer hasta sobrepasar la definición de petite mort que le dan los franceses.

Tratando el tema que nos ocupa, imaginemos el caso de la mantis religiosa, cuya hembra devora al macho en el momento de la cópula. Desde luego, el macho de esta especie no tiene consciencia de que va a morir dejándose llevar por el instinto, pero ¿qué ocurriría si tuviera esa consciencia? Probablemente resultara más fuerte el instinto de muerte que el de supervivencia, puesto que mediante el apareamiento se satisface otro instinto primario, el de perpetuación. El peligro de ser devorado constituiría un reto que el macho podría pretender superar, con el consiguiente morbo, y tal vez algo parecido pase por la mente de los aficionados al riesgo extremo en la práctica del sexo como en el caso de David Carradine.

 

https://www.lavanguardia.com/cultura/20090606/53718393892/david-carradine-una-muerte-misteriosa

 

El actor David Carradine

 

Al respecto vuelve a ilustrarnos Pedro G. Cuartango cuando afirma que «es peligroso sobrepasar determinados límites en el amor porque siempre aparece la muerte como el final de todo goce y todo sufrimiento».

Queramos o no, estaremos toda la vida sujetos a las dos fuerzas motoras que Freud llamaba Eros y Tánathos, no ya porque no pudieran existir la una sin la otra, sino porque en el fondo ambas son la misma cosa.